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¡ Cómo no acudir a la Virgen en esta hora de la Patria?
Homilía pronunciada por S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana,
en la Solemnidad de Nuestra Señora de la Caridad.
Parroquia Nuestra Señora de la Caridad, La Habana, 8 de septiembre de 2006.

Queridos hermanos y hermanas:

De nuevo nos reúne la Virgen de la Caridad del Cobre, Reina y Patrona de Cuba en este día en el que celebramos su fiesta. Fiesta en cierto grado de todos los cubanos. Porque en María proyectamos como cubanos los sentimientos que una familia experimenta por la madre. La Virgen María, en su imagen bendita que veneramos con el título hermoso de Madre de la Caridad, que significa Madre del Amor, carga en sus brazos a Jesús niño, presentándolo al pueblo como el Salvador, como el que viene siempre a traer el amor, la reconciliación, el perdón y la paz a todos y cada uno de los hombres y mujeres que pueblan esta tierra. En su imagen vemos toda la ternura que la madre siente por su hijo, esa dulzura que inspira siempre sentimientos buenos en nosotros. María de la Caridad es la mujer, la madre que desempeña en la familia el papel de recordarnos que existe el amor, que debemos querernos, no sólo quererla a ella como madre, sino quererse los hijos entre sí como hermanos que son y de este modo agradar a la madre.

Cumpliendo esta misión, desempeñando admi-rablemente este papel aparece María en el evangelio, cuando participa de las alegrías en una fiesta de bodas en Caná de Galilea, donde invita a su hijo Jesús a hacer su primer milagro para que todos puedan tener vino y continuar la fiesta. Pero María es también la madre que comparte al pie de la Cruz el dolor de su hijo martirizado.



La patria es tierra materna y tierra paterna, de tal modo que podemos decir que somos hijos de Cuba, que somos hermanos y hermanas.

S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino pronunciando la homilía.

Bien saben los católicos que vienen a Misa todos los domingos que, considerando la Paz como un bien superior, al decir del Beato Juan XXIII,
y sabiendo también que “la Paz es fruto de la justicia”, rezamos siempre para que no sólo la justicia social, sino la justicia individual recorra el necesario camino de la tolerancia y del estricto derecho entre nosotros, pedimos para que mejoren las condiciones de vida de todo nuestro pueblo, rezamos y obramos para que la violencia no triunfe en el trato entre cubanos.
La Iglesia la llama por eso, madre de la divina gracia, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, porque ella está presente en nuestras vidas y en la historia del pueblo cristiano consolando, ayudando.

Así, con su niño en brazos, flotando adherida a una tabla donde se leía: “Yo soy la Virgen de la Caridad”, la encontramos los cubanos en la bahía de Nipe. Pero, ¿Eran ya cubanos los que hallaron la imagen bendita? Sí, habían nacido en esta tierra, aunque no tuvieran aún una patria, ni constituyeran una nación, eran los retoños primeros de lo que sería Cuba después. Y otra pregunta nos asalta: ¿encontramos nosotros a la Virgen Santísima de la Caridad o nos encontró ella a nosotros? En la providencia amorosa de Dios para con nosotros, no sólo para con aquellos tres primeros cubanos sin patria ni nación, sino para todos los que hoy poblamos esta tierra, y para cuantos nos han precedido a través de años de lucha, sacrificios, esperanzas y alegrías, quiso Dios que la Madre de su Hijo Jesucristo, el Salvador de los hombres, llegara sencillamente hasta aquí, apareciera a los pobres, acompañara a los humildes, y como madre consolara en las penas, animara en los esfuerzos, compartiera nuestros gozos, reavivara nuestra esperanza, para mostrarnos que el amor está por encima de todo, que todo lo puede, que todo lo espera, que nunca pasará. Caridad significa amor, pero amor de entrega, que es don de sí. Con ese título de Virgen del amor reina Nuestra Señora de la Caridad desde su altar de El Cobre en el corazón de todos los que la reconocen como madre y protectora nuestra.

