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GLOSAS CUBANAS

 
El homenaje
por Perla Cartaya COTTA
“…y la historia grabará con caracteres indelebles
este día de grata memoria
para la humanidad y para las letras.”
josé ramón betancourt, 1860

Aunque es probable que usted se sorprenda ante mi rápido regreso al Liceo Artístico y Literario de La Habana –también llamado Liceo, Instituto–, en esta ocasión me referiré a un evento cultural sin precedentes hasta entonces en Cuba.

Al trabajar con el fondo documental del Liceo, es perceptible que la mujer tuvo una apreciada participación en la breve e intensa vida de esa institución. Hay huellas de su presencia en todas sus Secciones (excepto en la de Ciencias), de modo que en el Libro de Socios de Méritos y Facultativos (1) puede leerse una nutrida relación de las féminas que merecieron esa distinción, muchas de ellas como profesoras de las especialidades (literatura, música, declamación…) sin más remuneración que la satisfacción profesional y espiritual ante el deber cumplido. Y aunque no es este el momento de referirme a sus nombres, comparto con usted la sorpresa que recibí al leer que Carmen García, una niña, excepcionalmente mereció ese reconocimiento por la Sección de Declamación.

Una institución como esta, que reconoce y elogia los afanes culturales de la mujer, ¿cómo no habría de entusiasmarse ante el regreso a Cuba de Gertrudis Gómez de Avellaneda, miembro del Liceo de Madrid desde 1840 y una compatriota de talento, ausente durante más de veinte años?

Gertrudis Gómez de Avellaneda
Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Nació esta cubana en el otrora Puerto Príncipe –cuna también de Ana Betancourt, la primera mujer de esta Isla que se pronunció en defensa de los derechos de la mujer (Asamblea de Guáimaro, abril de 1869)–, el 23 de marzo de 1814, hija del capitán de navío don Manuel Gómez de Avellaneda, natural de Constantina de la Sierra , en la provincia de Sevilla, y de doña Francisca de Arteaga y Betancourt, miembro de una de las familias cubanas más distinguidas de Camagüey. Signada tempranamente por el dolor debido al fallecimiento de su padre cuando ella tenía menos de nueve años, y casada la autora de sus días en segundas nupcias con el teniente coronel don Gaspar Escalada, a quien Tula siempre repudió; el 9 de abril de 1836 se alejó por primera vez de las playas de su patria al aceptar la madre residir en España. No la disgustó ese hecho pues su padre le había sembrado el deseo de conocer la hermosa ciudad de Sevilla. Sin embargo, escribe en esa ocasión el soneto Al partir , testimonio de sus sentimientos al respecto y del talento poético que había en ella:

¡Adiós, patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor
me impela,
Tu dulce nombre halagará mi oído!

"Obras de La Avellaneda"

El 24 de noviembre de 1859 llega Tula a la capital de la Isla , que ella recuerda como un paraíso perdido. Casada en segundas nupcias, viene del brazo de su esposo, el coronel de artillería don Domingo Verdugo Massieu, ayudante de campo del rey, gentil hombre de Cámara y diputado a Cortes. Viene invitado por don Francisco Serrano, conde de San Antonio y duque De la Torre , nombrado capitán general de Cuba, quien le propone que lo acompañe en el gobierno de la Isla. En esa ocasión escribe el precioso poema La vuelta a la patria , expresión de sus vivencias y de su estado de ánimo:

Con el semblante marchito
Por el tiempo y la desgracia
Mas del gozo henchido el pecho
De entusiasmo ardiente el alma.

