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Durante dos o tres días permanecemos atentos al destino de ese loco trompo de agua y viento. Cuando entra al Caribe, la situación ya es alarmante. Este es el momento en que el notable meteorólogo, el doctor José Rubiera, empaca su maleta, se despide de su familia y se acuartela en la estación meteorológica de Casa Blanca.
Los primeros partes aparecen en los noticieros, donde se muestran diversos mapas, entre ellos uno que indica la posible trayectoria del ciclón que abarca desde Guantánamo hasta Ciego de Ávila.
Mientras tanto, el ciclón sigue su paso sin mostrar el menor interés de encontrarse con la tierra. Ha pasado por el sur de República Dominicana y Haití dejando un poco de agua y ahora está amenazando a Jamaica. Un día después, ya Guantánamo, Santiago de Cuba y casi todo Camagüey están fuera de peligro. Ahora la posible trayectoria de la depresión tropical comprende desde la parte occidental de Camagüey hasta Ciudad de La Habana.
Sin embargo, una nota informativa de última hora refiere que el ciclón se ha estacionado en Cayo Coco. No es bobo. Se dice que está allí ganando fuerza, ya que esta es una zona de alta temperatura turística internacional.
A esta altura del problema, la televisión casi no tiene nada más que trasmitir que el paso, aun impreciso, de la tormenta tropical. Se repiten los partes. Se repiten las notas informativas de la Defensa Civil. Se trasmite un reportaje de la evacuación de mujeres, niños y ancianos en una escuela en el campo, sucedido por otro, en el cual aparece un grupo de trabajadores, que preservan una granja avícola y otros cortando racimos de plátanos…, todo bajo una atmósfera como de alarma de combate.
Durante las próximas seis horas la población permanece ansiosa de conocer si ya la depresión salió de Cayo Coco.
Por fin, aparece ese hombre providencial que es José Rubiera, notablemente agotado por las tensiones de trabajo. El especialista dice que hay dos situaciones novedosas.
La primera, es que el ciclón ha vuelto a desplazarse por el Caribe ahora convertido en huracán. La segunda, consiste en la presencia del anticiclón que se interpone entre Cuba y el estrecho de la Florida. Se explica que si este anticiclón se debilita o se desplaza hacia el este o el oeste, el huracán subirá y afectará la Isla.
A partir de ahora a la gente no le interesa tanto el ciclón como el anticiclón. El panorama meteorológico se ha convertido en una verdadera novela policial, donde el ciclón es como el ladrón y el anticiclón el policía, ya que el ciclón está pendiente del movimiento del anticiclón para fugársele en el menor descuido.
Durante doce horas más la gente permanece atenta al drama televiso “Huracán de tribulaciones”. La población se pregunta: ¿por dónde pasará?, ¿llegará con fuerza cinco?, ¿aguantarán las ventanas del último cuarto?, ¿se irá la corriente por muchos días?, ¿qué hacemos con las cinco postas de pollo, el pescado y la carne de puerco que tenemos en el refrigerador?, ¿las salcochamos?, ¿nos las comemos de una vez en mesa sueca familiar?
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Nadie sabe cómo será el desenlace de esta especie de juego del gato y el ratón que se traen el ciclón y el anticiclón. Hasta que por fin se anuncia que sí, el anticiclón se moverá hacia el Golfo de México, y el huracán no perderá el más mínimo tiempo para subir y penetrar por la Ciénaga de Zapata y así alterar, una vez más, la flemática y aburridísima vida que llevan los cocodrilos.
Apenas se ha anunciado esto, se forma el despelote. La gente sale a las calles para invadir las panaderías. En un cuarto de hora las colas alcanzan una cuadra. Cada cliente se lleva cinco flautas de pan y dos paquetes de palitroques, mientras en las tiendas de shopping se libra una cruenta batalla contra los fideos y espaguetis.
En un abrir y cerrar de ojos la Ciudad de La Habana se ha convertido en un hormiguero de gente nerviosa buscando velas, baterías para radios y linternas, huevos, galletas que se llaman de sal pero solo saben a harina, yuca y boniato. |
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A esa hora hay a quien le da por limpiar los tragantes de las azoteas y arreglar las ventanas y puertas de las que nunca se ocuparon, y de recoger el reguero de cosas que siempre reinó en los patios.
Cuando el ciclón dice aquí estoy yo con sus primeros vientos y chubascos, la ciudad es un desierto. Lo único que resta es padecerlo: oír como el viento muerde las ventanas, arranca una lámina de zinc o pelea con los árboles cuyas ramas van y vienen al antojo de su furia.
Mientras todo esto sucede hay quien se complace en mirar por las ventanas narrando lo que pasa. Algunos se tomaron una benadrilina y a dormir se ha dicho. Otros juegan dominó…
Cuando el ciclón ha pasado la gente sale a la calle para hacer las evaluaciones de los daños en el barrio. Van a ver si el pino de la casa de la esquina se cayó, si al parque infantil le queda lo poco que tenía y si los postes se mantienen… Muchos tienen la suerte de no lamentarse. Otros se desconciertan y sufren las adversidades.
Durante días y días la televisión reporta las afectaciones y las soluciones inmediatas. Algunas de las consecuencias son sinceramente pavorosas. Desgarran nuestro ánimo.
En 24 horas se realiza un programa especial donde se ofrece un detallado análisis del huracán con pormenores de las presiones hectopascales, las velocidades y trayectorias del evento atmosférico.
El noticiero de las ocho de la noche se hace largo pasando imágenes de las zonas afectadas y su recuperación mientras la gente se pregunta si pondrán la novela.
Así corren las semanas y otros ciclones siguen apareciendo en un remoto lugar del océano, y la gente vuelve a cargarse de ansiedad porque si pasa otro nadie sabe lo que será de nosotros.
Pero estos son los riesgos a que se expone El Caribe desde junio hasta noviembre. No nos tocó padecer tsunamis ni terremotos. Nos tocaron las tormentas tropicales y los huracanes, y lo peor del asunto es que nadie puede hacer nada contra esto. |