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INTERNACIONAL

Obama es cambio
por Jorge I. DOMÍNGUEZ (*)
Barack Obama fue elegido presidente de los Estados Unidos.
Barack Obama fue elegido presidente de los Estados Unidos. Su victoria fue clara y decisiva en el voto popular y en el llamado “colegio electoral”, al que le corresponde formalmente, días después, elegir al presidente. Construyó su victoria en un ámbito plenamente nacional, desde Maine hasta la Florida , de Virginia a Hawaii, pasando por Ohio, Indiana, y Colorado, entre otros, que son estados que infrecuentemente ganan los candidatos demócratas en las elecciones presidenciales. Su voto popular excedió los recibidos por George W. Bush en 2000 y 2004 y por Bill Clinton en 1992. La elección de Obama fue reconocida inmediatamente por el candidato republicano, el senador John McCain, cuyo discurso de concesión de la elección fue magnánimo y generoso. El Partido Demócrata aumentó su bancada en la Cámara de Representantes y en el Senado; obtuvo además victorias adicionales en elecciones para gobernadores en varios estados de la federación.

Obama promete un “cambio”. Detalles importantes de ese cambio están por ser formulados, y otros tales como reformas al servicio de salud serán de muy difícil ejecución. Como dijeron quienes se habían opuesto a su postulación por los demócratas, y nos recordaron los republicanos durante la campaña final, Obama, con sus 47 años de edad, desarrolló su vida profesional muy lejos de Washington y de la configuración de las políticas internas e internacionales de Estados Unidos. Ha sido senador federal solamente por cuatro años, y le ha dedicado buena parte de ese tiempo a su campaña presidencial. Si bien McCain ha visitado países latinoamericanos en múltiples ocasiones, Obama nunca lo ha hecho.

Obama, sin embargo, es un cambio. Es el primer afroamericano elegido presidente de Estados Unidos. Su elección no solo representa su victoria personal sino también la victoria de esta sociedad sobre las lacras del racismo. Sería tonto e incorrecto afirmar que el racismo ha desaparecido de este país. También es importante reconocer, sin embargo, que una revolución social ha venido ocurriendo en Estados Unidos durante las últimas décadas, y gracias al éxito de esa revolución social se logra la posibilidad de la elección de Obama. Obama, recordemos, no es el único afroamericano de presencia pública en Estados Unidos. En este nuevo milenio, el secretario de estado (canciller) ha sido siempre un afroame-ricano. Y hace ya casi doce años que el canciller no es un hombre blanco.

Obama es, además, un afroamericano en el sentido técnico de esa palabra, ya que su madre nació en Estados Unidos y su padre en Kenya. Su elección recuerda al gran y generoso cambio que ocurrió en 1965, con la nueva ley en la política de inmigración de Estados Unidos, que eliminó los previos sesgos de racismo y discriminación geográfica de la anterior. Es por eso que en mis clases universitarias trabajo con estudiantes nacidos en Estados Unidos, cuyos padres o abuelos inmigraron de China, India, Corea del Sur, Kenya o Nigeria.

La elección de Obama posee una dimensión emocional notable, que se refleja en el despliegue de satisfacción y merecido orgullo nacional, en múltiples circunstancias y manifestaciones, como las lágrimas vertidas y vistas por televisión de Jesse Jackson y del ex-canciller Colin Powell (hijo de padres que inmigraron de Jamaica). Y confieso que también a mí se me nublaron los ojos al pensar que mi nieta Ana, cuya tez es de una pigmentación similar a la de Obama, podría ser en algún momento una de las mujeres que ocuparía la presidencia de Estados Unidos.

Obama llega a la presidencia en una coyuntura nacional y mundial difícil. Se ha comprometido a concluir, a la mayor rapidez posible, la participación de Estados Unidos en la guerra en Irak, y simultáneamente a enviar más tropas para que participen en la guerra en Afganistán para intentar derrotar a la combinación de las fuerzas de los Talibanes y Al-Qaeda. Pero, si bien su victoria en las elecciones internas del Partido Demócrata se puede atribuir en gran parte a su posición con relación a la guerra en Irak, su victoria en la elección general se debe, abrumadoramente, a la preocupación por las circunstancias económicas de la nación y del mundo.

La crisis financiera mundial anuncia ya una dura recesión económica, que en partes del mundo comienza y en otras partes se profundiza. La crisis financiera no es una mera flor exótica de Wall Street . Entre sus múltiples impactos, por ejemplo, está la reducción a la mitad, en pocas semanas, del precio mundial del petróleo que recibe Venezuela. No se trata simplemente de que las personas que se cuentan entre los ricos sean algo menos ricos, sino que muchos pobres serán mucho más pobres y que muchos que no han sido pobres caerán en la pobreza en los próximos meses. La política del gobierno de Obama incidirá necesariamente sobre estos asuntos, y sus consecuencias serán pertinentes para todos dentro y fuera del país.

