Con la permanente esperanza de regresar a Cuba, ofreció sus servicios en Venezuela, República Dominicana y Puerto Rico, casi siempre vinculada a la enseñanza de niños y adolescentes como maestra y directora de colegios.
Regresó a Cuba el 14 de mayo de 1971. “Llegué muy contenta, la verdad –me confesó evocando aquellos tiempos–, porque yo siempre he querido mucho a Cuba. Me gustaba ser maestra y vi que no podía ejercer el magisterio como antes. Pero se busca la compensación, y la logré dando catequesis. Es cierto que en Cuba perdimos todos los colegios, pero no los he echado de menos. No añoro lo que hemos dejado, porque teniendo trabajo para mí todo está bien. El asunto es anunciar el Reino, y eso, a pesar de las circunstancias, lo he podido hacer.”
Gran parte de los 37 años que viviría en Cuba después de su segunda y definitiva llegada, sor Severina continuó ejerciendo la enseñanza religiosa a niños y adolescentes, con los cuales se sentía infinitamente dichosa y realizada. Organizó convivencias con escasos recursos y realizó misiones en sitios lejanos y difíciles, para lo cual se trasladaba en medios de transporte a veces asombrosos para una mujer.
La conocí el 7 de junio del pasado año en la casa de las Hermanas de Peñalver, donde descansaba después de una infructuosa intervención quirúrgica que solo sirvió para avisar que sus días estaban contados.
Nos sentamos en el fresco portal de esa legendaria casa salesiana. Allí, de un modo desenfadado y sencillo, me contó de su vida y de la Iglesia en Cuba durante una hora.
Sor Severina creía entonces que regresaría a la casa de Manguitos, en Matanzas, para continuar ejerciendo sus servicios, pero sabíamos que eso no ocurriría.
Eran tremendos el amor, la fe, el deseo de vivir y de servir de aquella mujer, quien, entre tantos pasajes interesantes que nos dejó de su vida, destacó lo siguiente:
“En los campos, con vehículos y caminos malos, nadie sabe el trabajo que se pasa para realizar las misiones, pero hay que hacerlas y ofrecérselas a Dios por toda esa gente que nos necesita. La gente del campo también necesita ser escuchada. Pasan muchos trabajos. Pero solo escuchándolas ya se hace una gran cosa.
”Nuestra política es el Padre Nuestro. Gobierne quien gobierne, lo nuestro es Anunciar el Reino.
”Yo siempre digo que en Cuba llevo 58 años, aunque parte de ellos tuve que pasarlos fuera […]. El cubano es agradecido y cariñoso, es humano. Y tengo que decir que yo he estado en mucho sitios, pero donde mejor me he sentido y trabajado es en Cuba.
”Cuando voy a España mi familia quiere que me quede, pero yo siempre regreso. Aquí he ofrecido lo más importante de mi vida…”
Sor Severina murió el 6 de enero de este año, catorce días después de la muerte de sor Flaminia.
Se nos fueron dos virtuosas salesianas. ¿Quién habría osado decirles que no eran cubanas? Lo dieron todo por Dios, su Iglesia y nuestro pueblo. Las circunstancias, muchas veces adversas e incómodas en que trabajaron, hacen recordar los remotos días de penurias y sacrificios de aquellos primeros cristianos consagrados a construir la Iglesia y predicar el Evangelio. |