Retornar al "Home Page" ...
 
 
APOSTILLAS

por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL

Amigos que nos han precedido en el camino
El Padre Vicente Abreu, el Padre Héctor Casacó,
Harold Gramatges
.

A veces, he tenido la impresión de que la muerte, la propia y la ajena, sin la certeza de la sobrevida, debe estar en la raíz –consciente o no– de muchas formas de tristeza agónica y desatinos. Por no recordar aquellas expresiones del existencialismo, cercanas al fin de la Segunda Guerra Mundial, que nos reiteraban que la persona humana es un “ser para la muerte”, que la vida y la Historia no son más que una “cadena prolongada de absurdos”, que “el infierno son los otros” y que el valor de la existencia reside, precisamente, en la “aceptación de sus sinsentidos”, interiorizándolos con ausencia total de “consolaciones irracionales”, vengan estas de la Fe cristiana o de una u otra concepción reencarnacionista, o de –sabe solo Dios – qué mitología de moda. Por otra parte, no dejo de considerar que la afirmación de la sobrevida como plenitud, no como el aburrimiento infinito del vete-rotestamentario sheol o de un helénico Averno indiscriminado, depende no sólo de la Razón ilustrada, sino –y sobre todo– de la Fe en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No en un Dios inexistente, reducido a “motor primero” o a deus ex machina . Eso –así, en género neutro–, no existe. De esos dioses, soy ateo. El que sí es y existe es el “papá Dios” del balbuceo infantil y el de los adultos que, frente a la Trinidad que nos sobrepasa y nos sostiene, se saben y reafirman como “niños”. Sólo con Él ante los ojos, iluminados por la conjunción divina entre la Fe y la Razón , somos capaces de enfrentar la muerte, valientemente y hasta con el gozo del Espíritu, sin despojarla de su dimensión de Misterio, que cuelga del Misterio que es Dios mismo. Dios sabe. Sabemos que Él sabe y en Su “ciencia” reposa nuestro existir y nuestro actuar. Y sabemos, también, que ese “saber” es un don, un regalo del mismo Dios. No es la conclusión inteligente de un silogismo frío elaborado con premisas acertadas. Frente a tal don, no hay otra respuesta que la aceptación fiel y amorosa, sostenida por la Esperanza. No por las esperancitas, sino por la virtud teologal de la Esperanza , que se escribe y se vive con mayúscula. Ella, la Esperanza –como la Fe y el Amor de Caridad–, desempolva nuestra vida, sin que tengamos en ello grandes méritos propios. Esos “regalos” se reciben como indigentes que somos, menesterosos de Dios y de Sus luces.

Por consiguiente, los que sostenemos que Dios nos crea para la Vida , sabemos –con certeza vital–, que nuestra existencia personal no termina, se transforma. Contemplamos la muerte como paso o como salto a una situación existencial distinta, pero igualmente real. Si somos capaces de concebir grados en la realidad y no reducimos lo real a lo que sea perceptible por los sentidos; si estamos convencidos de que más allá de los sentidos y por encima de ellos, rigiéndolos, están la Fe y la Razón –las dos alas que permiten que nuestro conocimiento se eleve, según el dictum conocido de S.S. Juan Pablo II–, entonces concordamos en que no sólo vivimos más allá de la muerte temporal, sino que esa vida tiene una consistencia más sólida: la consistencia de lo definitivo, de lo que entra en las dimensiones de la Eternidad , de la comunión más plena posible con el único Dios real y verdadero, el Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Luz indeficiente y fuente de todo consuelo y del gozo sempiterno. La Revelación pascual de Jesucristo el Señor, muerto y resucitado, derriba por tierra las verdades parciales que encierran tanto la belleza ática del mito de Orfeo, cuanto la concepción del sheol judío y del viaje jeroglífico post mortem de los monumentos funerarios egipcios.

