Retornar al "Home Page" ...
 
 
APOSTILLAS

Darwin sí, Darwin, no.
por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL

1. INTRODUCCIÓN

Se trata de aportar algunos datos, situar la cuestión en el camino de la Iglesia y aportar algunas reflexiones sencillas, más espirituales y pastorales que científicas, con motivo del segundo centenario del nacimiento de uno de los más conocidos y tironeados científicos ingleses de la modernidad, estrechamente vinculado con la teoría de la evolución o transformación de las especies. Este centenario, como sucede con el de otros personajes en situaciones análogas, suscita la valoración revisada y crítica de la persona y de su obra, cosa que –de manera íntegra–, no me siento capaz de hacer. Trataré de transmitir lo que tengo –no mucho– para ayudarles a discernir lo que, probablemente van a recibir por otros canales que no suelen considerar lo que me resulta más peliagudo en toda esa cuestión: la consideración del pecado original como dato componente de nuestra fe cristiana y de toda antropología de inspiración cristiana.

Charles Darwin

2. VIDA Y OBRA DE DARWIN

Charles Darwin nació en Shrewsbury, ciudad pequeña de Gran Bretaña, en 1809. Por lo tanto, conoció la luz y vivió en esa época puente entre “el antiguo régimen” y los vagidos de la modernidad, que venía anunciada desde del siglo XVIII . Los acontecimientos, de naturaleza más bien política y social, las obras literarias de la época, el surgimiento de un régimen democrático en los Estados Unidos de Norteamérica, las invenciones científicas y técnicas, así como los descubrimientos antropológicos y lingüísticos, relacionados con las culturas más antiguas con las que Europa mantenía relaciones regulares en la época, la criba casi universal a la que fueron sometidos los conocimientos de antaño, crearon un clima científico y cognoscitivo diverso del que se respiraba 30 años atrás. Es precisamente la época que fue bautizada en las diversas lenguas occidentales como Ilustración, Iluminismo, Enlightement, Aufklárung… La prueba científica se deslizaba y era exigida, sutilmente todavía, por casi todos los ámbitos del saber y echaba por tierra una cierta forma decadente de la escolástica, de aquella encartonada, la del siglo XVIII –no la medieval aquinatense, ni la renacentista salmanticense–­­, como medio para adquirir el tipo de conocimiento que mayormente interesaba. Y que no estaba originado, por supuesto, en algunas disputas bizantinas, “cosistas” e intrascendentes, sino que se dirigía a lo que era considerado, muy limitadamente, la verdad del mundo y del hombre, así como del sentido del camino por el que podrían adquirir su mayor y mejor estatura. Esas eran las aspiraciones, desmesuradamente optimistas, de la modernidad rampante, del “espíritu epocal”, racionalista y romántico en mayor o menor grado, en el que nació y cultivó su vocación Charles Darwin.

3. Era hijo de Robert Warning Darwin y nieto del médico y poeta Erasmo Darwin (1731- 1802), autor del poema El Jardín Botánico, que su nieto debe haber conocido bien. ¿Influyó el abuelo en la entrega del nieto a su vocación de naturalista y fisiólogo? Es posible: no deja de haber “ciencia” en el poema del abuelo, ni una cierta poesía en la obra científica del nieto. Después de realizar sus estudios primarios y secundarios en su ciudad nativa, en 1825 pasó a Edimburgo para estudiar Medicina. A los tres años se dio cuenta de que ese no era su camino e ingresó en el Christ's College de Cambridge, en 1828, con la intención de ser ordenado clérigo anglicano tres años después. Sin embargo, sus inclinaciones científicas encontraron nuevos desarrollos gracias a la influencia de algunos profesores. Uno de ellos, el profesor de Botánica J. H. Henslow, logró que le fuese concedida la plaza de naturalista en la navegación de expedición que estaba por emprender el navío H.M.S. Beagle , bajo la dirección del capitán Fitzroy.

