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GLOSAS CUBANAS

En vísperas del 401 aniversario de la orden Real que reconoció a La Habana como capital de la Isla, la memoria que honra evoca a una institución –perpetrada por la voluntad creadora de Eusebio Leal Spengler, Historiador de la ciudad–, cuyo alcance y características no son del dominio popular.

por Perla Cartaya COTTA

En busca del pasado
Por calles entrañables...
En busca del pasado. Por calles entrañables...

El gozo espiritual que me produce caminar por las calles de mi ciudad eludiendo las que mi andar rechaza, me conduce casi siempre a la de Mercaderes, que me place disfrutar desde la Plaza Vieja hasta casi llegar al Seminario San Carlos y San Ambrosio, cuna de la cultura y la nacionalidad cubanas. Parece que su parte más animada sigue encontrándose en los alrededores de la otrora Casa de Gobierno, hoy Museo de la Ciudad , antaño rodeada de accesorias en las cuales había tiendas de mercaderes (relojerías, librerías, imprentas…) con toldos de vistoso colorido que, junto con los de la

acera de enfrente, casi cubrían la calle dándole al entorno un aspecto atrayente y mitigando el calor durante nuestro largo verano. Era usual – también hogaño– la afluencia de muchas personas, cubanas y foráneas, tanto de día como de noche. Les confieso que mientras ando por las calles de esta Habana que llevo dentro, algo inefable no deja de sorprenderme: siento que el alma de mi ciudad me habla, me impele, me exige.

Al dejar atrás la obra arquitectónica que rememora a la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana , la primera de Cuba, fundada en 1728 por la Orden de los Predicadores, me gusta detenerme ante esa armonía de historia, cultura y arte que es, sin duda, el mural que ofrece al transeúnte, que desconoce su origen, la presencia simbólica del Liceo Artístico y Literario de La Habana , institución que, para mí, tiene cierto halo de misterio.

I

Algunas crónicas del siglo XIX recogen que desde sus albores hubo Sociedades Filarmónicas en La Habana. A una de ellas, situada en la Plaza Vieja , parece que esquina a Teniente Rey, iba de vez en cuando el padre Varela, hasta que el deber ciudadano le condujo, en 1821, a las Cortes de Cádiz (España). La nombrada, según los documentos, Sociedad Filarmónica de Santa Cecilia, (1) cuya fundación data de 1834 y llegó a ser el “centro musical de mayor prestigio durante una década”, (2) es el antecedente del Liceo Artístico y Literario de La Habana , también llamado Liceo de La Habana.

La Dirección de la Sociedad Filarmónica de Santa Cecilia –integrada por José de Imaz, director; José Miró y Ramón Pintó como consiliarios; y Blas Osés, asesor– solicitó a don Leopoldo O´Donnell, (3) Capitán General de la Isla , la autorización para disolver dicha institución y establecer en su lugar el Liceo Artístico y Literario de La Habana , sobre las mismas bases del Liceo de las Cortes. El análisis de la documentación correspondiente (4) permite expresar que el propósito que los animaba era darle a la nueva fundación una mayor envergadura cultural para bien de la ciudad, que haría posible, además, saldar las acuciantes deudas y penurias económicas de la Santa Cecilia. Al fin, ya analizadas las constituciones que regirían el Liceo y vencidos algunos escollos, más bien de índole administrativa, fue aprobada la solicitud de referencia.

El 15 de octubre de 1844, don Blas Osés, magistrado honorario de la Real Audiencia de Puerto Príncipe y teniente gobernador asesor del Gobierno superior político, (5) informó al Capitán General que el Liceo Artístico y Literario de La Habana , constituido oficialmente, se hacía responsable de todos los compromisos contraídos por la extinta sociedad. Su directiva quedó integrada por: Presidente: José María Herrera y Herrera, segundo Conde de Villanueva. Vice: Ignacio Crespo Ponce de León, Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica. Consiliarios : don José de Imaz y don Ramón Pintó, sub-Teniente de Infantería. Contador: don José Poey Muñoz, capitán retirado. Depositario: Raimundo Pascual Garrido. Secretario: Cayetano Montoso.

