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Si piensas en Dios...¡existe!
Hoy vamos a atrevernos con un buen filósofo que, además de tal, es santo: SAN ANSELMO (1033-1109), oriundo de Aosta en el norte de Italia, que fue arzobispo de Canterbury. Porque a lo mejor, amable lector, puede usted creer que la Filosofía está reñida con la santidad, usted que trabaja en los dos campos para conseguir una buena nota en ambas materias. Y, hasta posiblemente, en el intento, estaba pensando en abandonar una de las dos por irreconciliables. Pues no, amigo, creo que muy bien se pueden compaginar ambas y hasta ayudarse mutuamente.
Con san Anselmo comienza la primitiva escolástica, recuerde a santo Tomás de Aquino que ya vimos, y se aviva el debate entre fe y razón . Sus dos obras más célebres son el Monologium , acerca de la sabiduría de Dios, y el Proslogium , sobre la existencia de Dios. Con ropaje teológico extenderá su reflexión a multitud de problemas filosóficos.
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Afirma nuestro santo filósofo que el conocimiento y aceptación de la fe debe preceder al ejercicio de la razón y ser después fundamentado racionalmente. Dicho con sus mismas palabras: “No quiero entender para creer, sino creer para poder entender”. Y dicho con las nuestras: primero creo en lo que voy a razonar, y el fruto de mi reflexión me ayudará a cimentar mi fe. San Anselmo es consciente de la limitación de la razón y de su vulnerabilidad por el error y por las pasiones y cree, por otra parte, en el poder de orientación y guía de la fe. Igualmente no reconoce límites a las posibilidades de la razón para, posteriormente, comprender el contenido revelado.
Al hilo de todo esto hemos de afirmar que lo que ha dado a san Anselmo un puesto de relieve en la historia de la Filosofía es su prueba de la existencia de Dios, una vez que poseemos de antemano la idea de Dios y que el mismísimo Kant, máxima autoridad en la materia, la ha denominado argumento ontológico para probar la existencia de Dios. Abra bien los ojos, filósofo y santo lector, agudice la mente, ensanche el corazón y respire profundamente que ahí va: la razón encuentra en sí misma la idea de un ser que reúne en sí todas las perfecciones, un ser mayor del cual no puede pensarse otro. Esta idea la posee todo hombre. Si este ser existiera solo en la mente no sería el mayor ser cogitable, pues se podría pensar todavía un ser superior a él, el ser, en efecto, que no solo existiera en la mente, sino también en la realidad. Consiguientemente, la idea del ser sumo exige que este ser no solo exista en la mente, sino también en la realidad. Este ser es Dios. ¿A que le ha gustado el razonamiento? ¡Y es que convence un montón!
El argumento impresiona por el rigor quasi matemático con que pretende demostrar la existencia de Dios deduciéndola de su esencia. Incluso el “insensato” que dice “Dios no es”, entiende lo que quiero decir cuando digo Dios ; él lo niega, no en su mente, sino en su corazón. Una cosa es existir en la mente y otra existir en la realidad, pero aquel ser que exista en la mente y en la realidad será mayor, más perfecto, que otro que existiese solo en la mente. Luego si poseo la idea de un ser perfecto, mayor, del cual no puede haber otro, ese ser tiene que existir.
Entendió el argumento, ¿verdad? Aunque, seguro que si se pone a darle vueltas, no hoy sino otro día que ahora está cansado, le encontrará algunos “peros”… Me alegro, así le ayudará a profundizar su categoría de filósofo. No lo deje y mañana o pasado piense, repiense el argumentito. Ya me dirá a qué conclusiones llega. Le doy una pista: san Anselmo es un poco atrevido creyendo que con el concepto de una cosa se nos da ya su existencia. Es decir, pienso en 100 pesos y, ¡zas! ahí están en mi mano. Bueno, a mí eso no me ocurre, no sé si le pasaba a san Anselmo con el dinero, las papas y los tomates, más todavía después de visitarnos un par de huracanes.
Le confieso que, a pesar de todo, no me disgusta el dichoso argumento. Y hasta me ayuda a reflexionar con más prudencia y a creer con más sentido. Yo siempre he dicho que la fe y la razón son primas hermanas que se llevan muy bien y se complementan. Y me recuerdan las palabras del Maestro Jesús cuando dice que seamos sencillos como palomas (creyentes) y astutos como serpientes (reflexivos). No es que se refiriera a lo de san Anselmo cuando las dijo, pero yo las traigo a colación, por si acaso le sirven a usted. |