Oyentes de la Palabra
LITURGIA PARA EL MES DE FEBRERO |
por Padre Jesús ESEPÉJA, OP
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1 DE FEBRERO:
IV DOMINGO DEL
TIEMPO ORDINARIO
SIN AUTORITARISMO
Palabra de Dios: “Todos se quedaban asombrados viendo cómo Jesús enseñaba, no como los letrados, sino con autoridad” (Evangelio).
1. En principio todos pensamos que un ejercicio humano del poder debe tener como fin ayudar a que las personas crezcan. Autoridad viene de un verbo latino, augere , que significa crecer. Pero no solo hay que lamentar esa terrible anarquía donde se imponen la violencia y el terrorismo con sus múltiples versiones. También hay que lamentar formas de autoritarismo que se instalan en los ámbitos familiar, |
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social e incluso religioso. Aunque los cristianos cantamos frecuentemente “donde hay caridad y amor allí está Dios”, en la práctica fácilmente cambiamos “caridad y amor” por “orden y sometimiento”. Todos llevamos dentro ese instinto de dominación, y en tanto nos descuidemos, el poder suplanta y deja de ser mediación del amor.
2. ¿Qué dice Jesús de su propia autoridad y cómo la ejerce? El evangelio conserva las huellas de un asombro en la gente: Jesús no hablaba como las autoridades religiosas de su pueblo, que dictaban normas en nombre de instancias venidas de arriba y de unas leyes intocables; él apoyaba su autoridad en la verdad misma de lo que decía y en el convencimiento de las personas. Esta conducta tiene aplicación en todos los ámbitos: familiar, educacional, político. También es actual en nuestro campo eclesial. El cristianismo es una religión de autoridad: la Iglesia recibe del Espíritu unos ministerios de gobierno, hay prácticas rituales comunes y formativas imprescindibles para el buen funcionamiento de la comunidad. Pero es necesario que antes, continua y finalmente, sea religión de las personas que actúen desde dentro y por propia convicción.
3. Ahora se comprende por qué Jesucristo que enseñaba con autoridad y promoviendo la libertad de las personas, se oponía frontalmente a todo autoritarismo. Primero, al autoritarismo civil: “saben cómo los que en las naciones son considerados como príncipes las dominan con imperio, y sus grandes ejercen poder sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros; antes si alguno de ustedes quiere ser grande, sea vuestro servidor”. Y Jesús critica también al autoritarismo religioso: “no se hagan llamar maestros porque uno solo es su Maestro y todos ustedes son hermanos; no llamen padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es su Padre; no se hagan llamar doctores porque uno solo es su Doctor; el más grande de ustedes sea servidor de todos”. Apliquemos esta crítica continuamente a nosotros mismos que, en nuestras relaciones con los demás, con mucha frecuencia empleamos nuestras cualidades y poderes no para servir a los otros sino para dominarlos.
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8 DE FEBRERO:
V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LAS CURACIONES DE JESÚS
La Palabra de Dios: “Jesús fue a la casa de Pedro y Andrés. La suegra de Pedro estaba en cama con fiebre. Jesús le cogió la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles” (Evangelio).
1. No podemos negar que Jesús hizo milagros porque ello implicaría negar los evangelios. Pero frecuentemente cuando hablamos de “milagros” pensamos en fenómenos maravillosos que nos dejan pasmados. Ese tipo de milagros pedían a Jesús algunos religiosos de su tiempo: “Suba a la cúpula del templo y tírese al vacío; si queda flotando en el aire el milagro es manifiesto y creeremos en usted”. Pero Jesús se niega siempre a esas milagrerías. Las curaciones que narran los evangelios, sin duda realizadas en gran parte por la confianza en sí mismos que Jesús transmitía, no eran milagrerías, sino expresiones de que ya estaba interviniendo el Dios de la vida que vence al dolor, a la enfermedad y a la muerte.
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2. Pero estas curaciones de Jesús no se quedan en lo físico y en lo psicológico. Con frecuencia terminan con una frase bien significativa: “Tu fe te ha salvado”. Y la fe viene a ser un encuentro personal con Jesucristo que se realiza en el seguimiento. En cierta ocasión Jesús curó a un ciego de nacimiento; cuando abrió los ojos, descubrió la salvación en aquel gesto curativo y, según el evangelio, “se puso en camino”, quiso ir tras las huellas de Jesús recreando en su propia vida la conducta del Maestro. Todos, incluidos los creyentes que avanzamos todavía en la oscuridad, necesitamos ser curados de la ceguera y abrir de nuevo los ojos para ponernos en camino.
3. En efecto, fácilmente nos contagia esa insaciable fiebre posesiva. Y con esta expresión no me refiero al deseo de tener lo necesario para vivir con dignidad; ojalá todos los seres humanos y todos los habitantes de Cuba pudieran disponer de recursos materiales para vivir dignamente. Jesucristo insistió en que Dios no quiere una pobreza que nos deshumaniza. Pero todos sabemos por experiencia cómo el ansia de tener, poder y aparentar nos carcome y a nada que nos descuidemos pervierte los sentimientos más humanos de compasión y de solidaridad. Dejemos que Jesucristo nos tome de la mano, y unja nuestros ojos para que sepan mirar a los demás de forma nueva y libres ya de la fiebre posesiva. |
15 DE FEBRERO:
VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LA PERSONA , SUJETO Y FIN DE
TODAS LAS INSTITUCIONES
Palabra de Dios: “viendo a un leproso que pedía ser curado, Jesús extendió la mano y le tocó diciendo: quiero, queda limpio” (Evangelio).
