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Presencia católica en
la Universidad del Aire

por Dr. Roberto Méndez

Cuadernos de la "Universidad del Aire"
Resulta más o menos habitual en nuestro país que, cuando nos referimos a la presencia de la Iglesia en los medios de comunicación, acostumbramos a colocar en primer término la existencia de revistas pertenecientes a alguna congregación, liga o asociación piadosa, en segundo lugar a las “páginas católicas” que aparecían en periódicos como el Diario de la Marina y El Mundo y en última instancia, a la cobertura que los demás medios daban a declaraciones de la jerarquía eclesiástica o a determinadas celebraciones religiosas. Sin embargo, mucho menos usual es recordar la presencia de intelectuales católicos, que como parte de su labor evangelizadora, levantaron su voz desde órganos y espacios que no eran de una específica orientación religiosa, más aún, en aquellos cuyos propietarios o promotores, aún con una actitud de apertura en cuanto al pensamiento de sus colaboradores, resultaban indiferentes o francamente adversos a cualquier convicción religiosa. Hoy quisiera detenerme en un ejemplo sumamente aleccionador, en tanto fue un hito en el desarrollo de la cultura cubana y a la vez uno de los foros de intercambio de pensamiento más abiertos y desprejuiciados que pueda exhibir el siglo XX cubano.


La Universidad del Aire fue uno de los empeños intelectuales cimeros de esa centuria, sepultado hasta ahora bajo una profunda capa de olvido como otros tantos hechos insulares de ese período, si hacemos excepción de un libro aparecido hace pocos años: Universidad del Aire: conferencias y cursos, de la investigadora Norma Díaz Acosta, (1) cuyo valor esencial es comenzar a sacar a la luz tal institución, aunque la escasez de análisis de los datos de que dispone, así como la extrema parcialidad con que juzga los hechos limitan mucho su valor.

La Universidad del Aire fue uno de los empeños intelectuales cimeros del siglo XX cubano.


Los orígenes de esta institución es preciso buscarlos en el período final del gobierno de Gerardo Machado, cuando estudiantes, profesores, periodistas, a la vez que combaten al caudillo que quiere perpetuarse en el poder, pretenden modificar las principales estructuras sociopolíticas de la nación y sanear el ambiente intelectual con objetivos como: la autonomía universitaria para evitar la influencia gubernamental en la vida académica de la institución, la afirmación de una identidad nacional frente al intervencionismo foráneo, así como la defensa del Arte Nuevo y la difusión de las más modernas teorías científicas.

Originalmente la Universidad del Aire fue pensada como un conjunto de conferencias impartidas por los más notables especialistas en una materia, articuladas en cursos, de manera que, al decir de Jorge Mañach, autor de su primer Reglamento, ofrecieran “nociones introductorias y generales que abran una vía inicial a la curiosidad de los oyentes”. (2) La primera sesión se trasmitió el 13 de diciembre de 1932 por la emisora CMBZ y en ella, la conferencia “Cómo se formó el mundo”, a cargo de Salvador Massip, inició el curso “Evolución de la Cultura ”. A este, seguiría el año siguiente el ciclo “Civilización Contemporánea” que cerró el 6 de octubre de 1933, a causa de la confusa situación nacional.

Colaboraron en esta etapa algunas de las figuras más relevantes de las ciencias y la literatura cubana: el gran físico Manuel F. Gran, los juristas Ernesto Dihigo y Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro, Luis de Soto –padre de los estudios de Historia del Arte en la Isla –, el historiador Elías Entralgo, los poetas Eugenio Florit y Emilio Ballagas y el compositor de vanguardia Amadeo Roldán. El empeño parecía efímero, pero tanto la voluntad de su espíritu animador, Jorge Mañach, como su evidente utilidad pública, reclamaban una nueva y más amplia puesta en práctica.

