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HISTORIA

 

La Heroína del Pilar

La Historia de España es rica en acontecimientos de relieve universal. Durante este año 2008, en la Madre Patria, se ha conmemorado el bicentenario del inicio de una epopeya libertadora del más puro carácter popular, cuya mayor inspiración fue la religión católica y la devoción a la Virgen María: la Guerra de la Independencia contra la Francia Napoleónica.

por Rafael DE LA MORENA

 

En 1808, las fuerzas imperiales francesas se abalanzaron sobre la península con el pretexto de llegar hasta Portugal. El rey español, Carlos IV de Borbón, no se opuso, y el 2 de mayo partió hacia Bayona, convocado por Napoleón. En esa fecha emblemática, en Madrid, el pueblo comenzó la rebelión contra los invasores.

Desde ese día glorioso, las campanas de iglesias y conventos llamaron a la lucha y despertaron a los españoles de un letargo secular. Cuando se conoció la noticia de que el rey había abdicado a favor del emperador de los franceses, quien había colocado en el trono a su hermano José, todos consideraron que la libertad, las tradiciones y la religión estaban en peligro. Entonces, la airada respuesta al reclamo de la Iglesia fue general, cada ciudad se aprestó a la defensa, dispuesta a hacer pagar caro al enemigo la osadía de atacar el sagrado suelo de la patria.

En esta resistencia nacional, vale destacar los sucesos de Zaragoza, capital del antiguo y orgulloso reino de Aragón, cuna de la unidad española. Las tropas francesas del mariscal François Lefevre Desnouttes, se presentaron ante la plaza, y el 15 de junio de 1808 maniobraron para conquistarla al asalto, pero les fue imposible por la colosal oposición de paisanos y soldados en el fortificado recinto. Comenzó entonces el primer sitio de la ciudad.

Las familias aragonesas, dispuestas al máximo sacrificio, antes que darse a merced del enemigo, se encomendaron a la virgen del Pilar, la Patrona de España y protectora de la ciudad, la magnífica basílica reconquistada a los moros y reconstruida en los siglos XII y XIII, en la que se encuentra su santuario.

Dirigidos por el bizarro capitán general de Aragón, José de Rebolledo Palafox y Melci, los habitantes se prestaron a las labores de defensa, reforzaron las murallas y en cada puerta situaron baterías de artillerías, servidas en muchos casos por los civiles. Los atacantes intentaron tomar estos puntos, por eso concentraban sobre ellos un terrible fuego de fusilería y modernos cañones.

El día 2 de julio, después de varias andanadas, casi arrasaron el baluarte de la puerta del Portillo. Nadie se atrevía a ocupar el lugar de los caídos en la batería exterior, y las avanzadas francesas decidieron ir a la ofensiva para penetrar en masa a la ciudad.

Entonces, de entre la fila de los que llevaban provisiones a los combatientes, una joven salió corriendo, y sin reparar en las balas que llovían a su alrededor, arrancó la mecha encendida de manos de un artillero herido, puso a funcionar un cañón, disparó, detuvo en seco a los franceses e hizo voto a la Virgen de no desamparar la pieza mientras durase el sitio, después arengó a los demás invocando a Nuestra Señora del Pilar. Los testigos del insólito hecho se llenaron de valor y se unieron a la heroína para cubrir la abandonada trinchera y rechazar a la columna enemiga.

Aquella joven era una bella muchacha de 22 años, nacida en Fullera, Lérida, el 4 de marzo de 1786, y bautizada en la iglesia de Santa María del Mar de Barcelona dos días después. Ferviente católica y devota de la virgen del Pilar. Ese día comenzó para ella una misión que la convertiría en una famosa defensora de la soberanía nacional hispana; su nombre era evocador: Agustina Raimunda María Saragossa y Doménech, ella quedó en los anales de la historia como Agustina de Aragón.

Después de esta increíble hazaña, el general Palafox llamó a Agustina y la nombró subteniente, le concedió el uso de dos escudos de distinción, cada uno con su lema: “Defensora de Zaragoza” el primero, y “Recompensa del valor y patriotismo” para el otro, y la animó a continuar en la primera línea de la defensa, como acicate a los bisoños combatientes.

Esta resistencia inusitada de hombres, mujeres y niños, pareció insuperable. Los franceses, al conocer que las huestes de Francisco Javier Castaños, los habían vencido el 22 de julio en la batalla de Bailén, desistieron pronto y levantaron el asedio a la ciudad. La población, jubilosa, dio gracias a Dios y a la virgen por la victoria. En el gran Te Deum, celebrado en la hermosa Basílica, consideraron que la justicia de su causa, con la ayuda del Señor, los hacía invencibles.

