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En una elevada loma
Cuya pintoresca cumbre
Se ve brillar a la lumbre
Del astro rey cuando asoma,
Como una blanca paloma
Que vuela en la inmensidad,
Se eleva con humildad
Y una sencillez bendita
El santo templo que habita
La Virgen de Caridad.
Allí, cual divino bulto
Que a nuestros ojos encanta,
Reside la sacrosanta
Bella imagen de mi culto,
Allí, lejos del tumulto
Que forma la población,
Oye esa imagen el son
De mil cánticos cristianos
Y es de todos los cubanos
Objeto de adoración.
La divina protectora
Del infeliz desvalido
Cual la tórtola en su nido
En ese santuario mora.
El que a sus plantas implora
Lo que alcanza en la desgracia,
Su gratitud no se sacia
Si su voluntad pregona
Y alegres himnos la entona
Con dulcísima eficacia.
Nuncio de paz y ventura,
Dulce esperanza del triste.
En ese santuario existe
Siempre bella, siempre pura, |
Brillante sol que fulgura
Tras la negra tempestad,
Y a quien por su gran bondad
Los cubanos respetamos
En tanto que la llamamos
Virgen de la Caridad.
Allí está. –Quiso mi estrella
Feliz cual nunca lo fue
Llevarme allá do se ve
Con sus mil encantos ella.
Tan adorable y tan bella
Lució para mí esa vez,
Que orando con sencillez
Mis labios la bendijeron
Y en mi mente renacieron
Los sueños de mi niñez.
Con profunda devoción,
Con el más puro respeto,
Fue esa imagen el objeto
De mi humilde adoración.
Y al melancólico son
Del dulce y místico canto
De férvido y puro llanto
Se inundaron mis mejillas,
Y postrado de rodillas
Dije admirándola en tanto:
“Sí; por tu santa bondad
Te amamos con eficacia,
¡Oh santa llena de gracia,
Virgen de la Caridad !
Tú, cuya inmensa bondad
Todos decantan ufanos,
Tú, a quien los buenos cristianos
Bendicen puestos de hinojos
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Nunca desvíes los ojos
De nosotros los cubanos.
“Tú, que bondadosa y pía
Consuelas el trance fiero
Del náufrago marinero
Que en ti con fervor confía;
Tú, cuyo nombre lo guía
Al puerto de salvación;
Tú, para quien nunca son
Los tristes clamores vanos,
No niegues a los cubanos
Tu sublime protección
“Concédame tu piedad
En el presente y futuro
Un astro radiante y puro
De santa felicidad.
Nunca de la adversidad
Nos cobije el negro manto.
¡Nunca! ¡Oh madre de Dios santo!
Vengamos a derramar
En las gradas de tu altar
Las gotas de nuestro llanto.
Dije, y al místico son
Que resonaba en mi oído,
Salí de consuelo henchido
De aquella santa mansión.
Sentí que en mi corazón
Brotó la felicidad;
Por eso en cualquier edad
De mi vida transitoria,
Siempre tendré en la memoria
La Virgen de Caridad. |