El regreso de la Avellaneda fue un gran acontecimiento para las familias más distinguidas de la villa de San Cristóbal de La Habana , hecho reflejado también en la prensa de Matanzas y de Camagüey, su patria chica. Justifican su fama la autoría, hasta ese momento, de las siguientes obras: Leoncia , drama en prosa que firma con el seudónimo La Peregrina (1838); en 1841 publica la primera edición de Poesías y la novela de tema cubano Sab; en 1842, Dos mujeres , su segunda novela; en 1844, La baronesa de Jouse , novela breve; en 1846, la novela Espatolino, el drama Alfonso Munio, después nombrado Munio Alfonso, su primera victoria en el teatro; en 1846, Guatimozin , novela de tema americano; en 1849, Saúl, drama bíblico; en 1850, Flavio Rocaredo (drama); en 1852, Errores del corazón , comedia sentimental en prosa; El donativo del Diablo (drama); La verdad vence apariencias (pieza teatral); La hija de las flores , obra sentimental en versos; Oráculos de Talía (comedia en verso); en 1855, La hija del Rey René (pieza en un acto, arreglo del francés); y en 1858, representación de Los tres amores, y de Baltasar , drama bíblico que cierra triunfalmente su carrera teatral. (2)

Fue don José Ramón Betancourt, director general del Liceo, hombre de letras e hijo como la Avellaneda de la bendita tierra del Mayor, quien propuso a la Junta General ofrecer un homenaje a la laureada escritora, proyecto que fue aprobado por todos; y del agrado de don Francisco Serrano, que quiso presidirlo, recomendando que el evento se realizara con todo esplendor.

La Comisión encargada de organizar el homenaje –entre cuyos miembros estaban Poey, Bachiller, Balmaseda y José María del Río– (3) obtuvo un rotundo éxito: los socios fueron espontáneamente generosos con sus donaciones para adquirir una valiosa alhaja destinada a coronar a Tula, que así la llamaban, recaudándose un total de mil quinientos dos pesos y un real. (4) Se trataba de “[…] la corona de laurel de oro puro, mate, con un ramo y lazo esmaltado que la cierra…”, ()5 confeccionada por el orfebre italiano don Termo Campiglio, platero y diamantista, con establecimiento en la calle Habana no. 53; como su costo total fue de quinientos cincuenta y cinco pesos y cuatro reales, debían preguntarle a la homenajeada qué hacer con los novecientos cuarenta y seis pesos con cinco reales que quedaban, ya que entonces se consideraba de muy mal gusto obsequiar dinero a una mujer.

De otras donaciones que constan documentalmente, destaco la de don Juan José Márquez, quien deseando contribuir a hacer memorable el triunfo de “la eminente poetisa cubana” ofreció cincuenta medallas de plata con el modelo que determinara el Instituto y con la inscripción que desearan para ser entregadas a quienes se destinaran.

Hay constancia, en el acta correspondiente a la Junta de diciembre de 1859, de todo lo que fue necesario hacer en el Teatro Tacón para tan memorable ocasión: “[…] levantar el piso de las lunetas para formar el estrado para el baile, era preciso confeccionar un pequeño teatro para la representación y demás…”; el diseño de la decoración (elegante, sencillo y económico) quedaba en las manos del señor Baturone; los adornos florales (escenario, palcos…) serían confeccionados por el jardinero del conde de Santovenia, y como no bastaban las regias alfombras del teatro, un socio, don Onofre de Morejón y Arango prestaría las suyas que tenían la misma categoría. Se imprimiría un folleto con las poesías que serían leídas en el homenaje. Y para que no faltara un detalle, Melero, con otros artistas de la Sección de Bellas Artes, tenían a su cargo pintar el retrato de La Peregrina y su título de Socia de Mérito del Instituto.

Con respecto al dinero sobrante, la Comisión encargada de esto, representada por don Juan de Arisa, fue informada por don Gaspar de Arteaga, deudo y amigo de la Avellaneda , expresó su deseo de que fuera destinado a adquirir la libertad de un negrito de 11 años de edad, perteneciente según parece al señor don José Irigolla. (6) Y así se hizo. (7) Por su parte, Tula tuvo la gentileza de obsequiar a la biblioteca del Liceo ejemplares de todas sus obras, “[…] como una muestra de consideración respetuosa hacia el Liceo que tanto la ha distinguido”. (8)

LA CORONAC IÓN

El Teatro Tacón lucía espléndido la noche memorable del 27 de enero de 1860. Desde las siete de la noche, como pedían las invitaciones otorgadas, comenzaron a llegar los carruajes pertenecientes a la flor y nata de la sociedad habanera, y a personalidades procedentes del Camagüey y de Matanzas. Los caballeros lucían impecables trajes de etiqueta y las damas, por su parte, ataviadas con lujosos atuendos y elegantes capas propias de la temporada; a uno de ellos le comentó un periodista español de apellido Vaillant, de tránsito en La Habana , que el derroche de luz de las joyas a su vista bien podían competir con las estrellas del firmamento.

