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Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal |
Poco antes de la Gala del Ballet Nacional en honor de Aurora Bosch, recibí llamadas telefónicas de Alicia Alonso, de su esposo, Pedro Simón, y de la misma Aurora para pedirme que tuviera a mi cargo las palabras de ofrecimiento del homenaje. Evidentemente, yo tenía planeado participar en el mismo, como lo hice en los aniversarios previos de Mirta Pla (+), Josefina Méndez y Loipa Araujo. He disfrutado del arte que nos han regalado, de la belleza que hemos podido disfrutar gracias a ellas. He sido testigo del crecimiento en la carrera de las cuatro, desde los años en que eran parte del cuerpo de baile hasta que llegaron a ser primeras bailarinas y...qué primeras bailarinas! Fueron calificadas las cuatro como las “joyas” del Ballet Nacional de Cuba. Quizás otras habrían merecido también calificación análoga, pero eso ya sería otra historia. Lo cierto es que para mí esas “cuatro muchachas”, además de “bailarinas-joya”, han sido amigas cercanas. A la gratitud y a la admiración, se une el cariño que les tengo y me parece que sólo por ese título se “atrevieron” a hacerme la proposición y sólo también por ese título –el título de la amistad fraterna, honda– acepté la invitación. Confieso ahora, además, que me dio mucho gusto hacerlo.No existen muchos placeressuperiores al que nos proporciona el elogiar a un amigo y el palpar como tal elogio es compartido, como lo experimentamos en la Sala García Lorca en la noche del cinco de julio pasado.
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en sus cincuenta años de vida artística. |
Muy querida Aurora, Alicia, otras personalidades que hoy nos acompañan, miembros del Ballet Nacional de Cuba; estimado público:
Tengo el honor de pronunciar estas palabras inaugurales, ofrecimiento de un homenaje a Aurora, que es también fiesta, celebración, en el que se suman sus compañeros del Ballet Nacional de Cuba, a empezar por nuestra Alicia y por Fernando Alonso, piedras vivas y fundacionales del mismo, unidos a sus amigos y admiradores y a todo cubano de buena entraña, gústelo o no mucho el ballet como género, pero que sabe cuánto significa para la Nación el contar con institución semejante en el camino de desarrollo de su más genuina cultura, lo que equivale al enriquecimiento de su identidad peculiar.
No pronuncio mis palabras como una fórmula ritual para ocasiones análogas, sino con la convicción del pensador que ha rumiado sus convicciones. Como base de ellas evoco el antiguo aserto de la tradición filosófica escolástica, iluminada por la fe cristiana de sus cultivadores medievales y nutrido desde la raíz por los pensadores clásicos, griegos y romanos, pre-cristianos: Lo bello, lo bueno y lo verdadero se imbrican recíprocamente. Lo que es genuinamente bello, es también bueno y produce frutos de bondad; es verdadero y acrecienta nuestra percepción e interiorización de la verdad. Este axioma se aplica a todas las manifestaciones de la Belleza, la Bondad y la Verdad en el marco de las realidades humanas. Trayéndolo a la que hoy nos reúne, el Ballet, ¿qué duda cabe a quiénes hoy congregan el afecto y la admiración a Aurora Bosch, que el disfrute de su arte nunca quedó en la epidermis de la emoción estética –lo cual ya no habría sido de poca monta– sino que, penetrándonos, consciente e inconscientemente, nos ayudó a henchir nuestras parcelas de Verdad y nuestro compromiso con el Bien? Por
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Josefina Méndez
en el ballet El Lago de los Cisnes. |
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ejemplo, estimo que quien tiene el privilegio de contemplar una buena puesta en escena de esa maravilla que es “Giselle” sabe que no sólo disfruta durante la función, gracias a la perfecta belleza insita de esta obra, sino que, a la
