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Cuando el afán del día ya sosiega
Y extiende el pabellón la noche obscura,
Apaciento mis ojos en la altura
Donde un mundo de luz en luz navega.
Luz que callada al corazón me llega,
Llenándolo de mística ternura;
Luz que tiene un vibrar de la hermosura
En que el alma beatífica se anega. |
La inspiración cristiana al Cielo tiende
Y huyendo de la baja podredumbre,
Busca siempre como águila las cimas,
Y Dios los astros con amor le enciende,
Para que forje con su pura lumbre
Unas alas de luz para sus rimas. |
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No dejó ni una lámpara encendida
El turbión de secretas amarguras,
Has quedado, alma mía, cual a oscuras
En medio de región desconocida.
Luciente, soñadora y atrevida,
Volabas por espléndidas alturas;
Y hoy te encuentras cercada de espesuras,
Sin luz, rotas las alas y caída.
Mas, alma, no te abata el desaliento;
En oscuro dolor brilla sublime;
No clames con inútiles querellas;
Si la noche jamás llegase, dime:
¿Sabríamos que el ancho firmamento
Guarda infinita floración de estrellas?
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En el camino del Señor
Al hombro con el haz de mis pecados
Y la frente de abrojos circuida,
Voy marchando en el tiempo de esta vida
Desandando mis días mal andados.
Mis pasos desde lejos van guiados
Por una dulce voz muy conocida
Que suena en una cumbre florecida,
Y avisa dulcemente a los errados.
Es tan suave el sonido de ese canto
Que me obliga a marchar calladamente
Por no perder su dulce melodía;
Y si lloro subiendo la pendiente,
Yo no acierto a deciros si ese llanto
Es llanto de dolor o de alegría. |
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