Este segundo período, que se extendió de 1949 a 1952, en casi estricto sincronismo histórico con el gobierno constitucional de Carlos Prío Socarrás, fue el más conocido y apreciado por la mayor parte de la población cubana con inquietudes intelectuales. Ahora la trasmisión se efectuaba por el Circuito CMQ-Radiocentro, en vivo, cada domingo de 3:00 a 4:00 p. m. Estos tiempos de entusiasmo con el nuevo modelo de democracia, permitían un rasgo audaz: el comentario de cada tema impartido no se realizaba sólo por los panelistas invitados sino por el público presente en el estudio, al que se permitió en este período hacer preguntas y emitir juicios. Luego, los Cuadernos de la Universidad del Aire del Circuito CMQ , impresos por la Editorial Lex , publicaban cada mes las conferencias y las transcripciones exactas del debate, y eran accesibles en todo el país, por una suscripción anual de dos pesos o por veinte centavos el ejemplar suelto.


Mañach se encargó, además, de tomar continuamente el pulso a la realidad nacional para que los cursos incidieran en ella de manera directa. Eran invitados como profesores figuras que tuvieran investigaciones o puntos de vista originales sobre el tema o cuya ejecutoria pública, presente o pasada, los hubiera hecho protagonistas de él: ministros, banqueros, economistas, historiadores, diplomáticos, escritores, profesores universitarios pasaron ante estos micrófonos, sin restricción alguna de filiación política, opiniones filosóficas o credo religioso. Más aún, daba la impresión de que Mañach procuraba esta diversidad, se encargaba de tener en un mismo ciclo y hasta en una misma mesa a figuras muy diversas, para que el auditorio sacara sus propias conclusiones, pues los panelistas muy pocas veces lograban estar de acuerdo.
La Universidad del Aire
procuraba la diversidad
con la participación
de figuras muy diversas.
De esta manera, el auditorio podía sacar sus conclusiones,
pues los panelistas pocas veces estaban de acuerdo.

No es extraño pues que importantes personalidades del mundo católico participaran como invitadas en la Universidad del Aire . Podría decirse que se contó con ellas sobre todo porque su labor profesional les acreditaba como especialistas en un tema y no porque se pensara en su devoción personal, pero en un momento en que en los medios intelectuales era de buen gusto declararse anticlerical y agnóstico, el ofrecer espacio a figuras que se sabía que se manifestarían explícitamente como cristianos y más aún, como fieles a las estructuras eclesiales, era un acto de audacia que no muchas instituciones tuvieron por esos años.

Llama la atención que esa presencia católica es distintiva de esta etapa, pues en el primer período de la Universidad del Aire no ocurrió de la misma manera. Esto puede justificarse en principio por la ampliación de los puntos de vista del organizador, que ha pasado de la oposición a un régimen dictatorial, concebida más o menos con un espíritu de grupo, a una más amplia noción de la promoción del intelecto en un ambiente de democracia. Pero también por el fortalecimiento de las estructuras eclesiásticas, al fin recuperadas de la difícil transición a la República que le tomó casi tres décadas, lo que se evidenció en la diversificación de la enseñanza religiosa y la pastoral caritativa. El magisterio de los obispos se ha fortalecido y va ganando un espacio público, como se hace evidente en los documentos que redactan en torno a la Convención Constituyente de 1940, de los que son ejemplos la “Exposición del episcopado cubano a los señores delegados a la Asamblea Constituyente ” (6 de febrero de 1940) y la “Circular con motivo de la nueva Constitución” de monseñor Manuel Arteaga Betancourt, por entonces vicario capitular de la Arquidiócesis de La Habana (20 de junio de 1940)(3) que se complementó con la campaña nacional “Afirmación Católica”. (4) Mas el rasgo distintivo del período es el fortalecimiento de un laicado, bien formado y comprometido con la evangelización de los distintos ambientes, capaz de vivir sin traumas su fe en medio del ambiente de fuerte laicismo y libre en su actuación de las ataduras del viejo “clericalismo”, signos de ello fueron: la constitución en toda la nación de la Acción Católica Cubana (1943), el rápido fortalecimiento de la Agrupación Católica Universitaria, fundada por el padre Rey de Castro SJ en 1931 y destinada a formar líderes “selectos” para la participación en la vida política y cultural de la nación, cuya labor podría complementarse con la de la Unión de Universitarias Católicas, fundada por Rosa Trina Lagomasino en 1942. Esos tiempos presenciaron también la renovación de las catequesis –del que fue viva expresión el Congreso Catequístico Nacional de 1937–, el interés en el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia y la voluntad de renovar las anémicas expresiones anteriores de prensa católica con publicaciones más audaces y encarnadas como: Semanario Católico –luego La Quincena Lumen , Juventud Católica Cubana y Justicia Social Cristiana. Era muy difícil, pues, ignorar a los católicos en un empeño como este.

