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Marzo, en el calendario de nuestra vida republicana, es un mes en el que abundan hechos de distinta índole y trascendencia. Por ejemplo: la firma del decreto presidencial instituyendo la celebración del Día de las Artes y las Letras (día 21 de 1945). La inauguración del cine Radiocentro (día 12 de 1948). El golpe de Estado de Fulgencio Batista y Zaldívar, de tan funestas consecuencias para el país (día 10 de 1952). La conferencia de Dulce María Loynaz en la Casa Cultural de Católicas (día 22 de 1952) –evento cultural de notable significación para la cultura cubana entonces y ahora– que elegí, y también su título, para esta glosa. |
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PERO LA CULTURA SIGUE
Del Día de las Artes y las Letras Cubanas
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por Perla Cartaya COTTA |
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“La cultura sigue y es a ella a quien debemos servir;
la hora difícil no excusa el cumplimiento de este deber…”
Dulce María Loynaz, 1952 |
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Dulce María Loynaz nace en la ciudad de La Habana el 10 de diciembre de 1902, en la casona familiar de la calle Prado no. 4. Primogénita del matrimonio formado por Enrique Loynaz del Castillo y María de las Mercedes Muñoz. Creció en un hogar signado por el patriotismo y favorable para desarrollar las aptitudes culturales: el padre, mayor general del Ejército Libertador, es el autor de la letra y música del Himno Invasor ; la madre era pianista y pintora. No es de extrañar que a los 18 años Dulce María publique sus primeros poemas en el periódico La Nación ; su hermano Enrique también fue un buen poeta.
Mujer de hondas raíces y exquisita sensibilidad, tuvo entre las preferencias de la patria el paisaje y el pueblo de Vuelta Abajo. Y llega a decir, al recibir el 24 de mayo de 1995, en su casa del Vedado, la distinción de Profesora de Mérito de su Universidad Pedagógica, que “Pinar del Río es la efervescencia de la cubanía” . (1) A esa tierra la ataba la nostalgia. Tan cercana se sintió a los hijos de esos lares, a las Hermanas de la Caridad , que a pesar de su ancianidad y de la visión que iba faltando a sus ojos pero no a su alma, como le dijera el obispo monseñor Siro González Bacallao, los visitó con frecuencia y compartió con ellos veladas de poesía y patria. |
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Tan apegada a ellos se siente, que le dona a Pinar del Río su biblioteca. Y cuando el domingo 27 de abril de 1997 emprende el viaje a la Casa del Padre, llevando como único equipaje la cruz en sus manos frías, como había pedido, es el obispo de la diócesis pinareña quien oficia las honras fúnebres en la capilla del cementerio de Colón. Y en la misa que le dedica treinta días después en la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de la Caridad , concluye recordando las palabras que Dulce María dijera al Señor: “Para mí, Señor, no es necesario el Miércoles de Ceniza, porque ni un solo día de la semana me olvido de que fui barro en su mano. Y lo único que realmente necesito es que lo olvides Tú...” (2)
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Creo que después de Tula, ella es la poetisa cubana que más ha trascendido universalmente. Es impresionante la relación de las merecidas condecoraciones y distinciones que recibió. De ellas, destaco la que La Peregrina no logró obtener por circunstancias de su época: ser miembro correspondiente de la Academia de la Lengua. La Orden Pro Ecclesia-et-Pontífice, que el Papa Pío XII le concediera a ella y a su esposo, Pablo Álvarez de Cañas, por sus colaboraciones con las Escuelas Pías de San Juan Bosco, y la Orden León XIII, entregada también al matrimonio por sus valiosos aportes a la Iglesia.
Por todas las razones expuestas, es su palabra y no la mía –usted lo agradecerá– la que habrá de llegarle en esta ocasión. Cedo ante la tentación de transcribir su conferencia, que es un precioso ensayo, (3) pero debido a su extensión he tenido que pasar por alto algunos párrafos y, créame, ha sido una decisión difícil.