Sin embargo, la cadena de certezas vivificantes, no impide que, cuando se nos adelanta un amigo por el camino que recorreremos todos, las lágrimas –no siempre materiales y visibles– nos asalten desde adentro, desde el poso del alma y del corazón, y experimentemos eso que, a falta de mejores palabras, llamamos desgarramiento, tristeza, dolor, incremento de la soledad, carencia… La fragilidad de nuestra pobreza no puede evitarlos del todo. Iluminamos estas realidades con las verdades de la Fe y estas nos proporcionan una serenidad inefable, pero el peso de lo “carnal” está ahí y cobra su débito. ¿Cómo no desear ver, escuchar, palpar, abrazar a quienes queremos entrañablemente, a quienes han sido nuestro apoyo? A medida que envejecemos, se nos incrementa el número de las ausencias, de esos predecesores queridos, y llega un momento en el que, si reflexionamos con serenidad, nos damos cuenta de que son más numerosos los afectos que ya habitan en la otra orilla de la vida. O mejor, de los que ya están y son en la Vida. ………………………………………………………………………………………..

En los últimos días del año, partieron tres amigos muy queridos: el compositor y tantas cosas más Harold Gramatges y los sacerdotes Héctor Casacó , salesiano habanero que trabajaba pasto-ralmente en Santiago de Cuba, y Vicente Abreu , diocesano de La Habana.

 Harold Gramatges.
Harold Gramatges.

Pienso en Harold y pienso en Manila, su esposa. Después que ellos regresaron de sus años en París y yo de los míos en Roma, mientras Manila vivió, casi nunca los vi separados: en su casa, en tertulias y celebraciones de diversa índole, en teatros y conciertos. ¿Desde cuándo conocía a Harold? Desde hace mucho, mucho tiempo: más de medio siglo, desde los años de la Universidad y de Nuestro Tiempo, que fue una parte o, mejor, una dimensión irrenunciable de su vida y de su quehacer cultural. Siempre espigado, con esa mirada entre acogedora y pícara tras los cristales gruesos, sobre su sonrisa discreta que casi nunca llegó a carcajada y su voz más bien queda que acariciaba siempre una observación atinada. Así nos invitaba a la conversación abarcadora y nos estimulaba las mejores sensibilidades ante lo bello. Sobre todo, ante lo bello en la música, pero no solamente. Siempre le agradeceré a Harold y, por supuesto, a Manila, su amistad, su cercanía reiterada y los enriquecimientos que me proporcionaron al hacer yo caso a sus observaciones sobre algunas manifestaciones de la Belleza que yo, mucho más limitado que ellos en este orden de cosas, no había percibido. Harold tenía amigos y compañía, y estaba bien atendido pero, en realidad, estaba íngrimo y solo. Muy solo. Como una casa vieja y abandonada que se despelleja y desploma día tras día. Era la impresión que me daba en las últimas ocasiones en que nos encontramos. Se nos fue apagando, poco a poco, hasta que dejó de estar entre nosotros su cuerpo enteco, de Quijote sin casco, ni armadura, lanzas o escudos, pero siempre bien apertrechado de bondad e ingenio congregante. Su habitación ya no era de este mundo.