Inventariar a todos los católicos que pasaron por esos micrófonos, no sería labor sencilla, no sólo por el alto número de conferenciantes sino porque en la distancia no siempre es posible discernir su filiación religiosa, salvo en el caso evidente de los clérigos, por lo que nos limitaremos a los que tuvieron una ejecutoria más notable en su época.

Así, el primer ciclo de esta segunda época “Ideas y problemas de nuestro tiempo” incluyó la mayor diversidad de voces y temas que era posible esperar: junto a intervenciones de autores, cuyo pensamiento iba del velado agnosticismo al marcado ateísmo: Salvador Massip, Raúl Roa, Medardo Vitier, Fernando Ortiz, la filósofa andaluza María Zambrano –discípula de Ortega y Gasset, con un personalísimo pensamiento en que la filosofía antropológica grecolatina tiene una feliz síntesis con el acervo cristiano– disertó sobre “La crisis de la cultura de Occidente”, donde defendió el punto de vista que el nacimiento de la cultura occidental, a un tiempo helénica y cristiana, debe ubicarse en el momento en que florece el pensamiento de san Agustín. Mientras, a un laico cubano de amplia ejecutoria, José Ignacio Lasaga, se le confiaba un tema como “El neo-escolasticismo”. Allí, el disertante no se limitó a remontarse a los tiempos de santo Tomás de Aquino para ir a la raíz de un término “tabú” para la modernidad como lo es la escolástica, para después ubicarse en las peculiaridades de su reflorecimiento moderno, de modo que en los pocos minutos concedidos pudo presentar a los oyentes una síntesis de las ejecutorias de figuras actuales como Jacques Maritain, a la vez que se refirió a otras vertientes del pensamiento católico como la filosofía de la acción de Maurice Blondel y el existencialismo cristiano de Gabriel Marcel, para acabar defendiendo la actualidad de ciertas ideas sin atenerse a su lejano origen:

“[…] el valor de un pensamiento no se mide nunca en Filosofía por la fecha de su nacimiento, sino si acaso por la de su muerte. Hay ideas que nacieron anteayer y ya ayer eran tenidas por nulas e infecundas; y hay en cambio, ideas que llevan siglos y siglos corriendo de mente en mente y todavía pueden servirnos para entender mejor el universo y comprender mejor al hombre. Pudiera repetirse de ellas aquella profunda observación de un parisiense frente a su vieja catedral de Nuestra Señora: ‘lo más interesante no es que tenga ocho siglos, sino que siga siendo contemporánea'.” (5)

En el segundo curso, dedicado a las “Artes y letras de nuestro tiempo”, intervino de nuevo María Zambrano con una conferencia titulada “De Unamuno a Ortega y Gasset”, mientras que el escritor José María Chacón y Calvo ofreció “Algunas notas sobre la reciente poesía española”. Esta figura merece una mención especial: último heredero de los condes de Casa Bayona, Chacón, nada preocupado por títulos que no fueran los de la auténtica sabiduría, dedicó su vida a la investigación y aun sus aportes, hechos con tanta humildad, no han sido suficientemente calibrados. Fundador y animador de la Sociedad Hispano Cubana de Cultura y del Ateneo, fue un continuo puente entre Cuba y España. Amigo de personajes de todos los matices políticos, fue continuamente denostado por políticos extremistas e ignorado en las distribuciones de prebendas, profesor invitado en Vermont y en Columbia University , miembro de la Academia Católica de Ciencias Sociales, nunca obtuvo una cátedra en la Universidad de La Habana. Sólo en su madurez pudo acceder a los estrados de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva para explicar Literatura Cubana entre 1946 y 1961. Católico de raíz, soportó a lo largo de su vida primero las agresiones, luego el olvido de sus últimos años. Cuatro veces fue invitado Chacón a la Universidad del Aire, quizá la más memorable no fue la que hemos citado en 1949, sino la de 1952, poco después del golpe de Estado de Batista, cuando, invitado a impartir en el curso “Los forjadores de la conciencia nacional” la conferencia “Heredia y su influjo en nuestros orígenes nacionales” fue capaz de vincular el pensamiento antiautoritario y constitucionalista del fundador de la poesía cubana con las amargas circunstancias que la Isla estaba viviendo, para exhortar al final a los oyentes con palabras de san Pablo: “Si andamos en el espíritu, vivamos también en el espíritu”.

