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GLOSAS CUBANAS

  El caso
Supervielle
El caso Supervielle.
 
por Perla Cartaya COTTA
Fotos: Orlando Márquez
 
En el pequeño parque de la calle Monserrate, frente a la Manzana de Gómez y a escasos metros del edificio Bacardí, hay un sencillo monumento cuya única inscripción identifica el segundo apellido del hombre a quien se dedica: Supervielle.

El hombre de honor tiene un solo camino, el del honor.

M. F. Supervielle--


Quise comprobar si los transeúntes sabían algo de su vida y con ese propósito pasé allí un buen rato de una tarde indagando sobre ese tema con todo el que podía, hasta llegar a una conclusión que, por cierto, no me sorprendió: el desconocimiento de su personalidad y del lugar que por derecho propio le corresponde en la historia de esta ciudad y de la nación. Comparto con usted, por razones obvias, algunas de las respuestas que escuché: “No sé quién es ese señor” (una estudiante); “No me interesa” (un joven que esperaba a alguien); “Un político como tantos otros” (un señor entrado en años); “debe haber sido un tipo duro” (un adolescente que se sentó a mi lado); “¡Para estatuas estoy yo ahora!” (una mujer joven, en tono ríspido, al niño que llevaba de la mano, que quería saber…); “Lo siento, no soy fan a la historia” (un joven profesional, cuya especialidad me reservo). Ya me retiraba, casi decidida a darme por vencida, cuando un trabajador –que dijo ser chofer de la ruta 27– me ofreció espontáneamente su respuesta: “Fue un loco que quiso darle agua a La Habana. Pero ya usted ve, su fuente no echa agua”. De regreso a mi casa, estaba segura de que escribiría estas cuartillas.

Nacido el 23 de septiembre de 1894 en el seno de una familia de prestigio, Manuel Fernández Supervielle manifiesta tempranamente una definida vocación profesional que lo condujo, a su tiempo, a graduarse de Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Puede afirmarse que su carrera como abogado fue notable: ejerció como profesor de Derecho Romano y Civil en la Academia Privada de Derecho de La Habana; autor de varios libros de temáticas jurídicas; fue decano nacional del Colegio de Abogados. Su prestigio profesional más allá de su patria se manifiesta en hechos importantes, por ejemplo: preside la Primera Conferencia Interamericana de Abogados, celebrada en Cuba; fue presidente de la Federación Interamericana de Abogados.

Tal vez en busca de un espacio afín con su honestidad, rectitud de carácter y responsabilidad ciudadana, transita por varios partidos políticos: por el Partido Unionista Cubano ocupa un escaño en la Cámara de Representantes; más adelante será un alto dirigente del Partido Demócrata Republicano, del cual llegará a alejarse.

Figuras honestas de aquellos años –como Bisbé, Agramonte, Chibás y Pelayo Cuervo– coincidieron al valorar que la actuación pública del doctor Supervielle, así lo llamaban, fue siempre acertada: en 1936, vota en la Cámara de Representantes contra la destitución del presidente Miguel Mariano Gómez y, en 1938, contra la famosa ley de los bonos de Obras Públicas; en marzo de 1940, junto con Miguel Coyula, repudia el pacto de Menocal con Batista, y dimite su cargo en el Ejecutivo Nacional del Partido Demócrata, así como otras responsabilidades que tenía en el mismo; resigna su postulación a senador con lo cual renunciaba, según los expertos, a un acta asegurada como senador.

Es de pensar que la decisión de ingresar en el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) se debe, fundamentalmente, a dos factores:

· El prestigio y arraigo popular de ese partido debido a una serie de leyes y decretos revolucionarias adoptados, en 1933, durante el llamado Gobierno de los 100 Días, por su presidente, el médico y profesor universitario Ramón Grau San Martín y el secretario de Gobernación, Antonio Guiteras.

· La limpia trayectoria revolucionaria de las figuras políticas que, mayoritariamente, lo integraban.

