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APOSTILLAS

por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL

Algunas reflexiones personales y un laberinto histórico

En Constantinopla, en el siglo IV : san Juan Crisóstomo,
Eutropio, el emperador Arcadio y la emperatriz
Elia Eudoxia; en Alejandría, simultáneamente,
el insoportable Patriarca Teófilo.
1. A modo de introducción: la temporalidad histórica. Pocas realidades me suscitan más interés y me llegan al hondón más profundo del entendimiento y del espíritu, como las relacionadas directamente con lo histórico, con la temporalidad histórica imbricada en la sustancia o esencia de todo cuanto existe. Es más, a estas alturas de mi existencia, sin que me lo proponga por adelantado, nada puedo interiorizar sin la referencia a esa temporalidad histórica, aun en los asuntos en los que, a primera vista, esta no es muy perceptible. Digo “lo histórico” y “temporalidad histórica” porque no limito mi visión a la Historia considerada como un decursar de eventos, ajena a los meollos del ser, y en sí misma, sino porque me estoy refiriendo a la dimensión histórica de casi todo, sin excluirnos a nosotros mismos, las personas humanas. Ni siquiera a la Trascendencia encarnada y a Su prolongación, en el tiempo, o sea, la Iglesia. Cualquier acercamiento que pretenda comprender, de algún modo, el misterio inefable de la persona humana y de toda situación humana, la Encarnación del Hijo de Dios y la presencia de la Iglesia en todo tiempo y lugar, reclaman nuestra atención vigilante a lo histórico, para no perder la ruta y extraviar la comprensión correcta. No podemos desnudar estas realidades de su asentamiento en el devenir de lo
humano; de las circunstancias por las que atraviesa nuestro ser, nuestra naturaleza o esencia, en lo que tiene de individual y, simultáneamente, de comunitaria, a través de la Historia y de la Geografía.


2. La naturaleza o la esencia, en sí, permanece, pero… ¡es tan variado el conjunto de lo que los buenos escolásticos llaman “accidentes”, que condicionan la realización de las esencias y, de algún modo, la modifican parcialmente! Además, me parece que el esfuerzo por interrelacionar las realidades y las personas, en aras del mejor comprender y transmitir, es cuestión adquirida, no discutida ni discutible en la historiografía contemporánea. Probablemente, tenemos hoy un acceso más claro a la madeja de imbricaciones en cualquier realidad pasada que la que tuvieron nuestros antepasados.

3. Como todo hijo de la Iglesia , he mirado, desde niño, la Iglesia y las vidas de los santos como lo más admirable en la historia humana. Los primeros libros que recuerdo haber leído cuando, siendo muy pequeño –tenía cinco años–, aprendí a leer, fueron una vida de san Carlos Borromeo, regalo de mi abuela materna, y una edición infantil de La historia de un alma , de santa Teresa del Niño Jesús, regalo de la paterna. Ya joven y adulto, me he interesado en muy alto grado en la comprensión de la harto difícil situación religioso-política del Patriarcado de Constantinopla, antes de la separación de Roma y, muy en especial, en el riquísimo siglo IV , que considero una buena ilustración de lo que he afirmado acerca del esfuerzo exigido para poder penetrar, al menos en grado suficiente, en la historicidad temporal de las personas y de las instituciones.

4. Veneramos a los santos y nos dolemos de los no tan santos que marcaron la ruta del Cristianismo en aquellos siglos. No sólo en el territorio correspondiente al Patriarcado constantinopolitano, sino en toda la Iglesia. No olvidemos que en el territorio del Patriarcado tuvieron lugar los primeros cuatro concilios ecuménicos que esclarecieron los contenidos fundamentales de nuestra Fe y perfilaron su formulación (Nicea, Constantinopla I, Efeso, Calcedonia).

5. Este andar por la Historia y la Geografía , empero, no es un camino errático, aunque a veces lo parezca y pudiere serlo circunstancialmente, debido al mal uso de la libertad humana. El andar humano –y toda la creación, tocada por la presencia de la criatura humana– es teleológico en el designio de Dios; se encamina desde un principio hacia un fin, desde un manantial hacia la inmensidad del mar. Así lo sabemos, por la Fe y la Razón , aunque ni su percepción, ni su compatibilidad con la libertad humana nos resulten, con frecuencia, fáciles de adquirir y de interiorizar. Solo Dios, Trino y Uno, creador y providente, puede tener una clara visión total y a ella nos confiamos. La teleología divina con respecto a la creación, en su totalidad, cuando se cumpla por entero, no tiene quiebras en cuanto divina; la historia humana, corona de la creación, camina por meandros y senderos que pueden ser rectos o torcidos, hacia delante o hacia atrás. El viejo y sabio refrán castellano nos recuerda que, “en ocasiones, Dios escribe derecho con renglones torcidos”.