4. En este celebérrimo viaje, visitó Cabo Verde y otras islas del Atlántico, América del Sur, las islas del Pacífico, Tasmania, Australia, varias islas del Océano Índico y África del Sur. Darwin recogió objetos e hizo observaciones que le permitirían sentar las bases de su trabajo científico posterior. De hecho, a su regreso a Inglaterra, trabajó durante varios años en los informes acerca de los resultados del viaje. Los más conocidos son: Journal of a Naturalist, 1839; Structure and Distribution of Coral Reefs , 1842; Geological Observations , 1844 y 1846.

5. Después de casarse con su prima, Miss Wedgwood, se estableció de manera permanente en Down, Kent. Gracias a su posición económica desahogada y a pesar de sus frecuentes quebrantamientos de salud, continuó trabajando infatigablemente en sus investigaciones. Después de la lectura de On Population, de Malthus y de intercambios con amigos científicos, preparó el ensayo On the Tendency of Species to Form Varieties. Este texto y otros con análogas conclusiones fueron presentados en una memorable sesión de la Linnean Society en 1858. En el año siguiente, 1859, publicó On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favored Races in the Struggle for Life. Esta última obra mencionada levantó grandes entusiasmos y, simultáneamente, una oposición muy ácida, pero sirvió también de inspiración para ulteriores investigaciones, de él mismo y de otros autores, que incluyen trabajos de diversa índole y desigual valor sobre la conducta humana, la descendencia humana y la selección en relación con el sexo, entre los años 1868 y 1871. Más tarde, en 1881, publicó The Formation of Vegetable Mould through the Action of Worms , tema que entonces le fascinaba en orden a la fertilización de las plantas.

6. Murió en 1882 y, hasta donde llegan mis informaciones, nunca cuestionó su fe cristiana, anglicana. Y aunque sabía de las objeciones que algunos hacían a sus teorías desde el ángulo de la fe, siempre estimó que todo dependía de una mala lectura de su obra y de una mala comprensión o lectura de la Biblia y de la tradición cristiana. El conjunto de sus obras es la base teórica de la versión de la doctrina transformista o evolucionista que se ha dado en llamar darwinismo. Si he abundado en datos acerca de su vida y su obra, así como en los relacionados con su fe religiosa y su formación y prestigio científico, es para que no se nos olvide de quién se trata y no nos atrevamos a ningunearlo silvestremente. No fue el primero en hablar de evolución de las especies, pero sí me parece que se puede afirmar que fue el primero en hacerlo con sistematicidad científica. En el mundo occidental, podríamos remontarnos hasta la evolución de las especies concebida por algunos pensadores y naturalistas helenistas, pero es evidente que no podemos aspirar a una experimentación científica sistemática sobre el tema hasta mucho más tarde. Tengo la impresión de que, antes de Darwin, en este tema, se podía hablar a lo sumo de un pensamiento filosófico-naturalista y de incipientes hipótesis científicas. No más.

SIGNIFICADO DE ALGUNOS TÉRMINOS

7. A- La primera precisión importante, como suele convenir con todos los autores de renombre, es no confundir al autor, en este caso, Darwin, con sus seguidores, los darwinistas, no siempre fieles en interpretar su pensamiento. Una cosa es ser santo Tomás de Aquino y otra es ser tomista; una, ser Karl Marx, y otra, ser marxista. B- CREACIONISMO. La creación ex nihilo sui et subiecti – creación de la nada, decimos en castellano –, consiste en la afirmación según la cual todo lo que existe depende en su origen, en su mantenimiento en el ser y, en su caso, en la evolución de su ser, de un Dios único, creador y omnipotente, único Ser preexistente a todo lo que existe que no sea Él mismo. Es evidente que solo los creyentes en un Dios trascendente pueden ser creacionistas. Sin embargo, la afirmación de la creación por parte de Dios es compatible con distintos modos de creación. Ahora bien, quienes no creen en Dios, si son coherentes, deben afirmar la existencia de la materia o de alguna forma de energía antes del principio del ser y del tiempo, que es la medida del movimiento ( numerus motus secundum prius et posterius , definían los antiguos), si es que ya esa materia o esa energía originales no son consideradas, per se, formas del ser; de un ser eterno cuyo nombre no se menciona. También puede haber –y ha habido– creyentes no cristianos que han afirmado la eternidad o, más bien la perdurabilidad de la materia; pienso, por ejemplo en Aristóteles. El propio santo Tomás de Aquino afirmaba que si no fuese por la revelación bíblica, podríamos aceptar que la materia es eterna o perdurable (no son términos equivalentes).

