Numerosas han sido las obras que, desde diferentes estilos e intencionalidades, han elegido estos espacios como ejes semánticos de su ficción.
En El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha , el escrutinio de una biblioteca fue uno de los motivos a través de los cuales Cervantes manifestó su crítica literaria y social. En El nombre de la rosa, el sagrado reservorio de libros constituyó el recurso idóneo para delinear mejor el espíritu de una época y de una clase social específica. Asimismo fue también una biblioteca uno de los referentes con que contó Borges, el célebre escritor argentino, para expresar su concepción del universo.
Las bibliotecas han acompañado al hombre a lo largo de su historia y han sido testigos de sus actos bárbaros y civilizadores. Hoy, pleno siglo xxi , ellas continúan siendo espejos de nuestro proceder.
¿De qué vale invertir cuantiosos recursos en la reparación de una sala si al mes las mesas y sillas parecen crucigramas de corazones, flechas y nombres? ¿De qué valen los letreros llamando al silencio si los propios trabajadores eligen esa área para comentar, con lujo de detalles, las rutinas del fin de semana?
¿Por qué, para algunos, resulta más fácil arrancarle la hoja al libro antes que copiar su contenido? ¿Por qué determinados bibliotecarios prefieren decir “no está” antes de insistir en la búsqueda de un título? ¿Por qué se continúan deteriorando textos patrimoniales sin que sean sometidos a un efectivo proceso de digitalización?
Las bibliotecas han de ser centros de disfrute, no de padecimiento. De nosotros, de todos, depende que sigan siendo “el tesoro de los remedios del alma” donde, según Benigne Bossuet, queda curada la ignorancia, “la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás”. |