6. De acuerdo con la temporalidad histórico-geográfica, un hombre o una mujer, cubanos, de este siglo XXI que estamos iniciando, son esencialmente iguales a los del siglo XVI , pero ¡cuántos caracteres nos distinguen a los unos de los otros! Esa misma pareja, del siglo XVI o del xxi en Cuba, es esencialmente igual a una pareja contemporánea de Angola, de China o de Italia, pero ¿quién osaría afirmar que la igualdad por naturaleza excluya las desigualdades accidentales y/o circunstanciales? Si la esencia homologa, a todos los humanos, nos diferencia el componente histórico-geográfico, que incluye la religión y la cultura, en el sentido más amplio y exacto del término. No es menos cierto, sin embargo, que actualmente la tendencia globalizadora, planetaria, diluye algunas de las diferencias culturales y, en principio, contribuiría a acercar las culturas. Lo cual es admisible, siempre que queden a salvo las tipicidades genuinamente enriquecedoras y se establezca una colaboración, comprensiva y respetuosa, destinada a la superación de los tipicismos e involuciones degradantes, que pudieren sobrevivir en algunas culturas e incluso en algunas formas de religiosidad.

7. En mi vida adulta, cuando estudio o, simplemente, leo, veo películas o alguna obra de teatro o un programa de TV, escucho una pieza musical, o me doy cuenta de cualquier cosa, por alguna esquina, espontáneamente, aparece lo histórico-geográfico-cultural-religioso, o sea, esas circunstancias “accidentales” que, si bien no siempre modifican las esencias, sin duda las condicionan. Si se me despierta la curiosidad cognoscitiva sobre alguna persona, y pretendo de veras “conocerla”, no tengo más remedio que indagar, una y otra vez, en todos estos componentes circunstanciales.

8. Algunas memorias singulares. Desde mi primera juventud, mi pasión por el conocimiento personal y la vivencia genuina, no menos personal, de los contenidos de la fe cristiano-católica, me ha llevado de la mano a hurgar en la Sagrada Escritura y en los Padres de la Iglesia. Estas son las fuentes irrenunciables de la Tradición –con mayúscula– y del magisterio eclesiástico, al cual siempre me he adherido con la confianza infantil de un adulto que se sabe pobre, pero que trata siempre de crecer, como fruto de la acción del Espíritu. O sea, como resultado de la gracia y del entendimiento esforzado y bien orientado.

9. Recuerdo todavía, con sonrisa y agrado, dos libros, que leí y releí cuando era estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana ; uno trataba sobre la responsabilidad de los laicos en la Iglesia , y otro sobre el sacerdocio cristiano, ambos a la luz de textos de san Juan Crisóstomo. Tendría yo entonces 17 o 18 años. O sea, hace más de medio siglo. Equivale esto a decir que me han nutrido, desde joven, los Padres y la Escritura , que ellos nos entregan tan bien digerida y asimilada. Me alimenté, pues, no sólo con los alimentos que dependían de la pedagogía de la fe, propia de la familia y de la enseñanza católica, en el colegio en el que tuve la fortuna de estudiar durante once años, con misa diaria y enseñanza, también diaria de los contenidos de la Fe. De mi iniciativa posterior y de mi voluntad juvenil, movidas por un buen espíritu, dependieron los señalados ingredientes posteriores, fuertes y sanos, de mi nutrición espiritual.

10. Cierto es también que, como era curioso y “libre”, y el ambiente de la Facultad de Derecho me era propicio, leía todo tipo de lecturas, incluyendo las de autores no católicos y no creyentes en boga en la época; veía también obras de teatro y películas de muy diverso contenido “ideológico” y ético. Para elegirlas, me bastaba que fueran cinematográficamente buenas; es decir, bien hechas. Tuve estremecimientos y sacudidas interiores muy violentas, pero nunca perdí el camino, por la gracia de Dios. Con ese clima interior, decidí mi vocación sacerdotal. Contemplando a distancia mi itinerario espiritual, me parece que Dios se sirvió de muchos medios para mantenerme enganchado a Él y a Su Iglesia, pero uno de ellos, privilegiado por cierto, ha sido el aferramiento a la Escritura y a los Padres. Me dieron la luz del discernimiento válido con el que he podido acometer mi existencia sacerdotal.

