EL RETO DE SER DIFERENTE San Carlos Borromeo forma parte de esa pléyade de hombres y mujeres que en el siglo XVI lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que necesitaba la Iglesia. Cada 4 de noviembre nuestro seminario se engalana para celebrar su fiesta y lo presenta como modelo de seguimiento evangélico para las actuales generaciones.
Fue un joven de altos ideales y no se conformó con aceptar pasivamente la compleja realidad eclesial y social que le rodeaba. Comenzó por asumir en su vida un estilo coherente con la fe que profesaba; esto lo condujo a un compromiso mayor en la transformación del medio en que se desarrolló su corta existencia. Sus compañeros de estudio le tenían por “hombre de probada virtud”. De sus años universitarios existen testimonios de quienes, atraídos por el influjo e irradiación de su personalidad, se sintieron impulsados a imitarle. Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento. Sin embargo, hizo grandes progresos en los estudios gracias a su esfuerzo. Más tarde, siendo obispo, dedicaba tiempo al estudio para servir mejor a su pueblo.
Obispo desde los 21 años, su madurez se manifestó en las grandes responsabilidades que tuvo que asumir. Es increíble la cantidad de trabajo que san Carlos podía despachar sin apresurarse nunca, a base de una actividad regular y metódica. Además, encontraba todavía tiempo para dedicarse a los asuntos de su familia, para la música y para hacer ejercicios. Era amante del saber y de las artes.
Al acercarnos a la figura de san Carlos Borromeo nos damos cuenta de que los santos son hombres y mujeres insertos en el mundo que les circunda. La amistad con Jesucristo les permite tener una mirada sobrenatural de la realidad. Ellos descubren en cada época aquellos signos por los cuales está hablando Dios y aquellos otros que son un gemido de dolor de los hijos de Dios que viven sin esperanza y en la esclavitud del pecado o de falsos mesianismos.
San Carlos se atrevió a ser diferente con una sana rebeldía, no por engañoso esnobismo sino para poder ser sal y luz. Sólo así pudo hacer bien al pueblo que le fue confiado. Le costó incomprensión, calumnia y persecución, pero nada logró doblegarle. La mirada puesta en el Crucificado, como lo representa la iconografía, fue el secreto de su fecundidad apostólica.
Nuestro mundo y nuestra Cuba están sedientos de “otros Carlos” que irradien a Jesucristo en sus ambientes y los transformen desde Dios. ¿Aceptas el reto?
(*)Seminarista de Matanzas.
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