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A san Alfonso María De Ligorio (Nápoles, 1696-Pagani, 1787) lo conocemos como el fundador de la Comunidad de Misioneros Redentoristas, Doctor de la Iglesia , Príncipe de los Moralistas, según expresión de Pío XII. Obispo durante 13 años de la diócesis de Santa Águeda dei Gotti y escritor de un tratado extenso de Teología Moral y de muchas obras de espiritualidad cristiana, populares aún hoy, entre las que se encuentran, Las glorias de María , El gran medio de la oración , Las visitas al Santísimo , La práctica del amor a Jesucristo , La preparación para la muerte.
En su celo por llevar a todos al amor e imitación del Redentor, pintó algunas imágenes del mismo Señor y de la Virgen María y escribió algunas obras musicales como el Duetto de la Pasión , compuesto para un grupo de ejercitantes, y que está en el Museo de Londres. El villancico Tu scendi de lo alto alegra aún la Navidad en Italia. El santo del Siglo de las Luces es el título de la última, más completa y actual vida de Alfonso, escrita por uno de sus hijos espirituales, el padre Teodoule Rey-Mermet. Por su parte, el padre Marciano Vidal, estudioso de la Teología Moral , dentro de la herencia alfonsiana, redescubrió y ofreció al mundo cristiano la figura de Alfonso como Pastor de la Benignidad Pastoral. |
Sin embargo, en la vida del santo obispo hay un aspecto casi desconocido que puede dar luz y apoyo a la actual evangelización. Se trata de su originalidad pastoral en las, llamadas por él mismo, “Capelle Serotine” o Capillas del Atardecer . Los documentos del magisterio episcopal latinoamericano nos han familiarizado con “las Comunidades Eclesiales, en las que viven y se forman los discípulos misioneros de Jesucristo”, como dice el no. 170 de Aparecida. El Papa Pablo VI habla de ellas como “destinatarias privilegiadas de la evangelización, convirtiéndose ellas mismas en anunciadoras del Evangelio” (En. 58). Los Hechos de los Apóstoles, 2, 42, nos hablan del modo habitual de la vivencia cristiana en pequeñas comunidades.
En nuestra Iglesia de Cuba vamos entrando con entusiasmo en las Casas de Misión o Casas de Oración, como un espacio de vida en Cristo en medio de las limitaciones actuales.
Sin embargo, lo que imaginó y llevó a la práctica Alfonso junto con algunos colaboradores, presbíteros y laicos, hacia el año 1727 –en las periferias de Nápoles– fue fruto admirable de su creatividad al servicio de su celo pastoral por las personas más abandonadas de la sociedad y de la Iglesia. Al modo del “padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas” (Mt 14, 52), o como el discípulo fiel que “sabe distinguir el tiempo presente” (Lc 12, 56).
En la capital del reino no escaseaba el clero; por el contrario. Dice Raimundo Tellería –autor de una extensa biografía del santo– que “a los poco más de 500 000 habitantes de la ciudad correspondían 35 parroquias, con cerca de 900 sacerdotes. La Iglesia catedral contaba con 30 ‘canónigos de capa magna y mitra', 22 hebdomadarios y 18 beneficiados. Y había 50 clérigos in sacris, esperando alguna vacante, además de un centenar de seminaristas sin órdenes mayores. Además, 100 monasterios de religiosos y 42 de religiosas”.
Ordenado presbítero en 1726, Alfonso decidió que su ambiente apostólico no sería precisamente el de los grandes y nobles del reino, a los que pertenecía por familia, y que, por su parte, tenían a su servicio espiritual todo aquel numeroso grupo de párrocos y canónigos, clérigos y religiosos. El padre Antonio Tannoia, su primer biógrafo, dice de Alfonso, que “se deleitaba viéndose rodeado de la llamada hez del pueblo y gozaba en la compañía de la gente más humilde, cuales son los llamados lazzari y otros de ínfima condición”. En Cuba los relacionamos fácilmente con el santo de la devoción de muchas gentes piadosas; el hombre de la parábola evangélica de san Lucas, sentado a la puerta del rico y que la religiosidad asocia con los desamparados de la fortuna, como su único consuelo y amparo en medio de sus penalidades. |
El padre Tellería describe a los lazzaroni de la época, en Nápoles, como “pobretones acampados en la linde de la holgazanería y de la picaresca, casi felices en su despreocupación, mientras el zaguán del convento más próximo les aseguraba un cazo de sopa o un plato de macarrones; mezcla abigarrada de supersticiones y creencias, cicerones despiertos y zalameros al servicio de los turistas, cacos o pordioseros cuando apremiaba la necesidad, pero corazones de fondo noble, enamorados de su Nápoles, de su cielo, del golfo, de sus banquetes de luz”.