11. Una de las responsabilidades que me han acompañado desde los inicios del ministerio sacerdotal en Cuba, ha sido la enseñanza en el Seminario de La Habana (desde hace 45 años, o sea, desde que llegué a Cuba en 1963). A lo largo de estos años, en períodos a veces alternantes y, en ocasiones, concomitantes, me ha tocado en suerte enseñar Sagrada Escritura –por entero, Introducción, Antiguo y Nuevo Testamento–, Historia de Israel, Orígenes del Cristianismo, Patrología, varios tratados de Teología Dogmática (Trinidad, Cristología, Neumatología, Eucaristía), Historia de la Iglesia , también por entero, lenguas, modernas (inglés y francés) y “clásicas” (latín y griego). No ha dependido esto de una capacidad especial polifacética, sino de las necesidades académicas en los años de mayor penuria sacerdotal. El padre Segundo Galilea solía llamarme, en confianza y como broma fraterna, Pico de la Mirándola (1463-1494). ¡Bien sabía él –y mejor sé yo– que estoy muy lejos de la sabiduría humanista de aquel ferrarense precoz del siglo XV!

12. Me alegro, no de la penuria sacerdotal –que por fortuna decrece lentamente–, sino de que ella me haya enfrentado a la necesidad de habérmelas con un abanico muy amplio de disciplinas académicas y de que, como consecuencia, me haya visto obligado a un mayor esfuerzo con relación al estudio, en tiempos en que la misma penuria nos tentaba con la dedicación exclusiva o, al menos, muy preferencial, al ministerio parroquial, que tampoco he dejado de desempeñar desde esas mismas fechas. Simultaneidad en ocasiones fatigante, pero siempre gozosa y fructífera, así como vacuna contra las tentaciones de activismo caótico.

13. En algunas asignaturas la responsabilidad pedagógica, primero en “El Buen Pastor” y luego en el entrañable “San Carlos y San Ambrosio”, me constreñía a la referencia explícita a la Escritura y a los Padres, pero en otras no era así. Sin embargo, me doy cuenta de que la referencia se me ha salido casi siempre por los poros, aunque lo que estuviese explicando fuese solamente Latín o Griego, como en estos últimos años. Desde muy adentro me viene el deseo de contagiar a mis alumnos, lleguen o no a ser sacerdotes dentro de algunos años, en ese empeño de familiaridad –me atrevería a decir “de manoseo respetuoso y cariñosón”– para con los textos de la Escritura y de los Padres.

14. Siempre he deseado que lleguen a ser para ellos no sólo objeto de estudios académicos, imprescindibles sin duda, sino comida y deglución, como para el profeta Ezequiel (Ez. 2 y 3). Para ser enviado, Dios le pidió al Profeta que se comiera Su Palabra y el Libro le resultó, en su boca, “dulce como la miel” (Ez. 3, 3). Esa misma deglución de la Palabra contenida en un Libro fue la imagen utilizada más tarde por el autor del Apocalipsis, que devoró el “librito”, por mandato del Ángel: “Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel […] Tienes que profetizar otra vez sobre muchos pueblos y naciones, lenguas y reyes” (Apoc 9 ss.).

15. San Juan Crisóstomo, Eutropio, Arcadio y Elia Eudoxia. En estos días, para los ejercicios de traducción del griego, he seleccionado algunos párrafos de la primera de las homilías de san Juan Crisóstomo (“Boca de Oro”, del griego, xrysos , oro; stoma , boca) sobre Eutropio. Pronunció dos sobre este personaje cortesano: en la primera, llama la atención a los hombres y mujeres de la corte imperial para que la suerte del valido en desgracia (cf. infra ) los estimule a alejarse de toda vanagloria, la segunda es una defensa del personaje. Estas homilías, enlazadas con otras realidades, causaron al santo Patriarca de Constantinopla la enemistad de la emperatriz Elia Eudoxia y estuvieron en la raíz compleja de las posteriores condenas imperiales al exilio, decretadas por el débil y tantas veces manipulado emperador Arcadio. No podemos dejar de atribuir la muerte del Patriarca, como causa inmediata, al segundo y definitivo exilio. ¿Quiénes fueron estas personas, cuándo y dónde vivieron, para poder percibir su ligazón con mis consideraciones?

