
por diácono Rolando Gibert Montes de Oca Valero(*) |
Toda subida requiere un entrenamiento previo. En el camino del año litúrgico cristiano, la madre Iglesia ofrece un adecuado tiempo de preparación antes de alcanzar la mayor de las cumbres: la Pascua. Este camino de “entrenamiento”, ejercitación y crecimiento es el que desde el siglo iv se ha dado en llamar: “ la Cuaresma ” . Es Eusebio de Cesarea quien en el año 332 nos da una de las primeras referencias acerca de este tiempo, describiéndolo con una claridad que hace pensar que para dicha fecha ya era una institución bien conocida y, hasta cierto punto consolidada. Remontarnos a los inicios de esta práctica puede sernos útil para adentrarnos más tarde en la significación que comporta para nosotros hoy. Nos dice Eusebio:
“Celebrando, pues, la fiesta del tránsito, nos esforzamos por pasar a las cosas de Dios, lo mismo que en otro tiempo los de Egipto atravesaron el desierto…”
Antes de la fiesta, como preparación nos sometemos al ejercicio de la Cuaresma , imitando el celo de los santos Moisés y Elías; respecto de la fiesta misma, nosotros la renovamos por un tiempo que no tiene límites. Orientado, pues, nuestro camino hacia Dios, nos ceñimos los lomos con la cintura de la templanza; vigilamos con cautela los pasos del alma, disponiéndonos, con las sandalias puestas, para emprender el viaje de la vocación celeste; usamos el bastón de la palabra divina, no sin la fuerza de la oración , para resistir a los enemigos; realizamos con
|
|
todo interés el tránsito que lleva al Cielo, apresurándonos a llevar las cosas de acá abajo a las celestes, y de la vida mortal a la inmortal… “A las fatigas soportadas durante la cuaresma sucede justamente la segunda fiesta de siete semanas, que multiplica para nosotros el descanso, del cual el número siete es símbolo.” (1)
Siguiendo este texto, la cuaresma viene a ser un camino que hay que recorrer en un clima de vigilancia, para no caer en la tentación, y de austeridad, o sea de rigor, dejando lo que nos impida pasar a las cosas de Dios .
La cuaresma como ejercicio implica una pedagogía enriquecida con símbolos. Estos, celebrados con devoción desde una interioridad sedienta de Dios, nos pueden ayudar a avanzar en el camino de la santidad, del encuentro con el Dios vivo, en una palabra: de la Pascua.
LOS SIGNOS DE LA CUARESMA
En el citado texto de Eusebio de Cesarea, aparece ya una importante alusión al desierto. La c uaresma , como todos sabemos, toma su nombre del número cuarenta y estos son sus días de duración. Para la cultura hebrea, cuarenta es más que una simple cifra, solo pronunciarla evoca los años que pasó el pueblo de Israel atravesando el desierto, camino a la tierra que el mismo Dios le había prometido al liberarlos del dominio egipcio. Para nosotros los cristianos, recuerda además los cuarenta días que pasó Jesús ayunando en el desierto mientras era tentado por el diablo. Estos le prepararon al ministerio público que estaba por emprender. Fueron también cuarenta los días que duró el diluvio purificador, los días de ayuno que prepararon a Moisés y a Elías para el gran encuentro con el Señor, y los días de penitencia que predicó Jonás en Nínive, tiempo de preparación a la reconciliación y el perdón. El tiempo de duración de la cuaresma , no es por lo tanto casual; está puesto con toda intención. Es un camino largo, por el desierto, el lugar de la alianza, del encuentro con el Dios del amor (Cf Os 2, 16), desprendidos del afán de comodidades que nos distraen, confiando solo en Dios. Es un itinerario idóneo para revisar la propia vida, rectificar el camino y enrumbar los pasos hacia el Señor.
Cuarenta fueron los días que pasó Moisés en el monte, envuelto por la gloria del Señor cuando este le ordenó subir para ratificar la alianza (Cf Ex 24, 18); y cuarenta días caminó también el profeta Elías hacia el monte de Dios, el Horeb (Cf 1 Re 19, 8). La cuaresma, ya lo hemos dicho, conduce al encuentro con el Dios de la gloria.
