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RELIGION

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por padre Jesús Espéja, op.
 

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Por Monseñor Ramón Suárez Polcari.

San Jerónimo.
por Fray Frank DUMOIS, OFM
San Jerónimo
San Jerónimo, forma con San Ambrosio de Milán, san Agustín
y san Gregorio Magno, uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina.

Es una de las figuras más representativas de la antigua literatura cristiana.

Nace en Estridón (Dalmacia), entre el Véneto y la actual Eslovenia.

Pertenecía a una familia cristiana, rica e influyente de la aristocracia provinciana del Imperio romano.

Después de cursar los estudios elementales, a los 12 años fue enviado a Roma con su amigo Bonoso.

Discípulo del gramático Elio Donato, quien le inspiró una ardiente pasión por los grandes escritores clásicos latinos, llegó a tener una formación literaria excepcional. Estudiaba con ahínco. Aprendió de memoria a sus autores favoritos, y creó una excelente biblioteca personal. Con todo, no desdeñó la vida alegre y mundana que llevaban los estudiantes.

A los 19 años, Jerónimo marcha a Tréveris, capital de Renania, donde residía la corte imperial y donde nacería años más tarde san Ambrosio. Ya para entonces empezó a pensar en la vida monástica y a profundizar en el estudio de las Sagradas Escrituras, aunque experimentaba cierta repugnancia hacia el bajo latín al que estaban traducidas, teniéndole como una lengua muy alejada de la elegancia y belleza de los clásicos que conocía.

A los 20 años fue bautizado por el Papa Liberio y marchó después a la Galia con su amigo Bonoso. En Tréveris, permaneció algún tiempo y transcribió la obra de san Hilario de Poitiers y otros escritores eclesiásticos. Allí maduró su propósito de entregarse a la vida ascética. Regresó a su patria y se encerró en un cenáculo de amigos, que compartían sus aspiraciones de piedad y estudio, en casa del presbítero Cromacio. Los arrianos, favorecidos por la corte imperial, provocaron la dispersión del grupo. Dejó Dalmacia y fue a Oriente con tres amigos; llevó consigo su biblioteca.

Aunque pensaba ir a Siria y Palestina, cambió su itinerario y se dirigió a Asia Menor. Luego pasó a Antioquía (Siria), en donde, debido a una grave enfermedad, tuvo que permanecer algunos meses. Allí recibió lecciones del obispo Apolinar de Laodicea, quien posteriormente caería en la herejía.

Después se internó en el desierto de Calcis para llevar una vida austera y penitente. Allí estuvo 4 o 5 años tratando de librarse de la seducción de la sociedad romana, cuyos lúbricos sentires habían manchado su adolescencia.
A esta etapa de su vida pertenece la célebre visión que él cuenta en una epístola a la virgen Eustaquia. Mientras estudiaba los clásicos, se vio transportado en espíritu al tribunal de Cristo, que le preguntaba sobre su condición, y al responder que era cristiano le dijo: “Mientes, tú no eres cristiano sino ciceroniano”. El episodio marcó su conversión definitiva, imploró la misericordia de Cristo y juró solemnemente no abrir más ningún códice profano. A partir de entonces, la Biblia se convirtió en su único libro y su único tesoro. Comenzó a estudiar hebreo para poder leer el Antiguo Testamento en los códices originales. Progresivamente, Jerónimo se convirtió en el hombre de la Palabra de Dios, profundamente culto y creyente.

Llegó a escribir: “Cumplo con mi deber obedeciendo los preceptos de Cristo, que dicen: ‘Estudiad las Escrituras’ y también: ‘Busquen y encontrarán’, para que no tenga que decirme, como a los judíos: ‘Están muy equivocados, porque no comprenden las Escrituras, ni el poder de Dios’. Pues, si como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios, ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”.

Por lo demás, no se piense que a la vida en el desierto le faltaban tentaciones. A pesar de los ayunos y penitencias, se sentía como transportado a la Roma pagana con su vida disoluta y sensual.