También había allí personas trabajadoras que ganaban el pan con su propio sudor: jaboneros, albañiles, barberos, carpinteros y artesanos de múltiples habilidades.
Los historiadores nos han conservado los nombres de algunos clérigos que acompañaron a Alfonso en la tarea evangelizadora con los marginados de la gran ciudad. Tres de ellos, Jenaro Sarnelli, Miguel de Alteriis y Juan Mazzini serán, pocos años después, sus compañeros en la fundación y consolidación de la Congregación del Santísimo Salvador, nombre que se cambiará por el de Redentor. El primero de ellos se distinguió luego por su acción apostólica a favor de las prostitutas en la periferia napolitana, Juan Pablo II lo beatificó el 12 de mayo de 1996.
En el método y la programación de la atención pastoral a los lazzari, Alfonso se inspiró en lo que vivió de niño en el Oratorio de los hijos de san Felipe Neri. Con himnos y oraciones en lengua vernácula se adaptó a las necesidades de la agrupación: unía la variedad con la solidez. Se centro en la instrucción religiosa: catequesis y pláticas sobre el diálogo y los deberes familiares, el rosario, la santa misa, la recepción de los sacramentos y la santificación del trabajo. Todo lo hizo con la preocupación y el cuidado de hacer asequible la doctrina al entendimiento de las personas sencillas que allí se reunían para que se irradiara en una vida cristiana, sana y alegre. Los ya iniciados atraían al grupo a sus compañeros de taller y de oficio.
Pasarían más de doscientos años antes de que el Concilio Vaticano II subrayara la capital importancia de la Biblia en la evangelización y en la vida cristiana. No dudamos que el santo napolitano y sus compañeros fueran fieles comunicadores de la enseñanza bíblica en sus catequesis, pues él, como ellos, fueron, ya desde los primeros años de seminario, asiduos lectores y estudiosos de la Sagrada Escritura. Gracias al afán de estos singulares feligreses se debe el esbozo de la futura obra del santo sobre las Máximas Eternas – sustanciosas meditaciones de los entonces llamados Novísimos y la Pasión de Cristo a considerar– sobre todo durante la misa que en esos tiempos aún era para “oír”, y no para participar.
No eran muy exigentes, pues las condiciones de marginalidad en que se desenvolvían, en cuanto a los lugares de reunión, no se los permitían. Se podían considerar dichosos si se reunían en un almacén, una bodega o un taller. Con frecuencia, lo hacían en una zona libre frente a una iglesia, una plazoleta solitaria o un pórtico, especialmente en las tardes del verano, pues constituían un buen escenario para los encuentros de catequistas y catequizandos.
El santo no descuidó la organización de las “capelle serotine o serali”, pues reconocía el valor de cohesión y socialidad de los gremios y cofradías de las demás clases sociales. La solidaridad se buscaba por medio de las obras de misericordia, cimentadas sobre el catecismo. Así, en hermandad, compartían penas y alegrías, con ratos de expansión, visitas al mar y paseos al campo. No olvidaban a quienes tenían que recluirse en los hospitales, debido a su pobreza y la carencia de higiene y alimentación; allí se les brindaba con más cariño y dedicación el alivio y consuelo de la religión. En situaciones de miseria e indigencia, por enfermedad y falta de trabajo, encontraban sostén y alivio en el socorro mutuo. Lejos de las complicaciones burocráticas de inscripciones y de mensualidades, “la puerta –dice Tannoia– estaba abierta a todos; cuando los recién llegados eran más díscolos y aviesos el santo se sentía más contento, por la esperanza de cambiarle los sentimientos” . Las reuniones se abrían al toque del Avemaría y se cerraban un par de horas más tarde.
Los primeros encuentros se hicieron en la plazuela de Santa Teresa y se propagaron y consolidaron de tal manera que sesenta años después, al culminar Alfonso su vida, a la edad de casi 91 años, funcionaban 75 centros en diversos barrios de la ciudad, bajo la coordinación de un jefe local y de un sacerdote consejero. Tannoia anotaba cerca ya del 1800: “A cualquier observador son notorios los beneficios que estos centros reportan a los artesanos y a la gente modesta. Tienen por asistentes a sacerdotes celosos, y esta obra es la joya más querida de los arzobispos de Nápoles”.