Otro de los signos de la Cuaresma , quizás el más popular, es la ceniza. Este tiempo queda inaugurado cada año con el miércoles de Ceniza; llamado así por el rito de imposición que tiene lugar en la eucaristía de ese día.
Las cosas materiales se destruyen con el fuego, mientras más frágiles más rápidamente pasan, más pronto quedan en cenizas; los metales, en cambio, se aquilatan, se purifican al fuego. La costumbre de echar cenizas sobre la cabeza es una práctica muy antigua. Se ha usado para duelo o luto ante una gran aflicción; por ejemplo, la reina Ester, angustiada por las calamidades del pueblo, “se despojó de sus magníficos vestidos, se vistió de angustia y duelo. En vez de exquisitos perfumes echó sobre su cabeza ceniza y suciedad…” (Es 4, 17 k). En este mismo sentido de duelo habla el profeta Ezequiel a los habitantes de Tiro: “lanzarán su clamor por ti, gritarán amargamente. Se echarán polvo en la cabeza, se revolcarán en la ceniza” (Ez 27, 30). No obstante, el uso más corriente de la ceniza en el pueblo de Israel ha tenido lugar como expresión de arrepentimiento y penitencia por los pecados cometidos. En esta línea expresa el profeta Daniel: “Me dirigí al Señor Dios, implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, saco y ceniza” (Dn 9, 3). La ceniza, contrario a lo que muchos piensan, no es en sí misma una bendición. Se nos impone ceniza sobre la cabeza y esta, por lo tanto, queda sucia. Es un rito por el cual nos reconocemos sucios, necesitados de purificación. Ahora bien, estar sucios no es una bendición, pero reconocerlo delante de Dios sí. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias (Sal 34, 7). |
Inclinamos las cabezas delante de Dios, que se deja vencer por el que se humilla y encuentra agrado en el que expía sus pecados. Lo que buscamos es ser más conscientes de nuestra condición temporal, de que nuestro destino final no es este mundo caduco y de que por lo tanto debemos volvernos al Dios del Amor que nos espera. Esta idea queda muy bien expresada en uno de las fórmulas que puede usar el sacerdote ese día: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Gn 3, 19).
El rito de la ceniza no agota su significado en ese día, es más bien el espíritu que debe acompañarnos durante toda la cuaresma. Echarse ceniza sin verdadero deseo de cambiar sería una hipocresía, un ritualismo exterior, un culto vacío. El ambiente que envuelve esta celebración es el arrepentimiento. Aunque reconocer nuestras infidelidades y pecados nos cause un santo dolor, no es un clima de tristeza. El espíritu penitencial es de esperanza y confianza en la misericordia del Señor, que no tiene límites. Acerca de esto san Ambrosio exhortaba a su pueblo:
Muestra, pues, tu herida al médico para que puedas ser curado. Él la conoce, aunque tú no la descubrieses; pero anhela oír tu voz. Limpia con lágrimas tus cicatrices. (2)
|
|
El dolor no riñe con la alegría; en la Cuaresma la alegría se hace más profunda y consiste, sobre todo en la alegría del perdón. Esta es más callada, pero más profunda y duradera. Es la constatación de un Amor con mayúsculas, que nos desborda y que tiene siempre la iniciativa. Si acudimos ese miércoles, es porque hemos sido convocados por Él, que quiere elevarnos, engrandecernos. Es su Amor, no la penitencia la que nos santifica. Entonces ¿qué sentido tiene hacer penitencia? Prepararnos para que seamos libres y capaces de acoger su don, su salvación. Nunca es más grande un hombre que cuando reconoce su miseria y tiende lo brazos a su Dios. Nunca fue más “hijo” el hijo pródigo que cuando volvió a la casa de su Padre. Esta es la alegría de la cuaresma, una alegría que brota de entre cenizas.
Otros signos que saltan inmediatamente a la vista del más simple observador son el color morado en las vestiduras del sacerdote y el diácono, la ausencia de flores en los altares y la supresión del himno del Gloria y el Aleluya en las liturgias de cuaresma. Durante este peregrinar cuaresmal, el pueblo se prepara para entonarlos con un corazón más puro en la noche santa y dichosa de la Vigilia Pascual , cumbre a la que tiende este camino. Se vuelve entonces más lleno de sentido el canto de los fieles que han vivido la penitencia no sólo a nivel personal y privado, sino también comunitario, como pueblo de Dios, y la noche del Sábado Santo entona a coro la alabanza y la gloria del Dios que ha vencido el pecado y la muerte.
CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO
La otra fórmula que puede usar el celebrante en la imposición de las cenizas es: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Aunque en el fondo está muy relacionada en su significado con la citada anteriormente, expresa algo más. Quien se ha reconocido como polvo, como hombre limitado necesitado del eterno amor de Dios, ya está en camino de conversión. Esta segunda fórmula, sin embargo, señala el camino: cree en el Evangelio. La conversión viene a ser como la expresión más acabada del espíritu de la Cuaresma y tiene como resultado la acogida del Evangelio con toda su riqueza y su exigencia. La expresión nos llega en imperativo. Es Jesús mismo quien nos exhorta ( Cf Mc 1, 15).
Ahora bien, para nosotros hoy ¿qué es conversión?
Convertirnos, lo hemos escuchado tantas veces, es cambiar de vida. Nos dice el Concilio Vaticano II:
“Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. Mientras por una parte, como criatura, experimenta que es un ser limitado, por otra se siente ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, se ve obligado constantemente a elegir entre ellas y a renunciar a algunas. Mas aún, débil y pecador, muchas veces hace aquello que no quiere y no hace lo que querría hacer. Por ello, sufre en sí mismo la división de la que surgen tantas y tan numerosas discordias en la sociedad.” (3)
A menudo, cuando saludas a alguien por la calle, a la pregunta corriente de “¿cómo te va?”, s e ofrece como respuesta un “Aquí, en la lucha” . Se entiende la vida como una lucha, y en cierto sentido lo es; no solo por las carencias nuestras de cada día, sino sobre todo por lo que nos señalaba el Concilio: “muchas fuerzas nos tiran a un lado y al otro”. La búsqueda desenfrenada de felicidad asfixia a muchos y no los deja ser felices. Hoy día abundan los ensayos de “felicidad fácil y a corto plazo”, se ubican por lo general en el “sexo por el sexo”, en las drogas, el alcohol, en la vida sin compromisos, en las necesidades cada vez mayores de tener cosas, fama, dinero, influencias, etc. Son los ídolos de turno, llaman adeptos de todas partes, les prometen felicidad, los esclavizan y finalmente los desechan. Se presentan como la única opción de felicidad. En este mundo vivimos los cristianos, como corderos en medio de lobos, tenemos las mismas influencias y tentaciones; sin embargo no somos de este mundo (Jn 17, 14). Dichos ídolos se nos ofrecen disfrazados, se insinúan sutilmente para colársenos dentro sin que podamos advertirlo. Por lo general no se dan estas realidades en blanco y negro, simplemente; abundan las escalas de grises y por lo tanto es muy necesario estar atentos. La llamada a la conversión que nos hace la Iglesia en la Cuaresma ha de partir de una revisión de la propia vida. Más que un ver cómo anda la “lucha”, será un detenernos, mirarnos por dentro y hacer opción. Convertirnos será entonces, con la ayuda de la Gracia , sacar de nuestro interior todo aquello que se opone a nuestra condición de discípulos de Cristo, es un volver a dejarlo todo para quedarnos con Él. San Ignacio de Loyola ya en el siglo xvi plantea la opción como un combate entre dos ejércitos enemigos entre sí, no hay términos medios: |

Mosaico de Cristo agonizante, en la Iglesia de Getsemaní. |
“Ver un gran campo de batalla adonde el sumo capitán general de los buenos es Cristo, nuestro Señor; otro campo en región de Babilonia, donde el caudillo de los enemigos es Lucifer.” (4)
Después de esto, orienta el santo:
“Demandar lo que quiero; y será aquí pedir conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos, y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para imitarle…” (5)
Tener voluntad de conversión es bueno, pero resulta indispensable saber de qué, en concreto, hay que convertirse.