Sin embargo, el 21 de diciembre, los franceses persistieron en el empeño de capturar la milenaria urbe, pues por la posición que ocupa al noreste de la península, controlaba las rutas al centro y sur, además de amenazar la retaguardia napoleónica. Esta vez trajeron mayores efectivos y superior poder de fuego. Los dirigía el laureado general Moncey.

Otra vez los sufridos aragoneses se dispusieron a resistir, la popular Agustina, llamada desde el milagro del 2 de julio, la Artillera , participó de forma activa en los preparativos de la defensa al lado de su esposo, Juan Roca Vilaseca, cabo segundo del Primer Regimiento del Real Cuerpo de Artillería. Era el segundo sitio de Zaragoza, predestinado a ser uno de los hechos sobresalientes en la Guerra de la Independencia española.

Los defensores sabían lo que les esperaba, pero impávidos, no aceptaron la primera intimación de rendición de Moncey, y pidieron a la virgen del Pilar que les diera el valor suficiente para enfrentar al enemigo. Listos a vender cara la existencia, ocuparon de nuevo el frente de combate.

El ataque galo fue tremendo, las fuerzas populares retrocedieron, pero cada palmo de terreno se disputó con denuedo. Muchos días tardaron los veteranos del general Jean Andoche Junot, nuevo jefe invasor, en conquistar cada baluarte, sufriendo grandes pérdidas. Se peleó en las murallas, en las barricadas, los templos, los palacios, los edificios públicos y casa por casa.

Los monasterios de la ciudad se utilizaron para atender heridos, como refugios para las familias y como fortalezas. La heroica Agustina participó en la recia lucha por el convento de Jerusalén, manejó el fusil y después la espada en los combates cuerpo a cuerpo, que dejaron el santo lugar reducido a escombros el 3 de febrero de 1809.

Los sacerdotes lucharon junto al pueblo, los padres Santiago Sas y Basilio Bagiero se encuentran entre los jefes que dirigieron la estoica resistencia. Los frailes Manuel Lasartesa, Antonio la Casa , José Martínez, Mateo del Busto y Vicente Casanova, asistidos por sus hermanos de las órdenes religiosas, estaban en cada brecha abierta por el enemigo, cubrieron con su pecho a los caídos, y animaron a los débiles con la lectura del Libro de los Macabeos; aseguraron a todos el perdón de los pecados y el amor de la Santa Madre de Cristo al defender la noble y justa causa de la libertad y la fe.

El capaz mariscal Jean Lannes, enviado el 22 de febrero por el emperador Napoleón para evitar un fracaso, propuso varias veces a Palafox la entrega de la plaza, pero los bravos aragoneses no quisieron ni oír hablar de capitulación, y expresaron que no sabían rendirse.

Cuando unos emisarios franceses manifestaron su asombro por tal actitud, fueron llevados de noche a la Basílica , donde centenares de personas oraban ante la milagrosa imagen de la Madre de Dios, iluminada por la luz de las velas, sobre la columna de mármol rojo. Los galos se deslumbraron con el brillo de las joyas de la “Virgen que no quiere ser francesa”, cuyo fulgor parecía sostener el espíritu de los creyentes reunidos a sus pies. Allí, varios de los caudillos de la resistencia, entre ellos Agustina, resumiendo el porqué de la lucha, y señalando a los fieles y al escenario de la formidable capilla dijeron: “Esta es nuestra fuerza”.

Desde entonces, en la dramática situación de Zaragoza, se escuchaba la frase: “No hay rendición”, en cada acción. Las iglesias, plazas, calles, azoteas, sótanos y hasta la universidad, fueron castillos que los franceses tomaron a costa de mucha sangre. Y, cuando, víctima del fuego, el hambre, las enfermedades, el extremo agotamiento de los defensores, sin municiones ni pólvora, perdida toda esperanza de socorro o refuerzos, y convertida en ruinas, llegó el fatal desenlace, aún se escuchó un último clamor de la Junta de Defensa: “Zaragoza se rinde porque ya no existe”.


