
DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, No 1652
La apertura a la fecundidad.
“Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio
y el amor
conyugal
están ordenados a la procreación y a la
educación de la prole
y
con ellas son coronados como
su culminación”: Los hijos son, ciertamente,
el don más
excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de
sus
mismos padres. El mismo Dios, que dijo “No es bueno que
el hombre esté
solo (Gn 2,18), y que hizo desde el principio
al hombre, varón y mujer”
(Mt 19,4), queriendo comunicarle
cierta participación especial en su propia
obra creadora,
bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos”
(Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal
y todo el
sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar
posponer los otros
fines del matrimonio, tiende a que los
esposos estén dispuestos con
fortaleza de ánimo a cooperar
con el amor del Creador y Salvador,
que por medio de ellos
aumenta y enriquece su propia familia cada día más.