En el trayecto, algo dilatado, hasta el Parque de la Fraternidad , fue pasando ante mi vista la existencia, más o menos azarosa de ese escritor, que vivió a caballo entre dos siglos agitados: el racionalista XVII y el romántico XIX . Había nacido en Saint Maló, en la región francesa de Bretaña y se crió en el castillo que sus padres, miembros de la nobleza regional, poseían en Combourg. Era heredero de un título de Vizconde y creyó en su temprana juventud que su vocación era el ejército. Con su uniforme de oficial se paseó por el Versalles de Luis XVI. En ciertos “saloncitos” de la época, las damas elegantes aplaudían sus versos. Vivía en un mundo ideal, pero llegó el año 1789.
Por su origen y sus gustos, el poeta no vio con buenos ojos las agitaciones del París revolucionario: la toma de la Bastilla , la convocatoria a la Asamblea Nacional. Asistió a los debates de esta y no le pareció mal el establecimiento de una monarquía constitucional, pero el radicalismo revolucionario le repugnaba. En 1791 se fue por un tiempo a los Estados Unidos. Aunque en sus Memorias de ultratumba dedica algunos tímidos elogios a la democracia norteamericana, la vida austera y el aparente igualitarismo de las familias de Nueva Inglaterra le parecían toscos y faltos de distinción. Quedó horrorizado cuando el presidente Washington lo invitó a una recepción en su propio hogar y él mismo le abrió la puerta: Chateaubriand creyó que era un cochero. Él estaba acostumbrado a las pompas de la realeza.
Al enterarse de la condena a muerte de Luis XVI regresó a Francia, justo cuando se iniciaba el “reinado del Terror”. Parte de su propia familia tuvo que subir a la guillotina y él formó parte del ejército que combatió irregularmente a las fuerzas republicanas, pero fue herido en una batalla y cuando su tropa quedó totalmente desbandada en 1792, emigró a Londres donde sobrevivió impartiendo clases de francés y en espera de la restauración monárquica.
Siete años después, justo al final del siglo, regresó a su país y creyó que Napoleón sería el instrumento para el regreso a la monarquía. Con cierta falta de vista, interpretó el Concordato de 1801 con la Santa Sede , como un signo del restablecimiento total del orden anterior: estado confesional, catolicismo ligado a la monarquía y gobierno de una aristocracia con “derechos legítimos” y por encima de la plebe que le asqueaba.
Nada de eso sucedió. En la historia las cosas no vuelven nunca exactamente atrás. Napoleón lo nombró secretario de la legación en Roma, pero no tardó en malquistarse con el Emperador y renunció a sus cargos en el servicio exterior y se dedicó a viajar por Grecia, Jerusalén, el norte de África y España.
Mientras tanto, Chateaubriand iba haciendo su obra literaria. Sus novelas Atala , publicada en 1801 y René , al año siguiente, le garantizaron un éxito duradero. Su obra se inscribía en lo que empezaba a llamarse “la romántica” –proveniente del término roman , en francés: novela o relato–. El exotismo del paisaje canadiense, con sus indios “natchez” idealizados, la descripción de paisajes como las cataratas del Niágara, los amores imposibles, hechizaban a lectores en todo el mundo. Tanto influyó el escritor con estos libros sobre autores más jóvenes como Víctor Hugo y Lamartine, como en la propia América, donde lo leyeron con voracidad autores cubanos como José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Plácido.
Pero el señor vizconde no quería pasar a la historia como un autor de novelas y se empeñó en una tarea para la que se sentía predestinado: ser un apologista del cristianismo, un restaurador del catolicismo tal y como era antes de la Revolución. Para ello inició en 1802 una trilogía compuesta por: El genio del cristianismo , Los mártires y que se completa en 1811 con su Itinerario de París a Jerusalén. Mas, el autor no tenía una formación teológica, ni siquiera una vida eclesial ordenada. Como para sus antepasados bretones, la religión formaba parte de las obligaciones y rituales de la vida cotidiana y tenían un capellán como se tiene a un cocinero.