Muchos han dicho que María es símbolo de la patria cubana. Es cierto, pero no es un símbolo en el mismo sentido en que un objeto significa algo que es más que él, porque el simbolismo de la Virgen de la Caridad para los cubanos es como el de la madre en una familia, un símbolo vivo que actúa en los corazones, que produce un amor de retorno de sus hijos hacia ella y un amor de intercambio de sus hijos entre sí. La Virgen de la Caridad, en su realidad de Madre del Señor, congrega y une a los cubanos en una gran familia y honrarla a ella no es honrar sólo un símbolo de la patria, sino hacer que todos nosotros tomemos conciencia de que esta patria, en la cual ella derrama su amor maternal, es una herencia común que debemos amar, que debemos cuidar, que debemos engrandecer siempre con nuestras virtudes, con nuestro trabajo, con nuestros esfuerzos. Patria es la afirmación de que un pueblo está establecido en un sitio, con una larga ligazón de afectos, en la cual, para nosotros, cubanos, la conquista de la libertad a partir de la colonización, desempeña un papel definitivo en la generación de ese sentimiento patrio, que hace de nuestro pueblo una familia de largo trato antiguo y familiar. En las luchas por la libertad ha estado siempre presente la Virgen de la Caridad, la Virgen mambisa, dando a luz a la Patria.

La patria es el lugar donde se convive y donde discurre la vida en términos familiares. Esto se verifica vivamente entre quienes formamos el pueblo cubano. La patria es tierra materna y tierra paterna, de tal modo que podemos decir que somos hijos de Cuba, que somos hermanos y hermanas. Es como si hubiera un lazo de sangre entre nosotros, mucho más cuando la sangre de los cubanos fue derramada realmente para tener el derecho a esta tierra, que queda como santificada por la sangre de los antepasados. No son lazos de sangre porque todos seamos de una misma raza, hay cubanos de origen español o europeo y cubanos de origen africano, pero como dijo nuestro gran polígrafo Fernando Ortiz: “cubano es más que negro o blanco”. Cubano es un modo nuevo de ser que no es negro ni blanco, ni tampoco mestizo, sino la integración de todos esos rasgos físicos y culturales en un ser distinto que nos identifica ante nosotros mismos y ante los otros pueblos. No es cubana una música cuando es completamente africana, aunque sea relevante por estar en las raíces de nuestros ritmos, porque nosotros tenemos ya otra cultura. No es cubana la música cuando es sólo española, aunque es hermosa y está también en la raíz de nuestra música. Es cubana la música de la Misa que estamos cantando hoy y de los cánticos que le dirigimos hoy a la Virgen de la Caridad, que ya no son ni música africana ni música española, sino música nuestra, cubana, que nació de la integración, de la fusión de varios elementos, que constituye una realidad nueva, identificada en el mundo entero. Sirva esto como ejemplo de lo que debe ser nuestra patria, de lo que es la cubanía.

La cubanía nos abraza a todos, nos envuelve a todos como hermanos, hijos de esta tierra que reconocen tener una historia y un destino común. Protectora y parte de nuestra cubanía es la Virgen de la Caridad.

En nuestro ser de cubanos ha estado constantemente presente el recurso confiado a la Virgen del Cobre ante situaciones personales o familiares, gratas o difíciles. El dolor de un accidente fatal, del cual alguien se salvó milagrosamente, la alegría de una medalla olímpica, de un éxito artístico o literario, el gozo de un preso por la libertad recuperada, la felicidad de unos esposos por la curación de su hijo, todo cuanto preocupa, aflige o alegra a nuestras familias, a cada cubano, encuentra su eco en el Santuario de El Cobre. Allí está, como regalo de gratitud a la Madre de la Caridad, desde el zapatico del niño que salvó su piernecita después de una operación riesgosa, hasta la bala que pudo haber matado a un soldado, pero lo dejó con vida o el salvavidas firmado por todos los marinos rescatados de un barco de pesca cubano que se hundió en el Atlántico Sur. Allí se encuentra nuestra historia de profundidades, de puertas adentro, de corazón adentro, que no aparece casi nunca en libros, pero cuyos hechos tejen la tela de una nación.

Pero también está la gran historia, la de las crónicas, la de la prensa, la de los libros: banderas cubanas de las guerras de independencia, brazaletes rojinegros del ejército rebelde, grados militares de oficiales de las FAR, un poco de tierra guantanamera que fue al cosmos. Ayer como hoy la Virgen María de la Caridad ha estado y está presente en el quehacer y en el sentir del pueblo cubano, en la música de nuestros músicos, en los rasgos dejados sobre el lienzo por nuestros pintores, en el canto decimado de nuestros campesinos o en la rima elaborada o espontánea de nuestros poetas.