Desde ese Partido seguirá desarrollando una impecable labor profesional y ciudadana: será, por su prestigio como experto en materia electoral, delegado ante el Tribunal Superior Electoral; integra el Consejo Asesor del presidente, Ramón Grau San Martín, con la responsabilidad de llevar a cabo un análisis profundo y exhaustivo del estado de la Hacienda Pública, cuya cartera asume desde octubre de 1944 con probidad y eficiencia inobjetables.
El hombre de honor tiene un solo camino, el del honor.  M. F. Supervielle El doctor Manuel Fernández Supervielle, de acuerdo con el criterio de sus amigos y colaboradores cercanos, siempre deseó estar donde fuera más útil a Cuba. Por eso no vacila: acepta la decisión del presidente de la República, Grau San Martín, al procurar su candidatura a la Alcaldía de La Habana, por haber demostrado –como ministro de Hacienda– ser el hombre indicado para asumir dicha responsabilidad. El criterio que sostuvo el ejecutivo era válido porque se ha afirmado que el Ayuntamiento habanero reclamaba desde años atrás la presencia de un buen administrador de sus recursos. Apoyarían al candidato de la Alianza Auténtica, el Partido Socialista Popular y el Nacional Cubano.(1)

Hombres de la talla moral de Manuel Bisbé y Eduardo Chibás apoyaron su postulación; el segundo, en carta
abierta fechada el 27 de octubre de 1945, publicada en la prensa, le dice a Supervielle: “No puedo ofrecerle maquinaria política, ni sargentos electorales, porque nunca los he tenido, pero le brindo, en cambio, el concurso sincero de mi palabra y de mi acción. Lo ayudo con gusto porque sé que estoy ayudando a un hombre honrado, auténticamente honrado”.(2) Pensaba Chibás, de buena fe, que el ejecutivo nacional le aseguraría al futuro alcalde el apoyo que necesitara para comenzar inmediatamente las obras del acueducto: “De ese modo, algunos de los millones recaudados por el Tesoro Público, gracias a la administración honesta del ministro de Hacienda, Manuel Fernández Supervielle, servirán al alcalde Supervielle, para darle agua a la capital de la República. Es justo”.(3)

Tal como se esperaba, el doctor Manuel Fernández Supervielle, mediante una impresionante demostración de apoyo popular, resultó electo alcalde de La Habana el 1ro. de junio de 1946. Esa misma noche en Palacio, tras el brindis con champagne, el presidente le prometió ayudarlo para que los trabajos dirigidos a la construcción en La Habana de dos acueductos pudieran comenzar tan pronto tomara posesión de la alcaldía, garantizando que dichas obras no afectaran económicamente al municipio. Las declaraciones del doctor Grau San Martín tuvieron una buena cobertura por parte de la prensa.

Pero como dicen que las palabras se las lleva el viento –y es verdad que con frecuencia sucede–, un hecho insólito ocurriría casi un año después: de acuerdo con el Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes, en la sesión celebrada el 19 de marzo de 1947, Segundo Curti, líder auténtico en esa instancia de poder, presentó a nombre del gobierno una proposición de ley solicitando que el Acueducto de La Habana –propiedad municipal– pasara al poder central para que el Ministerio de Obras Públicas resolviera el problema del agua en La Habana, por considerar al doctor Supervielle un funcionario fracasado, incompetente, inepto e incapaz. A esas palabras, injustas e irrespetuosas, respondió cívicamente el representante Manuel Bisbé con un discurso que expresaba el pensamiento del grupo de los auténticos ortodoxos: “[…] Afirmo a la Cámara de Representantes que si el doctor Supervielle no ha podido resolver el problema del agua no es porque no haya querido, sino porque está encontrando constantes obstáculos por parte del señor presidente de la República para poder resolverlo. He aquí la injusticia que advierto –precisa Bisbé– en la Proposición del señor Curti. ¿Cómo no ha de sorprenderme, en efecto, que el señor Curti hable de la incapacidad del doctor Supervielle […] y pida que el Acueducto pase del Municipio al Poder Central, cuando es precisamente el Poder Central, lo reitero ante esta Cámara, el único que está obstaculizando al doctor Supervielle para resolver el problema del agua en nuestra capital?”(4)

Refiere el periodista Guido García Inclán que él y Chibás almorzaron en varias ocasiones con Supervielle, al que tanto apreciaban y admiraban, con el fin de apoyarlo, animarlo y convencerlo de que dejara atrás las filas del PRC (A); pero cada vez hallaban al “buen viejo”, como lo llamaban con cariño sus amigos, mucho más preocupado. Una parte del pueblo –espoleado tal vez por algunos periodistas– ya expresaba cierta hostilidad y desconfianza hacia el alcalde.

