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por Miguel Sabater Reyes

El funeral

Si usted va hoy a un funeral y fuera capaz de
distanciarse mentalmente de ese entorno,
le costaría creer que esté en un lugar de duelo.

El funeral.

Por ejemplo, lo primero que no se entiende en una funeraria es el grupo de personas que se congregan en la puerta de entrada. Uno cree que ellas se encuentran allí porque aún el cadáver no ha llegado, y resulta que están cogiendo fresco o matando el aburrimiento.

Otra cosa que es habitual en los funerales pero no resulta coherente con ese momento, es que la mayor parte de las personas que asisten, después de dar el pésame con cara amarrada, se van al salón para engrosar un grupo generalmente sentado en círculo, en el cual se habla de precios del mercado, ofertas de tiendas, dietas para bajar de peso, política internacional, acontecimientos de barrio y deportes.


Pero lo peor no es esto. Es el escándalo resultante de todas esas conversaciones, como si aquellas personas estuvieran en un salón de recreo.

No se extrañe entonces que, de pronto, uno de estos individuos cuyo carácter relajado no puede acomodarse a la camisa de fuerza que impone la solemnidad de un velorio, se excuse para ir al baño, y cuando regresa le susurre al grupo:

— Caballero, en el inodoro hay un muerto grande.

Está el caso de otro tipo de asistente, ese hombre huraño que permanece sentado en una butaca y no departe con nadie, y nadie sabe quién es y todos quieren conocer su identidad. De vez en cuando se levanta, da una vuelta, contempla el cadáver y se sienta. No faltan quienes empiecen a especular sobre él murmurando que tal vez sea un medio hermano del difunto. Su presencia misteriosa ha originado en los comentarios una especie de trama policíaca. En realidad lo que este hombre espera es que alguna señora se levante de su asiento y deje la cartera para perderse con ella.

Un aspecto del funeral que no resulta ser irreverente, pero sí curioso, es la retirada de no pocos asistentes. A la fiesta uno sabe cuando llega pero no cuando se irá. En el velorio sucede lo contrario. La gente sabe más o menos cuál será su tiempo de cumplido.

Para irse de la funeraria estas personas aplican un singular procedimiento. Hay un grupo de ellas que están de cuatro a siete de la noche. Luego dicen que van a darse un saltico a la casa para bañarse y darles la comida a los niños, pero no se les ve más el pelo.

El otro grupo se va desintegrando de nueve a doce de la noche. No es una retirada de golpe. Eso sería demasiado fuerte. Es una retirada sutilmente calculada, como si todos se pusieran de acuerdo por obra y gracia de la telepatía. Primero se van dos. Luego tres. Al rato cinco. Más tarde ocho.

Casi todos, antes de irse, pasan a despedirse de los dolientes. Les dicen que dejaron al niño o al esposo con fiebres, que mañana tienen que madrugar en el hospital para hacerse un gastro…

Mientras suceden estas cosas de índole conductual, pasan otras, pero de envergadura administrativa. Este es el caso de las flores.

A veces las flores se encargan a las nueve de la mañana y empiezan a llegar después del mediodía. La razón que alega el administrador es que la demanda está por encima de la oferta, es decir, pocas flores y muchos funerales.

La consecuencia de este inoportuno incidente es que el sarcófago se ve desolado, y como esto da tan mala impresión –pues no se concibe un funeral sin flores como tampoco un cumpleaños sin guirnaldas– hay quienes deciden ir al mercado de Cuatro Caminos, donde ya los vendedores –que conocen muy bien este tipo de eventualidades– tienen expuestos ramos de azucenas, gladiolos o girasoles.

Cuando, por fin, llegan las primeras flores –porque no siempre llegan todas de una vez– parece que empezarán a distenderse las tensiones. Pero no siempre es así. Resulta que en una de las cintas de las coronas –con letras de un azul casi morado apenas legible– le pusieron al fallecido Rodolfo en lugar de Adolfo, lo cual tiene a los familiares del difunto fuera de sí, ya que no se explican que después de tanta demora y haber

El funeral.

pagado 30 pesos por cada corona, también haya que tolerar que se equivocaran de nombre.

Otro problema es el baño. Son víctimas de cleptómanos de focos. El baño se convierte entonces en un gran signo de interrogación, ante el cual se titubea para penetrar, pues se sabe como se entra pero nunca como se sale.

Si el funeral es en La Nacional , sería aconsejable subir por el ascensor, ya que la escalera es frecuentemente utilizada por jóvenes que toman los peldaños como bancos de parque.

Si el velorio es en la funeraria Maulines, donde no hay escaleras, la gente sale para sentarse en las aceras; lo cual manifiesta una situación similar al del grupo de personas que –no lejos de allí– permanecen sentadas en el quicio del portal de la pescadería de La Palma esperando las croquetas de pescado, que se compran como pan caliente.

Para el sepelio solo pueden garantizarse dos viejos taxis Lada 2105, con tantos Panataxis que se ven pasar vacíos sin que casi ninguno pueda cumplir su norma diaria de pasajes, ya que con ellos sucede lo contrario que las flores: la oferta está por encima de la demanda.

Para colmo, no pocos de los choferes que les corresponde llevar a los más allegados del difunto, no lo hacen de muy buena gana, no solo porque están obligados a realizar esos viajes por disposiciones laborales de las bases de taxis, sino también porque, además de tener que hacer todo el recorrido del cortejo y esperar en el cementerio, deben llevar a aquellas personas hasta su casa, por todo lo cual no reciben un kilo, ya que esos viajes se pagan en la funeraria.

Un hecho que le rompió la tapa al pomo es la creciente tendencia de beber en los funerales. Me gustaría que Freud –que explicó las causas de tantas conductas raras– viviera para que me lo explicara; aunque, para serle sincero, creo que no haría falta, ya que beber en un funeral es, a las claras, uno de los actos más desfachatados de la Tierra.

De modo que por ahí ya van las cosas… Probablemente me falten decir otras –como ciertos incidentes que se han suscitado con los ataúdes–, pero con estas sobran para confesarle que a mí me parece que, no pocos funerales de hoy, casi nada –si es que ya nada– tienen de solemnes.

Por un lado, nuestras actitudes poco o nada reverentes, y por el otro ciertas irregularidades administrativas, parecen reducir a extremos alarmantes un hecho con tanta envergadura humana y sagrada como es el misterio del dolor y la muerte.

Con estos truenos yo no quiero que me velen.