De acuerdo con sus constituciones, el Liceo era una propiedad privada que tenía por objeto el fomento de las letras y bellas artes entre sus socios, bajo el patronato del Capitán General de la Isla ; y “serían admitidos los literatos y profesores de bellas artes, y las personas que sin serlo desean unir sus esfuerzos a los de unos y otros”. (6) Nació con seis secciones: 1. Literatura y lenguas; 2. Música; 3. Pintura; 4. Escultura; 5. Arquitectura; 6. Declamación. Cada sección tendría su propio reglamento concebido a partir de las constituciones.

Para cumplir el propósito antes enunciado, el Liceo realizaría: funciones líricas y teatrales, conciertos, bailes, ejercicios artísticos y literarios, exposiciones de objetos de bellas artes; bailes de máscaras el primer y tercer día de los carnavales, y el sábado siguiente al domingo de Piñata. Juegos lícitos de cartas, billar, damas y ajedrez, en las horas establecidas. Tendría una biblioteca y gabinete de lectura; un archivo musical y una galería de dibujo, pintura, escultura y arquitectura. Y he aquí un dato interesante: “El Liceo excluye abierta y decididamente toda cátedra, toda discusión y toda lectura de asuntos políticos y religiosos”. (7) Es posible que ese planteamiento estuviera determinado por la evidente agudización de los conflictos entre peninsulares y criollos, y la ola de represión desatada por el Capitán General de la Isla. Y era tan férrea esa disposición (artículo 36 de las constituciones), que el socio que la infringiera sería expulsado de ese instituto, que así también lo llamaban.

Hombres de notable prestigio eran socios facultativos, agregados a las secciones como colaboradores o profesores, entre ellos: Antonio Bachiller y Morales, Rafael María de Mendive, Anacleto Bermúdez, Federico Edelmann, Mariana Payne de Pintó, José María de Cárdenas y Chacón, Vicente Osés, Felipe López de Briñas, Ramón de Palma y Federico Mialhe. Sin embargo, el nombre de don José de la Luz y Caballero, por ejemplo, no se halla en las relaciones de socio que fueron elaborándose durante la existencia del Liceo, seguramente debido a todo lo acaecido durante la llamada Conspiración de La Escalera , proceso en el cual fueron involucrados él y Domingo Delmonte.

Al trabajar con el fondo documental de esta institución habanera, en cuyos salones era posible saludar a cuantas familias distinguidas venían a la capital, y hasta admirar a damas como Amalia Simoni de Agramonte, invitada a cantar en esos salones, un nombre y una intención me salían al paso constantemente: Ramón Pintó. Esa impresión fue corroborada: el doctor Diego González, historiógrafo y profesor universitario, dijo en su discurso de ingreso a la Academia de la Historia de Cuba, refiriéndose a él: “(…) era el alma de la misma (…) la época en que él intervino activamente, o sea desde la fundación del Liceo hasta 1855, fue precisamente la edad de oro de la noble institución…” (8) Fue, ciertamente, el promotor de las clases para asociados y de becas para alumnos pobres; de modo que creo justo detenerme en esta interesante personalidad que tal vez nada diga a los más jóvenes.

Ramón Pintó, rico catalán y hombre de negocios, entre los cuales se afirma que estuvo la urbanización de barrios de la capital, director del Diario de la Marina , se esforzó para que el Liceo fuera “una verdadera universidad popular”. (9) Acusado de dirigir una conspiración vinculada a la Junta Cubana de Nueva York, lo detuvieron en 1854, y a pesar de no haber sido comprobada su culpabilidad al ser juzgado, fue condenado a muerte y ejecutado, en 1855. Sus huellas en esa institución no fueron borradas por su definitiva ausencia.

El primero de noviembre de 1845 , ya el Liceo tenía 13 meses, habían sido constituidas 25 clases –de Química, Literatura y Bellas Artes– regentadas por personas de reconocido mérito, con una matrícula de 295 alumnos, de los cuales los más pobres las recibían sin costo alguno. La Junta Directiva , en su informe de esa fecha, se refiere al propósito de despertar el amor al trabajo en la juventud; sin embargo, coincidiendo con José Antonio Saco,(10) señalaban que “(…) el desdén con que acostumbraban a mirar a los artesanos y hasta a los artistas…” alejaba de aquellas aulas a jóvenes con talento, que podían llegar a ser orgullo del país; y afirman con acierto: lo que la ignorancia niega, lo concede la necesidad.