Después abandonó el desierto y se dirigió a Antioquía (383), donde fue ordenado sacerdote por el obispo Paulino. Posteriormente, se trasladó a Constantinopla y junto a san Gregorio Nacianceno, profundizó en exégesis bíblica y teología. En 382 visita Roma para asistir a un concilio convocado por el papa san Dámaso, con el fin de acabar con el cisma de Antioquía, ciudad a la que llegó precedido de gran fama de doctrina y santidad. El pontífice le propuso emprender la obra más elevada y difícil: revisar la antigua traducción latina de los Evangelios, cotejando todos los manuscritos más antiguos, existentes en la lengua original. Dicha corrección era necesaria pues se habían introducido muchas inexactitudes en los textos. Parece que entonces también tradujo los Salmos y el resto del Nuevo Testamento. Muchos le acusaban de distorsionar con su ciencia la fe tradicional. Sin embargo, hay que admitir que a Jerónimo le gustaban las polémicas duras e intransigentes. En Roma se convirtió en director espiritual de algunas damas romanas. Al morir una de ellas, la viuda Blesilla, hija de Paula, se acusó a Jerónimo de fanático, que con sus consejos ascéticos la había conducido a la muerte.

Con el fallecimiento del Papa san Dámaso, y para eludir la agresividad de sus enemigos regresó a Oriente. Visitó Tierra Santa y se estableció en Belén. En una cueva cercana a la de la natividad, terminó sus días.
Se dice que tal vez en Cesarea tradujo todo el Antiguo Testamento. Esta traducción se conoce como “la Vulgata”, y aunque el concilio de Trento (1545-63) afirmó que no contiene errores dogmáticos, hay errores de traducción, por lo que actualmente, las traducciones de la Biblia suelen hacerse a partir de los originales.

A finales del 386, él y sus discípulas Eustaquia y Paula, se establecieron en Belén, donde construyeron dos monasterios: uno para Jerónimo y los monjes que se agruparon en torno a él, y otro para Paula y sus compañeras. Entonces comenzó Jerónimo su fecunda labor escriturística. Publicó sus trabajos bíblicos, la traducción hebrea y los comentarios sobre muchos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. En el monasterio de Belén no le faltaron tribulaciones, sobre todo en la larga polémica con Rufino, quien le presentó como seguidor de algunas doctrinas falsas de Orígenes.

En polémica que sostuvo contra Joviniano (que despreciaba la virginidad y la penitencia cristiana), sus libros son agresivos y de gran virulencia. Experimentó también intenso dolor al conocer el saqueo de Roma por Alarico (410).
Con la ruina del Imperio romano, su profundo dolor le impidió concluir su comentario sobre el profeta Ezequiel. Al intentar reanudarlo, los arrianos invadieron y saquearon su monasterio. Murió Eustaquia, que había sustituido a su difunta madre Paula en la dirección de las monjas belemitas. Después de estos tristes acontecimientos, el santo anciano, con 80 años, moría agotado por una vida de penitencia en su monasterio, el 30 de septiembre del 420. Ese día se celebra su fiesta. Sus reliquias fueron inhumadas primero cerca de la cueva de Belén y con posterioridad trasladadas a Roma. Hoy se conservan en la basílica de Santa María la Mayor, la más grande iglesia del mundo dedicada a la Virgen María.

Comentando el libro del profeta Joel, san Jerónimo escribió: “Conviértanse a mí de todo corazón y que su penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, serán luego saciados; llorando ahora, podrán luego reír, lamentándose ahora, serán luego consolados. Y ya que la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos, así les digo que no rasguen sus vestiduras, sino sus corazones repletos de pecados; pues el corazón, a la manera de los odres, no se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayan rasgado de esta manera su corazón, vuelvan al Señor, su Dios, de quien se habían apartado por sus antiguos pecados, y no duden del perdón pues por grandes que sean sus culpas, la magnitud de su misericordia perdurará, sin duda, vastedad de sus muchos pecados.”

CONCLUSIÓN

San Jerónimo puede ser un estímulo para la santidad a la que estamos llamados los cristianos. Siendo de carácter violento, soberbio, supo ser dócil a la gracia de Cristo y llegar a ser santo.

También nos enseña el valor de la Sagrada Escritura. La Biblia debe ser leída diariamente por todos los cristianos. Pues la Palabra de Dios y la Eucaristía deben ser las dos mesas donde bebemos el Espíritu de Cristo.


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