El tercer ciclo: “Actualidad y destino de Cuba” trató temas tan urgentes como la necesidad de renovación del sistema electoral, la situación de la violencia política en el país, la dependencia económica y su reflejo en el comercio cubano, el régimen penitenciario, la enseñanza oficial, la salud pública y hasta el desarrollo del turismo internacional. Todas impartidas por personas directamente implicadas en la materia, fuera por haber desempeñado un alto cargo en esa esfera o por desarrollar en ella su labor profesional. La conferencia de Gastón Baquero: “¿Está en crisis nuestra cultura?” es una pieza magistral, lamentablemente poco conocida, pues el autor no volvió a publicarla. Poeta excepcional, vinculado al grupo Orígenes, editor jefe del Diario de la Marina , mostró en su obra una actitud marcadamente cristiana y no contaminada con cierto fundamentalismo preconizado por los dueños de ese diario, es capaz de enunciar con vigor lo que se presenta como aparente decadencia y es en sí misma crisis de crecimiento:

“Lo que se nos aparece como una ‘crisis de la cultura', no es otra cosa que una crisis de crecimiento, de revisión, de duda, que supone precisamente la latencia, la petición urgente de vida, de unos vigorosos gérmenes de cultura. Esta se apoya en resortes vitales, en quicios de recia vitalidad. Nosotros hemos cambiado la élite por la mayoría; la cantidad por la calidad, lo cual es un bien cuando se está, en inicio, en estreno, en etapa inaugural, como estamos nosotros. Lo que parece haberse perdido en profundidad, se ha ganado en extensión: ya volverán las horas de aprender latín y griego. Contra el artificio que supone aspirar a vivir de cultura prestada, ¡como si esto fuera vitalmente posible y culturalmente válido!, las fuerzas intactas, las raíces puras de nuestro pueblo, encamínanse, lentamente, hacia su integración, hacia la formación de un concepto claro, de un derrotero preciso, es decir, hacia el descubrimiento y posesión de una cultura…” (6)

El pluralismo de ese foro y el ambiente de tolerancia para con los pensamientos más contradictorios fue uno de los sostenidos propósitos de Mañach como director del espacio, así en el quinto curso: “La huella de los siglos” (octubre 1950-diciembre de 1951) dedicado a la Historia Universal , junto a cultivadores de variopintas ideologías, fueron invitados notables pensadores católicos: tocó a Mercedes García Tudurí, después de las conferencias sobre la Roma de los Césares, abordar la vida de Cristo, su texto se tituló “La llama de Nazaret”.

Era Mercedes una verdadera personalidad no sólo del mundo católico sino de la intelectualidad de su tiempo. Obtuvo en la Universidad de La Habana los doctorados en Filosofía y Letras, Pedagogía, Derecho, Ciencias Políticas, Sociales y Económicas, así como una licenciatura en Derecho Diplomático y Consular. Fue profesora y directora del Instituto No. 1 Preuniversitario de La Habana , catedrática de la Universidad Católica Santo Tomás de Villanueva. Presidió la Sociedad Cubana de Filosofía.

La conferenciante, convencida de las dificultades que encerraba la exposición de su tema, comienza por postular la unidad de la condición humana y la divina en Cristo, recorre momentos fundamentales de su vida y predicación, especialmente las Bienaventuranzas, para señalar como allí se fundamentará una axiología que será la asumida por la naciente cultura occidental y poniendo sus ojos en un mundo dividido por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, concluye: “Hoy, cuando el mundo vive una nueva hora de tribulación dividido entre Oriente y Occidente, sabemos, los que confesamos la divinidad de Cristo, que la verdadera paz puede ser alcanzada mediante Él, por los hombres que de veras tengan buena voluntad”. (7) Mas, lo verdaderamente atractivo del papel de Mercedes estuvo en la claridad y honestidad con que respondió a las interpelaciones llena de un espíritu similar al que llenó a san Pablo al predicar en el Areópago ateniense.

