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Los ancianos no son, aunque algunos así lo consideren, el último eslabón de la cadena social. Sí constituyen un grupo vulnerable en muchos aspectos, lo cual no es razón para identificarlos únicamente con la invalidez, el fin y la decadencia.
Según estadísticas, en pocos años la población cubana será una de las más envejecidas de América Latina, con un por ciento importante de personas mayores de 60 años. Esto exigirá, por parte del país, una reformulación de medidas y planes sociales, económicos, urbanos, entre otros, con vistas a crear y mejorar las condiciones para satisfacer las necesidades crecientes de este grupo poblacional.
Sin embargo, no toda la responsabilidad debe caer en hombros ajenos. Los propios ancianos han de valorarse en su justa medida, con sus limitaciones, pero también con sus potencialidades, si desean lograr una mayor calidad de vida. |
Las aristas del problema son muy diversas: si bien, por un lado, las personas de la tercera edad son víctimas de la exclusión en determinadas circunstancias, por otro, pueden llegar a ser ellas mismas los agentes de la automarginación.
La creencia en la inutilidad de la vida y el fin de las esperanzas resulta común en muchos de nuestros abuelos, quienes creen (¿o les han hecho creer?) que ya no sirven para nada o, mejor dicho, sí sirven para hacer las tareas domésticas, cuidar a los niños cuando los padres deseen salir y hacer colas de la índole y duración que sean porque, eso sí, la sociedad está convencida de que los ancianos tienen todo el tiempo del mundo.
La solidaridad y la cooperación intrafamiliar son loables pero no pueden establecerse en un solo sentido. Los ancianos también necesitan tiempo para ellos, para su recreación y crecimiento personal. Es en la familia donde primero deben respetarse los derechos de las personas mayores a expresar sus criterios, a disentir de las opiniones de los más jóvenes –que no siempre tiene la razón– , y a llevar a la práctica sus deseos y sueños.
Grandes obras humanas han sido logradas en el tercer período de la vida: Tintoretto pintó su Paraíso a los 74 años; a esa misma edad Verdi creó su pieza maestra Otelo; a los 80 años Goethe completó Fausto, una de las mayores joyas de la literatura universal; a los 98 años Tiziano legó a la Humanidad su Batalla de Lepanto; y también en la última etapa de su existencia, Gandhi consolidó, para la India y para el mundo, su cultura de la no violencia.
La vida cotidiana nos muestra, con frecuencia, ancianos dignos de admirar. Por nuestras calles transitan a diario personas que no ven en la edad un obstáculo sino un motivo para trazarse nuevas metas. Con sus voluntades y resistencias, muchas veces anónimas, seducen a la vida y logran pintar de alba cada ocaso. |