¡Cómo no acudir a ella, a la Virgen de la Caridad en esta hora de la Patria? ¿Cómo no invocarla en momentos tan significativos de la historia de Cuba, como hemos hecho los obispos cubanos a raíz de la nueva situación política surgida por el estado de salud del Presidente Fidel Castro? ¿Cómo no encomendarle una vez más a Cuba para que, especialmente en este momento, reine la convivencia fraterna entre todos los cubanos, para que nada internamente perturbe la paz, para que la Patria conserve los rasgos de su identidad nacional y su soberanía sin ninguna interferencia externa?

La Virgen de la Caridad está con nosotros ante Dios suplicando por todo esto, suplicando por nuestra Patria. Orar por Cuba es nuestro deber. Nos dice el Concilio Vaticano II: “Cultiven los cristianos verdadera y eficazmente el amor a la Patria...” (AG 15), “...En el amor a la Patria y en el fiel cumplimiento de los deberes civiles, siéntanse obligados los católicos a promover el genuino bien común...” (AA 14).

Al orar por el destino de la Patria, al poner su hombro para mover hacia delante la pesada carga del bien común, los católicos no apoyan una ideología, ni se identifican con ningún sistema político. Porque como nos dice el mismo Concilio Vaticano II: “La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, no está ligada a ninguna civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social” (GS 76-42). La doctrina social de la Iglesia no es una alternativa a los sistemas políticos existentes, sino una propuesta de los grandes principios que la Iglesia considera que deben animar el ordenamiento de la sociedad.
Y bien saben los católicos que vienen a Misa todos los domingos que, considerando la Paz como un bien superior, al decir del Beato Juan XXIII, y sabiendo también que “la Paz es fruto de la justicia”, rezamos siempre para que no sólo la justicia social, sino la justicia individual recorra el necesario camino de la tolerancia y del estricto derecho entre nosotros, pedimos para que mejoren las condiciones de vida de todo nuestro pueblo, rezamos y obramos para que la violencia no triunfe en el trato entre cubanos, no dejamos de orar nunca por quienes están presos por cualquier causa que sea, y al orar por todo esto tenemos también la mirada fija en el bien común del pueblo cubano y sobre todo en el bien supremo de la Paz en Cuba, que lleva consigo comprensión, reconciliación, perdón y misericordia entre todos los que integramos nuestra nación. Esta oración la ponemos también hoy llenos de confianza en manos de la Virgen de la Caridad del Cobre.

Este es el lenguaje de la fe católica, éste es el modo de decir y actuar de quienes quieren vivir con responsabilidad el compromiso cristiano de amar a la Patria.

Dejo ahora la palabra a un gran patriota, al Padre del pensamiento nacional cubano, a uno de los primeros que en nuestra historia llamó a Cuba su Patria: al Siervo de Dios Padre Félix Varela.

En su ética política, como lo atestiguan prestigiosos investigadores cubanos, nos deja él tres principios que deben regir el patriotismo:

1. Preferir el bien común al bien particular.
2. No hacer cosa alguna que pueda oponerse a la unidad del cuerpo social.
3. Hacer sólo lo que es posible a favor de la sociedad.

Y propone además reiteradamente otro principio: “pensar como se quiera y operar como se necesita” y explica este enunciado por la posibilidad real de solución que pueda tener cada cosa según su naturaleza y las circunstancias de cada momento.

Estos principios sabios, que el Padre Varela dice que “deben estar regidos por la prudencia”, deben animar el verdadero patriotismo y no la grandilocuencia y la exaltación. Constituyen además esas máximas un modo concreto de vivir el amor a la Patria a que nos invita la Virgen de la Caridad a todos los cubanos.

Queridos hermanos y hermanas:

Pongámonos, pues, a la escuela del Siervo de Dios Félix Varela y con la mirada fija en la Virgen María de la Caridad, Reina y Patrona de Cuba, imploremos de ella que nos alcance a todos los cubanos ahora y siempre las bendiciones de su Hijo Jesucristo, el Salvador, que es Dios y vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.
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