El doctor Manuel de la Mata, (8) individuo francamente agnóstico y de ingenio volteriano, que había hecho un deporte del continuo diferir de los conferencistas invitados, a los que interrogaba o replicaba habitualmente, con aire de mucha suficiencia, exigió a la doctora Tudurí que le mostrara las fuentes históricas que garantizaban la existencia histórica de Cristo. Ella argumentó que se basaba en los Evangelios, pero que existían numerosas biografías que documentaban la existencia del Cristo-hombre, mientras que en el aspecto divino había que guiarse por la luz de la fe. No bastó al interrogador la respuesta y declaró, no sin cierta impertinencia, que no consideraba válidos los Evangelios como prueba testifical por ser posteriores a la existencia de Cristo y, tal vez para extremar su sarcasmo, afirmó que su duda fundamental era: “si el discípulo infiel, Judas, hubiera visto resucitar muertos, caminar sobre las aguas, realizar toda esa serie de hechos taumatúrgicos que se atribuyen a Cristo, dudo mucho que hubiera podido ser infiel”, (9) para luego asegurar que “en el Derecho romano, en la historia de Roma, no hay ningún documento que prueba en ningún sentido la existencia de Jesús de Nazaret como persona viva y sometida a un proceso”. (10) No replicó la conferenciante a quien de antemano se situaba en una actitud tan impermeable, pero esto motivó una intervención del doctor Mañach en su función de moderador, en la que aclaraba: “ La Universidad del Aire es una institución de cultura, enteramente al margen de toda confesión, como se suele decir, de toda opinión rígida, sobre todo en materia religiosa. Pero naturalmente animada de un espíritu científico, es, por lo mismo, respetuosa de toda opinión que se considere suficientemente fundamentada y emitida por personas de responsabilidad intelectual”. (11)

No había concluido su “vía crucis” la invitada: le faltaban las interpelaciones de quienes saliéndose del tema querían enjuiciar otros aspectos del cristianismo, por ejemplo el señor Benigno Pazos, quien le planteó un verdadero sofisma: si la Iglesia Católica es portadora de la verdad y ella apoya a Franco, ¿es Franco un gobernante cristiano? A lo que ella se negó a responder por salirse del tema de su intervención. Vinieron luego otros dislates: el señor Otto Jahkel le preguntó qué consideraba superior si el Sermón de la Montaña o la Declaración de los Derechos del Hombre, a lo que ella respondió: “en el Sermón de la Montaña están contenidos todos los derechos del hombre”, (12) siguieron a esta otras intervenciones basadas en los argumentos más o menos manidos: si la Iglesia se opone al progreso científico, si a Cristo hay que verlo en realidad como a un revolucionario de su época, a un reformador moral... Todo esto volvió a dar fuerzas al polémico doctor de la Mata quien le preguntó si no creía que en la actualidad la justicia social está por encima de la caridad cristiana, a lo que ella replicó tajante:


“Bueno, el Dr. de la Mata ha confundido la caridad. Él cree que la caridad es dar dinero, es darle un óbolo a cualquier necesitado. La caridad tiene que estar dentro del espíritu del hombre, el no pensar inicuamente, el no falsear la verdad, el no inculpar de manera injusta a cualquier otro hombre, en eso está la caridad del hombre; no sólo en dar un óbolo, que lo da cualquiera, sin sentir por dentro la caridad. La caridad va por dentro del hombre y no en sus actos exteriores.” (13)

Es preciso reconocer el temple de esta educadora cristiana, quien no sólo dictó su conferencia sabiendo de antemano que provocaría numerosos cuestionamientos, sino que procuró dialogar con sus contrincantes y defender sus puntos de vista de fe, aun sabiéndose en franca minoría, teniendo que improvisar las respuestas en un programa en vivo y sabiendo que la transcripción de la discusión sería editada y por tanto comentada por una importante cifra de lectores cubanos. Este ejemplo, es justo reconocerlo, ni fue habitual entonces, ni lo es hoy, quizá porque lo más común ha resultado siempre el exponer las propias ideas en círculos que previamente coinciden con ellas y están dispuestos a reforzarlas y alabarlas.