16. La realidad eclesial de la época, sobre todo en el oriente bizantino, no puede comprenderse si no tenemos ante los ojos, por una parte, el estilo de política religioso-temporal; por otra, la “rivalidad” entre Alejandría y Constantinopla. Alejandría, la ciudad antigua, la nueva Atenas fundada por Alejandro Magno; la capital del helenismo de oro, la cuna de la teología, que nos regaló el primer Teólogo, con mayúscula, Orígenes. Constan-tinopla, la ciudad de ayer, la capital del Imperio Romano de Oriente, carente todavía del peso cultural y religioso que llegó a tener después, como Bizancio. Los patriarcas de Alejandría habrían aspirado a ser la máxima autoridad eclesial en el Oriente, pero la instalación de la capital en Constantinopla, hizo que esta ciudad fuese la sede del emperador y del mayor jerarca de la zona, el Patriarca de Constantinopla. Además, como telón de fondo del drama eclesial y político de estos siglos, está la diversidad de escuelas de exégesis (cf. infra no. 17), la alejandrina y la antioquena. Lo cual, en sí, es una riqueza, pero no dejó de crear, ocasionalmente, conflictos serios que llegaron a influir en la interpretación de los decretos conciliares nicenos y posteriores.

17. Patriarca Juan, cuyo sobrenombre “Crisóstomo” acompaña a su nombre desde el siglo siglo , integra con su amigo Teodoro de Mopsuestia, el mejor discipulado de Diodoro de Tarso. Estos tres hombres y unos cuantos más, son representantes eximios de la “escuela antioquena” de Teología. En los siglos de oro de la patrística griega (siglos III , iv y, en parte, hasta el v ), los autores son clasificados hoy en dos escuelas, la de Alejandría, que es la más antigua (partir del siglo III ) y la de Antioquia, un poco posterior. En ambas escuelas hay teólogos y exegetas escriturísticos notables y otros que no lo son tanto; algunos son santos y otros… menos santos; a juicio del magisterio eclesiástico posterior, las opiniones de algunos son estrictamente ortodoxas; con relación a otros, los cuatro concilios ecuménicos inmediatamente posteriores (Nicea, Constantinopla I, Éfeso y Calcedonia) –que perfilaron la formulación de la teología de la Trinidad , la filosofía subyacente y el vocabulario adecuado, y otro tanto de la Cristología , la Eclesiología , la Mariología , etc.–, señalaron algunas proposiciones teológicas que entraban en contradicción con los esclarecimientos de dichos concilios. Subrayo que me estoy refiriendo a proposiciones exegéticas y/o teológicas anteriores al esclarecimiento magisterial. En algunos casos –por ejemplo, con relación a Orígenes–, en el momento del esclarecimiento conciliar, el autor cuya proposición se “condenaba”, ya había dejado de existir.

18. Lo característico de la escuela alejandrina –considerada como “fundadora” de la Teología –, a partir de su iniciador, el alejandrino Orígenes, en el siglo III , es el empleo abundante de la alegoría en la interpretación de la Escritura ; sobre todo, de modo indispensable, con relación al Antiguo Testamento. Los “padres capadocios” (los santos Basilio, Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo), autores típicos del siglo IV , son considerados “neoalejandrinos”. Lo peculiar de la escuela antioquena, que no rechaza el empleo moderado de la alegoría, es la búsqueda del sentido literal de la Escritura , tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Personalmente, admiro muy profundamente la teología y la personalidad del alejandrino Orígenes; la exégesis de los antioquenos Teodoro de Mopsuestia y san Juan Crisóstomo, recordado también por su oratoria cautivante; así como el carisma atrayente del neo-alejandrino san Basilio y las profundidades espirituales de Gregorio de Nisa, su hermano.

19. Retomo el hilo de la identificación de san Juan Crisóstomo. Nació en Antioquia. Era hijo de Segundo, magíster militum Orientis (“maestro de los soldados de Oriente”), título que unía jerarquía militar y cultura, y de Antusa, joven cristiana de familia acomodada. Juan Crisóstomo pertenecía, pues, a la clase o grupo de cristianos bien situados en la sociedad antioqueno-bizantina en el siglo IV , como lo estuvieron también, p. e. san Basilio y sus hermanos. No conocemos con certeza la fecha de nacimiento, pero por las referencias a la edad en algunas obras, habitualmente se sitúa el nacimiento entre el año 344 y el 350. Segundo murió joven y Antusa quedó viuda a los veinte años; Juan era todavía un niño. Según testimonio de su propio hijo, Antusa se dedicó enteramente a su educación.