Lo que pretendía Chateaubriand era una religiosidad que se apoyaba sobre todo en la tradición –en lo que “antes era”– y en las emociones que venían de los sentidos. Es célebre su frase: “No he cedido, lo confieso, a grandes luces sobrenaturales; mi convicción ha salido del corazón: he llorado y he creído”. No en vano, el agudo crítico Sainte Beuve lo llamó “un epicúreo que tenía imaginación católica”. A pesar de que la jerarquía eclesiástica de su tiempo, desde los arzobispos y cardenales, hasta el propio Papa Pío VII, por entonces cautivo de Napoleón en Fontainebleau, lo consideraban un católico sincero y aceptaban los reverentes obsequios de sus volúmenes, no sabían qué hacer con esa apologética emotiva de quien se ocupaba más de las descripciones de ambientes que de la teología sacramental. Lo suyo eran los templos del medioevo en penumbras, la luz que entra por los vitrales, el canto de los canónigos, la mirada sentimental a la vida de los santos de los primeros tiempos del cristianismo. En algunas cosas parecía una anticipación de aquellos ingenuos filmes cristianos de inicios del siglo XX como El signo de la cruz. Véase como muestra este fragmento de René: |
trilogía, da a entender en cartas privadas de que se aburre en Tierra Santa, y se apresura para llegar a Granada, donde tiene una cita con una tal madame de Mouchy. Eso sí, antes de salir de la Ciudad Sagrada , se hizo armar caballero, quizá para sentirse como uno de los cruzados. Él mismo había dicho que iba a ese viaje a “buscar la gloria para hacerse amar”… y no precisamente de Dios.
¿A qué viene todo este relato de antigüedades o anacronismos? ¿Para qué pueden servir a un cristiano cubano de hoy, por mucha curiosidad intelectual que tenga? Pues, porque, salvo inevitables diferencias, la historia tiene sus similitudes. En los últimos años la Iglesia cubana ha tenido un visible renacer público y con ello, muchas personas han redescubierto una necesidad interior de encuentro con la trascendencia, o al menos, un vago anhelo de encuentro con el “más allá”. Muchas lo canalizan con prácticas sincréticas, con meditaciones seudo-orientales o con algún elemento de la parafernalia del New Age , pero, otras, entre ellas algunos intelectuales, se aproximan a los templos católicos. Se ha hecho usual esa frase: “Es que vengo aquí y encuentro un no sé qué…”, lo que se completa con la fascinación por la penumbra en las naves laterales de la Catedral habanera, por la gustada audición del canto gregoriano o por el “disfrute” de ciertas liturgias con mucho incienso y palio.
Es innegable que el arte, bien utilizado, es un poderoso auxiliar de la fe. Recuérdese que uno de los objetivos de las catedrales en el Medioevo era servir de evangelización visual a los iletrados y que en la Contrarreforma , la pintura y la escultura debían mostrar en todo su esplendor al catolicismo, triunfando sobre el austero protestantismo: díganlo tantos ejemplos desde la iglesia de Jesús, que edificaron los jesuitas en Roma hasta San Nicolás de Praga.
También el arte, puede ser una vía para la conversión. Quizá el mayor de los ejemplos es el de san Agustín, quien, en Milán escucha en la catedral los cantos ambrosianos que lo emocionan hasta las lágrimas, poco antes de pedir a san Ambrosio que le conceda el bautismo. Más cerca de nosotros, el escritor francés Paul Claudel, entró una tarde de invierno en la catedral de Notre Dame en París y escuchó, escondido en la sombra, junto a una columna, el canto de las vísperas de Navidad y ese fue el punto de giro para su conversión.
Sin embargo, a veces hay el riesgo de confundir el signo externo con lo que él representa y se producen efectos contrarios. Hace no muchos años supe que un joven artista cubano había manifestado su deseo de ser bautizado. Pasó sin dificultades por el período del catecumenado y por fin recibió el sacramento de iniciación cristiana. Todo parecía perfecto, ¡cuál no sería mi sorpresa cuando poco después me aseguró que él no pensaba en modo alguno ir a misa! No podía soportar esa liturgia en español, esos coros compuestos por viejas desafinadas, esa música en la que participaban todos. Consideraba que habría que encontrar un sitio “selecto”, donde se oficiara en latín y coros entrenados impecablemente, sin participación del pueblo, alternaran el gregoriano con las grandes obras de Palestrina, Handel, Mozart. De otro modo, no le parecía atractivo el asunto. Por cierto y como comentario curioso, tiempo después supe que se había hecho iniciar en la “santería”… quizá le interesaba más, por entonces, ese otro tipo de música.