¿Era ateo Harold? Sé que era miembro del Partido Comunista en los tiempos en que la profesión de ateísmo era uno de los requisitos para integrarse en el mismo, pero sé también con cuánta “flexibilidad” se interpretaba la condición de ateo. Recuerdo, de manera muy especial, una conversación extensa con Lázaro Peña al respecto; exactamente, el 10 de Octubre de 1968, después del acto conmemorativo del centenario del 10 de octubre de 1868, en La Demajagua , en el viaje de Manzanillo a Santiago y, luego, ya el 11 de octubre, de Santiago a La Habana. Muchos intercambios sobre el tema sostuve también con Carlos Rafael Rodríguez, en los años sesenta, después de la oficialización del Partido Comunista de Cuba. Creo que ningún cubano medianamente informado dudaría de la identidad “comunista” de estos dos hombres. De acuerdo con los criterios que entonces escuché, ¿debe ser considerado necesariamente ateo Harold? El sagrario de la conciencia lo conoce solo Dios y no deberíamos pretender el ingreso en el mismo. Es evidente que Harold no era un “cristiano practicante”, ni católico ni de otra confesión. Pero, teniendo en cuenta palabras que le oí a través de los años, así como sus preciosos villancicos, pienso que, a lo sumo, podríamos afirmar que era agnóstico o, simplemente, escéptico en el terreno religioso. Era crítico de lo “eclesial-institucional”, pero no de la dimensión mística del seguimiento a Jesús. Me parece que puedo sostener que su aprecio por la identidad cristiana iba más allá de su dimensión cultural. A la hora del “Gran Encuentro”, repito, ya Harold no tenía habitación en este mundo. Ha pasado a ocuparla en su otra realidad, y en ella, sin que yo pretenda explicarme ni explicar cómo, está con Manila y con sus amigos más cercanos, compartiendo un Banquete irrenunciable
.…………………………………………………………………………………………
 padre Héctor Casacó. Salesiano
p. Héctor Casacó.
A Héctor Casacó lo conocí desde niño, durante mis años de párroco en Jesús del Monte. Él, su hermano y sus primos eran una constante en las celebraciones eclesiales de la zona. Y no dejaron de serlo durante mucho tiempo. Después, cada uno fue cogiendo su camino. La vida reúne, pero también separa. A Hectico, desde muy temprano, se le comenzó a salir la pinta salesiana. ¡Co-mo si lo hubiera mandado a hacer el propio san Juan Bosco! Simpático, trabajador, cariñoso, expansivo, con un don especial para la gente joven y… piadoso. De manera sumamente espontánea le venía la referencia religiosa honda, a veces bajo una envoltura medio chistosa, pero siempre nos llegaba en el otro sentido, el que no es de envoltura sino de contenido. No es el primer amigo que se me va así, con la más repentina y “absurda” de las muertes: un inesperado accidente de carretera. Siempre son inesperados los accidentes de carretera… Pero, en estos casos, también Dios sabe, aunque la clave de esa “lista de orden” del viaje sin retorno y del Encuentro Grande, el definitivo, nos resulte tan enigmática y no deje de plantearnos preguntas sin respuesta puramente racional. Solo Dios sabe, sostengo. …………………………………………………………………………………………

En una mañana de domingo de mediados de agosto de 1963, muy temprano, llegué a la sacristía de la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar para celebrar dos de las misas del día y predicar en las tres. Hacía menos de un mes de mi regreso a Cuba desde Roma. Vivía en el arzobispado con monseñor Evelio Díaz, entonces Arzobispo, y con el padre Mariano Vivanco, compañero de Seminario y a la sazón párroco del Sagrario de la S. M. Iglesia Catedral. Ante una situación harto compleja –“mejor no meneallo”–, el arzobispo me pidió que me presentase en la Parroquia del Pilar y le expusiese al párroco su decisión sobre las Misas del día. Cumplí. La atmósfera parroquial no era muy agradable ese día y apenas conocía a alguna persona. Sin embargo, había en la sacristía un grupo muy simpático de jóvenes que se encargaron espontáneamente de acogerme y de servir en el altar. Uno de ellos, particularmente atento, me dijo que en septiembre comenzaría sus estudios en el Seminario “El Buen Pastor”. Era Vicente Abreu .

Aquel día, no podía yo imaginar que, un par de semanas después, el arzobispo me pediría que fuese al Seminario –por solicitud del rector, monseñor Evelio Ramos, y del director espiritual, padre René Abreu S.J.–, como prefecto de disciplina y profesor de diversas asignaturas, entre las que se encontraban, ya entonces, el primer curso de latín y de griego (entonces el currículum incluía varios cursos de ambas asignaturas). Hace 45 años de ese primer encuentro en la sacristía del Pilar y del inicio de nuestra convivencia y amistad en el Seminario, lo cual no es poco. Desde entonces y hasta el último día de su vida fuimos muy cercanos, con un cariño nacido de corazones limpios; afecto indeleble de gran firmeza, que no sé si debería calificar como paternal o fraternal, de “hermano mayor” y de amigo más “viejo”.

padre Vicente Abreu.
p. Vicente Abreu.


