Pero nunca imaginé que la oferta de productos en nuestros mercados agropecuarios guardase cierta similitud con el comportamiento de las bolsas de valores en los mercados financieros internacionales. Sabemos que la Cámara de Representantes de Estados Unidos había rechazado una propuesta del presidente Bush de apuntalar el sistema financiero de esa nación con 700 mil millones de dólares, y que el primer día de funcionamiento de las bolsas después del rechazo congresional –el lunes 29 de septiembre–, estas habían reflejado cuantiosas pérdidas debido al pánico de una crisis sin solución. El mundo comenzó a referirse a ese día como un “lunes negro”.
Pues bien, al día siguiente del anuncio del tope de los precios, el martes 30, todos los mercados agropecuarios de la ciudad amanecieron con una desolación casi total. El de oferta-demanda de Cuatro Caminos –uno de los más representativos de la capital– solo exhibió yuca y frutabomba ese día en sus tarimas. Una sensación de escalofrío debió de haber estremecido la cadena productiva, desde los productores hasta los intermediarios. Algunos medios de prensa extranjeros, parafraseando la situación de las bolsas, informaron que “los mercados cubanos viven su martes negro.”
En el momento de redactarse este artículo –una semana después del tope de los precios–, aun sin el desabastecimiento del martes 30, el referido mercado de Cuatro Caminos no es el mismo que antes de que se tomara esa medida, pues casi el 50 por ciento de sus tarimas están vacías. En cuanto a los puntos de venta diseminados por la ciudad, buena parte han cerrado sus puertas.
En lo concerniente al abastecimiento de productos agropecuarios, el tope de los precios, así como otras medidas de control, parecen haber reforzado –¿el remedio peor que la enfermedad?– la debacle dejada por Gustav y Ike.
No deseo concluir sin retomar la idea de que este repunte del inmovilismo –no tanto el tope de precios provisional, sino los ataques explícitos al empleo de palancas del mercado– coincida con el reparto de tierras ociosas a personas que desean hacerlas producir.
No nos engañemos: irse a trabajar al campo, muy probablemente a desbrozar tierras cubiertas por el marabú, constituye una tarea ciclópea que sólo se recompensa con la adquisición de un alto nivel de vida, superior al de otros estratos de la sociedad. O sea, al ahora usufructuario que después se convierta en productor, no sería justo exigirle que le venda únicamente al Acopio estatal y a los precios que este señale. Y si se le permite vender a particulares, pero se topan los precios del intermediario en el mercado, se quiebra el engranaje, y él como productor se vería desestimulado para continuar su labor.
Por lo pronto, el mencionado Decreto-Ley no. 259 no aclara nada acerca de la comercialización de los productos que produzcan los usufructuarios. Incluso, he escuchado comentarios que ya piensan en cómo controlar el trabajo y las ganancias de los usufructuarios, en lugar de ponerse todo el empeño en que ellos le extraigan a la tierra, lo más rápido posible, los alimentos que demanda el país.
En medio de la atmósfera que se respira, es posible que algún que otro usufructuario potencial –ojalá no suceda así– esté reconsiderando su intención. Rememoraría una sentencia más que recurrente: “Cuando veas la barba de tu vecino arder, pon la tuya en remojo.”
Sería funesto que a los dos huracanes de la naturaleza se uniera el huracán del inmovilismo, esa especie de bloqueo interno que tanto daño nos ha hecho.
(1) Periódico Granma , viernes, 26 de septiembre de 2008, p. 11.
(2) Periódico Granma , lunes, 29 de septiembre de 2008, p. 1. |