Es importante señalar, como nos recordaba el Concilio Vaticano II, que el pecado por personal que parezca siempre tiene repercusiones en los otros. Los seres humanos no estamos aislados, todo lo que yo haga de bueno o malo en mi vida influye en mis hermanos. La santidad de una persona es también una bendición para los otros, los ayuda a progresar en el camino cristiano. El pecado, en cambio, daña a todos, |
será siempre una fuerza contraria con consecuencias sociales difíciles de calcular. Dicho esto se entiende mejor por qué la Cuaresma es un tiempo de conversión y de gracia, una bendición en primer lugar para el que la vive intensamente; pero también para este mundo que sufre tanto por el pecado.
Para emprender el camino cuaresmal, para poner por obra este imperativo del Señor, la Iglesia nos ofrece delante una pedagogía de medios. Son actos sencillos, en nada aparatosos, que parecieran incapaces de realizar la obra titánica de nuestra conversión. Sin embargo, es ahí, en el día a día aparentemente inútil, donde saliendo de nosotros mismos, nos abrimos a la gracia y nos dejamos cambiar desde dentro por el Amor misericordioso del Padre que ve en lo escondido. Así las prácticas fundamentales de la Cuaresma son el ayuno, la oración y las obras de caridad.
EL AYUNO
La práctica del ayuno consiste básicamente en abstenerse voluntariamente, por un tiempo (horas), de tomar alimentos o solo tomar lo indispensable por varios días, por un motivo espiritual. También se considera ayuno la abstinencia de alimentos sabrosos innecesarios, o de cosas superfluas, etc. Es una experiencia también antigua con una muy honda significación. No busca el deprecio del cuerpo, el ayuno es sobre todo desde el espíritu; tampoco se encamina a producir sufrimientos como autocastigo. Es, en realidad, mucho más que dejar de comer, se trata de buscar el Alimento que da la Vida , la sostiene y la acrecienta (Cf Jn 4. 6)
El ayuno contiene en sí un profundo valor pascual: se experimenta lo que es arriesgar “seguridades” de vida por lo que es verdaderamente la fuente de la Vida. Constituye un acto de libertad y en hacerlo, la persona se dice a sí y al mundo que el sentido y la raíz de la vida verdadera no la dan las cosas de las que ayunamos. El ayuno así, puede ser vivido con una dimensión contestataria. San Agustín expresa la ruptura con el mundo que esta práctica comporta:
“Moisés, Elías y el mismo Señor ayunaron durante cuarenta días para enseñarnos […], que todo nuestro deber consiste en no conformarnos con el mundo, ni apegarnos a él, sino que debemos crucificar al hombre viejo. He aquí, cuál debe ser el empeño de nuestra vida. Ahora bien, si esto es lo que hay que vivir todos nuestros días, cuánto más habrá que vivirlo durante el tiempo de Cuaresma, que no es solo parte de la vida, sino que la representa toda entera. En cualquier otro tiempo, debéis impedir que vuestros corazones se hagan pesados con el exceso de la comida y la bebida, pero en la Cuaresma , además, debéis añadir la práctica del ayuno.” (Sermo 205, 2).
El ayuno vacía a la persona, la dispone y libera para llenarla de Dios; la distrae de lo secundario y la concentra en Dios .
Otras sugerencias de ayunos podrían ser:
Ayunar con los sentidos. Desarrollar su sensibilidad y afinarlos para que puedan captar la realidad con más hondura. Tener bien afilados los sentidos para ver lo que se mira, entender lo que se oye, sentir lo que se palpa, gustar lo que se come… Descubrir el sentido más profundo de las cosas y de los acontecimientos, ver a Dios. Hacer ayuno de la superficialidad, de las apariencias y lo secundario para detenerse a “disfrutar” de lo principal, de “lo que importa verdaderamente… saber que lo demás es añadidura” (Cf Mt 6, 33). Basta ya de detenernos tanto en las apariencias. Las mejores fotos son las espontáneas; nunca una sonrisa fingida para la cámara se podrá comparar con la discreta sonrisa de la suave alegría del corazón.