8. C- En relación con las formas de crear, Dios pudo ser el creador de los seres que vemos hoy con una identidad sustancialmente igual a lo largo de los siglos. Esta manera de ver la creación es conocida como FIJISMO, ya que afirma que tanto la materia, como los seres vivos – plantas, animales y seres humanos– permanecen sustancialmente inmutables desde la creación. D- Por el contrario, la afirmación de que tanto la energía o la materia creadas por Dios pueden transformarse, así como los seres vivos, sin excluir a los seres humanos, es llamada EVOLUCIONISMO O TRANSFORMISMO. Dentro de esta corriente, situamos a Darwin y los darwinistas y a la mayoría de los antropólogos y paleontólogos contemporáneos. Por cierto, no dejemos de tener en cuenta que el transformismo o evolucionismo creacionista, incluye en sus convicciones que la evolución sucede de acuerdo con el designio del Dios creador, se encamina a un fin querido por Dios, no es una evolución caótica u ordenada por fuerzas ciegas; es una evolución divinamente teleológica. También en el ámbito de la visión creacionista y evolutiva del universo, con más coherencia que en el fijismo, debemos incluir el papel insustituible de la persona humana. Una vez que aparece la persona, es decir, un ser inteligente, libre, responsable, este se convierte en una especie de cocreador subordinado . Las narraciones iniciales del Génesis, primer libro de la Biblia –capítulos 1, 2 y 3, passim –, nos afirman, con el lenguaje que les es propio, que solo la persona humana ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y recibe el aliento vital de Dios; que solo ella recibe la orden de dominar todo lo creado y de imponer el nombre a los animales (lo que equivale a conferirles su identidad); el hombre (Adán, sacado de la tierra) y solo él presta su cuerpo para la formación de su compañera (Eva, la madre de los vivientes); solo en el caso de la persona humana, se da el caso de que de su decisión libre frente a un mandato de Dios dependa su suerte futura y la de sus descendientes (cf. infra, cuestión del pecado original).

9. E- Recientemente he leído, sobre todo en medios norteamericanos integral o globalmente conservadores, más religiosos que científicos, la expresión neocreacionismo para referirse al origen de las especies y, de manera especial, de la especie humana. Como lo que he visto son artículos o referencias fragmentarias, no estoy muy seguro de lo que se pretende afirmar con esta expresión. Me parece entender que se quiere significar una vuelta al creacionismo original, después de haber sido consideradas y excluidas las concepciones científicas evolucionistas. O sea, me da la impresión, si es como yo lo creo entender, que se trata más bien, dicho con mayor exactitud, de un neofijismo postevolucionista, no de un neocreacionismo . Sea lo que fuere, me basta por el momento dejar constancia de que la inmensa mayoría del mundo científico internacional, creyentes de diversas confesiones y no creyentes con distintas filiaciones ideológicas o filosóficas, continúa siendo evolucionista, aunque ahora, como siempre ha sido, no deja de haber diferencias, entre quienes se ocupan de estas cuestiones, acerca de uno u otro componente de la teoría evolucionista, sea creacionista o no.

Entonces, ¿hay o no dificultades, en el marco de la fe cristiana, con relación a la Teoría Evolucionista ? Las cuestiones relacionadas con la afirmación de la existencia del pecado original.