En este mismo ciclo, el tema “Los Padres de la Iglesia ” fue confiado al padre Ignacio Biaín OFM, por entonces director del Semanario Católico , y figura relevante de la prensa católica y en general de la pastoral social en Cuba. Si su texto fue una especie de ABC de la Patrística , bien documentado y lleno de

Jorge Mañach.
Jorge Mañach.

matices, aún más notables fueron sus respuestas al infatigable doctor de la Mata quien se empeñó en la discusión en demostrar que todo el cristianismo no era más que un conjunto de imitaciones o falsificaciones de textos egipcios, griegos y judíos. La audición de ese día fue completada por una excelente conferencia del doctor Aníbal Rodríguez: “Agustín el converso”, centrada en los aportes de san Agustín al pensamiento occidental.

Apenas un mes después, el 21 de enero de 1951, fue invitado al programa el padre Basilio Jiménez, fraile dominico de la comunidad de San Juan de Letrán, quien por esos años tenía a su cargo las cátedras de Teología Dogmática, Matemáticas y Ciencia del Seminario “El Buen Pastor”. (14) No porque su tema “Tomás el Aquinate” estuviera ubicado en el remoto siglo XIII se libró de los importunos comentarios del doctor de la Mata , empeñado ese día en criticar al autor de la Summa Theologiae y a todos los pensadores cristianos por hacer de la filosofía una “sierva de la teología”, a pesar de que el disertante, tanto en su texto como en la discusión, procuró una y otra vez explicar con toda elocuencia cómo el Aquinate concilió fe y ciencia.

Con motivo del medio siglo de existencia de la República , se organizó un curso especial, llamado “Curso del Cincuentenario”, el cual fue concebido como un balance de lo alcanzando y lo frustrado en ese período en diferentes sectores de la vida social: la política, la economía, la educación, las costumbres. Entre los prestigiosos ponentes se destacaban: Elías Entralgo –con un texto que motivó graves sucesos a los que nos referiremos después–, Medardo Vitier, Elena Mederos de González y Cosme de la Torriente. Para referirse especialmente a “La recuperación moral y sus vías” fue invitado monseñor Eduardo Martínez Dalmau, obispo titular de Cienfuegos, hombre culto, amante de la investigación, apasionado del legado de Félix Varela, miembro de la Academia Cubana de la Historia. A pesar de que este prelado ha sido acusado por algunos de sus críticos de contubernio con los poderosos por intereses familiares, fue muy claro en su exposición de los problemas morales del país: denunció las condiciones de vida de los trabajadores agrícolas, el analfabetismo, la falta de una organización colectiva para la defensa del campesinado, la malversación de fondos públicos, el auge de profesionales del vicio que se enriquecían con el comercio de estupefacientes y la pornografía, el vicio del juego. Ante esto llamó a revitalizar “el superior instinto moral del que todos estamos dotados” y a desplegar una labor conjunta hogar-escuela para lograr la recuperación moral de la Patria , y propuso un programa de tres puntos a cumplir en la práctica: continuar con la lucha contra la miseria económica, abolir la Lotería Nacional , terminar con la política como medio de lucro personal y reforzar los cimientos del hogar con –al menos– la enmienda de la Ley del Divorcio y la enseñanza en las escuelas de la religión cristiana.

Como en esta sesión, presidida por Francisco Ichaso, por ausencia de Mañach, los comentadores eran invitados de alto nivel profesional: los profesores Manuel F. Gran, Rosario Rexach, Juan Francisco Zaldívar y Salvador Bueno, no pasó el obispo por las molestias de sus antecesores, y aunque algunos de ellos difirieron de su enfoque, se le trató con respeto y se apoyaron sus planteamientos fundamentales.