20. Cuando este tuvo la edad apropiada, Antusa lo envió a estudiar a la escuela del filósofo Andragacio y a la del rétor Libanios, calificado entonces como “la lumbrera de Antioquia”, en la que fue compañero y amigo de Teodoro de Mopsuestia. Siguiendo la costumbre de la época, fue bautizado siendo ya un joven, considerado responsable para asumir la existencia cristiana, entre el 369 y el 372, de manos del obispo Melecio de Antioquia. Ya por entonces, se dedicaba Juan al estudio del ascetismo y de las Sagradas Escritura, con una orientación típicamente antioquena (cf. supra no. 16 ss.), de la mano de Diodoro de Tarso, en el Asketárion (escuela de ascetismo) que él dirigía. Fue promovido a lector en el 375 y, según su testimonio personal, se habría retirado inmediatamente al desierto, como eremita, si no hubiesen intervenido los ruegos de su madre para que no lo hiciera hasta que ella falleciera, pues quedaría muy sola.

21. Se retiró primero a vivir, durante poco tiempo, a un poblado cercano a Antioquía y, luego, al desierto, en una caverna, bajo la orientación espiritual de un eremita anciano. Allí aprendió de memoria muchos trozos de la Sagrada Escritura y se sometió a un régimen penitencial tan austero que su salud sufrió serios quebrantos. Después de dos años de desierto, regresó a Antioquía con el propósito de continuar el camino de la consagración a su vocación sacerdotal. Del obispo Melecio recibió la orden del Diaconado en el 381 e inmediatamente se entregó al ejercicio de su ministerio diaconal: educación, servicios caritativos y sociales, y tareas administrativas, así como a escribir sus primeros “tratados” conocidos: acerca de la vida ascética, el monaquismo, la educación, la virginidad, unidos todos por un intenso aliento pastoral práctico.

22. El 28 de febrero del año 386, tras cinco años de diaconado muy activo, fue ordenado sacerdote por el obispo Flaviano, sucesor de Melecio. Pronunció su primera homilía sacerdotal el mismo día de su ordenación, homilía que fue recogida por escrito. Hecho poco usual, aun en nuestros días, que nos revela que ya era conocido y admirado como rétor . El ministerio de la palabra centró su ministerio

sacerdotal, tanto durante los doce años que lo ejerció en Antioquía, como después, ya Patriarca de Constantinopla. Se conservan poco más de 700 homilías auténticas de sus doce años en Antioquía y de sus seis en Constantinopla. Aunque no deja de lado las aplicaciones espirituales, éticas y sociales, la mayoría versa centralmente sobre temas bíblicos; recorre una buena parte de libros, completos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Es posible que algunos de sus “tratados” hayan sido, primero, homilías. Desde joven he gustado mucho de los textos del Crisóstomo (cf. no. 9), pero, de ellos, prefiero sus comentarios paulinos. ¡Cuestión de sintonías personales, porque todos son buenos! Me parece intuir una cierta identificación espiritual y hasta psicológica entre san Pablo y el Crisóstomo. Cuando este comenta cualquier texto bíblico, me viene a la mente, fácilmente, la imagen de san Pablo predicando en una sinagoga o en el seno de una ekklesía o comunidad cristiana.
Basílica de Santa Sofía, Constantinopla.
Basílica de Santa Sofía, Constantinopla


23. Conviene aquí aclarar lo que se ha venido en llamar “el antijudaísmo” de Juan Crisóstomo. Habla, en ocasiones, de manera un tanto fuerte contra el judaísmo, en el marco, por lo general, de homilías dirigidas al variopinto público que lo escuchaba, no de tratados académicos. Basta leerlas, con la cabeza fría, para percibir que no se trata del antisemitismo que hemos conocido en etapas muy posteriores a la vida de san Juan Crisóstomo. Sus referencias tienen que ver con el Judaísmo como religión incompatible con el Cristianismo. En primer lugar, el Crisóstomo, como san Pablo y el autor de la Carta a los Hebreos, se esfuerza por mostrar siempre la superioridad de la oikonomía cristiana, del camino de Jesús, sobre la ley judía. Además, para él, no se trataba sólo de un problema dogmático, sino de una situación pastoral que deseaba esclarecer. En la época, debido a causas de diversa índole, había en la zona un movimiento significativo de cristianos de origen judío –y, posiblemente, también de origen pagano– que se reconvertían al judaísmo. El Crisóstomo elabora una apologética, de buena ley, de su religión de cuna y, al mismo tiempo, realiza un servicio pastoral de iluminación para con los “confundidos”, no pretende exacerbar hostilidades contra el pueblo judío, el pueblo de Jesucristo, de la Virgen María , de san José, de los Apóstoles…