El valeroso Palafox fue capturado gravemente enfermo de tifus, Agustina, presa también de la fiebre, cayó en poder del enemigo durante uno de los encuentros armados finales, pero no sin antes exclamar delirante “¡Por la virgen del Pilar, yo no me rindo!” Enterado el mando francés de que en su poder estaba la heroína de julio, comunicaron que serían piadosos con ella, pero fue conducida prisionera junto con su hijo de apenas cinco años, que falleció a los pocos días.

Los vencedores, en cierta medida, se comportaron con hidalguía. Trataron con respeto a la mayoría de los prisioneros y permitieron a parte de los sobrevivientes retirarse con honores militares, aunque fusilaron por venganza a los padres Sas y Bagiero. El 23 de febrero de 1809, los altivos guerreros aragoneses, dirigieron sus miradas a la Basílica , hicieron la Señal de la Cruz y abandonaron la destruida ciudad.

Agustina estuvo grave, con un gran sufrimiento por la pérdida del niño, pero la juventud se impuso. Se recuperó, y su entereza la llevó de nuevo al campo de batalla. Participó en las acciones militares de Belchite y el asedio de Teruel, ciudad donde se enteró que el rey le había concedido el sueldo de alférez de Infantería. Allí recibió invitaciones del general Blake y el marqués de Lazán para que se dirigiera a Sevilla y Cádiz, donde la agasajaron con homenajes y reconocimientos. No obstante, quiso volver a Cataluña, a Tarragona, donde su marido aún luchaba contra los franceses.

Estuvo presente en la defensa de Tortosa y después de la caída de esa ciudad, nuevamente fue hecha prisionera. Protagonizó una audaz fuga y se incorporó a la guerrilla que dirigiera Francisco Abad, Chaleco , por La Mancha. Con posterioridad, pasó al cuerpo que mandaba el general Pablo Morillo y así culminó su épica

trayectoria patriótica, junto a su esposo, en Alava, país vasco, el 21 de junio de 1813, en la batalla de Vitoria.

Meses después, en 1814, el ejército anglo-ibérico y las guerrillas peninsulares, liberaron España del dominio imperial. Zaragoza renació de las cenizas, recibió el título de “Muy Noble y muy Heroica”. A los tenaces defensores de la ciudad y la Basílica del Pilar, el rey Fernando VII les concedió la medalla de la Cruz de Distinción al Valor. A Agustina, a quien Palafox ya había ascendido a teniente, se le confirmó la renta vitalicia y el monarca le entregó personalmente una condecoración especial.

La heroína del Pilar tuvo otro hijo con el teniente Roca, su compañero en los embates de la guerra, pero enviudó y contrajo matrimonio con un médico militar de Almería, Juan Cobos Belchite y Reperma. En julio de 1825, en Valencia, nació su hija Carlota.

En 1847, Carlota se casó con Francisco Atienza, militar de carrera. Agustina marchó con ellos a Ceuta, en la costa marroquí del norte de África; allí ocuparon una casa en la calle Real, conocida como la Casa Grande , donde la heroína del Pilar viviría tranquila, descansando de su azarosa existencia, hasta su muerte el 29 de mayo de 1857, a los 71 años. La enterraron en el Cementerio General de Santa Catalina.

El Ayuntamiento de Zaragoza acordó trasladar sus restos, que fueron conducidos el 14 de junio de 1870, hasta la Catedral del Pilar. En junio de 1908, fueron depositados definitivamente en la capilla de la Asunción de la Virgen , en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Portillo.

Las proezas de Agustina de Aragón quedaron inmortalizadas por el genial Francisco de Goya en su serie de Desastres de la Guerra , con el grabado titulado ¡Qué valor!, en el cual aparece la joven junto a la pieza de artillería disparada. Su figura cruzó el umbral de la leyenda en el poema La Iberíada , del bardo fray Ramón Valvidares, cantor de la Guerra de la Independencia española y con la pluma galana de Galdós en los Episodios nacionales . Hoy, tarjas y monumentos en calles y plazas, y los actos en las escuelas, conservan su memoria; ella constituye un verdadero ejemplo de mujer, patriota y cristiana, excelente regalo para la juventud del siglo XXI .

Al recordar, a dos siglos de distancia, el sitio de Zaragoza, a Agustina, a Palafox y a los miles de mártires anónimos protagonistas de aquella gesta, cuyas almas acogió en su seno Nuestra Señora del Pilar, viene a la mente la frase feliz de Joszef Pilsudski, un héroe de Polonia, la patria del Papa Juan Pablo II, quien expresó: “Invicto es quien no se rinde aunque caiga vencido”. .


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