El primero de enero de 1848, Ramón Pintó presenta el proyecto de constituir una sociedad anónima denominada La Mutua , con el fin de recaudar fondos y construir un edificio para el Liceo, en el campo de Marte, que tuviese capacidad para aulas, salones de recreo, teatro y un hotel donde hospedar a los artistas que contrataban. Este interesante documento concluye afirmando: “(…) nunca ha de ser esta propiedad real, municipal ni del Estado”. (11) En 1857, intentaron constituir otra sociedad anónima con fines parecidos, pero ambos proyectos fracasaron debido, fundamentalmente, a la fuerte oposición de los empresarios teatrales, convencidos de que si el Liceo, en vez de arrendar un teatro para sus funciones llegaban a tener uno propio, ellos se arruinarían.

Siempre optimista, la dirección del Liceo pensó adquirir el Teatro de Tacón (1848). En 1853, el Diorama, que se hallaba en la calle de Industria, fue destruido por un incendio, y en 1867, siendo director del Liceo don Francisco Calderón y Kessel, proyectaron trasladarlo para el local “(…) que ocupaba el Círculo de Tiradores, unido al nuevo salón que está construyendo el señor Ariosa y completa todo el frente de la manzana entre San Rafael y San José…” (12) La insistencia en construir, o lograr por arrendamiento, otro lugar para el Liceo, se debía a que desde su origen estaba situado al este de la ciudad, en medio de un ambiente meramente mercantil, poco propicio para dar a conocer los últimos avances de las ciencias mecánicas, naturales y exactas. Presumo que ese lugar debe haber estado por la Plaza Vieja , y aunque parezca increíble, la realidad es que no aparece en ningún documento la dirección del Liceo, ¡ni en los avisos de conciertos y fiestas publicados en la prensa!, según pudo comprobar un gentil colaborador del Archivo Nacional, el señor Julio López Valdés, a quien ratifico mi agradecimiento.

La intención de fomentar y divulgar cultura se expresa también en la intención, desde 1845, de obtener la autorización para proporcionarle al Liceo un periódico propio. Sin embargo, todo indica que esa autorización no fue concedida hasta muchos años después, puesto que hasta el 19 de enero de 1858 no se hallan ejemplares de El Liceo de La Habana , que salía una vez por semana y era gratis para los socios. Para esa fecha el escritor camagüeyano José Ramón Betancourt era el director del Liceo, y aunque se asegura que él fue el redactor de esa publicación, no he hallado hasta el momento documento que así lo justifique.

En la vida de esta prestigiosa institución se observan hitos, como el de la coronación de la intelectual camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero a ese y otros eventos me referiré próximamente.

A partir de los acontecimientos políticos que tuvieron lugar el 10 de Octubre de 1868, inicio de la gesta independentista por Carlos Manuel de Céspedes en su hacienda La Demajagua , se observa en las actas del Liceo su lógico languidecimiento. Muchos de sus miembros y directivos apostaron por la crítica de las armas; otros partieron hacia el destierro y no faltó quien fuera encarcelado. Ni siquiera en el acta de la última junta, celebrada el 25 de abril de 1869, consta la causa por la que expiraba la fecunda vida del Liceo Artístico y Literario de La Habana , que contribuyó al desarrollo de la cultura en nuestra ciudad y en Cuba.

REERENCIAS .

()1 Archivo Nacional de Cuba (ANC): Fondo Gobierno Superior Civil. Expediente no. 94956, legajo 995.
(2) Eusebio Leal Spengler: La Habana , ciudad antigua , Editorial Letras Cubanas, La Habana , 1988, p. 94
(3) ANC : Ibídem 1. Expediente 81619, legajo 1595.
(4) ANC: Fondo Liceo de La Habana.
(5) ANC: Catálogo de los Fondos del Liceo Artístico y Literario de La Habana. Prefacio por el Capitán Joaquín Llaverías, Director del Archivo Nacional (1944), p. V I I.
(6) ANC: Fondo Liceo de La Habana. Expediente 557, legajo 54.
(7) ANC: Ibídem.
(8) Citado por el Capitán Joaquín Llaverías en Ibídem 5; tomado de Anales de la Academia de la Historia de Cuba , La Habana , t. XVI, enero-diciembre de 1934, pp. 123-124.
(9) Ibídem.
(10) Ver Memoria sobre la vagancia en la isla de Cuba .
(11) A N C: Fondo Liceo de La Habana. Expediente 576, legajo 54.
(12) Ibídem. Expediente 315, legajo 26.


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