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Divertida y edificante es la reseña que el mismo primer biógrafo de Alfonso hace de algunos de los colaboradores laicos del movimiento de “los atardeceres” en Nápoles: Pedro Barbarese, maestro de escuela, de tumultuosa adolescencia; Lucas Nardone, ex soldado “roto” y licencioso; Ignacio de Chiaia, ceramista; Bartolomé de Auria, vendedor de libros; Antonio Pennino, comerciante en huevos; Nardiello Cristano, castañero; José de Nápoles y algunos más que ingresaron con posterioridad a la vida religiosa.
La historia de fray Ángel de Nápoles, “muerto octogenario y en olor de santidad”, es ejemplar en los capillistas alfonsianos: de joven era cardador de lana. Cuenta que un domingo, cuando entraba en una barbería, advirtió que unos parroquianos, de pelambre no muy fina, entraban en una estancia contigua. Los siguió por curiosidad y se halló en una capilla, no muy grande, donde ante una imagen de la Virgen María , adornada de luces, un grupo de hombres rezaban sentados en unos bancos. A su pregunta por lo que allí hacían, uno de los presentes le respondió : “Aguardamos la venida de don Alfonso de Ligorio para una plática; si no viene él, nos la hará el maestro”. El tal maestro era el barbero, quien, efectivamente, reemplazó a Alfonso como catequista y presidió los ejercicios de piedad aquella tarde. Cautivado por aquel ambiente, volvió los domingos siguientes, hasta que entró como religioso Alcantarino en Santa Lucía del Monte.
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¿Dificultades? Sí, claro que las tuvo, pues no se trataba de gente de la nobleza ni tenían buenos antecedentes, sino al contrario, eran hombres curtidos en los vicios y en la vida propia de marginales, muchos estaban en la mira de las autoridades policíacas, quienes al verles reunidos sospechaban que no sería para nada bueno. Y, por otra parte, en esos tiempos de “iluminados” y “molinosistas”, pululaban los movimientos de dudosa espiritualidad. Así, los religiosos de un convento vecino del lugar donde solían reunirse los delataron al cardenal arzobispo, como sospechosos de pertenecer a los grupos prohibidos por la Iglesia. Una vez aclarada la situación, el mismo arzobispo que tenía en gran aprecio al joven sacerdote Alfonso, le facilitó algunas capillas y oratorios para las reuniones y, al mismo tiempo nombró algunos presbíteros como consejeros capacitados, lo cual Alfonso agradeció pues ya sentía que su tarea misionera tendría que ampliar sus horizontes en la dedicación a los pobres de los campos de La Campanía y La Calabria. La fecha del nacimiento de la futura Congregación de Misioneros del Santísimo Salvador, fue el 9 de noviembre de 1732, fecha para él aún desconocida, ya estaba cercana en los planes del Señor de la mies.
Ni siquiera como obispo de la diócesis de Santa Águeda dei Gotti, dejará de visitar a los humildes artesanos y a sus colaboradores de la primera siembra. Un día se encontrará, cuando iba a predicar a la Iglesia de la Annunziata , con el ya anciano Barbarese: “¿Qué hace usted por aquí? –le pregunta sonriente Alfonso–. ¡Ah! –le dice el buen hombre–, he venido a escuchar al Espíritu Santo que habla por usted, monseñor”.
El Plan Global de Pastoral 2006-2010 proclama como regalo del Señor a la Iglesia en Cuba las “Casas de Misión”, y propone a los laicos su animación como campo privilegiado de su corresponsabilidad eclesial: “Constatamos con alegría los frutos del Espíritu en nuestra realidad eclesial con el despertar evangelizador de nuestras comunidades; con el surgimiento de esa realidad novedosa y prometedora que son las casas de misión; como búsqueda creativa de nuevos espacios para la promoción de la dignidad humana y el servicio a los más pobres; con el creciente compromiso de nuestros laicos, por señalar algunos” (“Introducción”, p. 24). Y más adelante: “Un campo privilegiado para el ejercicio de esta corresponsabilidad eclesial lo constituye hoy la animación de las casas de misión o comunidades domésticas” (Laicado 3, 2, p. 40).
Las “Capelle serotine o serali” fueron, en los comienzos del siglo xviii , traducción, feliz y oportuna, de las primeras comunidades cristianas (Hechos 2, 42) y anticipo de las Comunidades Eclesiales de Base de nuestras Iglesias en América Latina. También a las Casas de Misión de nuestra Iglesia de Cuba, se ofrece ahora la iniciativa alfonsiana como una valiosa referencia. Alegra pensar que Alfonso consagró a las “Capelle serotine o serali” las primicias de su apostolado presbiteral, con la participación de clérigos y laicos, respetándoles en la práctica pastoral “su propio protagonismo”, que les reconocería el Documento de Santo Domingo en 1992, en un espacio oficial, con validez para todo el continente latinoamericano y el Caribe. |
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