Irak. Afganistán. Crisis económica. ¿Le quedará algún rato para pensar sobre América Latina? Los temas de América Latina no figuraron prominentemente en la contienda presidencial de los últimos meses. Durante la elección interna en el Partido Republicano, hubo un ruidoso debate sobre la política de inmigración de Estados Unidos, con particular referencia a la proveniente de América Latina. Los xenófobos obtuvieron pocos votos. El ganador de las internas Republicanas, McCain, fue siempre el candidato Republicano más dispuesto a reformar una vez más aspectos importantes de la ley de inmigración de Estados Unidos y, en un debate público, se refirió a los inmigrantes indocumentados como seres humanos que son también “hijos de Dios”. El tema migratorio, por tanto, desapareció de la campaña presidencial una vez que ese mismo McCain se enfrentó a Obama, hijo de padre nacido en Kenya.

En las internas Demócratas, hubo un momento en que tanto Obama como Hillary Clinton formularon duras críticas al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, conocido como NAFTA, por sus siglas en inglés. En el Congreso, los Demócratas se opusieron mayoritariamente a la aprobación de tratados bilaterales de libre comercio. Obama, sin embargo, no propone el repudio de NAFTA ni su modificación en los asuntos esenciales. Le corresponderá al nuevo presidente definir su política hacia tales acuerdos bilaterales o regionales de libre comercio, y sobre todo, frente a las negociaciones mundiales, ya estancadas, bajo los auspicios de la Organización Mundial del Comercio.

El tema Cuba careció de importancia durante la elección presidencial. Las internas Demócratas en la Florida fueron descalificadas por razones técnicas de los reglamentos del partido, y por tanto, no hubo necesidad de abordar el tema. McCain planteó una política hacia Cuba más o menos similar a la del actual presidente. Frente a eso, Obama se limitó a señalar sus diferencias simplemente al enunciar dos posiciones, una general y la otra particular a Cuba.

En términos generales, Obama afirmó reiteradamente su disposición a negociar con cualquier gobierno del mundo, no solo con los amigos de Estados Unidos, sino también con sus adversarios, manifestando además la opción de reunirse personalmente, incluso, con adversarios, por supuesto, después de reuniones previas y acuerdos en las instancias inferiores. Al tender esa mano abierta, no excluyó a ningún país.

Con relación a Cuba, ya en los momentos iniciales de su candidatura, Obama expresó su oposición a la actual política de Estados Unidos que limita a una vez cada tres años las visitas de cubanoamericanos a sus parientes en Cuba, y que define de manera arbitraria quién se considera como pariente. No hubo necesidad de decir más nada. Esta modesta posición ya lo distinguía tanto de McCain como de la política hacia Cuba del presidente Bush. Ese gesto de Obama, creo, lo comprende el gobierno de Cuba .

El presidente Obama puede, por decisión del ejecutivo, modificar diversos reglamentos que cambiarían con relativa rapidez algunos aspectos de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Por ejemplo, fue Clinton quien adoptó las medidas –aplicadas por primera vez en 1999–, que facilitaron los intercambios académicos y culturales, convirtiendo a Estados Unidos de la noche a la mañana en la principal contraparte mundial de Cuba en tales intercambios. Y fue Bush quien canceló esas medidas de Clinton y por tanto ha dificultado extraordinariamente tales intercambios. Puede el presidente Obama remover las trabas a una mayor frecuencia de las visitas de cubanoamericanos a sus familiares en Cuba.

Sin embargo, el presidente Obama no puede cambiar por mera decisión del ejecutivo los aspectos medulares de la política de Estados Unidos hacia Cuba porque, a partir de la Ley Helms-Burton (1996), han sido plasmados en ley que solo se puede modificar previa autorización del Congreso. Es posible, por supuesto, que la administración Obama esté dispuesta a realizar ese esfuerzo aunque, con tantos otros asuntos que demandan la atención prioritaria del presidente, es dudoso que sea un tema urgente.

El presidente Obama puede revitalizar los mecanismos de cooperación que ya existen entre Cuba y Estados Unidos, tales como los acuerdos migratorios y la relación profesional entre las respectivas fuerzas armadas en el entorno de la base naval de Guantánamo. Reavivar la calidad e intensidad de tales relaciones ya aportaría a la posibilidad de un cambio más general.

Cambios habrá, por tanto, en la política de Estados Unidos hacia Cuba. La duda es si el único cambio será el ya anunciado por Obama durante su campaña con relación a las visitas familiares, o si sería ese cambio el primer peldaño de un puente que le permitiría a Estados Unidos y a Cuba cruzar hacia un mundo distinto y mejor.

(*)Profesor en la Universidad de Harvard, Estados Unidos.


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