Por ser la última de la prole y por haber muerto su padre antes que cumpliera los dos años, sus preferencias maternas se acentuaron.
Desde la infancia se descubrió en ella una inteligencia privilegiada y en tomar en serio la vida, con sus obligaciones y rectitud.
A los 12 años fue a la escuela. Ella llegó a confesar: “ En la infancia la escuela desempeñó un papel muy importante. Creo que me encontraba más a gusto allí que en mi casa ” .
Ya en su infancia se observan, además de su inteligencia, su carácter voluntarioso y emprendedor, su independencia en el obrar y pensar, el predominio de lo racional, defensa de la dignidad personal, etcétera.
Su madre era una hebrea convertida, vivía la fe de Israel, y confiaba en Yahveh tanto en la escasez como en la abundancia; leía el Antiguo Testamento como fuente de vida espiritual.
A pesar de esto, los hijos sentían indiferencia religiosa, aunque participaban en las celebraciones y ritos judíos, pero por inercia, sin verdadera devoción.
Aunque la señora Stein era una judía fiel, no ejercía presión alguna sobre sus hijos, y los educaba en plena libertad personal.
Edith se desvinculó a los 15 años de lo que ella llamaba “ fe infantil ” . Siguió creyendo en Dios pero ya no admitía ciertos comportamientos.
En 1906 se dirigió a Hamburgo en busca de descanso, de claridad interior y de independencia. Aquí se distanció por completo de la fe de sus padres. Dejó de creer en Dios. En su autobiografía escribió: “ Max y Else (cuñado y hermana donde reside) eran incrédulos por completo. En aquella casa, de religión, nada en absoluto. Aquí tuve conciencia completa de la oración y la abandoné por una decisión libre ” . Le resultaba inadmisible aceptar lo que no comprendía y realizar cumplimientos meramente formales. Durante 15 años no echará de menos la presencia de Dios.
Sin embargo, su ateísmo no era polémico ni la conducía a actitudes inmorales. Su conducta siguió siendo recta, guiada por ideales nobles.
A los 21 años ocurrió un cambio decisivo en su vida cuando cambió la universidad natal por la de Gotinga. Ella intuyó que el abandono del hogar materno transformaría su existencia. En su autobiografía afirma que, igual que su madre, presentía una separación trascendental.
Y así sucedió, al abandonar Breslau conoció a un célebre filósofo, judío como ella, Edmundo Husserl. Este y quienes lo rodeaban concebían la filosofía como una senda propia para alcanzar la verdad con razonable optimismo. Ella escribió: “ Tenía 21 años y todo en mí era expectativa ante lo que debía producirse ” .
Su ansia de saber la llevaría después a entrar en contacto con otro célebre filósofo, también judío, que ejercería una influencia decisiva en su vida: Max Scheler. La búsqueda de la verdad de nuestra santa nos recuerda la celebérrima frase de san Agustín: “ Nos hiciste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti ” .
Max Scheler se había convertido al catolicismo y era un brillante apóstol de su nueva fe.
Edith escribió: “ Este fue mi primer contacto con este mundo hasta entonces para mí completamente desconocido. No me condujo a la fe, pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los cuales ya nunca podría permanecer ciega ” .
En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, que produjo una enorme conmoción en toda Europa. Muchos profesores y alumnos universitarios se alistaron en el ejército alemán. Edith se incorporó a la Cruz Roja Internacional, incondicionalmente. Deseaba la ubicaran cerca del frente, pero la destinaron a Austria, a un hospital militar para soldados heridos. En ese lugar se identificó con el sufrimiento humano, pero también experimentó duros momentos de soledad, ausencia de afectos, desesperación. Pero la nobleza de su espíritu brillará, manifestada en sonrisas, amabilidad y calor humano. Pensaba más en los que sufrían que en su mundo intelectual, sin que este le fuera ajeno.
Antes del fin de la guerra, en 1917, se doctoró en Filosofía y trabajó en Friburgo, con su querido maestro Husserl. Ese mismo año sufrió una terrible pérdida: su profesor, Adolfo Reinach, judío convertido a la Iglesia evangélica con su esposa, cayó en el frente de Flandes a finales de año.
Otra muerte la afectará aún más profundamente, la de su maestro Husserl. La llamaron a Gotinga, y además la esposa del caído le pidió que ordenara los manuscritos de su esposo. Al acercarse a la ciudad le embargó la angustia de cómo alentar a la joven esposa, amiga suya, que había perdido su marido en el campo de batalla.
Sin embargo, el encuentro entre las dos mujeres fue maravilloso. No necesitó palabras rebuscadas. Se encontró ante una mujer creyente, serena, plena de esperanza en la vida eterna.
La viuda le relató la vida del desaparecido. La confianza de su amigo en Dios y en la eternidad la impactó profundamente. Aún era una judía indiferente y escribió: “ Este fue mi primer contacto con la cruz y con la verdad divina que ella infunde a los que la llevan. Entonces vi por primera vez y palpablemente ante mí, en su victoria sobre el aguijón de la muerte, a la Iglesia nacida de la pasión del Redentor. Fue el momento en que mi incredulidad se desplomó y Cristo irradió; Cristo en el misterio de la cruz ” .
Los que muchos años de estudio no lograron, lo logró el testimonio de una creyente. Dios no era una verdad filosófica, es Alguien vivo y personal que se comunica al hombre por su infinito amor.
