La enseñanza de la Contabilidad siempre ha fungido como un eslabón clave de la cadena que concluye cuando nos hallamos ante un eficiente equipo de contadores. En Cuba, según señaló la profesora Mercedes García Tudurí en Historia de la nación cubana , (1) con la instauración de la República se extendieron por todo el país las Escuelas de Comercio, que incluían en sus programas, de manera preferente, el estudio de la Contabilidad. En el curso 1951-1952 estos centros docentes albergaban a 5 672 alumnos y 353 profesores. También la enseñanza universitaria incluyó esta materia como parte de los contenidos de estudio de la Escuela de Ciencias Comerciales, que vio la luz en 1937, a raíz de la Ley Docente de ese año. Con el triunfo de la Revolución en 1959, la Contabilidad , al igual que el resto de las ramas del saber, conoció del salto cuantitativo que caracterizó la obra educacional de las nuevas autoridades. Sin embargo, hacia 1967, en el apogeo del período que la catedrática cubanoamericana Marifeli Pérez-Stable calificó como “el experimento radical”, (2) y en el contexto de la batalla contra el burocratismo, fue eliminada la Contabilidad de los planes de estudio de la Universidad de La Habana. Es muy probable que ahí se ubique la génesis de los sinsabores que en materia contable han padecido nuestras instituciones.
Por supuesto que hoy en todas las empresas, unidades presupuestadas y otras entidades de nuestro país existen registros, libros y modelos que posibilitan la anotación y control de situaciones tales como los efectivos en caja y banco, las cuentas por pagar y cobrar, los medios básicos, la existencia en los almacenes, el pago de las nóminas, así como reflejar la ganancia o pérdida al final de cada período contable. Lo que sucede, sin embargo, es que muchas veces lo expuesto en dichos documentos no coincide con la cotidianidad de la institución; o sea, los números van por un lado y la realidad por otro. En ese caso asistimos a un fenómeno que los entendidos en la materia han dado en llamar “contabilidad no confiable o no certificada”, y que actualmente constituye una de las deficiencias que más obstaculizan el buen desenvolvimiento de las entidades cubanas.
Justo es consignar que en los últimos tiempos se aprecia un esfuerzo colectivo en aras de enaltecer la práctica contable y a las personas que a ella se dedican. La creación de un registro de contadores públicos, el mejoramiento de las condiciones de trabajo en los Departamentos de Contabilidad –que incluye la masiva introducción de computadoras para mecanizar totalmente el proceso contable–, y un pago adicional al alcanzarse la contabilidad confiable, son algunos de los mecanismos de estimulación adoptados. Se pretende de esa manera que los contadores afiancen el sentido de pertenencia a su actividad, con el objetivo –entre otros– de disminuir la fluctuación del personal que trabaja en esas áreas.
En ese contexto, se inscriben las cartas y artículos aparecidos no hace mucho en la prensa escrita y que tratan acerca de todo el universo de factores que inciden en la calidad del trabajo contable. De todos ellos me interesa profundizar en el formalismo que prevalece en muchos lugares en torno a esta materia. Se plantea que la contabilidad debe de constituir una herramienta de la dirección; que los jefes máximos de las entidades no precisan de hacer la contabilidad –obviamente, para eso están los técnicos y especialistas–, pero que no por eso pueden ser unos neófitos en este tópico; y que en las actas de las reuniones de los Consejos de Dirección debe de constar que se discuten los estados financieros para mantenerse al tanto de lo que acontece en los centros en las esferas económica y financiera.
La experiencia diaria indica, empero, que con frecuencia no llegan a materializarse esos empeños. No son pocos los cuadros de dirección que dirigen con un estilo voluntarista, alejados del sentir de los colectivos obreros y sin la debida retroalimentación de la base. A veces, ante la urgencia de una auditoría cercana, hasta llegan a inventarse las referidas actas para dar la impresión de que los problemas económicos (y contables) se analizan con el rigor adecuado. A lo anterior añadiríamos la carencia de personal calificado en muchos Departamentos de Contabilidad, así como el éxodo de técnicos y especialistas hacia otras áreas menos conflictivas. No podemos olvidar que, no obstante la nueva concepción de los controles y auditorías que tienden hacia la integralidad de las instituciones, los asuntos contables, económicos y financieros continúan siendo los más fiscalizados. Y en consecuencia, son las áreas más propensas a adjudicarse la mayoría de las deficiencias de una entidad.
El advenimiento del Sistema de Perfeccionamiento Empresarial, sin dudas, es otro eslabón en el afán institucional por mejorar el estatus de la contabilidad. A las empresas que aspiran a acceder al Sistema se les exige que posean mercado para sus producciones y un aseguramiento estable de insumos para poder cumplir sus metas productivas. Pero, sobre todo, deben demostrar que cuentan con una contabilidad confiable. Incluso, una vez trabajando dentro del Perfeccionamiento, si pierden la contabilidad confiable pueden ser retiradas inmediatamente del Sistema. Es lógico que se actúe con semejante rigor en establecimientos autorizados a distribuir parte de los beneficios creados, y sin un límite en sus fondos de salario, principalmente para los obreros vinculados de manera directa a la producción.
Hace poco más de un año se celebró una importante reunión con los directores de las 797 empresas perfeccionadas existentes en el país. Al cónclave asistieron varios ministros e importantes funcionarios del gobierno, entre ellos el vicepresidente Carlos Lage. Allí primó el sentido crítico, y se informó de deficiencias en la aplicación de los sistemas de pago, los atrasos en la certificación de la calidad para muchas producciones, insuficiencias en la planificación y, lo que más compete a este artículo, que 107 empresas presentaban irregularidades en la contabilidad y el control interno. Es decir, más del 13 por ciento de las entidades que un día mantenían saludables sus registros contables, han involucionado en ese vital quehacer. En esas condiciones, de no ser separadas del Sistema, al menos les será muy difícil aplicar la estimulación en los sistemas de pago, un elemento clave del Perfeccionamiento.
Cada mañana, cuando voy rumbo a mi centro laboral, paso frente a un Politécnico de Contabilidad y no puedo menos que asombrarme por la gran cantidad de estudiantes que se forman para convertirse en técnicos de nivel medio de esta especialidad. Por una parte, resulta alentadora la existencia de una amplia cantera de donde seguramente saldrá una porción de nuestros futuros contadores; pero por la otra, no deja de inquietarme la posibilidad de que tamaño conglomerado pueda dar al traste con la calidad que requieren las graduaciones, máxime si agregamos la no muy abundante pericia de los profesores que instruyen a esos educandos.
La controversial decisión gubernamental de forzar a los estudiantes que concluyen el noveno grado a becarse en el campo para cursar la enseñanza preuniversitaria ha llevado a muchos de ellos –aun con el deseo de estudiar en la educación superior– a buscar otras opciones con tal de evadir la beca. Los tecnológicos de Contabilidad e Informática parecen ser las principales alternativas para los muchachos que se aferran a permanecer en las ciudades y cerca de la familia. Es triste que una vertiente tan necesitada de consagración como el trabajo contable se transforme en una válvula de escape. Sería un daño colateral por el que habría que pagar un precio nada despreciable.
Notas
(1) García Tudurí, Mercedes: “La enseñanza en Cuba en los primeros cincuenta años de independencia”, en Historia de la nación cubana, Editorial Historia de la Nación Cubana S. A., La Habana , 1952, t. X.
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2) Pérez-Stable, Marifeli: La revolución cubana (orígenes, desarrollo y legado), Editorial Colibrí, Madrid, 1998.
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