luz de la misma, crece su comprensión de la propia naturaleza humana, de la ética en las relaciones y de la realidad única que las funda válidamente, el Amor en sus diversas dimensiones y abarcamientos. Podría ilustrar mi aserto con otras referencias no sólo del ámbito del Ballet, sino también de todas las manifestaciones de la belleza encarnada: el teatro, el cine, la plástica, la música... Ahora bien, en términos generales, no basta que la obra que se entrega tenga una calidad formal óptima, sino que es necesario que quienes la interpreten –en el caso de las manifestaciones de la belleza más directamente dependientes de la acción humana– sean capaces, en la medida de sus posibilidades; de enriquecer la comunicación de lo que la obra es en sí, con la calidad integral de su persona y de la interpretación que entrega. |
Durante los últimos años hemos sido testigos de una hermosa desmesura cubana, inverosímil si no hubiésemos participado en ella. Me estoy refiriendo, por supuesto, a las celebraciones de los quincuagésimos aniversarios de vida artística de las calificadas, con razones sobradas para ello, como las cuatro joyas del Ballet Nacional de Cuba: Mirta Pla, Josefina Méndez, Loipa Araujo y, esta noche, Aurora Bosch. Desmesura porque no deja de serlo el hecho de que en nuestro país, pequeño y carente de una antigua tradición en el ámbito del ballet, tras la maravilla de Alicia Alonso, hayamos tenido la oportunidad del disfrute más genuino y abarcador de todos los rebotes posibles de la Belleza en la danza; hemos tenido nada menos que estas cuatro joyas. Y digo “cuatro” porque es el número consagrado, porque, en realidad, hay unos cuantos más, ellas y ellos, que merecen tal calificativo. Desmesura de belleza en la que se articulan diversos componentes como causas que nos conducen a tal resultante. En primer lugar, una cierta sensibilidad para la expresión musical y la naturaleza rítmica, danzante y teatral, propia de los hijos de nuestro pueblo que, frecuentemente, cuando hablan, parecería que están actuando, cantando un melodrama o bailando. En segundo lugar, la conjunción de las voluntades acerinas que fundaron los antecedentes de nuestro Ballet Nacional, hace ya casi seis decenios; sin ellos, nuestra máxima institución danzaria no tendría explicación. Luego, la promoción de tal género, el Ballet, por parte de las autoridades culturales de la Nación; sabemos que no siempre fue así, que en los orígenes no fue así. Por último, en el lugar cimero, las personas que, concretamente, a lo largo de estos decenios, han tenido las condiciones físicas y temperamentales y, apoyándose en ellas y en la tradición del magisterio fundacional, responsablemente han asumido esta muy exigente vocación por la danza en el género del Ballet. Hoy es Aurora Bosch, una de sus más notables exponentes de la hermosa desmesura, quien concentra nuestra atención agradecida y despierta.
Siendo todavía una niña, inició Aurora su formación en la Academia de Ballet Alicia Alonso en 1951 y, ya una adolescente, en 1956, realiza su debut escénico cuyo quincuagésimo aniversario hoy celebramos. Su carrera artística la ha llevado a numerosos países de América, Europa y Asia y en múltiples ocasiones se ha visto galardonada por muy altas distinciones, relacionadas no sólo con el ballet, sino también con la cultura, en Cuba y en el extranjero. Mencionar países y distinciones pormenorizadamente, haría de este texto una especie de letanía solemne con tonalidades catedralicias. Su carrera se prolonga actualmente con la enseñanza a las nuevas generaciones de bailarines cubanos y extranjeros que, unidos a quienes apreciamos este género, la contemplan, la admiran y la quieren como lo que es, un testimonio de primer nivel de los ingredientes técnicos, estéticos y éticos que, en principio, identifican a la escuela cubana de ballet.
