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por Navia García Fabeiro
El viejo centinela que pronto cumplirá 100 años, y da la hora como el primer día.
Un viejo centinela
que da la hora


Entre el verde follaje de los árboles y las flores, se levanta, dueño del tiempo, de norte a sur y de sur a norte, en una de las céntricas avenidas habaneras, el viejo centinela que pronto cumplirá 100 años, y da la hora como el primer día.

Cuando lo divisas desde lejos parece ser una parte de esos castillos fantásticos de algún cuento de hadas, o la torre de una iglesia medieval. No, es la Torre Reloj , que se alza como dueña y señora del tiempo, en medio de uno de los paseos de la Quinta Avenida , a la altura de la calle 10.


Rodeado de jardines, bancos que han contemplado los juegos infantiles, cobijado sueños de amor y juventud, y cuántos años habrán mirado sus manecillas el desfile de varias generaciones bajo sus campanadas musicales. Muchos pasan a su lado sin dedicarle una mirada a una de nuestras maravillas arquitectónicas.

La ciudad de San Cristóbal de La Habana , como toda ciudad importante en cualquier parte del mundo, ostenta una Torre Reloj.

En las primeras décadas del siglo XX, la aristocracia, los banqueros, comerciantes y políticos, se desplazaron para residir en Miramar y las playas de Marianao.


La compañía “Las Tres C” fue la encargada de materializar el plan de urbanización de los terrenos ubicados al otro lado del río Almendares. Así surgía, en pocas palabras, la nueva zona residencial.

Este singular nombre lo determinaba la letra inicial del apellido de las tres figuras importantes de esta sociedad: Carlos Manuel de la Cruz , abogado y notario; José Manuel Cortina, abogado y senador de la República ; y, Carlos Miguel de Céspedes, quien en 1925 ocupara el cargo de secretario de Obras Públicas.

Alrededor de las playas de Jaimanitas y Santa Fe surgieron repartos además de los de Miramar, Country Club, Biltmore, y toda una gran zona de residencias. Mansiones de hermosos jardines con estatuas de mármol –verdaderas obras de arte de importantes escultores de la época– donde se asentaron las familias de la alta sociedad capitalina, después de abandonar sus casas ancestrales en La Habana Vieja , El Cerro y El Vedado.

Como arteria central entre estas nuevas barriadas que iban surgiendo se necesitó una avenida central para la comunicación rápida entre ellas, así surgió la Avenida de las Américas , más conocida por Quinta Avenida. Esa amplia doble vía sirvió para enlazar El Vedado con el reparto Miramar; es decir, La Habana —la banca y el comercio— con Marianao.

Los proyectistas de tan importante obra urbanística no estaban satisfechos con las nuevas residencias, faltaba algo... Era necesario un sello de distinción a fin de dar mayor realce a la Quinta Avenida , porque lo de Las Américas se perdió por el camino.

No dudaron en contratar al renombrado arquitecto neoyorquino George H. Duncan, autor del conocido monumento al general Grant; del Arco Monumental del Prospect Park de Brooklyn, y de otros edificios de gran importancia en los Estados Unidos.


En Cuba, George H. Duncan proyectó dos bellas obras que se construyeron en la capital a principios de los años 20: la Fuente de las Américas; y la otra, la maravillosa Torre Reloj.

La primera, en Quinta Avenida y calle cero, es una fuente con cuatro sirenas talladas en mármol, en el centro octogonal, dentro de una explanada rodeada por 15 parquecitos.

La Torre Reloj , por su parte, es una construcción sólida de 12 metros de alto, confeccionada en piedra de Jaimanitas, que se alza en medio de una rotonda de piso de granito y circundada por un muro de pequeña altura.

Muchos pasan a su lado sin dedicarle una mirada a una de nuestras maravillas arquitectónicas.


Escalerillas de cuatro pasos permiten el acceso al pie de la torre. Cuatro grandes puertas de madera, con clavos de hierro, le dan el sobrio aspecto de viejo fortín español.

A la altura del campanario posee cuatro balcones con barandas de hierro, que dejan apreciar las ventanas pequeñas y rectangulares más abajo. A los seis metros de altura, por sus cuatro lados, cual guardián que desde su atalaya atisbara el horizonte, tiene otros pequeños ventanales —rectangulares en cristal y madera—, los cuales dan la impresión de ranuras.

El techo es a cuatro aguas, con losas, y presenta sostenes trabajados al igual que los balcones. En lo alto está el campanario, y en este, el Reloj, que marca sincronizadamente en los cuatro lados de la gran torre. Y que desde casi una centuria marca el paso del tiempo.

Las campanadas repican cada 15 minutos: una, a la hora y cuarto; dos, a la hora y media; tres, a la hora y tres cuarto; y cuatro, a la hora en punto. La esfera del reloj es en números romanos.

Si usted es de esos caminantes que pasan sin mirar hacia arriba, detenga el paso, mire a lo alto, y escuche el tañer de las campanadas musicales de la Torre Reloj. El corazón se le llenará de alegría, porque lo está saludando el duende, señor y amo de cada minuto de su tiempo.