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Poesía Religiosa.
por Jorge Domingo CUADRIELLO
Tristán de Jesús Medina (1831-1886). Vida intensa y accidentada la del narrador, poeta y orador sagrado bayamés Tristán de Jesús Medina (1831-1886). Realizó estudios en Madrid y más tarde se casó con una adolescente, tuvo una hija, enviudó y se ordenó sacerdote en el Seminario de Santiago de Cuba. Brilló como orador en la capital española, donde publicó además su extraordinaria noveleta Mozart ensayando su Réquiem (1881), y después cayó en desgracia por sostener ideales abolicionistas y conceptos heterodoxos. Separado del sacerdocio, se incorporó a la Iglesia Metodista y trató incluso de fundar una iglesia nueva, pero al final de su vida se reconcilió con el catolicismo. Conoció los elogios, la difamación, la cárcel y el encierro en un manicomio. Muchos de sus escritos y discursos lamentablemente se han perdido.  
Tristán de Jesús Medina
 

 
HOLOCAUSTO
 
 

I

El que pasaba por su calle un día,
Viendo por la ventana,
— Pobre mujer, pobre mujer, decía,
Qué negra es su mañana.

Allí en el ataúd su esposo muerto,
Ella sentada al lado;
Los niños, ay! – dos ángeles por cierto,
Jugaban sin cuidado.

Y así paciente la infeliz clamaba:
— Te bendigo, Señor!
“Del corazón de tu rendida esclava,
Quisiste lo mejor!”

II

El que pasaba por allí una tarde
Melancólica y fría,
Con voz doliente y corazón cobarde,
— “Pobre mujer!”…decía.

El mayorcito de los dos infantes
Muerto estaba en la cuna;
La madre lo adornó con sus diamantes,
Con toda su fortuna.

Y así clamaba en su piedad creciente;
— “Nuevas gracias, Señor!
No ya la mejor parte solamente,
Mas también la mayor!”


 

III

Los que llegaban cierta noche oscura
Por la ventana a ver,
Decían sollozando de ternura
“Pobre, pobre mujer!”

En el regazo mismo de la viuda
Estaba el cuerpo helado
Del otro niño a quien miraba muda,
De flores coronado.

Y cuando pudo hablar, dijo al instante:
— “Señor!... Cuánto te quiero!
“Pues has querido, como eterno amante,
El corazón entero!”

El lirio de los mártires. Canto religioso en memoria de los cuarenta y un días de cárcel de Santa Filomena. (Fragmento)
Presa el alma en las ruinas del cuerpo,
La esperanza mitiga su pena
Cuando piensa que tú, Filomena,
De otra cárcel venciste el rigor.
Qué admirable es la luz que encerrada
Ni se apaga ni oscila un instante,
Antes quema sus muros triunfante
Y se eleva hasta el trono de Dios.
Si el fuego ardiente
Que te encendía,
Lumena mía,
Tuviera yo;
¡Ay!, derritiera
Mi cárcel dura
Y el alma pura
Volara a Dios.

 
 
 

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