El jueves 18 de diciembre comí en el Seminario y me quedé a la celebración navideña de los seminaristas. Llegué a la casa parroquial poco después de las diez. Como siempre al llegar de noche, pregunté al “sereno” si alguien había llamado y si tenía algún recado. “Como todos los días –me dijo el “sereno”–, lo llamaron su hermano Manolo y el padre Vicente”. –“¿Dejaron algún recado?” – “Que sólo querían saber de Vd. y que lo llamarán o más tarde o mañana”. –“Ya es un poco tarde: o me llaman ellos o los llamo yo mañana”. Desde que empecé a estar enfermo, los dos me llamaban casi todos los días.

El viernes 19, después de la misa parroquial, me dirigía a “Belén”, en donde tenía el compromiso de concelebrar una misa navideña, con Juan de Dios Hernández, Ramón Suárez Polcari y el padre José Miguel, capellán habitual de la institución. A medio camino, en el auto, recibí una llamada telefónica de una religiosa en la que me dijo, como rumor, no como noticia, que Vicente había fallecido repentinamente. Cuando llegué a “Belén”, Juan de Dios confirmó el “rumor” de la religiosa, narró las circunstancias y me dijo que Ramón, vicario episcopal de la zona pastoral en la que se encuentra la parroquia de Cojímar, en donde vivía Vicente, se estaba ocupando de todo lo que hay que hacer en esas circunstancias.

No sabría exponer el momentáneo estado de ánimo que me acompañó durante esa hermosa misa navideña, dedicada a los centenares de ancianos atendidos en “Belén”. ¿Desconcierto? ¿Sorpresa? ¿Tristeza? ¿Rebeldía? Un cierto desconcierto triste, sí, pero no sorpresa ni, mucho menos, rebeldía ante el hecho. Puedo asegurar, sin embargo, que al llegar a la iglesia de Cojímar, la visión del cadáver de Vicente –sacerdotalmente revestido como para celebrar la misa y con un rostro que no manifestaba otra cosa que placidez y hasta esbozaba una cierta sonrisa–, me confirió una serenidad interior inefable. No he derramado una sola lágrima visible por Vicente. Ni ese día, ni después. Cuando lo recuerdo –y esto es muy frecuente –, lo echo de menos y sé que no me habituaré a su ausencia física, pero sé que está en donde Dios ha querido que esté. Y que está bien. Solo Dios sabe cuán bien está y cuán oportuno fue el momento de Su llamada. Y esta certidumbre es manantial de paz y de acción de gracias a Dios por habérmelo dado como amigo noble y leal. Fui un buen amigo y él sabía que podía contar conmigo siempre; como sabía yo que él me quería bien y que también yo podía contar con él en cualquier circunstancia. Experientia teste .

No nos parecíamos mucho en lo que a temperamento se refiere; teníamos algunos gustos compartidos y otros no; podíamos tener puntos de vista coincidentes, pero también muy diversos. No siempre, pero con frecuencia. Sin embargo, las diferencias nunca fueron causa de encontronazos, ni de –mucho menos– distan-ciamientos. Discusiones sí, pero la temperatura nunca se elevó demasiado. Repaso nuestra larga amistad y así la veo: entrañable, cercana y recíprocamente respetuosa de nuestras identidades propias. Sí, continuaré echándolo de menos y me habría gustado que Vicente me hubiese sido apoyo certero hasta el final. Dios quiso otra cosa.