La decoración del Gran Teatro podía satisfacer al más refinado gusto. Todo estuvo bien pensado: espejos y estatuas que, sabiamente situados, le daban al ambiente un toque de distinción; los ramos de flores y gajos verdes que manos de artistas habían logrado simular coronas de laurel, se veían por doquier; y los palcos, guarnecidos de gasas azules y blancas que se entrelazaban con guirnaldas y ramilletes de flores naturales aquí y allá, parecían simbolizar la gracia y la belleza de las hijas de estos lares. No por gusto don José Ramón Betancourt, conmovido ante tanta belleza, escribió que aquella noche la presencia del Gran Teatro era verdaderamente mágica, a la altura de la mujer que sería coronada.

Cuentan que Tula desde su palco –ataviada con un suntuoso traje blanco, y luciendo como únicas prendas un brazalete de brillantes y un prendedor de perlas, regalos de Isabel II–, reinaba majestuosa; observada discretamente desde la platea, cubierta por una alfombra grana, por bellas cubanas instaladas en las seis hileras de sillas en forma de semicírculos.


El programa del evento –que comenzó a las ocho de la noche, al llegar el capitán general, don Francisco Serrano y su esposa la condesa de San Antonio–, tenía tres partes. Comenzó con un concierto vocal e instrumental, en que tomaron parte las primas donnas Cortesi, Gassier y Philipps, los señores Musiani, Errani, Zanini y Gasparoni. “[…] La orquesta dejó oír sus notas en una obertura de Dominó Negro y fueron cantadas un aria de ‘Il Trovatore' ‘a mere et l´enfant' romanza de Donizetti, y la ‘londina in Gondoletta' canción veneciana. El ‘alop di Bravura' para dos pianos, original del conocido compositor norteamericano Gottschalk, fue ejecutado por el propio autor y el señor Espadero […] se cantó el rondó de ‘Puritani' un dueto de la ópera Saffo y un adagio de ‘Lucía di Lammermoor…” (9) La primera sección del programa terminó con la presentación del maestro José White quien había compuesto e interpretó en su violín la preciosa Fantasía Cubana, muy ovacionada por cierto, dedicada a la homenajeada. La segunda parte la ocupó la obra en un acto La hija del Rey René , obra a la que ya me referí. La tercera y más importante parte del programa fue la coronación.

El silencio cobró vida al alzarse el telón: la concurrencia fue sorprendida por un amplio recinto decorado de seda carmesí presidido por un retrato tamaño natural de S. M. Isabel II. Sentado bajo el mismo, presidiendo el acto, el conde de Santovenia, presidente del Liceo. A su derecha, la Avellaneda , doña Ángela López de Betancourt y la poetisa doña Luisa Pérez de Zambrana. A la izquierda del presidente, su esposa, la matancera Elena Martín y Molina, condesa de Santovenia, la marquesa de la Real Proclamación y la señorita doña Águeda de Cisneros, coterránea de Tula. Hacia un lado, varios miembros de la junta directiva del Liceo, representantes a su vez de la intelectualidad cubana: don Felipe Poey, don Ramón Zambrana, don Álvaro Reynoso, don Francisco Javier Balmaseda, don Juan Martínez Villergas y don José Manuel Mestre. Y algo más retirados, los integrantes de la Sección de Música que habrían de entonar un himno compuesto para la ocasión, con letra de don José Ramón Betancourt y música del profesor don Mariano García. En el medio, delante del presidente del Liceo, una mesa también cubierta de damasco y, sobre ella, la espléndida corona de oro, en cuyos extremos una cinta carmesí con filetes de oro mate tenía la siguiente dedicatoria: “ El Liceo de la Habana a Gertrudis Gómez de Avellaneda”. (10)

