Queridísimo Juan Pablo I:
Leí hace poco la noticia de que el año pasado se cumplieron treinta de tu corto pontificado y fallecimiento. Qué mejor ocasión para releer tu libro, escrito en el género epistolar, no tan común en nuestra época, pero con tan sabios consejos e ideas para cualquier cristiano u hombre de este mundo. Y qué oportunidad para hablar de este, sin ocurrírseme otra manera que escribirte yo también una carta, en la espera de que excuses mi atrevimiento.
Desgraciadamente, en nuestro país no está publicado, y pude acceder a él gracias a un buen amigo –de los tantos que han emigrado, algo muy común en esta Isla–, quien me lo regaló antes de irse. Editado en España, por la Biblioteca de Autores Cristianos, lleva la nota de que, avanzada la impresión, se supo de tu partida a la Casa del Padre. No era la primera vez que se publicaba Ilustrísimos señores ; se había hecho con anterioridad cuando era sólo Albino Luciani, patriarca de Venecia.
Sin embargo, lo que quiero comentarte es el interés que despierta, para alguien amante de la literatura, estas cartas dirigidas lo mismo a escritores (Dickens, Mark Twain) que a santos (san Buenaventura, san Francisco de Sales), a personajes literarios (Penélope, Pinocho) o a figuras de la política |
(Gonzalo Fernández de Córdoba), hasta al mismo Jesús, entre muchos otros; en un lenguaje tan ameno, sencillo, y no exento de la profunda sabiduría que te caracterizaba. ¿O debo decir caracteriza?
Cada carta comienza con un “Querido...” por lo que me he atrevido a comenzar así la mía.
Algunas me gustaron más que otras (aunque me gustaron todas), pero en especial me gustaría destacar la escrita a Gilbert K. Chesterton, conocido escritor inglés por la saga de novelas policiacas del Padre Brown, a la que titulaste “En qué clase de mundo...”
“Lo que muchos combaten no es al verdadero Dios, sino la falsa idea que se han hecho de Dios: un Dios que protege a los ricos, que no hace más que pedir y acuciar, que siente envidia de nuestro progreso, que espía continuamente desde arriba nuestros pecados para darse el placer de castigarlos.
”Querido Chesterton, tú lo sabes, Dios no es así: es justo y bueno a la vez; padre también de los hijos pródigos, a los que desea ver no mezquinos y miserables, sino grandes, libres, creadores de su propio destino. Nuestro Dios es tan poco rival del hombre, que ha querido hacerle su amigo, llamándole a participar de su misma naturaleza divina y de su misma eterna felicidad. Ni tampoco es verdad que nos pida demasiado; al contrario, se contenta con poco, porque sabe muy bien que no tenemos gran cosa”. (1)
La carta que le dirigiste a la emperatriz María Teresa de Austria la denominaste “Hermosa sin extravagancias”, y cuántas mujeres de nuestro tiempo deberían leerla, porque allí dices: “He aquí una sabia máxima: la hermosura de la mujer resalta sin necesidad de tantas extravagancias”. (2)
“Navegar en la nave de Dios” nombraste la dedicada a san Francisco de Sales, en la que resumes: “En otras palabras: menos devociones y más devoción. El alma no es tanto un pozo que hay que llenar como una fuente que hay que hacer brotar”. (3)
De santa Teresita de Jesús dijiste en la carta titulada “La alegría, caridad exquisita”: “Fue como si me hubiera caído un rayo”. “Historia de una florecilla de mayo”, la definiste tú, pero a mí me pareció la historia de una ‘barra de acero' por la fuerza de voluntad, la valentía y la decisión que se desprende de ella”. (4) En ella continúas más adelante: “Ver el rostro de Cristo en el del prójimo es el único criterio que nos garantiza un amor serio a todos, más allá de antipatías, ideologías y simples filantropías”. Fuiste más explícito cuando escribes: “Quien ama seriamente a Cristo no puede negarse a amar a los hombres, que son hermanos de Cristo. Sean feos, malos o pesados, debe el amor transfigurarlo un poquillo”. (5)