24. El 27 de septiembre del 397 murió Nectario, hasta entonces Patriarca de Constantinopla. Con la aprobación de la mayoría de los obispos de la zona y de los sacerdotes de Constantinopla, por consejo de Eutropio, su todavía poderosísimo asesor, el emperador Arcadio designó a Juan como Patriarca de la sede imperial. Hasta la corte imperial había llegado la fama de Juan, hombre bueno, culto, excelente predicador y –razón muy válida para lograr armonía entre la decisión imperial y la de los obispos y sacerdotes– hombre muy centrado exclusivamente en su existencia sacerdotal en Antioquía, sin que tomase parte en cuestiones políticas. El difunto Nectario –para evitar tanto los problemas personales, como los eclesiásticos, en una época de relaciones sumamente difíciles con el emperador o con su esposa Eudoxia, dama de calibre espeso, o con el influyente Eutropio– no sólo no se inmiscuía, sino que aprobaba medidas muy discutibles, tomadas por la cabeza del Imperio de Oriente. Sólo así pudo permanecer 16 años como Patriarca, después de la dimisión de san Gregorio de Nacianzo, el amigo entrañable de san Basilio y de su familia. Juan, desde Antioquía, conocía bien el paño.

25. A la luz de nuestra cultura y nuestros usos contemporáneos, occidentales, la aceptación del episcopado por parte de Juan tuvo ribetes que podrían ser calificados “de sainete”. Pero al parecer, entonces, en Constantinopla y Antioquía, las cosas tenían que ser así. Y así fueron: habiendo decidido el emperador Arcadio la designación de Juan y temiendo tanto una negativa de él, como la reacción de los antioquenos, que podrían rebelarse para que no les llevaran su admirado y muy querido sacerdote, encargó al procurador imperial en Antioquía, Asterio, que trasladara a Juan a Constantinopla, muy discretamente y sin dar las verdaderas razones. Asterio pidió a Juan tener un encuentro con él en uno de los portones de Antioquía. Juan acudió. Asterio se sentó con él en un carruaje imperial que ya esperaba en el lugar, le comunicó la designación imperial y ordenó que el carruaje partiera inmediatamente hacia Constantinopla. Fue consagrado por Teófilo de Alejandría el 26 de febrero del 398. Al parecer, este “honor” supo a Teófilo como una bebida amarga. Él habría deseado de corazón otra cosa.

26. De la santidad personal del Patriarca, nadie duda actualmente, ni en el ámbito de la Iglesia Católica , ni en el de la Iglesia Oriental , Greco-Ortodoxa. Es su estilo pastoral el que ha suscitado algunas preguntas, teniendo en cuenta la situación eclesial del momento, en el que la Iglesia no gozaba del grado de autonomía que se ha ido ganando a través de los siglos en casi todas las partes y en la mayoría de las confesiones cristianas. En el siglo IV , al menos en Bizancio y en el territorio que dependía de él (Imperio Romano de Oriente), era todavía el emperador el que casi siempre definía las situaciones más embrolladas. Convocó los primeros Concilios Ecuménicos, designaba obispos o, al menos, debía aprobar la elección hecha por el clero y los obispos vecinos, para que el nuevo obispo fuese consagrado e iniciase su misión, etc. En Roma –y en general, en Occidente– la situación eclesial con respecto a las relaciones entre la autoridad eclesiástica y la civil evolucionó de manera diversa, debido fundamentalmente a la debilidad del Imperio Romano de Occidente y a las oleadas migratorias e invasiones de los pueblos del norte de Europa.

27. ¿Debería acaso el santo Patriarca haber asumido un talante un poco más flexible, en cuestiones quizás secundarias, y menos agresivo para con la corte imperial, con tal de poder permanecer en Constantinopla, no por beneficio propio, sino por el de la comunidad eclesial? El asunto se puede discutir. Juan Crisóstomo hizo lo que consideró mejor. Quizás no haya podido calcular las simpatías “monofisitas” (el monofisismo era una herejía cristológica, que hoy se mantiene en algunas zonas del Medio Oriente) de la fogosa Eudoxia, así como los daños para la grey cristiana que se derivarían de su deposición del Patriarcado y de la elección de un nuevo patriarca que, a todas luces, sería un clérigo simpatizante del monofisismo. Quizás tampoco pudo tener en cuenta las intrigas del difícil Patriarca de Alejandría, Teófilo.

