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ECONOMÍA

por Orlando Freire Santana

La inconveniencia de los extremos

Todo parece indicar que las principales economías de Occidente han entrado ya en la crisis que desde hace un tiempo se anunciaba. Es muy probable que estemos en presencia de una vicisitud de tal envergadura que la equipare con la gran depresión de 1929, y no sea tan solo un simple declive en el accionar cíclico del sistema capitalista. Mas si tuviésemos que indicar un elemento común a ambos sucesos, me inclinaría por el hecho de que tanto una crisis como la otra se vinculan con determinadas particularidades de dicho sistema, pero en ningún momento han quedado en entredicho instituciones tales como la propiedad privada, el mercado o la libre competencia.

La denominada crisis de entreguerras, o crac de 1929, estuvo precedida de un retroceso en la agricultura norteamericana, así como la incapacidad de Alemania de pagar las enormes reparaciones de guerra que se le impusieron después de la

La inconveniencia de los extremos.

Primera Guerra Mundial; al final, la escasez internacional de dinero provocó que muchas naciones no pudieran vender sus excedentes de productos agrícolas e industriales. La turbulencia actual, por su parte, ha sido el resultado de una errónea política crediticia, una desenfrenada especulación, así como cierto fundamentalismo del mercado que condujo a la aplicación de estrategias desreguladoras que limitaron al mínimo el papel del Estado en la economía.

En una fecha relativamente temprana como el año 2002, el destacado economista Joseph Stiglitz –quien fuera economista-jefe del Banco Mundial y Premio Nobel en el 2001– había advertido ya acerca de cómo los principales organismos internacionales –léase el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial– estaban gestionando mal un proceso globalizador que podía acarrear beneficios para todos. “Creo que la globalización –la supresión de las barreras al libre comercio y la mayor integración de las economías nacionales– puede ser una fuerza benéfica y su potencial es el enriquecimiento de todos, particularmente los pobres; pero también creo que para que esto suceda es necesario replantearse profundamente el modo en el que la globalización ha sido gestionada, incluyendo los acuerdos comerciales internacionales que tan importante papel han desempeñado en la eliminación de dichas barreras y las políticas impuestas a los países en desarrollo”. (1)

Incluso hasta el politólogo norteamericano Francis Fukuyama, el mismo que en 1989 decretó el fin de la Historia y el triunfo definitivo de la democracia liberal y el mercado –con la consiguiente disminución del papel del Estado en la economía–, quince años más tarde había modificado en parte su punto de vista. Así escribió Fukuyama en un compendio de artículos publicados por la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), dirigida por el ex jefe del gobierno español José María Aznar: “Los problemas del siglo xxi se relacionan con la falta de instituciones estatales sólidas en los países pobres, más que con la situación típica del siglo xx , en la que los Estados eran demasiado grandes”. (2) Claro, quizá lo que no imaginó en ese momento el catedrático de Harvard fue que pocos años después los Estados de los países ricos tendrían que salir en auxilio de muchas de sus entidades financieras.

En ese contexto no faltan voces como la del presidente francés Nicolas Sarkozy, quien ha llamado a “refundar el capitalismo”. O sea, no renunciar a la esencia del sistema, sino más bien distanciarse de las políticas neoliberales que prevalecieron durante las últimas décadas. También se insiste en la necesidad de reformar las relaciones financieras internacionales emanadas de los acuerdos de Bretton Woods , con el consiguiente abandono de la primacía del dólar norteamericano. Líderes como Luiz Inacio Lula da Silva y Hu Jintao han destacado la importancia de que potencias emergentes como Brasil y China sean tomadas en cuenta para la ejecución de ese empeño. Un accionar que, además, no podría permanecer totalmente al margen de los intereses de las naciones más empobrecidas.

Entonces acude a mi memoria un apotegma recurrente: en los países capitalistas, cuando el libre mercado no cumple con eficacia su papel de regulador espontáneo de la economía, se acostumbra recabar la ayuda del Estado; en los países socialistas o de economías estatizadas, en cambio, cuando el exceso de centralismo da muestras de agotamiento, resulta habitual que se apliquen determinadas palancas del mercado en aras de liberar la energía creadora de la sociedad. Si Estados Unidos y sus socios occidentales se han visto en la necesidad de asumir la primera recomendación del aforismo, a nosotros nos convendría tomar nota de la segunda.

