Estoy seguro que ha oído hablar de Jean Paul SARTRE y hasta que conoce muchas cosas de él, aprendidas cuando estudiaba en la Universidad. Y que hasta en momentos de baja autoestima ha leído una de sus novelas, La náusea (1938), historia sobre distintos fracasos que lo dejó todavía más por el piso. Pues vamos hoy con él para que le conozca todavía un poquito más y se le aclaren las ideas que sobre su filosofía tenga hasta ahora.
Nace en París en 1905. Fue hecho prisionero por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Después de su liberación vuelve a París, donde se enroló de manera activa en la resistencia. Su vida fue la de un intelectual plenamente activo, presente en todas las manifestaciones de la vida cultural, social y política de su tiempo. Sartre es al mismo tiempo que un gran filósofo, un consumado autor literario y teatral, que ha utilizado la literatura como medio de expresión y compromiso de sus ideas filosóficas y políticas. Muere en abril de 1980. Obras de gran categoría, además de la citada, son El ser y la nada (1943), su primera gran obra, El existencialismo es un humanismo (1946) y La crítica de la razón dialéctica” (1960). Pero vayamos al grano. Y no se me asuste, porque fue un gran ateo toda su vida y durante sus últimos veinte años un esforzado revisionista del pensamiento marxista, en el sentido de inyectarle –fruto de la crítica– el pensamiento existencial o la ontología de la libertad que era el existencialismo, un pensamiento “parasitario” del marxismo, pero que en rigor estaría llamado a fermentarlo críticamente. |
La honda sensibilidad intelectual sartriana, su trayectoria de hombre comprometido con el ideal revolucionario de una sociedad futura de hombres en libertad, no podía por menos de re-pensar críticamente el marxismo. Tal vez los últimos años de la vida de Sartre constituyen una etapa de su pensamiento en la que existencialismo y marxismo quedan transcendidos en nuevas conclusiones y perspectivas. Pero más sobre esto se lo dejo a usted. Seguro que al final de esta página le rondará la mosca tras la oreja tentándole a profundizar la obra de don Jean Paul. Anímese, amigo, y busque la verdad por sí mismo.
Ahondemos ahora nosotros en su pensamiento y no se me eche para atrás al leer lo que sigue. Dice Sastre, de manera muy expresiva, que “el hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor”, y que esta realidad humana no es proyecto de una Inteligencia o Voluntad trascendentes. El hombre, el yo, está en el mundo –existe– atenido, como subjetividad, a la indeterminación total, como perdido, solo y olvidado, sin determinaciones esenciales u objetivas que le rijan o le orienten. Vamos, que en cuanto pura subjetividad, el hombre está distanciado de todo lo demás y no es nada, sino esa estructura en constante inadecuación consigo mismo, que consiste en su constante nadificación; o dicho en otras palabras, que se cuestiona constantemente a sí mismo, sin vínculo con naturaleza o esencia alguna. Todavía más claro: estamos “condenados a ser libres”. ¿Duro, verdad? Entenderlo y admitirlo, digo yo.
La libertad sartriana no está determinada o regida por fines o por un mundo de valores. Excluida la trascendencia del panorama, el hombre quiere ser Dios y esa es la pasión de la libertad. Pero tal proyecto es un fracaso y, más aún, un absurdo porque –dice– es imposible la coincidencia entre lo que uno es y lo que quisiera ser. Por eso el hombre, en cuanto es este proyecto, es una pasión inútil .
Ya. No sigo más que se me está usted desmoronando de tanto pesimismo como este señor quiere meternos en el cuerpo. Él lo dijo: la conclusión de mi filosofía es el suicidio, no hay otra alternativa, porque para vivir así… Él no llegaría a tanto, por supuesto.
Yo prefiero la vida, la certeza de que el deseo de plenitud del hombre no es inútil. Porque la clave de toda plenitud la tenemos en Jesús: “Si alguien tiene sed que venga a mí y beba. De lo más profundo de todo aquel que crea en mí brotarán ríos de agua viva” Jn 7, 37-38). Gracias, Maestro, buen Dios. |