28. El hecho es que ya en Constantinopla, Juan, que era santo de temperamento muy fuerte –“zelota de la causa de Cristo”, lo ha llamado un historiador–, se entregó a la reforma de la Iglesia local con suma energía y prontitud. Redujo el boato del estilo patriarcal –entonces mimético del imperial– a un estilo más sobrio; vendió propiedades de la Iglesia para atender a los pobres, enfermos y viajeros; exhortó –y tomó medidas– para que el clero diocesano llevase una vida ejemplar, prohibiéndoles la cohabitación con las “agapétas” (del griego, agapétai , bienamadas) y trató de que los monjes se incardinasen a la diócesis; reorganizó a las diaconisas, con la ayuda de un grupo de señoras acomodadas y piadosas, como Olimpia; se empeñó a fondo en motivar la asistencia a las celebraciones litúrgicas, ya que muchos dejaban de hacerlo para ir al Circo, etc. En su predicación, no excluía de sus amonestaciones y censuras ni a clérigos, ni a monjes, ni a laicos… ni a la Corte Imperial.

29. La esposa del emperador Arcadio y madre del emperador Teodosio II, era Eudoxia, hija del franco Banto, que había sido general del emperador Graciano y cónsul del Imperio en 385. Por su matrimonio, Eudoxia accedió al trono imperial el 27 de abril de 395, o sea, tres años antes de la instalación de Juan en Constantinopla. Era sumamente bella, inteligente y astuta. Inició su presencia en el Imperio como una defensora sólida de la doctrina ortodoxa, hizo suculentas donaciones a la Iglesia y honraba a los obispos. Al parecer, concuerdan los historiadores, manipulaba frecuentemente a su esposo, de carácter más bien débil. Al nuevo Patriarca no le gustaba lo que él consideraba intromisión excesiva en asuntos eclesiásticos y a ella no le gustaba que el Patriarca, en sus homilías, de manera velada pero insinuante, censurara sus costumbres. Evidentemente, no se llevaron bien Eudoxia y Juan y esto no debe haber dejado de influir en las dificultades de Juan en Constantinopla, aunque no haya sido la única causa.

30. Los otros personajes que intervinieron en el drama del Patriarca fueron el valido Eutropio, Teófilo, Patriarca de Alejandría, y los obispos –que no simpatizaban con Juan, por no decir que eran sus adversarios o enemigos– que tomaron parte en el históricamente llamado “Sínodo de la Encina ” (cf. infra no. 32), porque tuvo lugar en un suburbio de Calcedonia, llamado Drys , palabra griega que quiere decir “encina”.

31. En 399, debido a una madeja de incidentes cortesanos, cayó en desgracia Eutropio, hasta entonces “valido” del emperador y de la emperatriz. Paradójicamente, su nombre significa “buena dirección” o “buena actitud o temperamento”. Dos años antes, había recomendado a Juan como Patriarca de Constantinopla. Ahora, en su caída, Juan le concedió asilo en su iglesia, lo cual molestó mucho a los emperadores. En 402, Juan acogió también al presbítero Isidoro de Alejandría, a los llamados “Hermanos altos” (porque realmente eran hermanos y eran muy altos: el sabio Amonio, Dióscoro –después obispo de Hermópolis–, Eusebio y Eutimio, ecónomos de la iglesia alejandrina) y a otros monjes egipcios, acusados por su obispo Teófilo de Alejandría de “origenismo” excesivo; con ellos, así como con los judíos y paganos, este obispo no sólo era intransigente, sino que podía llegar a ser hasta sumamente violento, sin excluir las presiones “físicas” de su violencia autoritaria. Es un caso muy curioso, pues el mismo Teófilo había sido sumamente “origenista” y, repentinamente, sin transición, se pasó a un “anti-origenismo” tan extremista, como había sido su origenismo anterior. Como suele suceder con los “conversos”, dicho en buen criollo, “la cogió con ellos”, los que identificaba como origenistas, y los perseguía, furibundo, con ira exaltada.

32. La acogida a los perseguidos de Alejandría, por parte de Juan que, al parecer, pedía solamente una valoración justa del caso, lo enemistó con Teófilo y con Epifanio de Constancia, que acusaron a Juan de “hereje”. Eudoxia se sumó a la acusación. Se sentía ofendida tanto por la protección a Eutropio, como por las acusaciones de Juan contra sus lujos y extravíos y, en un proceso contra Juan, veía la posibilidad de lograr la designación de otro Patriarca, más aquiescente con la Corte Imperial y con sus ideas monofisitas. Quizás este último componente del tablero no lo calculó tampoco Teófilo de Alejandría. Los eclesiásticos prefirieron llevar el asunto por la vía eclesiástica, no por la política (acudir al emperador), y convocaron un sínodo regional, que pasó a la historia como Sínodo de la Encina , mencionado con anterioridad (cf. supra no. 30). Concurrieron solamente 36 obispos. Juan que sabía que el tema era su deposición y que eso era cosa hecha, previamente decidida entre telones, no concurrió. Lo depusieron en el otoño de 403 y el emperador Arcadio firmó la condena al exilio. No se llegó a ejecutar plenamente pues, cuenta Paladio, biógrafo de Juan, que al día siguiente de partir Juan, “sucedió una desgracia en el dormitorio imperial”, que fue interpretada como aviso de Dios. Al parecer, se trataba de un aborto de la emperatriz. El emperador mandó a buscar a Juan y este regresó a su sede.

