Retornar al "Home Page" ...
 
 

Amando la sabiduría
 
por padre Narciso de la I. Rodríguez, sdb.
Juan Jacobo Rousseau (1712-1778)
¿Nacemos buenos y no hacen malos?
Le voy a hacer una linda pregunta, amigo amante de la Filosofía : ¿usted cree que ha contribuido el progreso de las ciencias y las artes (esto es la civilización) al mejoramiento moral del hombre? Piense unos minutos y responda sin miedo y, si es posible, en voz alta para que le oiga algún amigo y entablen ambos una fructífera conversación. No sé cuál será su respuesta, pero fue allá por el año 1749 cuando la Academia de Dijon propuso dicha cuestión para un certamen de trabajos. Y todos los enciclopedistas e ilustrados respondieron de modo afirmativo: “la civilización libera al hombre de las nieblas de la ignorancia y del mito y lo acerca al ideal de la omnisciencia”. Y tan campantes.

Pero un tal Juan Jacobo ROUSSEAU (1712-1778), francés de nacimiento, sorprendió a sus contemporáneos respondiendo negativamente: la cultura, las ciencias y las artes han sido de facto el medio fundamental de degeneración y oscurecimiento del hombre. Porque el hombre –según él– nace bueno, y es la sociedad la que lo hace malo, desconfiado, simulador, injusto. Con sus mismas palabras: “Todo es bueno cuando sale de las manos del Autor, todo degenera en

las manos del hombre”. Ahí queda dicho. Fuerte, ¿verdad? Uno contra todos. ¿Qué le parece a usted que tiene tanta experiencia de la vida? Contraste esto con algún vecino.

Este señor Rousseau escribió mucho, aunque lo más conocido está en el Discurso de las ciencias y de las artes, dado a luz cuando contaba 38 años y, sobre todo El contrato social , La nueva Heloísa y El Emilio . Posiblemente ya le suena un poco más nuestro filósofo de hoy. Le informo que esa última obra, publicada en 1762, fue tachada de impía, y el escándalo le obligó a huir de Francia, aunque después de unos años de exilio pudo volver de nuevo a París.

Rousseau añora el estado primitivo en el que el hombre era bueno, ya que para él “el hombre es bueno por naturaleza y son las instituciones las que lo pervierten”. Y esto ¿por qué?, se pregunta. Rousseau hace responsable a la necesidad del hombre de agruparse para sobrevivir, es más, desde que el hombre necesita a otro desapareció la igualdad. Los hombres en estado primitivo, añade, no tenían entre ellos ningún tipo de relación moral ni de deberes conocidos, no podían ser ni buenos ni malos. Este sería el estado ideal que dejó en el mundo “el Autor de las cosas”. El hombre trata de imitarle pero falla y así crea el mal y el infierno y, para colmo de males, se enorgullece de su civilización. Un poco pesimista, ¿verdad? Aunque hay para todos los gustos. Fíjese que vendrá luego el señor Sigmund Freud, allá a principios del siglo XX , que lo dejará todavía peor cuando afirma que “el hombre, cuanto más civilizado, más infeliz”.

Entonces Rousseau, que no se queda cruzado de brazos, señala la solución a este estado de cosas: es preciso destruir esa sociedad irracional, abandonar los ídolos (o viejas creencias) que nos pervierten, y edificar la nueva sociedad racional, en la que el hombre, libre de esas influencias nocivas y sometido sólo a un poder mínimo, recupere el máximo posible de libertad y, con ella, de su espontánea inocencia.

Mire usted, por si no lo sabe, que la consecuencia de esta ideología revolucionaria fue el hecho histórico que se conoce con el nombre de Revolución Francesa que, si en un principio fue sólo un motín popular contra un estado de abandono y mal gobierno circunstanciales, terminó como usted bien sabe que terminó.

En este nuevo orden social racional y libre que postula Rousseau, el verdadero contrato social ha de ser, pues, un contrato de libertad . Sólo así será posible erradicar el mal moral y la injusticia y realizar la perfectibilidad y felicidad del hombre: su plena realización y salvación.

Bueno, no parece mal comienzo, pero… ¡siempre hay un “pero”, amigo! Mire usted si ahonda estas reflexiones en positivo, dialoga con su familia, se pone de acuerdo con sus amigos y compañeros de trabajo y logra una pizca de más concordia entre los que habitamos este mundo como siempre fue el deseo de nuestro buen Maestro, Jesús de Nazaret, cuando conversaba con su Padre Dios ya casi al final de su vida: “Que sean uno, como tú y yo somos uno” (Jn 17, 11). Vamos a ver si lo conseguimos entre todos.