De inmediato, D. José Ramón Betancourt, solemne, lee su discurso: exalta el talento de Tula tan fecundo en géneros literarios diferentes. Alude, de cierta manera, al acuerdo de la Real Academia Española de la Lengua en virtud del cual se había rechazado su ingreso en la Corporación por ser mujer, y le dice: “ […] recibe en esa corona el testimonio irrefragable de la justicia que consagra a tu mérito; consérvala como un recuerdo de tu patria y sabe que si esas sencillas hojas encierran una mezquina ofrenda a tu talento, el amor de tus hermanos, las ha entretejido, Cuba las bendice”. (11)

Aquella fue, ciertamente, una noche de lujo: doña Luisa Pérez de Zambrana le dedica un soneto de su inspiración, ofrenda de alabanza en nombre de su pueblo, Soneto en la coronación de la Avellaneda. Don Esteban Borrero Echeverría, llega de Puerto Príncipe para leer el poema La voz del Tínima, canto del río a Tula. Don Antonio Enrique de Zafra leyó su oda también dedicada a Tula. No me detengo en algunos momentos discordantes del evento – por ejemplo, una oda de José Fornaris, leída por don Francisco Gil y Miranda, ofensiva para la Avellaneda porque el autor sutilmente negaba su cubanía–, rechazados con elegancia por la concurrencia, para llegar al momento cumbre de la noche: cuando el presidente del Liceo, conmovido ante la justeza del acto, toma en sus manos la corona, todos en el escenario –menos la homenajeada– se ponen de pie, la entrega a dos cubanas, Luisa Pérez de Zambrana y su propia esposa, la condesa de Santovenia, como símbolos de la poesía y la nobleza. Un silencio profundo dice de la emoción del momento. Ambas avanzan hacia aquella mujer, triunfadora en las letras y derrotada

por sus pasiones amorosas, colocando sobre sus sienes “ la regia corona de áureo laurel” “ […] Quiebra al así: silencio un himno de notas vibrantes entonado por un centenar de voces que, acompañadas de una orquesta, estremecen al auditorio […]” La Peregrina , conmovida visiblemente, se adelanta y deja escuchar su voz que improvisa Al Liceo de La Habana , que concluye

¡ Sólo la gratitud debe ser mía,
Y el alma encierra sus afectos santos…
Mas, ¡oh!, dejad que os muestre su energía
Con lágrimas de amor y no con cantos. (12)

Una cerrada ovación, todos de pie, la sigue hasta su palco. Hay brindis de dulces y helados, y con un baile termina el homenaje; retirándose la Avellaneda , hermosa y distinguida en su otoño anticipado por la diabetes que padecía, entre las felicitaciones de sus amigos y los aplausos de quienes compartieron con ella la noche que nunca olvidaría, en el mismo coche de gala que la había conducido a recibir los honores literarios más solemnes y suntuosos con que jamás premió al talento la ilustración cubana.” (13)
"La Avellaneda una Cubana Universal"


EPÍLOGO

Lo mismo que el Liceo de La Habana –dicen las crónicas– hicieron Puerto Príncipe, Matanzas, Cienfuegos, Sagua, Cárdenas y cuantas poblaciones visitó la Avellaneda ; en todas partes se empeñaron en tributarle serenatas, fiestas, obsequios y versos. Impresionante y cálido fue el homenaje de su ciudad natal, con coronación de flores y poesía.

El tiempo de su estancia en Cuba se extendió hasta 1864, debido a los cargos que su esposo ocupó en el gobierno de la Isla : gobernador en Cienfuegos, Cárdenas y Pinar del Río, ciudad donde fallece el 28 de octubre de 1863, dejando una estela de respeto, consideración y afecto en todas las ciudades donde trabajó. Durante el tiempo que permaneció en la patria, a pesar de que su salud languidecía por días, Tula escribió y publicó las novelas Dolores y El artista barquero, la leyenda La Ondina del Lago Azul y otras obras; muy interesante fue su labor en Álbum cubano; resalta en aquel tiempo su valentía al escribir una serie de artículos, titulado La mujer , dos de los cuales fueron publicados en la revista literaria Álbum de lo bueno y lo bello, que se debe a su inspiración.