Ayuno de exageraciones. Tal vez no podamos tener mucho pero vivimos deseándolo desesperadamente. Es otra forma de esclavitud. El ayuno de excesos nos libera. San Pablo lo advierte: “nada de comilonas…” (Rm 13, 13-14). Tampoco excesos en las conversaciones: inflar un suceso, hablar demasiado de nosotros mismos y de los nuestros… es siempre más sano vivir en la verdad. Nada que inventemos de nosotros mismos o de lo que hemos hecho nos podrá hacer mejores. Nuestro más alto valor está en quiénes somos. Procurar la mesura nos permite encontrarle el sabor a los acontecimientos tal y como son. En Cuaresma de modo especial, preferimos lo sencillo.
Hay que ayunar de la cultura dominante de la imagen, del ruido, de tanta palabrería. Saber ayunar también de la radio, de la novela, de las películas insípidas que no aportan nada, o solo transmiten basura. Este ayuno sería un buen ejercicio para evitar la contaminación que a menudo dichos filmes producen en la memoria, moviéndonos incluso a comportamientos importados de personajes que bastante lejos están de lo que se podría llamar humanos. Aprender a dominar el mundo audiovisual y la tiranía del ruido, de tantos Mp3, Mp4 y aparatejos que salen todos los días a llenarnos de ruidos, incapacitándonos para el encuentro, la palabra personal, el silencio, la comunicación.
Ayuno de irracionalidad. Creo que siempre será la Cuaresma un tiempo privilegiado para darle la primacía en nuestros actos, al ejercicio de la razón y de la voluntad. Tal es la condición elemental del comportamiento libre, típico de la persona humana. No se trata de descalificar los sentimientos, sino más bien de ponerlos en su lugar. “Hacer siempre lo que nos dicte el corazón” puede ser en teoría bonito, incluso poético, en la práctica es una esclavitud. Los sentimientos son, por lo general, muy variables, se pasa de uno a otro con demasiada facilidad. Quien se deja llevar solo por sentimientos no podrá ser dueño de sí, por tanto no podrá entregarse. Habrá que volver del Homo sentimentalis al Homo sapiens .
Ayuno de irracionalidad es también ayuno de “tragarlo todo”. Con demasiada frecuencia creemos y lo que es peor, comentamos, todo lo que vemos y oímos. Es importante aprender a dar crédito a lo que lo merece. No basta que esté publicado o lo diga la televisión, falta además que sea verdad, que exprese valores, que haga bien oírlo y comunicarlo. Sería tan sano preguntarnos antes de “consumir” una revista, una canción, un reguetón, una película, un programa de televisión, etc. “¿Qué me aporta?” Lo mismo cuando hablamos de un tercero, “¿me hace bien decirlo?” “¿Le hace bien al otro oírlo?” “¿Le hace bien al tercero que lo diga de él?” En esto el clásico “ayuno de conversaciones inútiles” evitaría tanto chisme e injusticia que se comete por “hablar sin saber” o sin necesidad.
Ayunar de pereza: del descanso excesivo, del ocio indiscriminado. Ser capaces de quitar al sueño tiempo para Dios, para servir a los demás, también para uno mismo. El ayuno del sueño es la vigilia, la cuaresma es tiempo de estar despiertos . Decía san Juan Clímaco: “Por las vigilias se mantiene limpia el alma. El dormir demasiado la embota […] el exceso de sueño es mal compañero, roba la mitad de la vida o más del hombre perezoso”. (6) Ser libres del vicio de dormir, y preferir hacer el bien, orar, convivir, tener buenas conversaciones, leer, meditar, pensar. Saber invertir el tiempo en lo más valioso, que quizás con frecuencia no prefiero.
Ayuno de corre-corre. En el otro extremo del ayuno propuesto anteriormente está el que prefiere liberarse de la pandemia del stress . Ya sabemos que la vida está difícil y que nos impone correr, pero hay que saber cómo. Esta Cuaresma nos puede aparecer como la oportunidad de hacer una buena escala de valores, de modo que no terminemos convertidos en agobiados, angustiados, bloqueados por tanta cosa que hay que hacer. Aprender a no dejar lo importante (Dios, la familia, los amigos, yo mismo…) por lo urgente (lo que hay que resolver). No perdernos en el activismo. Poner el hacer en función del ser , y no más el ser en función del hacer .
Podríamos seguir añadiendo “ayunos”, pero al final cada uno sabrá cuál o cuáles serán los idóneos para mejor pasar a las cosas de Dios y allí quedarse.
