Desde entonces, los nietos –como el lobo de Caperucita que espera ansioso en el bosque– andaban preparándose para devorar la ocasión de aquel beneficio.
Dicho y hecho: apenas se informó, se formó el despelote. Los nietos casi invadieron la embajada de España, oficinas de inmigración y extranjería, archivos históricos y parroquiales formando colas en las que solo se habla de los documentos que han resuelto y los que faltan por resolver.
Una señora de 58 años, vecina de mi comarca, me ha tocado la puerta de la casa para que la ayude a escribir una carta al rey Juan Carlos, para explicarle que los documentos de su abuelo se quemaron, a ver si el rey, con su autoridad y todo eso, puede tirarle un cabo.
La gente parece muy entretenida en estos menesteres. Dan la impresión de estar llenando un hueco en sus vidas con tales novedades. Componen árboles genealógicos como si jugaran con un rompecabezas. A casi todos –por no decir todos– los embarga el dorado sueño de ser –además de cubanos– ciudadanos españoles, con lo cual creen tener una gran carta de triunfo en sus manos.
A pesar de haberse advertido que, por el momento, los casos que serán priorizados son los de exiliados que entraron al país en el período de 1936 a 1955, a los beneficiados les embarga tal frenesí que hasta los nietos, cuyos abuelos llegaron a finales del siglo XIX , andan gestionando sus papeles para probar a toda costa su vínculo de sangre con la vieja madre patria.
Veinte años atrás a bien pocos les importaba saber a quiénes dejaron allá nuestros padres y abuelitos. Ahora la gente quiere contactar con sus parientes...
Pero a otro perro con ese hueso. Porque si alguna verdad hay detrás de todo ello, es que lo único firme que tienen no poca gente en Cuba son los pies, pues sus cabezas están en el extranjero.
Resulta que antes los españoles venían a Cuba por legiones. Ahora son los cubanos los que quieren ir a España.
Ya nadie le pregunta a mamá de dónde son los cantantes, sino de dónde son sus parientes.
Entre tanto se preparan los bisnietos. Piensan que tal vez en diez años podrán hacer uso de ese mismo derecho. A mí me parece mucho tiempo. Pero ellos, alentados por Gardel, dicen que esos años no son nada.
Lo cierto es que esta gente está de fiesta. Les han crecido esperanzas como robles. Parecen niños con juguete nuevo. Nunca antes se vieron colas tan alegres y disciplinadas.
Entre tanto entusiasmo me pregunto: ¿Hasta cuándo este derrame de cubanos por el mundo? ¿Cuántos quedaremos para cuidar la casa? |