En efecto, en más de una ocasión las autoridades cubanas han compartido su predilecta opción centralizadora con estrategias pro mercado, si bien es cierto que estas últimas no siempre se ejecutaron de un modo consecuente. Así aconteció a partir de 1975 cuando el flamante Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE) –con su Cálculo Económico incluido– intentó paliar el marasmo en que se sumió la economía tras los excesos de idealismo de la segunda mitad de los años sesenta. De una manera tímida fueron establecidas relaciones monetario-mercantiles entre las empresas, cierta descentralización en el uso de la fuerza de trabajo, así como el reconocimiento de que la ley del valor regía en el socialismo. Sin embargo, el copismo desmedido de otras realidades y el posterior inicio de la Perestroika hicieron abortar el proceso. En ocasiones daba la impresión de que se actuaba más para parecernos a los soviéticos que obedeciendo a necesidades estructurales de la nación.

Años más tarde, en la década del noventa, ante la perentoriedad de levantar una economía que había tocado fondo, se adoptaron medidas más osadas como la despenalización del dólar, una mayor apertura a la inversión extranjera, y un incremento del trabajo por cuenta propia. Hacia 1996, empero, frente a la alternativa de profundizar las reformas con la muy probable apertura política que ello demandaría, los gobernantes de la Isla optaron por retomar gradualmente la línea centralizadora.

De prevalecer entre nosotros una estrategia económica alejada de los extremos –que en Cuba significa inclinar un poco la vista hacia el mercado–, valdría la pena considerar determinados retrocesos acaecidos a raíz del paso de los huracanes como algo coyuntural y no otorgarles visos de durabilidad. Recientemente profundizamos al respecto. Mas no debemos perder de vista tampoco las nuevas posibilidades que podrían abrirse para Cuba con la llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos. No pienso en un levantamiento del embargo, ya que esa porfía hunde sus raíces en el prolongado diferendo bilateral entre ambos países, más allá de las leyes extraterritoriales que tanta algarabía han provocado últimamente. Estados Unidos se ofendió cuando el gobierno revolucionario nacionalizó sus propiedades sin indemnización, y Cuba hizo otro tanto al cortársele la cuota azucarera en el mercado norteño. Por lo tanto, y aunque todos quisiéramos que concluyese mañana mismo una situación tan anormal entre dos naciones cercanas en lo geográfico e histórico, se trata al parecer de un asunto de más compleja solución.

Pero si Obama lleva a la práctica sus anuncios preelectorales, es probable que entren libremente las remesas de los cubanos emigrados, así como que ellos y los propios ciudadanos norteamericanos puedan viajar con menos restricciones a la Isla. Y todo esto, lógicamente, se traduciría en un arribo nada despreciable de moneda convertible al país. La mayoría de la diáspora cubana ha dado muestras de que desea que eso suceda. La victoria electoral del Partido Demócrata en el estado de Florida no solo habría que buscarla entonces en una presencia mayor de ciudadanos de otras naciones latinoamericanas en ese territorio, con la aparejada pérdida de influencia de la comunidad cubana.

Estimo que la vía más expedita para extraer provecho de esa nueva política sería contar con una contrapartida de carácter interno. Se podría analizar hasta qué punto nos conviene mantener la más reciente revalorización de nuestra moneda con respecto al dólar y otros signos monetarios. Además de tornar menos competitivos a nuestros bienes y servicios –pienso, por ejemplo, en la dura competencia que afrontamos en el turismo con otros destinos del Caribe–, ese descuento que sufren las monedas foráneas al entrar en el país podría desestimular el envío de las referidas remesas.

Por otra parte, resultaría fructífero que ese hipotético flujo monetario pudiera encauzarse hacia objetivos relacionados de alguna manera con la inversión, y no oficiara solamente como un catalizador del consumo, algo que, por cierto, también aplaudiríamos. Si se ampliara el marco del trabajo por cuenta propia, los actuales cuentapropistas y otros que se sumaran, con las remesas que recibieran, podrían ampliar sus pequeños negocios e incluso contratar mano de obra. De igual modo, los usufructuarios de tierras ociosas contarían con recursos adicionales con que acometer su ardua labor. Ambos ejemplos, como otros muchos que pudieran traerse a colación, redundarían en beneficio de la sociedad cubana.

(1) Joseph Stiglitz: El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002.
(2) Francis Fukuyama: “¿Sigue la historia de nuestro lado?”, en La revolución de la libertad . Compendio de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), Madrid, 2006