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Pesía Religiosa
Carlos Galindo Lena (1928-2003)

Carlos Galindo Lena
por Jorge Domingo Cuadriello

Aunque la poesía de Carlos Galindo Lena (1928-2003) transitó por una etapa de agitación entusiasta por los cambios históricos, más tarde se adentró en un remanso de cierta serenidad metafísica en el que hubo un mayor espacio para la meditación, el desdoblamiento de la intimidad y el encuentro con Dios. A ese período final pertenecen sus libros de versos Mortal como una paloma en pleno vuelo (1988) y, más aún, Últimos pasajeros de la nave de Dios (1996). En Santa Clara, donde transcurrió casi toda su existencia, ejerció el magisterio y cultivó con fidelidad, pero sin pretensiones hegemónicas, la poesía.

Carlos Galindo Lena poeta
 

EL LARGO CAMINO HACIA EL OCASO

Ay hermanos, largo será el camino hacia el ocaso,
y tajado de flores mustias y de cisnes violados por la muerte,
si tú, hombre, no decides penetrar en el alma de tu hermano.
Apegado a los huesos de tu imagen, las estrellas se burlan de tu infamia;
pero la verdadera voz de los dioses se revela sólo a través de los enigmas.

Y tú eres ángel o demonio o gnomo o Polifemo dotado de conciencia
digna, pero aún deforme como las márgenes del río de la muerte.
Los héroes han muerto y la inmundicia les cubre
las manos gastadas por los vientos.

Amémonos ahora que aún es tiempo para que la tierra se llene de guirnaldas,
mañana el cielo será severo en sus consignas de amor, en sus misterios,
recuerda que todas las coronas son falsas;
sólo la corona de espinas estremece a los demonios,
no ves cómo el amor tiende a eternizarse en el cuerpo de las doncellas
más gráciles, más llenas de pasión que de muerte.

Por eso yo amo todo lo hermoso,
todo lo que debe y puede ser amado,
como el cuerpo purísimo de mi Dama de Orléans,
mi pequeña heroína
brindando su bondad a todo el universo,
confirmándome siempre –con su eterna sonrisa–
la existencia de Dios.

XVII

Si alguna grandeza hay en mí, es porque la voz de Dios canta en mi corazón.

XVIII

Si eres capaz de oír la música del Universo, la apagada voz de la noche o la desesperada música del mar, ¿cómo no vas a oír en tu corazón la música de Dios? ¡Ay, hombre, no te niegues a ti mismo!