Aunque no es posible reseñar la presencia en el espacio de cada intelectual cristiano, es imposible pasar por alto la de una figura eminente del foro cubano: el jurista Manuel Dorta Duque. Pocos recuerdan ya hoy a este abogado, profesor de Derecho Hipotecario de la Universidad de La Habana y autor de un Curso de Legislación Hipotecaria (1938), (15) luchador antimachadista, al parecer el único católico practicante delegado a la Constituyente de 1940, y organizador de la campaña de “Afirmación Católica” frente a los manejos oscuros de ciertos elementos que pretendían clausurar las posibilidades de acción pública de la Iglesia en la nueva Ley Fundamental. Autor de un Proyecto de Código Cubano de Reforma Agraria, que fue engavetado en la Cámara de Representantes. Compareció por primera vez el 28 de mayo de 1950 en el tercer curso “Actualidad y destino de Cuba” con el tema “¿Qué rumbo sigue el hogar cubano? ¿Debe modificarse la ley de Divorcio?” con una respuesta auténticamente cristiana para estas urgentes problemáticas y por segunda y última vez, en el séptimo curso “Los forjadores de la conciencia cubana”, el 21 de diciembre de 1952 con su “Semblanza del doctor José Antonio González Lanuza”, en el que propone como ejemplo para escolares, profesores, políticos, a este individuo de gran laboriosidad e infatigable civismo. Dorta, con un pensamiento católico muy moderno, no insiste particularmente en el mensaje religioso explícito en sus textos, sino en el respeto del estado laico, pero en el que se debe asimilar una ética de clara raíz cristiana.

Mas este concierto de voces, coaligadas por el bien común iba a quebrarse en un momento de crisis nacional: el golpe de Estado de Batista. A menos de un mes del cuartelazo, Mañach en su conferencia “La cultura en los 50 años de independencia” criticó abiertamente la ruptura constitucional. Un grupo de estudiantes del público, por esos días, lanzó una lluvia de huevos contra un político que justificó la asonada. La reacción oficial no se hizo esperar: el 4 de mayo de ese año, durante la conferencia de Elías Entralgo: “Saldo del Cincuentenario”, fuerzas del régimen asaltaron el estudio, golpearon a los asistentes y disolvieron la sesión, lo que motivó muchas protestas de la sociedad civil.

El espacio pudo reabrirse, fue leída la conferencia interrumpida, e inclusive publicada con una nota de la Dirección que comenzaba:

“A poco de iniciar el doctor Elías Entralgo la lectura de esta conferencia, en la audición de la Universidad del Aire correspondiente al día 4 de mayo, un grupo de personas del público que no eran concurrentes habituales a esas audiciones, interrumpió la lectura, agrediendo a las personas de la Mesa y al público. Este atentado incalificable, a la cultura y a la libre expresión del pensamiento, causó honda conmoción en la opinión pública […]”. (16)

A partir de entonces, la CMQ prohibió el acceso del público al programa y los comentarios a las conferencias se hicieron desde entonces por especialistas invitados o simplemente por el moderador. El ciclo logró concluir, e inclusive dictarse el siguiente: “Los forjadores de la conciencia cubana”, mas, poco a poco, la censura fue asfixiando la institución.

Entre 1953 y 1956 se emprendió un largo curso llamado “de formación cultural” que en realidad era una especie de Historia de la Literatura Universal , desde “El Antiguo Testamento” explicado por el padre Biaín y el “Nuevo” por Dionisio de Lara Mínguez, participaron en el ciclo numerosos intelectuales católicos: el profesor Raimundo Lazo, Mercedes García Tudurí, comentando esta vez La ciudad de Dios de san Agustín, mientras que su hermana Rosaura se ocupaba de La consolación de la filosofía de Boecio, les seguirían el jesuita José Rubinos, profesor del Colegio de Belén, José María Chacón y Calvo, Cintio Vitier como glosador de Bossuet y de Góngora, Aurelio Boza Masvidal, Mario Parajón, José Lezama Lima, Ángel del Cerro y Rubén Darío Rumbaut –federado de los Jóvenes de Acción Católica y fundador del “Movimiento Humanista”–quien comentó el libro: El protestantismo comparado con el catolicismo de Balmes y dedicó otro programa a la vida y obra de Jacques Maritain. Pero era evidente que las circunstancias obligaban a callar los problemas más urgentes y a refugiarse en la “alta cultura”, de ahí la escasa huella que este ciclo dejó en un país presa de grandes convulsiones políticas.

