Pablo sintetiza en sí mismo las distintas personalidades tipos de su época. Es un hombre de un vasto pensamiento, como el griego; de acción y organización, como el romano; y vehementemente pasional, como el oriental. Pero esta síntesis está bañada de “la luz pascual y definitiva que inundó y unificó su ser en el encuentro del camino hacia Damasco (Brunot, 9). Toda su vida es expresión del amor de Dios que tiene su fundamento en la cruz de Cristo –que en total correspondencia es el centro del Evangelio y a su vez, de toda la doctrina paulina– y de su respuesta amorosa.
Esta respuesta se desvela en numerosas exclamaciones que salpican sus cartas, a tono con reconocidas tradiciones bíblicas que tienen en el Cantar de los cantares el máximo ejemplar lírico. Es por eso que Pablo, más que un teólogo o apóstol, es un enamorado de Cristo. Mejor aún, si Pablo es teólogo o apóstol es porque es un enamorado de Cristo.
Para Pablo, la relación con Cristo no es intelectiva ni ideológica sino existencial, profundamente existencial, y en consecuencia vivencial. De aquí que toda su predicación y enseñanza es eminentemente práctica, enfocada a la vida concreta del creyente, teniendo como fuente y destino a Cristo, Señor de la Historia. Cristo lo es todo para Pablo –y así quiere que sea para los demás creyentes– y lo demás, basura; en el mejor de los casos, prefiguraciones de Él y en tensión hacia Él.
Jesús, crucificado y resucitado lo es todo para Pablo, y de esto no hay dudas en sus cartas. Jesús está por encima de todo: de la gnosis, del mundo, de las dificultades…, hasta de la muerte y de esta vida. Es tal el amor que lo inunda que su predicación rebasa las fronteras de lo judío para extenderse hasta el mundo gentil, convirtiéndose así en el Apóstol de los Gentiles.
Lo que hemos dicho anteriormente deja claro que el amor, y así lo entendió Pablo y lo vivió, se realiza en dos vertientes íntimamente ligadas: la del don y la gracia, y la de la libertad. Íntimamente vinculadas, ya que siendo el amor una autocomunicación de Dios –y podríamos decir una íntima autocomunicación de Dios pues Dios es Amor, como lo expresó Juan en una de sus cartas–, un regalo de su ser al ser humano, este sólo lo puede valorar como tal en el pleno ejercicio de su ser, es decir, en libertad. Y como ser libre experimentará el amor de Dios en su infinita grandeza, que rebasa su limitación, como don, como algo inmerecido por él.
Pablo experimenta el haber sido tomado por Cristo (Cfr. Flp 3, 12), y por eso lo menciona constantemente en sus cartas. Sin contar la Carta a los hebreos, la cual no procede de Pablo directa ni indirectamente, según lo ha determinado la crítica moderna, el nombre de “Señor” se repite alrededor de 280 veces; el de Jesús, 220 veces; y el de “Cristo”, cerca de 400 veces (Prat 23). Es Cristo, el Señor, el centro de la vida paulina, el summum paulini (ídem, 24). Pero este ser centro no se repliega hacia el interior de la persona de Jesús, sino en desbordarse hacia fuera. Pablo no habla de Jesús, sino sobre Él; y esta es la actitud propia del creyente, del adorador…, del enamorado. Esta actitud es lo que hace que Pablo sea considerado, movido por el amor de Cristo, una “tromba de caridad” (Cfr. Przywara).
La conversión paulina y su relación atrayente e íntima con Cristo y obviamente amorosa, se asemeja al combate de Jacob con el Ángel de Dios. Saulo de Tarso, a partir del encuentro en el camino a Damasco, pasa a ser Pablo; de cazador a cazado; de ciudadano establecido a peregrino y errabundo; de un preclaro religioso con sus ideas preconcebidas sobre Dios según su antojo, o con sus ropajes de apariencias y prejuicios, a alguien sostenido solamente por la fe, movido por la gracia divina y sujeto a la libertad del Espíritu. Y esta conversión únicamente se entiende por y en la pasión que despierta el amor; un amor confirmado por la aparición del Resucitado. Puede sonar fácil al oído lo anterior, pero el que recuerde la formación rabínica de Pablo y la idea que con respecto al Mesías tenían los mismos, comprenderá que no fue absolutamente fácil la conversión y la nueva vida de aquel que conocemos con el nombre de Pablo.
Es por esto que la comprensión de la persona de Pablo pasa por la comprensión de la persona de Jesús, por su entrega en la Cruz , Su Resurrección y su encuentro con Pablo y posterior fascinación. Todo en Pablo está centrado en Cristo. Otra tentativa de comprender su persona que no tenga a Cristo, y el fulgor de su persona, como principio y centro será una comprensión inadecuada de él pues todo su ser pasa por el crisol de Cristo. Y ya desde aquí surge el gran obstáculo pues se nos exige una actitud ante la persona de Jesús, una actitud de fe conforme a la asumida por Pablo.
No es, por tanto, exagerado proclamar que la Buena Nueva de Pablo es Cristo mismo, crucificado y resucitado, y en estrecha conexión con los evangelios, en especial la personalización del Reino de Dios en la persona de Cristo, lo cual es consecuente con la esperanza mesiánica del pueblo judío (Cfr. “Yo soy…” del Evangelio de Juan).
Es por eso que la predicación paulina y su misma vida exceden y rebasan lo proposicional. Es adhesión, antes que todo, a la persona de Jesús, que ha revelado el misterio escondido y deslumbrante del amor de Dios y abierto el camino a la nueva vida en el Espíritu. Lleno de ello, Pablo no duda en proclamarse como esclavo y prisionero de Cristo, como nueva persona donde vive Cristo en plenitud, arrebatado por su amor.
Bibliografía
Amiot, F.: Ideas maestras de san Pablo , Editorial Sígueme, Madrid, 1963.
Brunot, A.: San Pablo y su mensaje , Editorial Casall y Vall, Barcelona, 1959.
Fernández Ramos, F.: Diccionario de san Pablo , Editorial Monte Carmelo, Burgos, 1999.
Fitzmyer, J. A.: Teología de san Pablo , Editorial Cristiandad, 1975.
Holzner, J.: San Pablo, heraldo de Cristo , Editorial Herder, Barcelona, 1956.
Prat, F.: La teología de san Pablo , Ediciones JUS, México, 1947.
Przywara, E.: “San Agustín” , Editorial Revista de Occidente , Buenos Aires, 1949.
RIALP: Gran enciclopedia , t. XVII, Ediciones RIALP, S. A., Madrid, 1993. |