33. Juan no cambió ni su actitud, ni el tono de sus predicaciones. El emperador Arcadio le ordenó abandonar Constantinopla antes de la Pascua de 404. En la noche de esa Pascua, Juan no pudo ingresar en la Catedral y decidió realizar la ceremonia bautismal prevista en los Baños de Constante. El ejército imperial interrumpió el rito y el 9 de junio del mismo año, el emperador firmó el decreto de deportación que, esta vez, sí se cumplió. Juan permaneció durante tres años en Cúcuso, en la Baja Armenia , pero como mantenía contactos epistolares y hasta personales –por medio de visitas que recibía– con las gentes de Constantinopla, Fenicia y Persia, sus adversarios y/o enemigos presionaron al emperador para que lo deportase a Pitio, en la ribera oriental del Mar Muerto, lugar más lejano e inhóspito. En el camino hacia su nuevo destino, Juan falleció el 14 de septiembre de 407, en Comana, en el Ponto.

34. El Papa Inocencio I (401-412), a quien el mismo Juan había apelado en dos ocasiones, logró poco antes de su muerte, la rehabilitación del difunto Patriarca Juan, llamado ya por entonces, “el Crisóstomo”. El 27 de enero de 438 los restos de Juan fueron sepultados solemnemente en la iglesia de los Apóstoles de Constantinopla. Desde el 1ro. de mayo de 1626 descansan en la capilla del coro en el crucero de la Basílica de San Pedro. Para la Iglesia Católica , desde 1568, san Juan Crisóstomo, junto con los santos Atanasio, Basilio el Grande y Gregorio de Nacianzo, integra el grupo de “los cuatro grandes doctores de la Iglesia de Oriente”. La Iglesia de Oriente, desde los tiempos de Constantino Monomájos ( el Gladiador , 1042-1055), lo venera, junto a los santos Basilio el Grande y Gregorio de Nacianzo, como uno de “los tres jerarcas” ( ierárjeis ).

35. Poco mencionado hoy entre nosotros, este emperador que accedió al trono por su matrimonio con la dos veces viuda emperatriz Zoé, ya anciana de 62 años. Todo indica que este Constantino, dada su visión positiva de la gestión del Papa León IX, estuvo inclinado a firmar la declaración de la supremacía de Roma en la Iglesia Universal , pero el Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, no estuvo de acuerdo. Lo demás, es la triste historia conocida de las excomuniones, hoy afortunadamente rescindidas, que causaron la ruptura institucional (excomuniones de 1054) entre la Iglesia de Oriente (Constantinopla) y la de Occidente (Roma). Constantino Monomájos no fue un santo, pero tampoco fue un mal gobernante. Favoreció la cultura en el imperio, fundó una excelente escuela de Derecho en Constantinopla, embelleció la ya hermosa Basílica de Santa Sofía, y terminó la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén, antes de su muerte ocurrida en 1055.

36. Conclusión . Me alargo demasiado cuando me conecto con la Historia y con los Padres de la Iglesia. Debo , pues, poner punto final a estas pinceladas que redondearon las reflexiones sobre mi existencia personal y sobre la temporalidad histórica, de la que nada ni nadie escapa, si vive en este mundo. Ni siquiera aquellos que, por principio y por naturaleza, mantienen una relación de intimidad sustancial con la Trascendencia , como son la Iglesia y los Santos. El embrollo constantinopolitano en el que estuvo envuelto san Juan Crisóstomo no hubiera podido tener lugar, con esas implicaciones teológico-religiosas y políticas, si no nos hubiésemos encontrado en ese escenario contradictorio que fue Bizancio y precisamente en su época. Tiempos en los que –a pesar de todas las Eudoxias, Arcadios, Eutropios y Teófilos imaginables–, florecieron grandes santos, se dieron pasos sustanciales en orden a lograr una mayor autonomía para la Iglesia y se perfiló la formulación de la fe que profesamos, cuyos contenidos nos vienen de Jesús y Su Evangelio Tetramorfo, y que continúa dando sentido a nuestra existencia, en este siglo XXI que, en ocasiones, nos da la impresión de haber perdido el sentido. O más bien, de haber nacido torcido.

 

La Habana , 19 de febrero de 2009.