Desde los primeros grados, prácticamente, los maestros ponen todo su empeño en resaltar la importancia y utilidad del hábito de la lectura. Numerosas y variadas han sido las campañas que se han propuesto despertar en la población el ansia y la curiosidad por las páginas impresas.
No obstante, crear en un individuo el verdadero amor por los libros no representa una tarea fácil y los esfuerzos aislados de la escuela no resultan suficientes para lograrlo.
En este camino de motivación, y no de imposición, la familia constituye, como en casi todas las esferas de la vida, un componente fundamental. Incluir el libro, desde las primeras edades, en las actividades cotidianas de los niños representa una manera de vincular, en estas etapas, lo que más tarde, según el criterio social, no ha de quedar escindido.
Las editoriales parten de esta premisa y diseñan libros de gran formato y colorido que consigan cautivar la atención de los pequeños. En este sentido, deberíamos priorizar más la edad preescolar para la cual son imprescindibles no solo los matices cromáticos sino también la propia resistencia y durabilidad del papel, que le permita al receptor de la obra disfrutar del libro como un juguete más.
¿Y en la adolescencia? ¿Qué mejor que una novela de aventuras o espionaje para calmar la sed de experiencias novedosas? ¿O un buen poema de amor, de esos que conmueven aunque no rimen, para alimentar las nacientes ilusiones?
Leer ha sido, es y será un acto de resistencia y goce estético. Una forma de poner a prueba nuestras ideas, de aprobar o disentir, de reír y llorar pero, sobre todo, de pensar.
En estos tiempos de computadoras, celulares, videojuegos y libros electrónicos, cualquiera podría pensar que le ha llegado el fin a la página impresa. Sin embargo, me niego a creer en este ingenuo vaticinio. La más ultramoderna tecnología nunca podrá sustituir el placer de tocar y oler una hoja, hacer anotaciones en sus márgenes, o simplemente pasar de mano en mano una obra muy querida.
La lectura, como expresó una vez Fina García Marruz: “niega la soledad, enseña que nuestros problemas no solo son nuestros y que estamos ante un contexto mayor que nos modifica y afecta. Leer no es solo aprender o conocer, es sobre todo compartir”. |