El hombre integra en sí las emociones y la razón, las sensaciones y las convicciones, todo ello queda implicado en su vida cotidiana y esto incluye a la vida de fe. Una fe sin emociones, de simple repetición de dogmas, corre el riesgo, con su aridez, de agostarse, pero una fe sólo basada en la emoción sentimental tiende a ser efímera, a ser desplazada por otras emociones más fuertes. Muchos sacerdotes y religiosas conocen cada año de esos muchachos y muchachas que afirman tener vocación religiosa, que les emociona “huir del mundo” y entrar en el seminario o en el convento, entregarse a Dios y quieren se acólitos en todas las misas, poseer un breviario, refugiarse en los templos y no salir de ellos, pero en cuyas bocas y mentes está casi siempre ausente la palabra “prójimo” y acaban perdiendo la ruta apenas la vida de seminaristas o novicios les parece rutinaria y amarga.
En los últimos tiempos se ha hecho más o menos habitual que los artistas, huyendo de años de censura ateísta, usen y abusen en sus cuadros y esculturas, en sus poemas y partituras, de signos religiosos, pero en la mayoría de los casos estos se emplean despojados de su sentido profundo. No abundan entre nosotros los Andrei Rubliov o los Fra Angelico, los Palestrina ni los Gaztelu, aunque haya honrosas excepciones. El riesgo de Chateaubriand sigue en pie: Jesús de Nazaret no tenía los esplendores externos que adornaban a los Sumos Sacerdotes, su doctrina se predicó a los sencillos y las primeras comunidades cristianas se reunían en establos, graneros, cuando no en verdaderas cloacas. Las grandes basílicas y los palacios vinieron después y no para mayor santidad…Y, por supuesto, el mensaje cristiano es siempre actual, sobrevive a tormentas, a revoluciones, a modas, nunca es conservador, salvo en lo que atañe al depósito de la fe, pero no defiende privilegios de noblezas y castas. La Iglesia se renueva continuamente, porque siempre habla al hombre de hoy, por ello la actitud melancólica, el “pasatismo”, el “restauracionismo” no van con el cristianismo verdadero.
He llegado, en medio del bullicio vespertino al Parque de la Fraternidad y ya casi no me acuerdo de aquel libro que no pude incorporar a mi biblioteca, me reclaman asuntos de hoy: abordar el auto que me cuesta diez pesos, las tareas del hogar, la escuela de mi hijo, recolectar el agua antes de que vayan a “cortarla”, saber qué vino a la carnicería. Pero el lector que me haya acompañado desde la Plaza de Armas querrá saber qué fue de Chateaubriand, pues, ahí va en un párrafo de despedida.
Cuando los Borbones regresaron a Francia, el vizconde se sintió feliz por un tiempo. Fue reintegrado a sus cargos diplomáticos. Fue delegado al Congreso de Verona y apoyó con todo fervor la invasión a España de los llamados “Cien mil hijos de San Luis” para restaurar el poder absoluto de Fernando VII –nunca supo que este, entre otras lindezas, apenas recuperó todo su poder condenó a muerte a muchos diputados a Cortes, entre ellos a un intelectual cristiano auténtico: el presbítero Félix Varela. Pero el escritor bretón tampoco quedó feliz con la monarquía restaurada, no era igual a la de los “buenos tiempos”. Ni Luis XVIII ni Carlos XI le satisfacían. En 1830 se negó a jurar lealtad a Luis Felipe de Orleáns, porque le parecía un advenedizo y un simple burgués. Fue el fin de su carrera pública. Se retiró a escribir sus memorias y falleció en 1848, coincidentemente con la Revolución de Julio, que echó abajo a ese monarca. Para su tranquilidad no tuvo que soportar al Segundo Imperio, ni a la Comuna de París, ni al gobierno de Thiers, hubiera sido demasiado para él. Como era un hombre exclusivo en todo, pidió ser enterrado en la isla de Grand –Bé, cerca de Saint Maló, a la que sólo se puede acceder cuando baja la marea y en un paraje absolutamente solitario. Murió con la convicción de que él era el restaurador del catolicismo en Francia y quizá en toda Europa. Aunque hoy se le recuerda en los manuales escolares por la influencia que tuvieron sus novelas Atala y René en el romanticismo posterior, donde más se le nombra es en los restaurantes de alta cocina de todo el mundo, pues en sus menús aparece el célebre –y delicioso– “filete Chateaubriand” que su cocinero creó para él, hacia 1822, cuando era embajador en Londres. Sin embargo, acabo de enterarme de que en 2008, la editorial Ciudadela Libros dio a la luz de nuevo El genio del cristianismo. ¿Tendrá lectores? Quién sabe… |