Los cambios fueron rápidos. De una vida normada en el pre y el servicio militar, pasaba ahora a otra donde podía decidir casi todo por mí mismo. Ahora, con mis padres bien lejos, en una ciudad desconocida, yo era alguien anónimo. Me podía dar a conocer desde cero, sin presiones ni etiquetas. Estaba “por mi cuenta”.
Pero había algo más que habría de cambiar: mi modo de vivir la fe. La necesidad de superar el espíritu de supervivencia del pre no esperó a que me decidiese y tomó la iniciativa. El inicio de la convivencia con sus roces cotidianos en el cuarto, el aula y el edificio de beca fue el detonador invisible de una crisis que echaría abajo poco a poco viejas seguridades y esquemas. Las nuevas realidades que la Universidad me presentaba ya se habían encargado de poner en duda muchas cosas que yo daba por seguras e irrebatibles. El mal moral se me hacía más cercano que nunca y mis respuestas a él cada vez más insuficientes. En medio de todo eso, Dios estaba ausente. O al menos eso parecía. Esta sensación me llevó muy rápido a volverme escéptico de mi propia realidad y de la de los demás.
Fueron mis compañeros de cuarto, ateos renuentes, según mi clasificación de entonces, los primeros encargados de empezar a sanar a profundidad mi opaca mirada sobre la beca universitaria.
En algún momento del inicio del curso yo, abstraído en mis trabajos de Historia, mis cosas de la Iglesia y mis debates filosóficos con los vecinos de al lado, dejé de compartir en los pequeños momentos en que todos coincidíamos en el cuarto. Yo siempre tenía cosas más importantes que hacer. Sí hacía lo que tenía que hacer: limpiaba cuando era mi turno, mantenía mi zona arreglada, hacía favores de vez en cuando, no molestaba y así no lo hacían conmigo. Pero me había reducido sólo a eso. Hacía o decía cosas, pero no las llenaba de sentido. No me daba en ellas. Y esta situación se repetía una y otra vez.
Hasta que un día los que compartían mi cuarto me anunciaron que habían decidido pintarlo juntos porque se veía muy mal. Aquello, nunca se los dije, fue para mí como una gran parada en seco. Una gigantesca sacudida interior. ¿Cómo era posible que una idea tan genial, tan a la vista y necesaria hacía mucho, no se me hubiese ocurrido a mí? Peor, ¿cómo es que no me había dado cuenta de lo mal que estaban aquellas paredes? Sin decirlo, pues mi orgullo me lo impidió de momento, reconocí a Dios que, en mis compañeros, me llamaba a salir de mi micromundo para hacerme parte de los otros.
Pintamos el cuarto juntos. Yo no decía palabra. Mientras tanto las descarnadas paredes del cuarto agradecían la blanco cal. Otras paredes, no tan visibles, pero sí más descarnadas, se derrumbaban. Con cada mano de pintura mi mundo en blanco y negro –dividido en buenos y malos, creyentes y no creyentes– se caía a pedazos. A partir de entonces, Dios empezó a revelarme rostros suyos que, por cotidianos, había yo rutinizado hace rato con mis prisas, velados totalmente por mi ceguera vital.
La tía del edificio, la que me servía la comida en el comedor, el empleado de mantenimiento, la profesora de Filosofía, mis vecinos de cuarto, dejaron de ser rostros ajenos para transformarse ahora en espacios concretos de encuentro con Dios día a día, iluminados esta vez por una luz nueva que me invitaba a ir más allá de toda apariencia.
La revolución interior había comenzado. Comprendí entonces que Dios, que no se había cansado de buscarme en todos y cada uno de ellos, se había becado conmigo.
(*) Seminarista de la Arquidiócesis de Camagüey
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