No soy crítico, ni he tenido formación profesional en el ámbito de la danza. Soy sólo un “consumidor” de todas las formas de la belleza y, en el ámbito del ballet, he tenido el privilegio de haber estado cerca del crecimiento del ballet entre nosotros, desde una temprana pero intensa adolescencia. Y esto me ha permitido ser amigo, y amigo de veras, de algunos notables bailarines nuestros. Desde mi gusto por el ballet y desde el culto a su amistad, he podido ser testigo sensible del desarrollo de nuestros bailarines, de la percepción de los matices que cada uno iba incorporando progresivamente a su estilo personal de articular, en la danza, el dominio del cuerpo, las técnicas más sorprendentes, la contención requerida, el histrionismo debido en el rôle que asumían y la proyección de la interioridad del personaje.
De Aurora he admirado su indiscutible dominio de todas las técnicas danzarias, lo que le permitió realizar una y otra vez grands jetés, piruetas, balances, etc. inverosímiles, recursos, en ella, siempre alejados de lo cercano al arte circense y perfectamente articulados en el personaje que en el momento interpretaba. En ella, cada interpretación ha estado sometida a su sensibilidad exquisita y al rigor de su sabiduría. Nunca dejó de hacer todo lo que contribuiría a la proyección del personaje y, simultáneamente, supo evitar todo aquello que, técnicamente, podría haber hecho, pero habría estado de sobra. Bien sabía Aurora que, al fin y a la postre, esas sobreabundancias llamativas desfiguran la interpretación y, más allá de un aplauso momentáneo fácil, terminan siendo percibidas como enmascaramiento de deficiencias histriónicas y búsqueda, precisamente, de éxitos facilones.
Es indiscutible también la versatilidad de Aurora. Es una bailarina que sabe muy bien que asumir un nuevo personaje no equivale simplemente a cambiarse el vestido. Tiene en cuenta siempre la diversidad de estilos y, aún dentro de un mismo estilo, la diversidad de los personajes. Ella ha sabido muy bien que Giselle no es Mirta, aunque ambas sean personajes del mismo ballet; que Odette no es Odile ni es Aurora (la de “La Bella Durmiente”), aunque las tres pertenezcan a ballets creados por un mismo compositor. Y que todos estos personajes, estilísticamente, son distantes de Swanilda y del magnífico divertimento que es “Paso a Tres”, del neoclasicismo de “Las Sílfides” y, mucho más, del lenguaje y de las imágenes de ballets contemporáneos, como “Juana en Rouen” y “La Casa de Bernarda Alba”.
Se suele repetir que la personalidad de Aurora Bosch como bailarina se aviene mejor con los rôles calificados como “duros”. Entiéndase Mirta, Odile, Bernarda, etc. Sólo la propia Aurora podría matizar esta afirmación, pero el hecho es que para nosotros, su público habitual, bailó con la misma entrega, provocó la misma emoción estética y ética y fue dueña de la escena, tanto en esos personajes, los “duros”, como en los relacionados con personajes tiernos –Odette, Giselle, Aurora, Consuelo–, con los sobrecogedoramente dramáticos –Bernarda y Juana de Arco–, pícaros –como Swanilda y Kitri–, y hasta en los realmente graciosos –como el del ya mencionado “Paso a tres”.
Me permito citar textos de críticos, elegidos entre muchos posibles, que avalan, con toda su autoridad mi apreciación. El primero es de José Manuel Valdés Rodríguez y fue escrito en La Habana, en 1967, o sea en los inicios de la carrera de Aurora Bosch como primera bailarina. Escribe Valdés Rodríguez: “Aurora Bosch hizo una Reina de la Willis sobrecogedora. En París afirmó la crítica que no se había visto otra Reina de Willis igual. Lo comprendemos porque la de Aurora Bosch es una realización técnica y una interpretación con integridad coreográfica que contiene expresivos soberanos. Hay esos jetés y grands jetés que parecen estar más allá de lo humano, ingrávidos, elevados, extensos, y hay esa disposición del torso, de los hombros, de los brazos, de las manos, imperiosos, sin brusquedad, ni subrayado, de dignidad soberana; hay esos juegos fulmíneos de las puntas y la elevación excepcional de la pierna, todo un repertorio técnico y expresivo inigualado que le imparte a su labor la condición de excepcionalidad aludida por la crítica parisiense implícita en el premio otorgado.”