La vida con sus trampas impredecibles conduce a veces a los hombres a situaciones ante las cuales creen no tener salida. Eso le pasó a Supervielle. ¡Qué triste es que un cubano tan digno no pudiera vencer en aquella batalla contra la iniquidad y la difamación! Hombre de honor, desesperado porque no podía, por culpas ajenas y a pesar de su voluntad y sus esfuerzos, cumplir con las promesas electorales, quebrada su voluntad de lucha, rotas sus últimas esperanzas, optó por romperse de un balazo el corazón el 4 de mayo de 1947, en horas de la mañana. Como una de esas cosas que a veces me sorprenden en la vida y en la historia, Eduardo Chibás, visiblemente emocionado, diría entonces que el trágico disparo que segó la vida de tan noble y ejemplar ciudadano debía resonar “[…] como un aldabonazo en la conciencia de todos nuestros hombres públicos”.(5) Supervielle no pudo darle al pueblo el agua prometida y le entregó su sangre: errónea decisión con la que hirió a su familia y a la patria.

Cuando regresaban de su sepelio, en la cuña roja de Eduardo Chibás, Luis Orlando Rodríguez y Guido García Inclán, los tres en silencio, Eddy detuvo el auto, y les comentó: “¡Cuánta vergüenza hay en un hombre que se mata así!” (6)
El alcalde de La Habana dejó dos cartas: una, privada, para su familia; otra, fechada el 2 de mayo, de muy pocas líneas –lacónica, severa, como era su carácter–, en la cual explica con claridad, sin inculpar a nadie, los motivos de su decisión: su fracaso en el empeño de darle agua a la ciudad de La Habana. Pero no acusa, gesto que puede interpretarse como un testimonio de su dignidad.

Manuel Fernández Supervielle fue el primer hombre público que se suicidó por honor, durante los gobiernos auténticos. El senador Eduardo R. Chibás fue el segundo. Es lamentable que, en 1951 –víctima de una trampa política, de acuerdo con la apreciación de quien fuera su leal secretaria y amiga, Conchita Ferández–, aquel líder del pueblo no recordará sus palabras ante el suicidio del alcalde: “[…] Tal vez hubiera sido mejor que el doctor Supervielle continuara la batalla […] denunciando públicamente a los que le impidieron cumplir sus promesas. De todos modos hay que reconocer que fue extraordinariamente valeroso al preferir: el honor sin vida, a la vida sin honor”.(7)

El monumento del parque de la calle Monserrate no es el único homenaje de ese tipo que se ofreció al alcalde Supervielle. Guido García Inclán, algún tiempo después de su muerte logró, mediante la generosidad popular, hacer una obra en el hospital llamado entonces La Esperanza –dedicado a los enfermos de tuberculosis– una caseta a la que puso el apellido por el cual lo nombraban; junto al busto que le daba vida pudo leerse la siguiente inscripción: “Prefirió morir para no defraudar a su pueblo”.

A la distancia de los años se me hace doloroso intentar comprender los motivos que llevaron a estos hombres a quitarse la vida, cuando tanto hicieron por la justicia para nuestra patria. El suicidio no debe ser nunca la solución. Pienso que mucho perdió el país con sus muertes prematuras, al considerar que suicidándose salvarían el honor. El honor se salva luchando por la verdad.

Referencias:
:
(1) Archivo Nacional de Cuba (ANC): Fondo 176. Eduardo R. Chibás. Expediente no 4, legajo 1.
(2) Ibídem. Expediente no. 5, legajo 1.
(3) Ibídem.
(4) Ibídem.
(5) Ibídem
(6) Guido García Inclán, en Bohemia (número por la muerte de Chibás), octubre de 1951, p. 46.
(7) Ibídem.