Este testimonio cristiano la conducirá –desde los 26 a los 30 años– a una lucha interna. Se siente desconcertada, sin que nadie la guie. Gran parte de 1919 y 1920 la pasó con su familia, sin que este ambiente le diera la seguridad interior que buscaba ansiosamente. Escribió: “Por aquella época mi salud no era buena debido al combate espiritual que sufría, en total secreto y sin ayuda humana alguna”.
Pero Dios actúa de nuevo por caminos insospechados. En 1921 se encontraba descansando en una casa de campo de unos amigos. Estos habían salido y ella se dirigió a la pequeña biblioteca: se encontró con la Vida de santa Teresa, escrita por ella misma. Tanto le entusiasmó la lectura que no la dejó hasta el final.
Al cerrar el libro se dijo a sí misma: “¡Aquí está la verdad!” Por medio de la autobiografía de santa Teresa de Ávila, Dios la libró de los recelos e incertidumbres que la inquietaban antes.
La biografía teresiana fue una luz que llegó hasta lo más profundo de la filósofa alemana hija de Israel.
En el año nuevo de 1922 recibió el bautismo cristiano, con gran entusiasmo, pues vislumbró que este paso era decisivo en su preparación para su futuro ingreso en la orden carmelitana. Era consciente de lo que es una verdadera conversión cristiana: el abandono confiado a la gracia de Dios.
En 1933 se encontraba en Breslau con su familia, en vísperas del ingreso a la clausura carmelitana. Se despidieron las visitas y se quedaron a solas la madre y la hija menor, quienes con silencio, lágrimas, y un adiós profundo de dos corazones buscaban a Dios por distintas direcciones.
La filósofa no desconocía que seguir a Cristo suponía llevar la cruz. Ella no la rechazó. Antes de su entrada en el Carmelo, en 1928, había celebrado la Semana Santa en la célebre abadía benedictina de Beuron. Ya entonces se esperaba la inminente llegada de Hitler al poder, que realizaría la más espantosa persecución judía de todos los tiempos.
En el año jubilar de 1933 asistió a la hora santa de la iglesia del convento de Colonia. Entonces mostró una vez más su identidad con el pueblo judío, dispuesta a inmolarse con él.
A últimos de mayo, Edith se entrevistó con la priora y subpriora del convento de Colonia, y les expuso: “Lo que vale no es la labor humana sino la pasión de Cristo, participar en esta es mi deseo”. Desde su clausura se unió al destino de sus hermanos israelitas.
El 15 de abril de 1934 inició el noviciado con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Su maestro espiritual fue san Juan de la Cruz , el doctor del todo y de la nada, tan identificado con Teresa de Ávila, y fundador de la rama masculina del Carmelo.
Como la amenaza nazi antijudía iba en aumento, el 31 de diciembre de 1938 fue destinada al Carmelo de Echt, en Holanda. Ella escribió: “ No puede verse libre de la Cruz , quien tiene por título ‘de la Cruz '. ”
Su labor intelectual la llevó a escribir: La ciencia de la Cruz , en la que condensa su profunda experiencia espiritual.
En agosto de 1942 las tropas nazis de ocupación la condujeron a ella y a otros religiosos judíos a diferentes campos de concentración.
Manifestó su amor al prójimo cuando escribió en este lugar: “ Aquí se encuentran muchas personas que necesitan un poco de consuelo y lo esperan de las religiosas ” .
Un agente holandés que logró visitarla escribió: “ Yo presencié la sonrisa y la inquebrantable firmeza que la acompañaron a Auschwitz ” .
El 9 de agosto de 1942 consumó su holocausto en la cámara de gas de Auschwitz, en unión de otros israelitas. Sus palabras expresan el sentido que daba a su martirio: “ Sólo los que rezan están capacitados para detener la espada sobre nuestras cabezas y por medio de una vida santificada librar a este mundo de los poderes juzgadores ” .
En 1998 fue canonizada solemnemente en la plaza romana de San Pedro por Juan Pablo II.
Al año siguiente, santa Teresa Benedicta de la Cruz fue declarada por el mismo Papa copatrona de Europa, compartiendo este título con santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena.
No olvidemos que la vida de los santos nos conduce en nuestra vida cristiana.
De Edith Stein debemos imitar su amor apasionado a la verdad, que satisfizo plenamente al encontrarse con el Dios de Jesucristo, muerto y resucitado.
Otra característica suya fue el sentido de lo universal. Su vida contemplativa no rompió su vínculo con el mundo, sino que lo percibió con mayor profundidad.
Relacionado con esto observamos su espíritu ecuménico. Igual que san Pablo, que al hacerse cristiano no renegó de su origen judío, ella tampoco se separó espiritualmente de su pueblo.
Asimismo, después de la muerte de su amigo Husserl, judío y convertido al protestantismo, no se preocupó de su salvación: “ Quien busca la verdad busca a Dios, sea de ello consciente o no ” .
Tanto desde el Carmelo como desde Auschwitz, ofreció su vida por todos, amigos y enemigos.
De su amor al ser humano ya hemos escrito. Como filósofa siempre se orientó hacia la persona y su misterio, y en particular sobre el ser de la mujer y su papel en la vida civil y eclesiástica.
Escribió: “ Estamos en el mundo para servir a la humanidad ” . Siempre estuvo atenta a la realidad, y a los signos de los tiempos, sintiéndose protagonista de lograr un mundo mejor, donde reine la fraternidad, la justicia, la paz. |