Sólo cuando no haya temor de dialogar, dentro o fuera de la Iglesia, con lo diverso, con lo opuesto, en un clima de adecuado respeto y escucha, se estará en condiciones de llevar la palabra evangélica al mismo corazón de la cultura.
Después de 1959 llegaron a dictarse dos cursos: “Realidades y esperanzas de Cuba” y “Doctrinas e ideas contemporáneas”, en esta etapa fungía como director el profesor Luis Aguilar León. De hecho, ya la Universidad del Aire había cumplido con su ciclo vital desde 1953 y mostraba sólo una agonía prolongada.

Si esta institución, de un alcance insospechado en la Cuba de entonces, no puede ser soslayada en la evolución de la cultura nacional, la presencia de cristianos, laicos o clérigos, en ella es un signo que todavía nos ilumina: ellos fueron precursores de esa “evangelización de la cultura” a la que repetidamente nos han llamado los pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Es cierto que hay muchos empeños intelectuales actuales dentro de las instituciones de la Iglesia cubana, pero no debe olvidarse que la labor esencial no se libra dentro de los templos sino en el ágora. No carece nuestra Iglesia actual de figuras notables y preparadas para ese empeño, mas, varias décadas de repliegue eclesial, han marcado profundamente la conciencia de las comunidades hasta el punto de sentirse y comportarse a veces como Noé dentro del arca.


Sólo cuando no haya temor de dialogar, dentro o fuera de la Iglesia , con lo diverso, con lo opuesto, en un clima de adecuado respeto y escucha, se estará en condiciones de llevar la palabra evangélica al mismo corazón de la cultura. Cuando se desechen de una vez los temores a la censura o peor, a la autocensura y sobre todo se ponga en práctica el mejor antídoto para ellas: comenzar por desterrarlas de casa y saber escuchar al contrario con respeto, sin zaherirle ni encerrarse en poses de falsa suficiencia, iremos acercándonos de nuevo a ese espíritu que animó a aquellos intelectuales católicos hace medio siglo, cuya valentía y limpieza espiritual siguen iluminándonos.

Notas

(1) Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001.
(2) Norma Díaz: “Introducción” a Universidad del Aire..., ed. cit., p. 1.
(3) Ambos documentos pueden consultarse en La voz de la Iglesia en Cuba, Obra Nacional de la Buena Prensa, México, 1995.
(4) Sobre esta campaña puede consultarse el libro de Manuel Fernández Santalices: Presencia en Cuba del catolicismo, Caracas, Textos Ágora, 1998, cap. 3.
(5) José Ignacio Lasaga: “El Neoesco-lasticismo”. En: Cuadernos de la Universidad del Aire del circuito CMQ, “Ideas y problemas de nuestro tiempo”, no. 5, julio de 1949, p. 29.
(6) Gastón Baquero: “¿Está en crisis nuestra cultura?” En: Cuadernos de la Universidad del Aire del circuito CMQ, “Actualidad y destino de Cuba”, no. 19, julio de 1950, p. 40.
(7) Mercedes García Tudurí: “La llama de Nazaret”. En: Cuadernos de la Universidad del Aire del circuito CMQ, “La huella de los siglos”, no. 25, enero de 1951, p. 30.
(8) Gracias al investigador Jorge Domingo Cuadriello hemos sabido que se trataba de un emigrado republicano español, de pensamiento comunista, que empleaba ese seudónimo para evadir la persecución del régimen franquista.
(9) Ibídem. Discusión, p. 31.
(10) Ibídem.
(11) Ibídem.
(12) Ibídem.
(13) Ibídem, 33.
(14) Cf. Salvador Larrúa: Presencia de los dominicos en Cuba, Bogotá, Universidad de Santo Tomás, 1997, p. 232.
(15) Cf. Manuel Fernández Santalices: Presencia en Cuba del catolicismo, p. 64.
(16) Cuadernos de la Universidad del Aire del circuito CMQ, Sexto Curso: “Curso del Cincuentenario”, no. 42, mayo de 1952, p. 387.