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Mariblanca Sabas Alomá, sin referirse a algún rôle específico, sino a las cualidades de Aurora, como bailarina y como persona, afirma, también en 1967: “Diría de entrada, para hablar de nuestra Aurora Bosch, que los rasgos esenciales de su formación técnica como primera bailarina: un balance prodigioso y una perfecta conjugación de vigor y ligereza en sus impresionantes grands jetés, reflejan y al propio tiempo condicionan las modalidades sobresalientes de su carácter y de su espíritu. Su baile y su vida se complementan. Es, como bailarina y como persona, equilibrada, reposada, profunda, consciente; en ella se aúnan el rigor del análisis y la riqueza creadora de la fantasía: es dulce y firme, tierna y severa, muy juvenil y muy madura.”
No quiero dejar de citar a nuestro Pedro Simón quien, cinco años después, en 1972, escribía: “El pasado viernes 24 se produjo el debut de la primera bailarina Aurora Bosch en el personaje central del ballet Giselle, (...) Nosotros saludamos con gran reconocimiento, el respeto, el sentido de responsabilidad y la inteligencia con que ha trabajado este personaje
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Alicia Alonso
en
el ballet Farfalla. |
Aurora Bosch (...) Durante toda la obra logró una suavidad plástica y serena en los movimientos (...) Pudieran enumerarse también una serie de detalles cuidadosamente previstos, tendientes a avanzar por caminos propios, sin parecerse más que a ella misma, los cuales son desde todo punto de vista, encomiables.”
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Mirta Pla (+)
en el ballet La fille mal gardée. |
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.Aurora Bosch ha sido y es todo esto y mucho más, pues –como nos lo recuerda Mariblanca Sabas Alomá– como persona acumula un sinfín de cualidades positivas que, precisamente, porque las tiene, es capaz de reflejarlas, con su versatilidad propia, en los personajes asumidos a lo largo de su carrera como bailarina y como profesora de ballet. “Nadie da lo que no tiene”, afirma un refrán conocido, y ahora añado: “Y nadie transmite si no es generoso y no conoce bien el lenguaje.” Aurora tiene aún mucho que dar y lo dará porque sigue siendo sumamente generosa y conoce perfectamente el lenguaje de la belleza, de la verdad y de la bondad, tal y como pueden expresarse por medio del Ballet. |
Termino evocando algo que quizás los más jóvenes no conocen. No siempre las cosas fueron físicamente fáciles para Aurora. No lo son para ningún bailarín pues se trata de una profesión demandante en grado sumo, pero las cosas se complican cuando hay lesiones severas que hacen muy difícil hablar con soltura y propiedad el lenguaje de la danza. Aurora pasó por la prueba de esas lesiones severas en las rodillas. Tengo entendido que, en ocasiones los dolores le resultaban tan sumamente intensos, que llegó a pensar que se vería obligada abandonar su carrera como bailarina. Los apoyos y cuidados que recibió y, sobre todo, la firmeza de su vocación unida a su voluntad férrea, le permitieron superar esos momentos y ha llegado, nimbada de luz y de laurel, al día de hoy, a estos cincuenta años de su debut escénico, a la fiesta de todos los que la admiramos y queremos, como bailarina y como persona
Gracias, Aurora, por el don que tú has sido para todos nosotros y que es mucho más hondo y va más allá del disfrute estético que tuvimos siempre que te vimos bailar. Gracias por ser como eres y haberle dado así una mayor y mejor dimensión a nuestras vidas. Felicidades Aurora por estos cincuenta años. Nuestros mejores deseos te acompañen en los años por venir, en los que colaborarás en la continuidad y profundización de nuestra escuela de ballet y, al hacerlo, estarás cultivando muchos de los valores que identifican a nuestra querida Nación cubana. Felicidades, Aurora, y muchas, muchísimas gracias.
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Loipa Araujo y Fernando Jhones
en el ballet El Festival de las Flores. |
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