La última vez que Vicente estuvo en casa y se quedó a almorzar conmigo, muy pocos días antes de morir, le reproché, por enésima vez, que no se cuidaba suficientemente… que estaba muy delgado, que podría mejorar sus problemas motores con cuidados de fisioterapia, etc. Por enésima vez, se rió de mí y de mis recomendaciones de “viejito”. ¡Así me decía! Le repetí, una vez más, que recordase que él tendría que enterrarme y, riéndose de nuevo, me espetó, literalmente: “¿Enterrarte yo a ti? ¡Me enterrarás tú a mí! ¡Estás mucho mejor que yo!” ¿Algo intuía o todo permaneció en el nivel de las bromas? No lo sé, pero sí sé que su confianza en el amor misericordioso de Dios era inconmensurable. No buscaba la muerte, pero tampoco la temía. Se estremecía, eso sí, al pensar que podría quedar paralítico o seriamente minusválido, y que tendría que depender de los demás en todo o casi.

Vicente tuvo un largo ministerio sacerdotal: un poco más de 37 años. Fue ordenado el 6 de enero de 1971, por monseñor Francisco Oves, entonces arzobispo de La Habana , en la Iglesia Parroquial del Santo Cristo del Buen Viaje. Como sacerdote, sirvió, primero, en Güines y Melena del Sur y Guara; luego, en El Salvador de Marianao (en dos ocasiones diversas); más tarde, en Los Pinos y su entorno pastoral, en San Antonio de los Baños, Caimito del Guayabal y Guayabal, y en Santa Fe, Punta Brava y Guatao por poco tiempo. Sirvió también en la Diócesis de Guantánamo, muy cerca de su primer obispo Carlos Baladrón. Últimamente, era párroco de Cojímar, en donde falleció.

Una dimensión importante de su servicio fue el trabajo con los laicos, tanto en las parroquias que ocupó, como en la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar durante muchos años. Su ayuda como “director espiritual” era frecuentemente solicitada. En La Habana , dentro de la estructura vicarial de la época, fue él quien inició las “convivencias diocesanas de verano” de los jóvenes –en 1972 o 73–, con una intensa carga formativa. Tenían lugar entonces en la casa parroquial de Guanabo, en condiciones de dificultades materiales casi inverosímiles, atenuadas por la acogida fraterna del entonces párroco, Adolfo López (+).

Nuestro arzobispo, el cardenal Jaime L. Ortega, en la homilía de la Misa Funeral , esbozó un hermoso retrato sacerdotal de Vicente y nos decía que a Vicente le había sido dado “el don de la oración”. Lo ratifico, y sus amigos recordaremos siempre su nostalgia mantenida de la vida monacal. Nunca fue coherentemente asumida por él, pero mantuvo, sin interrupciones, una relación muy estrecha con la “familia de Carlos de Foucauld”, tanto con los hermanitos como con las hermanitas. No puedo dejar de recordar su cercanía a la hermanita Victoria. Tuvo mucho peso en vida de Vicente. Era su amigo y por razones muy válidas, que todos compartimos –tampoco yo olvido a Victoria–, la admiraba. Después del fallecimiento de Victoria, se encomendaba a ella, le encomendaba sus asuntos personales y no dejaba mucho tiempo sin visitar su tumba en el Cementerio de Colón. ¡Convencido estaba Vicente tanto de la “comunión de los santos”, cuanto de la vida plena de Victoria junto a Dios!

Para asegurar que una persona fallecida, que él consideraba buena, estaba junto a Dios, Vicente repetía un dicho, más populachero de la cuenta –que nunca supe si era creación de él o si lo había escuchado en boca de otro–, pero que era la expresión auténtica y cariñosona de su confianza en Dios y de su certeza en la vida eterna: “Carlos, no lamentes su ausencia: ya ese está gozando su papeleta!” Pues bien, hasta donde se puede estar seguro de las realidades escatológicas personales, ahora soy yo el que repite: “No nos lamentemos por la muerte de Vicente; ya él está gozando su papeleta”.

La Habana , 1º de Enero de 2009.