10. Me parece que lo expuesto con anterioridad es suficiente para comprender que, con relación al proceso creativo como tal, pueden existir, y de hecho existen, opiniones diversas y, en todas, hay todavía lagunas, sea si adoptamos como suficientemente probado el fijismo, sea si adoptamos el evolucionismo por la misma razón. Pero no deberían existir, en principio, objeciones desde el ángulo de la fe cristiana, toda vez que ambas teorías se pueden avenir con la realidad de un Dios único, creador y providente.

11. Ahora bien, en el marco de la aparición de la pareja humana, la fe cristiana incluye la realidad del pecado original. Con respecto a él, hablamos de pecado original originante, el de nuestros primeros padres, llamémosles Adán y Eva, como en la Biblia ; y pecado original originado, con el que nacemos todas las personas humanas; cancelado, gratia Christi , de providencia ordinaria por el Sacramento del Bautismo, pero para ello, Dios puede servirse también de otros medios, quizás menos visibles.

12. La teología del pecado original, en la Iglesia Católica , se ha formado a partir de los textos bíblicos; sobre todo, aunque no exclusivamente, del cap. III del Génesis y de la Carta de san Pablo a los Romanos, 5, 12-21: de la tradición litúrgica y patrística, en la que los escritos de san Agustín sobre el tema tienen un peso específico especial; y del Magisterio, condensado específicamente en los textos del Concilio de Trento, a los que suelen recurrir los papas y obispos que han abordado el tema después del siglo XVI.

13. Tratando de resumir y de exponer de manera comprensible, creo poder afirmar que, sustancialmente, la doctrina católica acerca del pecado original consiste en la afirmación de que nuestros primeros padres incurrieron en culpa porque desobedecieron ­la voluntad de Dios, conocida por ellos: en esto radica el pecado original originante , hecho histórico y social, que por designio de Dios se transmite, misteriosamente, por generación, a toda la humanidad, biológicamente descendiente de esa primera pareja; este es el pecado original originado, cancelado por la gratia Christi , cancelado, de providencia ordinaria por la recepción del sacramento del Bautismo.

14. Evidentemente, las hipótesis poligenistas , fijistas o evolucionistas, presentan problemas serios de armonización con esta enseñanza católica. Habría que afirmar que todas las primeras parejas de cada una de las estirpes genéticas habría pecado, es decir, habría cometido el pecado original originante. Una concepción monogenista del evolucionismo, en principio, podría aceptarse, pero no deja de presentar dificultades, aún en su versión científica más reciente, apoyada en investigaciones relacionadas con el mejor conocimiento del ADN, que entiende a toda la humanidad como descendiente de una sola mujer, a la que se ha dado en llamar Eva original o Eva ontológica, natural del Cuerno Africano, región ocupada hoy por Etiopía, Eritrea y Somalia.

15. De allí, del Cuerno Africano, a lo largo de cientos de miles de años, habrían partido todos los movimientos migratorios: hacia el sur de África y, por el norte de África, por una parte, hacia el este, hacia el Medio Oriente, Asia, Oceanía y, por el Estrecho de Bering, a América; por otra parte, también del norte de África, pero hacia el oeste, hacia Europa. Las diferencias étnicas habrían dependido, en todas las formas de monogenismo, de las diferencias climáticas, medioambientales y alimenticias. Existen diferencias sobre las rutas y los tiempos migratorios. Pero ahí no radica el problema con relación a nuestra concepción del pecado original, que permanece, como problema teológico, aunque reducido, cuando se contempla la evolución del género humano desde la existencia de la Eva original, no desde el poligenismo. ¿Tuvo un esposo único la Eva original, y de su relación con ese único hombre, descendería toda la humanidad? No es imposible, pero requiere un esfuerzo laborioso de comprensión, sobre todo si tenemos en cuenta el estado de desarrollo

psíquico y afectivo de esos primeros seres humanos. Sin embargo, es posible encontrar fieras adultas, con un nivel muy alto de fidelidad a la pareja y a los deberes parentales para con los neonatos. Difícil también resulta conceder tamaña responsabilidad ética a una pareja ya humana, pero sumamente primitiva, y en tal grado, que su decisión comprometería la historia de todo el género humano subsiguiente.