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[…]
Alguien a quien nada puedo negar, me ha pedido muy encarecidamente que venga a recordar hoy en sus vísperas, el Día de las Artes y de las Letras. |
La timidez que nunca ha acabado de abandonarme, y que es la que viene de un claro sentido de responsabilidad y respeto, hizo su resistencia y aún opuso a la cariñosa solicitud, el presumible poco interés que unas palabras mesuradas, alcanzarían de la atención ciudadana, pendiente como está, y es natural, de los últimos graves acontecimientos.
Vana fue sin embargo esta tentativa de disuadir a quien sabe defender sus ideas con tesón que le envidio humildemente. Mas en su honor corresponde añadir que no fueron sólo el tesón y el afecto las armas esgrimidas contra mi débil flanco; tuvo también su parte la reflexión oportuna, y fue ella acaso la que puso en fuga mis últimas vacilaciones cuando enfrentándolas, se limitó a decir sencillamente: “Pero la Cultura sigue” […]
Esta es una verdad incontrovertible y es además, una verdad en la cual todos necesitamos creer. Pudiera decirse que es una verdad casi mística, de aquellas de que se nutre la vida de las criaturas conscientes, las que no pueden vivir como los hongos o los infusorios, de una tierra sin sol o de un agua estancada.
La cultura sigue […] y es a ella a quien debemos servir, la hora difícil no excusa el cumplimiento de este deber a los llamados a hacerlo. Por el contrario, más los obliga y los requiere.
No hay que detenerse a pensar en el éxito que pueda o no devenir del esfuerzo, porque eso es cuenta del destino; nosotros habremos cumplido poniendo lo que estaba en nuestras manos, poco o mucho, a crecer, a servir.
Debo pues, agradecer una derrota […] Una derrota inflingida por la ternura aliada con la buena razón. Y en consecuencia de ella, agradecer igualmente esta ocasión de servicio que me ofrece la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, fundada por María Teresa de Aranda de Echeverría, tan preocupada siempre por las manifestaciones culturales en nuestro país, y presidida hoy, con fervor y diligencia, por la bondadosa dama Rosa López, Vda. de Izaguirre.
Y puesta ya a servir, sin otros medios propios que una voz quebrada por la fatiga y una voluntad de hacerlo que nunca se quebró, paso a realizar este menester, esta función de servicio, con la íntima satisfacción con que lo he hecho siempre y sólo por juzgarla como la juzgo, la cualidad más fina de mi existencia, la única de que en verdad he podido hasta ahora enorgullecerme.
Sirva pues, mi palabra, para sacar un poco del polvo de los días, algunos conceptos útiles, algunas reglas sencillas que nos permitan –si de algo vale la buena voluntad– encontrar una ruta, remozar un propósito, atemperar secretas nostalgias.
Sirva para fortalecer a los que desmayan, a los que tal vez por haber dado mucho, pudiera parecer ácido el fruto o parvo en la sementera aún removida […] Son lentos los caminos de la tierra, y no pueden medirse por los latidos de nuestro corazón.
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Esa es una vieja lección de la Historia , una ley que no exime con frecuencia ni aun a los superdotados por el Destino para cumplir una misión: Cristóbal Colón y los Reyes Católicos no tuvieron tiempo de conocer el pleno alcance de su empresa, es más, murieron seguramente con la íntima pesadumbre de haber fracasado en ella. […] El mismo gran Bolívar nos dice que ha arado en el mar, y hubiera necesitado vivir más de un siglo para oír que Martí le contestaba: “Pero la cosecha ha sido de perlas” […].
Como dos estrellas gemelas, como dos caras de una misma moneda, no separemos nunca estas dos frases de los dos más grandes hombres de América. Una no vale sin la otra, y ambas son necesarias para asentar la vida, para esperar la muerte.
[…] Este es un día distinto, posee el reconocimiento oficial de la República y sus miras son más ambiciosas que la de un gentil obsequio o una tarjeta de congratulación.
Pero hay un acierto más que señalar en la feliz iniciativa, y es el de haber elegido para la celebración de ese día, la fecha correspondiente al natalicio de una ilustre cubana: Gertrudis Gómez de Avellaneda. |
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Ninguno del año hubiéramos podido hallar más propicio y más justo; ninguno por sí solo podría recoger en su cabal integridad la significación del propósito, pero es indudable que en lo que hace a su espíritu, al símbolo anhelado, pocos podrán encarnarlo como el de nuestra Tula, creadora, animadora, precursora.