1. El significado de esta curación solo se aprecia en todo su calado dentro del contexto de aquel pueblo judío. La enfermedad se veía como castigo de Dios y en concreto la lepra era como una maldición. Los desfigurados por ese contagio eran echados fuera de la sociedad, no podían acercarse a los poblados y nadie podía entrar en contacto con ellos sin contraer impureza. En esa mentalidad se entiende bien lo novedoso y arriesgado en el gesto de Jesús. No solo se acerca sino que tiende su mano y la pone sobre la frente del leproso. Una vez más, por curar y dar vida, Jesús arriesga su reputación, contrae la impureza y lógicamente, según el evangelio, “ya no podía entrar abiertamente en ningún poblado, se quedaba fuera, en descampado”.
2. Una vez más aquí vemos algo que sale con frecuencia en los relatos evangélicos. Jesús “movido a compasión”, abre los ojos a ciegos, cura leprosos, hace un milagro para que coma la muchedumbre hambrienta. Aquel hombre, a quien nosotros confesamos Hijo de Dios, no se preocupó mucho por establecer sanas y elevadas doctrinas, tampoco de cumplimientos rituales y legales. Lo que verdaderamente le preocupó fue la humillación y el sufri miento de las personas. Estaba convencido de que Dios quiere nuestra felicidad y por eso afloraban continuamente sus sentimientos de misericordia. No sin fundamento alguno traducen la recomendación que Jesús hace al leproso curado: “Preséntate a los sacerdotes como testimonio contra ellos”. Declarando impuros a los leprosos y por ello excluyéndolos de la sociedad están siendo injustos, van contra la misericordia de Dios.
3. Concretando un poco más en nuestra sociedad, la curación del leproso está diciendo: que la persona humana debe ser sujeto y fin de todas las instituciones y de todos los reglamentos. La gloria de Dios implica el compromiso para que todos y todas tengan vida, pues nuestro destino es la felicidad. Las precisas declaraciones internacionales y nacionales sobre derechos humanos dejan bien formulada esa centralidad de las personas, pero en la práctica el panorama es desolador. Cada uno en nuestras relaciones humanas debemos preguntarnos si nuestro criterio es salvaguardar la dignidad de todas las personas o curvarnos sobre nosotros mismos y nuestro grupo como único centro, a costa de lo que sea y de quien sea.
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22 DE FEBRERO:
VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
UNGIDOS POR EL ESPÍRITU
PARA PERDONAR
La Palabra de Dios: “Él nos ha ungido, nos ha sellado y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya el Espíritu” (segunda lectura).
1. Del Espíritu solo tenemos sensación. Es como el aire que nos permite respirar y caminar con nuevo impulso, es como el fuego del amor que nos anima y alegra nuestra vida. Según las expresiones tradicionales, el bautismo queda impreso en nosotros el sello del Espíritu que transforma nuestro corazón, es decir nuestros sentimientos, proyectos y práctica de vida. La existencia cristiana es toda ella bautismal; es el tiempo y el camino en que se va concretando esa transformación por el Espíritu. |
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2. Los evangelios cuentan que Jesús fue bautizado en el Jordán y que el Espíritu descendió sobre él. El evangelista Juan dice que Jesús ha recibido el espíritu en plenitud, y de esto participamos por nuestro bautismo. Sin duda los cuatro que, según el evangelio, fueron capaces de abrir un boquete en la terraza para introducir al paralítico y llevarle a la presencia de Jesús, estaban movidos por el Espíritu. Esa misma fuerza que inspiró y dio poder a Jesús para curar al paralítico. Pero esa fuerza se manifestó también como dádiva de perdón: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”.
3. Comenta el evangelista Marcos que “todos se quedaron atónitos”. Pero en la versión del evangelista Mateo hay un detalle más: “las muchedumbres quedaron sobrecogidas de temor y glorificaban a Dios por haber dado tal poder a los hombres”. Jesucristo es portador e imparte a todos el amor y perdón de Dios. Pero la incorporación a Jesucristo, ser cristiano o discípulo de Jesús, significa actuar también con su mismo Espíritu: amando y perdonando. Todos tenemos este poder gracias al espíritu que hemos recibido en el bautismo. Y ampliemos el horizonte. Así como Jesucristo es Palabra que ilumina a todo ser humano, también el espíritu es dado a todos y continuamente los trabaja para que amen y perdonen. Con nuestra forma de actuar, los cristianos debemos ser testigos elocuentes del gran poder que Dios mismo, infundiendo en nosotros su Espíritu, nos concede a todos amar y perdonar. ¿No deseamos la reconciliación entre todos los cubanos?; ¿no es la fraternidad universal ese anhelo profundo que bulle y puja en todos los seres humanos? Hay que proclamar con nuestra forma de actuar esta vocación en un mundo de acreedores y deudores. |
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