LA CARIDAD
Nos referimos ahora a lo que tradicionalmente ha dado en llamarse “limosna”. Si ya hemos hablado del ayuno es tiempo y lugar para dejar claro que lo que se acumula o se ahorra de bienes materiales y de fuerzas, también lo que se gana de espíritu, es para compartirlo y entregarlo a los demás. “El ayuno sin limosna aflige el cuerpo sin purificar el alma” (san León Magno, sermón 15, 2).
La limosna ha sido desde hace algún tiempo atacada como un paternalismo creador de dependencias; o como el fariseísmo de un dar para tranquilizar las conciencias de los ricos. En este sentido, es importante tener presente que no se trata de dar un trozo de pan manteniendo las causas del hambre. No se trata en modo alguno de un dar individual, descomprometido de lo estructural. Cuando la Iglesia en Cuaresma hace hincapié en la importancia de la limosna, se solidariza también en la solución del problema de la pobreza.
La limosna es el amor puesto en práctica aquí y ahora, ayudando a los otros en su necesidad, ocupado en su carencia concreta; es mirar al otro y ver a mi hermano, y ver a Dios. Es desprenderme de la dictadura de “lo mío” y ser capaz de convertirlo en “nuestro”. Los cubanos tenemos la fama bien ganada de ser un pueblo generoso para compartir, baste mirar la reacción frente a las pérdidas causadas por los huracanes del pasado verano. Sin embargo, en la Cuaresma se trata de subir el nivel; la actividad caritativa aquí viene movida por el amor a Dios en los hermanos (Cf Mt 25, 31 ss). La caridad constituye la manifestación más alta de Dios y como tal un fruto del Espíritu de Dios (Gál 5, 22-33). Por lo tanto, la caridad se comprende donde obra el Espíritu Santo. Cuaresma es entonces dar espacios a la acción de este Espíritu en nosotros.
|
|
Por nuestra parte, la caridad supone vencer nuestro egoísmo, y más: un ejercicio de humildad. Debemos tener cuidado de no caer en la tentación de confundir la caridad cristiana con un “egoísmo refinado” que brota no de la preocupación por el necesitado, sino del deseo aunque sea inconsciente de recibir alabanzas y quedar autocomplacido: “cuando des limosna, no toques la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas […] para que los hombres los alaben […] Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6, 2-3 ) De la verdadera acción caritativa, la Palabra de Dios nos da ejemplos prácticos: “el que tenga dos túnicas reparta con el que no tenga ninguna, y el que tiene alimentos, que haga igual” (Lc 3, 11); “da a quien te pida; y no vuelvas la espalda al que desea que le prestes algo” (Mt 5, 42); “cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos” (Lc 14, 13) .
Pero, el espíritu de caridad va más allá. Al inspirarse en la Caridad de Dios, que nos ha amado como somos y nos ha liberado en Cristo del pecado y la muerte, debe expresarse en la capacidad de separar al hombre del mal que ha cometido o que sigue cometiendo (Rm 5, 7-8). Nuestra caridad debe ser, pues, instrumento para dar vida, para devolver el hombre a Dios, ayudándole a que sea entonces, él mismo. Conducir a
|
las personas a descubrirse como Dios quiere que sean es, en cristiano, dignificar, es caminar en Cuaresma. Nos decía Juan Pablo II : “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). En lo íntimo de su corazón, el ser humano pide sentido y pide amor. A esta pobreza se responde con el anuncio, corroborado con los hechos, del Evangelio que salva, que lleva luz también a las tinieblas del dolor, porque comunica el amor y la misericordia de Dios. En última instancia lo que consume al hombre es el hambre de Dios: sin el consuelo que proviene de Él, el ser humano se encuentra abandonado a sí mismo, necesitado porque falto de la fuente de una vida auténtica”. (7)
Desde siempre, la Iglesia combate todas las formas de pobreza, porque es Madre y se preocupa de que cada ser humano pueda vivir plenamente su dignidad de hijo de Dios. Puesto que nuestra obra caritativa es una respuesta a la Caridad de Cristo debe expresarse acogiendo la acción de su gracia. Estamos llamados también a manifestar espíritu de caridad no solo sabiendo dar, sino igualmente siendo humildes para recibir.
