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Heredia |
por María del Carmen Muzio |
| bajo el prisma de |
Padura |
Dos escritores confluyen en esta novela. Leonardo Padura ( La Habana, 1955) acaba de reeditar su libro La novela de mi vida por Ediciones Unión ( La Habana, 2008). Obra publicada por primera vez en el 2003 y con varios galardones en su haber (Premio Internacional de Novela Casa de Teatro, 2001; Premio de la Crítica 2003), suscitó la aceptación del público que sigue con avidez las obras de este autor especializado en el género policial y algunos disgustos entre especialistas de la literatura cubana.
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Según el crítico Jorge Luis Arcos, “no estamos en presencia solamente de una suerte de biografía novelada del poeta del Niágara”. Porque, a pesar de que el poeta José María Heredia es la trama que mueve todos los hilos de esta historia, esta va mucho más allá.
El creador del popular personaje de Mario Conde nos regala –aunque no es una novela policial– un libro que mantiene el suspense, las intrigas y se convierte en una especie de pesquisa policial tras el rastro de un manuscrito inédito del poeta José María Heredia.
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El cantor del popular Himno del desterrado que circulara manuscrito en la Cuba decimonónica, y sus versos fueran dichos la mayoría de las veces de memoria, José María Heredia (Santiago de Cuba, 1803-México, 1839), es considerado el primer poeta romántico no sólo de nuestro país, sino de Hispanoamérica. Figura notable y controvertida, amado y despreciado por sus contemporáneos, fue José Martí quien lo restituyera para la literatura nuestra en uno de sus tantos textos críticos.
Por ello, resulta una empresa aún más difícil –que el hecho ya de por sí candente de escribir una novela–, hacerlo teniendo como eje a uno de nuestros más grandes poetas. Sin embargo, resulta aún más interesante la mirada que nos ofrece Leonardo Padura de la literatura cubana del siglo XIX y hasta del XX .
Dividida en dos partes: “El mar y los regresos” y “Los destierros”, la narración se sustenta en tres historias. La primera, con la llegada de Fernando Terry del exilio, con un permiso de un mes, con el fin de hallar un manuscrito perdido de Heredia; una en que es el mismo Heredia el que nos va a narrar sus sueños, problemas, dificultades; y otra en que aparece una galería impresionante de personajes masones, con el hijo de Heredia en el centro. |
Una observación importante es que este libro hay que enjuiciarlo como lo que es: una novela. El propio autor nos lo manifiesta al inicio, ha de ser asumida “como obra de ficción”. No obstante, como ficción al fin, nos deleitamos con la pretendida broma del grupo de los delmontinos (así se llamaba a los asistentes a las tertulias literarias en casa de Domingo del Monte) sobre nuestra primera obra literaria, Espejo de paciencia , de la que se cumplieron el año pasado cuatro siglos. La teoría de Padura, que algunos sustentaron hasta no hace mucho tiempo, no deja de tener sus visos de probabilidad, aunque los estudios más recientes hablan sólo de interpolaciones. Pero como hipótesis al fin, no deja de ser disfrutable.
Aparecen diálogos de Heredia con el padre Varela, con el capitán general Tacón, y con otras muchas figuras de nuestro siglo XIX . Ya en el XX , Fernando Terry visita en Miami al poeta Eugenio Florit.
Mención aparte merece la masonería con sus ritos y peculiaridades, muy bien logrados por el escritor, y que forman parte sustanciosa del entretejido literario. Porque masones fueron Heredia, Céspedes, Agramonte y hasta el propio Martí, según pruebas fehacientes encontradas no hace mucho y que dieron fin a una polémica ancestral.
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Quizás Padura se haya ensañado algo en el personaje que recrea de Domingo del Monte, y tal vez lleve razón en ello. Muchas verdades pone en boca de sus personajes, cuando hace manifestar a Heredia, al conocer a Del Monte: “Como es sabido, resulta muy difícil que dos grandes poetas puedan ser buenos amigos...” O en la conversación con Varela, tratado con mucho respeto y concebido como una especie de profeta que le vaticina su futuro de desengaños y traiciones a Heredia y le manifiesta: “no sé si vale la pena darle algún consejo, pero me atreveré con uno: nunca permita que su poesía se prostituya”.
La entrevista que sostiene el cantor del Niágara con Tacón, ya vencido y humillado, de regreso a la patria para no morir sin ver sus palmas amadas, como dijera Martí, es uno de los momentos más logrados. Dos fuerzas contrapuestas: la del tirano y la del poeta. Este último responde en la larga entrevista: “Tiene razón. Ningún poema va a tumbar un tirano. Pero les hace una muesca, que a veces es indeleble. Porque recuerde que queda la otra Historia, la de verdad, que un día borrará su nombre de los edificios que construyó y que escupirá su tumba ya que hoy no puede escupir su figura, y con esa Historia, si es que vale en algo, estará mi poesía. Y eso, ni todo su poder lo podrá evitar”. |
Coexisten dos historias paralelas: la de Fernando Terry en los avatares de su investigación sobre Heredia, y la del propio Heredia. Ambas están signadas por la amistad y la traición.
Fernando también está en la búsqueda del amigo que supuestamente lo traicionó entre el grupo de jóvenes que se autodenominaban “Los Socarrones”, además de poseer la fascinación del investigador por un personaje literario que se convierte en obsesión. Son así dos pesquisas policiales que mantienen al lector expectante: la búsqueda del manuscrito y el traidor de Fernando. También coinciden en sus historias de amor-desamor: la de Heredia por Lola Junco y la de Fernando por Delfina, la viuda del amigo muerto en Angola.
A los veinte años de su regreso, Fernando se encuentra un gran cambio, el de la ciudad y el de muchos personajes que influyeron en su vida, desde sus amigos, hasta el policía que coadyuvó a su destitución de profesor y encuentra después como un simple vendedor de carne de puerco.
En ese querer regresar y no querer, la nostalgia que embarga al exiliado, pueden verse reflejados miles de cubanos, porque la historia de Fernando puede ser la de muchos.
Si alguna crítica adversa pudiera hacérsele a esta novela es la de un título demasiado explícito, que aparece citado ya en el epígrafe inicial y a lo largo de la trama como en la conversación de Fernando con su madre; y también, algo del lenguaje cuando es el propio Heredia el que relata, en especial en sus coloquios con Osés, Tanco y Echevarría. Por supuesto que se trata de un manuscrito íntimo, pero a mi modo de ver le falta algo del aliento del siglo XIX , aunque no me desagrada y no quisiera pecar de injusta.
La novela se convierte en la historia de una investigación con las desazones, decepciones y esperanza que estas conllevan, y es a su vez, una visión abarcadora del país, no sólo de su literatura; narración donde subyacen los mejores y peores sentimientos del hombre, y en la que nuestra realidad, por muy dolorosa que pueda parecernos en ocasiones, está plasmada con maestría literaria por su autor. |
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