El problema, pues, existe. S. S. Pablo VI convoca. Los teólogos y los científicos examinan, reflexionan, escriben e intercambian. El Sumo Pontífice escucha con atención, estudia, ora y conduce: dialogando y respetando. No siempre las cosas salen bien. El magnífico don de la libertad puede traicionarnos. Somos falibles. Además, no se nos olvide, el desarrollo de los conocimientos se puede incrementar y acelerar un tantico, pero él tiene su tiempo de maduración y su ritmo propio; sus enlaces y sorpresas. ¿Y qué pensar de cuando nos llega por solo Dios sabe qué vericuetos? Mucha paciencia requiere el conocimiento. Tengo la impresión de que Pablo VI siempre supo todas estas cosas. En vida, su amigo, el beato Juan XXIII, lo llamaba con cariño: “Nuestro Hamlet de Milán…”

16. Siendo estudiante en Roma, tuve el privilegio de haber visto celebrar la Eucaristía , varias veces, al cardenal Montini, de escucharlo predicar y dictar conferencias, de leer sus textos y de seguir, con suma atención, su andadura pastoral en la arquidiócesis de Milán. Mayor atención, si cabía, presté a sus intervenciones en la Primera Sesión del Concilio Vaticano II; a su espléndida Carta Pastoral para sus diocesanos de Milán, sobre la Iglesia , de gran densidad teológica, escrita con su acostumbrado lenguaje terso y transparente, que constituía ya una especie de programa conciliar; su cercanía al beato Juan XXIII durante su breve pero intenso pontificado, todo él preparatorio del Concilio. Iniciado el Concilio, el cardenal Montini fue el único invitado por Juan XXIII a compartir con él sus habitaciones en el apartamento pontificio. A la muerte de Juan XXIII a nadie sorprendió la elección de Montini, que asumió el nombre profético de Pablo, el VI con ese nombre.

17. Este fue otro don y privilegio: haber estado en la Plaza de San Pedro el día de la elección, recibir su primera bendición papal, participar en su instalación como obispo de Roma, escuchar su ratificación de la continuidad del Concilio. Cuando fue elegido, se había celebrado solo la Primera Sesión , en 1962, con Juan XXIII, y algunos, los menos, llegaron a pensar que el próximo Papa interrumpiría el Concilio. Con el gozo de que no fue así, regresé a Cuba. Y desde Cuba, con las antenas bien dispuestas, gracias a algunos viajes que tuve que realizar a Roma en la época y a la correspondencia de amigos inteligentes, tuve la gracia de percibir toda la riqueza conciliar y el secreto de su fuerza renovadora: la contemplación del parto del mundo nuevo con los lentes de la fidelidad a la Palabra de Dios y a la mejor tradición eclesial. El texto de la Profesión de Fe que Pablo VI pronunció el 30 de Junio de 1968, al concluir el Año de la Fe –proclamado así con motivo del XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo–, a los dos años y medio de la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, en plena efervescencia de la articulación y puesta en práctica de los acuerdos conciliares, nos revela el talante sereno, nacido de su confianza en Dios y de amor a Su Iglesia y al Mundo, que animaba a Pablo VI. Conocemos ese texto como Credo del Pueblo de Dios . Así lo recibí entonces y así lo conservo desde entonces; ahora, en una edición reciente, en mi reclinatorio personal, en mi cuarto, leerlo y meditarlo, una y otra vez, es como acudir a la brújula y al astrolabio.

18. ¿Qué tiene que ver todo esto con Darwin, el evolucionismo, el pecado original, el neofijismo de olor integrista, etc.? Pues sí tiene que ver y mucho. Los neoconservadores que, ante la imposibilidad de borrar el Concilio Ecuménico Vaticano II de la Historia contemporánea, desearían reinterpretarlo con claves ajenas a las del beato Juan XXIII y a las de Pablo VI, deberían asomarse a la atmósfera eclesial que supieron crear, promover y timonear estos pontífices, así como leer y meditar, ante el sagrario, los textos que son eco de aquellos tiempos, tiempos benditos, días y meses y años de gloria para los que vivimos aquella singular fiesta eclesial, fiesta genuina del Espíritu de Dios.