LA ORACIÓN
La Cuaresma es para acoger a Dios, para volver a sus cosas , para recibirlo en nuestra casa y dejarnos transformar por Él. Ahora bien, esta acogida y transformación acontece de modo eminente en la oración. Por eso, la Iglesia durante este tiempo insta a sus fieles a vivir entregados más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración. En la estructura litúrgica, el ayuno va unido a la oración más intensa.
La oración, más que la repetición de fórmulas tradicionales, es según santa Teresa: “tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”. La iniciativa una vez más vuelve a ser de Dios, es Él quien nos amó primero. Por lo tanto, en la oración cristiana el protagonista siempre será el Espíritu Santo y este tratar de amistad, un don, un regalo. Ponernos a orar, ir a la oración, por nuestra parte conllevará un querer orar, un disponernos a la oración, a la acogida del don. Por lo tanto, con frecuencia este tiempo privilegiado de encuentro lo será también de escucha, valga entonces todo lo que dijimos antes sobre el ayuno de ruidos, agitaciones, etc.
|
La oración como todo encuentro importante requiere preparación. Es importante saber escoger el lugar, el tiempo, poder disponerse para acoger la gracia. El Evangelio está repleto de citas que nos refieren a Jesús orando, saliendo a descampado, antes del amanecer, noches enteras antes de los momentos decisivos de su misión. La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide que cumpla es una entrega humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre. Cuando oramos nos ponemos ante Dios como hijos, abandonamos nuestros caprichos, nuestras “trincheras” y nos abrimos a la voluntad de Dios, el Padre, que sabe lo que necesitamos antes de que abramos los labios (Cf Mt 6, 8). La oración, entonces ha de ser sencilla, la humildad es condición indispensable para acercarnos a esta fuente de gracias: “Para orar no necesitas decir palabras ampulosas. Simples y espontáneos balbuceos de los niños es lo que ordinariamente ha ganado el corazón del Padre Celestial. Procura no hablar demasiado en tu oración; no se distraiga tu alma buscando palabras. Una sola palabra del publicano bastó para aplacar a Dios, y una sola palabra salvó al ladrón […] la brevedad favorece la concentración”. (8)
Debemos orar en primer lugar con la Palabra. Aquí toma especial relieve la Lectio Divina como búsqueda orante del sentido de las Sagradas Escrituras. Nos dice Guigo II el Cartujo: “buscad leyendo, y encontraréis meditando; llamad orando y se os abrirá por la contemplación”. Por el susurro interior de la Palabra de Dios ( Cf Sal 1, 2) el cristiano se deja “habitar” por la Palabra y conducir por el Espíritu que inspiró esa Palabra |
La oración del Huerto / Goya. |
Otra de las fuentes de oración la constituye la liturgia. En ella se nos anuncia, se nos hace presente y se nos comunica el Misterio de la Salvación. Resulta vital que busquemos el sentido de la liturgia, que nos interesemos en conocer el porqué de cada oración y gesto que en ella se realiza; ello nos permitirá vivir y celebrar la fe con mayor fruto de nuestra parte. Otra práctica ampliamente recomendada por la Iglesia ha sido la visita frecuente al Santísimo. Es buscar al Señor donde sabemos que nos espera; ser conscientes de que no hay en todo el mundo lugar más santo. Es el lugar al cual siempre volvemos porque de él hemos salido.
Encontramos un lugar importantísimo de oración en la vida diaria. Leemos en el Catecismo: “Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la Palabra del Señor y participando de su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración”. (9) Uno de los desafíos de la vida espiritual lo constituye el aprender a auscultar al Espíritu de Dios en lo cotidiano, poder encontrarlo en medio del ajetreo de cada jornada y así estar siempre en oración . Para esto se hace necesario lo que el padre Benjamín González llama la conversión de la mirada.
