pagado 30 pesos por cada corona, también haya que tolerar que se equivocaran de nombre.
Otro problema es el baño. Son víctimas de cleptómanos de focos. El baño se convierte entonces en un gran signo de interrogación, ante el cual se titubea para penetrar, pues se sabe como se entra pero nunca como se sale.
Si el funeral es en La Nacional , sería aconsejable subir por el ascensor, ya que la escalera es frecuentemente utilizada por jóvenes que toman los peldaños como bancos de parque.
Si el velorio es en la funeraria Maulines, donde no hay escaleras, la gente sale para sentarse en las aceras; lo cual manifiesta una situación similar al del grupo de personas que –no lejos de allí– permanecen sentadas en el quicio del portal de la pescadería de La Palma esperando las croquetas de pescado, que se compran como pan caliente.
Para el sepelio solo pueden garantizarse dos viejos taxis Lada 2105, con tantos Panataxis que se ven pasar vacíos sin que casi ninguno pueda cumplir su norma diaria de pasajes, ya que con ellos sucede lo contrario que las flores: la oferta está por encima de la demanda.
Para colmo, no pocos de los choferes que les corresponde llevar a los más allegados del difunto, no lo hacen de muy buena gana, no solo porque están obligados a realizar esos viajes por disposiciones laborales de las bases de taxis, sino también porque, además de tener que hacer todo el recorrido del cortejo y esperar en el cementerio, deben llevar a aquellas personas hasta su casa, por todo lo cual no reciben un kilo, ya que esos viajes se pagan en la funeraria.
Un hecho que le rompió la tapa al pomo es la creciente tendencia de beber en los funerales. Me gustaría que Freud –que explicó las causas de tantas conductas raras– viviera para que me lo explicara; aunque, para serle sincero, creo que no haría falta, ya que beber en un funeral es, a las claras, uno de los actos más desfachatados de la Tierra.
De modo que por ahí ya van las cosas… Probablemente me falten decir otras –como ciertos incidentes que se han suscitado con los ataúdes–, pero con estas sobran para confesarle que a mí me parece que, no pocos funerales de hoy, casi nada –si es que ya nada– tienen de solemnes.
Por un lado, nuestras actitudes poco o nada reverentes, y por el otro ciertas irregularidades administrativas, parecen reducir a extremos alarmantes un hecho con tanta envergadura humana y sagrada como es el misterio del dolor y la muerte.
Con estos truenos yo no quiero que me velen. |