19. Y precisamente en ese diálogo evangelizador y promotor de la espiritualidad adecuada para con el tiempo contemporáneo y sus búsquedas científicas, era ineludible, en el inmediato postconcilio, encarar las cuestiones en torno al origen del mundo y, sobre todo, de la especie humana, las cuestiones relacionadas con el pecado original, la presencia del mal en el Mundo y la Historia de la Salvación. Así , con mayúscula . Es lo que he tratado de presentar, en los términos descritos anteriormente, de forma sucinta.

20. Quienes dirigían la Iglesia en su cúpula y los miembros del “cuerpo institucional conciliar”, no eran hombres tontos, ni malas personas que conspiraran para destruir la Iglesia. Eran hombres, con sus limitaciones normales pero, al menos en su mayoría, eran santos y sabios, que amaban a la Iglesia y al Mundo que Dios ha creado y cuyo crecimiento ha encomendado al hombre, como cocreador subordinado, desde los orígenes de la creación.

21. Conservo, como perla preciosa, aunque ya quebradiza y amarillenta, un par de hojas de un número de L´Osservatore Romano , Suplemento No.1099, 27 de febrero de 1969, N. 43-48, pp. 5, 6, 7 y 8. Teniendo como referencia el Credo del Pueblo de Dios , de Pablo VI, ya mencionado, el artículo se titula: “ La Creación del hombre en relación con la teoría científica de la evolución ” . Lo firma Roberto Masi. Considera, en ejemplar resumen, todos los problemas teológicos y científicos implicados en esta cuestión. Hacia el final menciona cinco hipótesis teológico-escriturísticas en las que sus autores, muy conocidos en la época, creen poder conciliar los datos irrenunciables de la fe, con las hipótesis en boga en el momento, acerca de la creación de la especie humana, casi todas sobrecargadas de poligenismo, lo que no sucede hoy, como ya he expuesto.

22. Después de animar a los científicos para que precisen y prueben su argumentos más débiles y a los teólogos para que continúen sus reflexiones, sin olvidar la fidelidad al magisterio eclesiástico, Masi termina diciéndonos: “ Por lo tanto, se debe recordar que el dogma acerca del origen del hombre y el pecado original se mantienen inmutables en su concepción completa ( restano nella loro completezza immutati )… Los estudios indicados con anterioridad tienen la finalidad de repensar la teología en relación con esta doctrina revelada para presentarla a los hombres de hoy de un modo más adecuado a la mentalidad filosófica y científica contemporánea, cómo hacerla más aceptable y verdaderamente útil para la vida y la salvación ” (en italiano en el original; traducción personal).

23. Ese es el estilo de libertad responsable en la fe y de lealtad para con la Iglesia y el magisterio, exorcizador de miedos y de simulaciones, que los papas de aquellos años conciliares promovieron. Quizás en eso pensaba el beato Juan XXIII con aquel gesto conocido de abrir la ventana para que entrase aire fresco. El recuerdo de Darwin en su aniversario y el arremolinamiento que de nuevo parece que se arma con relación al evolucionismo, nos ha destapado estos hechos, palabras, gestos… Permita Dios que vivamos esa memoria con el mismo aire sano con que hemos vivido situaciones análogas en otros tiempos. S.S. Benedicto XVI lleva ahora el cayado del Pastor y lo hace con la misma serenidad, inteligencia, bondad y capacidad de diálogo respetuoso y sereno, sin crispaciones. A su guía nos confiamos animados por el gozo del Espíritu. Con nuestra oración y nuestra disponibilidad humilde, lo acompañamos desde esta Habana singular, entrañable, en la que la Providencia amorosa de Dios nos coloca para que no dejemos de hacerlo presente. A Él y a Su Iglesia, no nuestras dislocaciones tortuosas.

La Habana , 27 de enero de 2009