Viuda por segunda vez, expresó su deseo de encerrarse para siempre en un convento de La Habana , pero la opinión de su médico, los consejos de sus amigos y los ruegos de sus parientes, la hicieron desistir de este propósito: regresaría a España. Pero antes quiso dejar constancia de sus últimas voluntades ante el notario, Carlos Rodríguez, levantándose dos actas notariales con fecha 11 y 30 de enero de 1864, correspondientes respectivamente al Protocolo de su Testamento y a una Donación, a la cual creo justo referirme:

“[…] Que deseando tributar una ofrenda de reconocimiento y devoción a la bienaventurada Virgen María, y siendo la prenda más preciosa para mi corazón la corona de laurel de oro con que fui coronada por el ilustre Liceo de la ciudad de la Habana , he determinado donar, y dono por esta escritura, la expresada corona de laurel de oro a la gloriosísima Reina de todos los santos, poniéndola como pobre homenaje a las plantas de su bendita imagen, que se venera en la iglesia de Nuestra Señora de Belén, en el altar primero a la derecha del mayor […] Al tributar a la bienaventurada Virgen, en tal concepto, el laurel que no merece ningún mortal pecador, cual yo lo soy, y me reconozco y confieso, quiero que quede consignado solemnemente que sólo a Ella lo trasmito y consagro, sin que ningún tiempo, ni por ningún motivo, pueda dársele por nadie cualquier otro destino; pues en el caso de que dejara de ser templo Nuestra Señora de Belén, o dejaren de pertenecer a dicha iglesia las alhajas que posea, pueda dársele por nadie cualquier otro destino…”

Pero en ese caso, expresa el documento:

“[…] me reservo el derecho de recobrar la corona, como propiedad mía o de quien mi derecho represente, para dedicarla de nuevo a la Santa Virgen en el lugar y tiempo que juzgue conveniente, obligándose a que esta donación, con la condición impuesta, será cierta y segura en todo tiempo, con sus bienes presentes y futuros, según derecho.” (14)

El 21 de mayo de 1864, mes de la lluvia y de las flores a María, la mujer que dijo sentirse extranjera en el mundo, contemplará por última vez el paisaje de la patria. Dejaba atrás amigos, coronas, bronces, su imagen detenida. Y como si la naturaleza –que la había dotado de talento, belleza, sensibilidad y valentía– también buscara caminos para perpetuar su memoria, don Domingo Figarola-Caneda nos lega, entre muchas cosas, un detalle curioso que él encontró en el gacetillero El Triunfo , número del 30 de mayo de 1884 –que llega a mis manos por la eficiente colaboración de mi compañera y amiga Elizabeth Pérez Mas–, en el cual se afirmaba que había llegado a Manzanillo, de paso para Santiago de Cuba, el célebre naturalista don Juan Gundlach con el propósito de encontrar, entre la familia de los lepidópteros, una hermosa mariposa descubierta por él, en la boca de un río de esa ciudad muchos años atrás, a la que puso por nombre la Avellaneda .


REFERENCIAS

(1) Archivo Nacional de Cuba (ANC): Fondo Liceo de La Habana. Expediente 551, legajo 53.
(2) Raimundo Lazo: Gertrudis Gómez de Avellaneda. La mujer y la poetisa lírica, Editorial Porrúa S.A., México, 1972, pp. XIII-XV.
(3) A . N. C. Fondo Liceo de La Habana. Expediente 6, legajo 1.
(4) Ibídem.
(5) Ibídem
(6) Ibídem, folios 37 (documento casi ilegible).
(7) A . N. C. Escribanía de G. Villate (escritura fechada el 3 de febrero de 1860).
(8) Ibídem 3. Documento fechado el 2 de mayo de 1860, firmado por J. Ramos.
(9) Florinda Alzaga: La Avellaneda : intensidad y vanguardia, Ediciones Universal, Miami, Florida, 1997, p. 131.
(10) Ibídem.
(11) Ibídem p. 132.
(12) Ibídem p. 136.
(13) Domingo Figarola-Caneda: Gertrudis Gómez de Avellaneda , Industrial Gráfica, Madrid, 1929, p. 18.
(14) Ibídem, pp. 34-35.