Otro espacio privilegiado para el encuentro con el Señor lo constituye el pobre. Acercarnos a cada hombre que sufre, con un amor generoso y desarmado de prejuicios, nos permite acceder a la imagen de Dios que hay en él. Si nos acercamos a servirlo reconociendo su derecho a nuestra solidaridad en su dignidad y su miseria, entonces escuchamos verdaderamente la voz de Dios. Respondiendo de esta forma al pobre, respondemos a Dios y se produce el encuentro que llamamos oración. En este sentido varias comunidades religiosas dedicadas a la actividad asistencial formulan el paso de la contemplación al servicio como un dejar a Cristo por Cristo.
EL TIEMPO DE LA MISERICORDIA
La misericordia es sin dudas, el corazón de la Cuaresma. Es la compasión del Padre que nos ha visto en la indigencia del pecado y se ha inclinado hacia nosotros para salvarnos, para hacernos nuevos. Es el Buen Pastor, que ha salido a buscar la oveja, la humanidad perdida, y no se detiene hasta poder cargarla sobre sus hombros y hacer la fiesta. La misericordia hace que la vida sea una fiesta. La Misericordia se contagia; la experiencia del Amor sin límites de nuestro Padre nos mueve a ser como Él, que no espera a que seamos buenos para amarnos, que hace salir el sol sobre justos e injustos (Cf. Mt 5, 45). Su amor nos precede, somos fruto de la Misericordia y estamos llamados a dar testimonio de esto en nuestra Cuba de hoy tan necesitada de perdón y misericordia. Sin embargo, la misericordia no es ingenua, no ignora el pecado, no deja al pecador como antes, lo mueve, precisamente porque lo ama, a superar su antigua y penosa situación. La Misericordia salva.
|
Oración del Huerto / Boticelli. |
En nuestro camino cuaresmal cobra un valor singular la celebración del sacramento de la misericordia, de la reconciliación. No es de extrañar que en nuestra diócesis se realicen en este tiempo celebraciones penitenciales, es el Pastor en busca de su oveja. No cerremos la puerta. Aprovechemos este tiempo para hacer confesiones frecuentes, bien preparadas, profundas, con un corazón verdaderamente arrepentido y deseoso de experimentar la alegría de volver a la casa del Padre, de llenarse de esta fiesta distinta, mejor.
El cristiano que se encamina por el derrotero de la cuaresma tiene en su horizonte la Pascua , la del Señor, la de su propia vida. Por ella invierte energías en educarse con un espíritu de penitencia que lo haga más libre de sí y del mundo, más despierto para acoger al Señor con la lámpara encendida. Emprende esta ruta con los ojos del corazón bien abiertos, esperando con ansia la noche santa de la libertad en que un agua nueva lavará las cenizas que mancharon su frente, las cenizas de su miseria. Será un peregrinar de encuentro, de palabra personal, dialogada con el Padre de las misericordias, con los hombres, sus hermanos pobres, consigo mismo. Será en subida, alcanzando nuevas latitudes, dejando atrás pasos viejos, piedras y tropiezos del pasado, abriendo un camino decididamente pascual.
(*) Diácono y seminarista de Camagüey.
|
- Referencia bibliográfica
()1 Eusebio de Cesarea: De solemnitate paschali, 2.4.5: PG 24, p. 693 y ss., cit. en José Manuel Bernal: Para vivir el año litúrgico.
()2 San Ambrosio: La penitencia, Ciudad Nueva. Ed., p. 113.
()3 BAC: Concilio Vaticano II. Constituciones, Decretos y Declaraciones. Gadium et spes. p. 10.
()4 San Ignacio de Loyola: Ejercicios Espirituales, México, 1991, pp. 82 y ss.
(5) San Ignacio de Loyola: ob. cit., p. 84.
(6) San Juan Clímaco: La escala espiritual, Sígueme. Ed., pp. 157 y ss.
(7) Mensaje de Juan Pablo II para la Cuaresma de 1998, 2.
(8) San Juan Clímaco: op. cit., p. 242. ss.
(9) CEC: La oración cristiana, pp. 623 y ss.
Casiano Floristán, Jesús Burgaleta: Una cuaresma renovada, pássim.
José Manuel Bernal: El camino hacia la Pascua: la Cuaresma, pássim.
Ediciones Paulinas: Nuevo Diccionario Litúrgico, 1989; pp. 497 y ss.
Ediciones Paulinas: Nuevo Diccionario de Espiritualidad, 1983; pp 1015 y ss.
|
|