A la santa de Ávila le escribiste la carta “Teresa, un maravedí y Dios”, donde la calificas de “mujer de lenguaje sencillo y de pluma elegante y aguda”, y a la que le recuerdas: “Tuya es la lapidaria definición del demonio: ‘Ese pobre desgraciado que no puede amar'.” (6) Más adelante le preguntas: “Querida santa Teresa, ¡si volvieras ahora al mundo! Hoy se habla de ‘carismas' a todas horas. Se reparten patentes de ‘profetas' a manos llenas, atribuyendo este título incluso a los estudiantes que se enfrentan con la policía en las plazas, o a los guerrilleros de América Latina. Se pretende oponer a los carismáticos frente a los pastores. ¿Qué dirías de esto tú, que obedecías a tus confesores, incluso cuando sus consejos eran contrarios a los que te daba Dios en la oración?” (7)
Una de las últimas epístolas, la que dedicas al comediógrafo veneciano Carlos Goldini: “Las feministas y la barba de santa Vilgefortis”, si supieras, aún tiene una gran vigencia en nuestros días, en que muchos países aprueban leyes a favor del tema que tratas: el del derecho de la mujer al aborto. En ella, eres categórico:
“Habéis escuchado las palabras de la diputada: liberalización y reglamentación del aborto para impulsar la promoción de la mujer.
”¿Pero es esto verdadera promoción de la mujer? Encuestas realizadas por médicos japoneses, ingleses y húngaros sobre abortos realizados bajo la protección de la ley y en clínicas especializadas, revelan que tales abortos crean siempre un trauma que repercute en la salud de la mujer y en los partos e hijos posteriores. A su vez, psicólogos y psiquiatras señalan otras perniciosas consecuencias. Estas –afirman ellos– pueden quedar habitualmente adormecidas en el subconsciente de la mujer que ha abortado, pero surgen inmediatamente en los momentos de crisis.
”No hablamos del aspecto moral: el aborto, además de violar las leyes de Dios, va contra las aspiraciones más profundas de la mujer, perturbándola profundamente.
”En muchos casos, el aborto libera, más que a la mujer, al varón responsable del embarazo –marido o no–, evitando a este molestias y gastos, y permitiéndole dar rienda suelta a sus apetitos sexuales sin tener que asumir las obligaciones consiguientes. Es un retroceder, más que un avanzar de la mujer, en relación con el varón”. (8)
Narras la historia de santa Vilgefortis, y como creo que es poco conocida, transcribo tus palabras:
“Nació en Portugal de padres paganos y fue bautizada sin que ellos lo supieran. Según la leyenda, muy joven todavía, hizo voto de virginidad. Su padre acordó su matrimonio con un rey de Sicilia. Ella pidió y obtuvo del Señor un milagro que le permitiera mantener su voto: una espesa y horrible barba creció sobre su rostro virginal. Naturalmente, la boda no se celebró”. (9)
Luego, con tu fina ironía y excelente humor explicas:
“La referencia carece de malicia. Pero, en plan de broma, podría decirse que una santa barbuda y liberada de la servidumbre del marido, les vendría como anillo al dedo a muchas feministas que proponen planes feroces contra los hombres barbudos”. (10)
Terminas por proponerle a Goldini una comedia para su galería de personajes femeninos que se llame “La mujer barbuda”. En esta época actual de tanta “liberación sexual”, quizás alguien te tilde de retrógrado o “machista”. Estoy segura que sabrás responderle.
Debo concluir, Santo Padre, porque de lo contrario, caería en la tentación de transcribir tus cuarenta cartas; y, como bien dirías, de la tentación líbrenos Dios.
Notas
(1) Luciani, Albino: Ilustrísimos señores , Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1978, pp. 18-19.
(2) Ibídem, p. 21.
(3) Ibídem, p. 130.
(4) Ibídem, p. 178.
(5) Ibídem, pp. 182-183.
(6) Ibídem, p. 291.
(7) Ibídem, p. 295.
(8) Ibídem, pp. 303-304.
(9) Ibídem, p. 307.
(10) Ibídem, p.307. |