asociada plenamente a Cristo y es nuestra abogada; la imitamos por ser nuestro modelo de virtud y santidad cristiana. La piedad y el amor de los cristianos le profesan una devoción sin vana credulidad ni falso sentimentalismo, pero con gran fe y devoción, amor e imitación.
ORAR CON MARÍA Y COMO MARÍA
La oración a María y con María, la “comunión filial con María”, expresa la contemplación, la invocación, la admiración y la imitación de María. De este modo, su cercanía en la oración debería plasmar en nosotros sus sentimientos y con ellos los de Cristo Jesús.
La oración mariana lleva a la contemplación y a la imitación. Supone la gracia de sentirse en comunión con María que plasma en nosotros los “rasgos del primogénito”, como escribió el Papa Pablo VI en la Exhortación apostólica Marialis Cultus (n. 57). La oración al estilo de María y la imitación de sus virtudes es la mejor síntesis de piedad y de espiritualidad mariana.
Contemplando a María en su amor filial hacia el Padre, en su amor materno hacia el Hijo, en su amor esponsal hacia el Espíritu, en su amor universal hacia todos nosotros, aprendemos el verdadero sentido de la piedad y el deber de la caridad universal y concreta.
María nos dice constantemente: “Hagan lo que Él les diga”. Este es el mandamiento que nos dejó, este fue su testamento de Madre: sigan a mi hijo, sean sus discípulos, cumplan su voluntad... para que pertenezcan a su familia. Y la familia de Jesús no sigue tanto la dinámica de la sangre y de la carne sino de la Palabra y Voluntad de Dios. “El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3, 35). “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 19). “Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11, 28).
Con su fe, con su fidelidad, con su obediencia a la voluntad de Dios María ilumina nuestra oración y anima nuestro servicio. Ella es dichosa por haber creído; ella canta al Señor porque reconoce las maravillas que Dios ha realizado; ella colabora con el Hijo porque es la Sierva del Señor; ella se entrega y está disponible totalmente para Dios y para los hombres porque confía y ama.
Al contemplar a María con talante creyente de Madre y Discípula en Nazaret, en el Calvario, en el Cenáculo, aprendemos a unirnos a su oración y reconocemos las principales actitudes del orante: fe fuerte, humildad y sencillez, confianza, perseverancia y fidelidad. Así nuestra oración será la sincera expresión de nuestra fe y nos estimulará a vivir en el amor y la esperanza. |