Y aún hay otro matiz profundamente sugeridor y delicado en la elección de este nombre femenino, y es que ella se produce en una tierra y en una época en que parece inherente a la condición de mujer cubana, el preocuparse en estos lares porque no languidezca y se apague definitivamente la llama de la cultura.
Vestales de ese sagrado fuego, las Artes y las Letras, tienen mucho que agradecerles en una tierra joven, trajinada por las pasiones y sacudida periódicamente, constantemente casi, por los sismos de nuestra política convulsiva, rudimentaria, tumultuosa.
Política que todo lo contamina y todo lo absorbe, chupándose los nobles jugos de la juventud, los últimos arrestos de la vejez, las más claras luces intelectuales y las mejores energías de tres generaciones de cubanos.
Hasta los niños, los apenas entrados en la pubertad, se lanzan o los lanzan a las fauces en llamas de ese Moloch insaciable.
Ella no se han dejado arrastrar aún por el creciente vértigo. Así la Música tiene morada digna en Pro Arte Musical, la Pintura muros propiciatorios en el Lyceum y la palabra también se refugia allí y en esta misma noble casa de las Católicas Cubanas. Igualmente, aunque es obvio aclarar que dentro de la medida de sus fuerzas, la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, ha puesto un vivo empeño en la organización de actos culturales, sobre todo en lo que respecta a exposiciones de artes plásticas, dando así a conocer a muchos artistas algunos de los cuales han podido corresponder muy pronto a ese estímulo, a esta primera confianza depositada en ellos.
Todas estas son asociaciones femeninas, fundadas, sostenidas, gobernadas por admirables mujeres cubanas.
Mucho he viajado por Europa y América, y sin embargo puedo decir que no conozco por esas latitudes otras instituciones semejantes. Agrupaciones de mujeres hay algunas, casi siempre de naturaleza filantrópica, y de vez en cuando, deportiva; también existen de manera adventicia, esto es, adscritas a otras instituciones masculinas de carácter principal cuyas actividades filosóficas o cívicas remedan.
Pero así como las hay en Cuba, independientes, consagradas por entero a una disciplina estética o intelectual, y al mismo tiempo en pleno crédito y floración de su desarrollo, repito que no he visto ninguna.
Cuando se hable de la historia de las Artes y las Letras en nuestro país, cuando se estudie el desenvolvimiento de nuestra vida intelectual durante los primeros cincuenta años de era republicana, nunca se insistirá bastante en citar y alabar estos viveros de cultura, que surgidos precisamente en esa etapa, debieron su existencia eficaz, su permanencia vigorosa, a leves y suaves manos femeninas.
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Por eso entraña una especial significación, una graciosa fineza, como diría sor Juana Inés de la Cruz , el hecho de que sea también una mujer la que signe con su nombre secular el Día de las Artes y de las Letras en Cuba. En Gertrudis Gómez de Avellaneda, se rinde tácito homenaje a las generaciones de mujeres que han venido después, no sólo con la creación de la obra artística o literaria, sino lo que es más importante, con el respeto, el amor, la conservación de la obra de los demás, que es en definitiva lo que ha salvado siempre la cultura en sus trances más arduos, y ha hecho posible su trasmisión a la posteridad como herencia, la más preciosa y legítima.
Yo sé que mientras desgrano en el aire –y un poco al desgaire– esta espiga de un símbolo, alguno de los que me escuchan, más generosamente ansioso de cultivo y lustre para estos menesteres del espíritu, andará pensando que pobre cosa es un día como ofrenda, y |
que inútil si con él se pretende dotar al buen propósito, de vínculo o de vía.
A ése que tal piensa, yo le diré: Amigo mío, aunque se resientan los más elementales principios matemáticos, un día es más que muchos días. Muchos días no son nada, y un día puede ser mucho.
En esto de los días, sucede como con el amor: Hay más amor en un solo amor que en muchos amores. Y es que en muchos amores, como en muchos días, el corazón se gasta vanamente.
Nada serio, trascendental, perdurable, se hace en muchos días, porque ello requiere siempre muchos años.
Tampoco se produce en muchos días el chispazo genial, la súbita revelación; un día, la hora de un solo día, bastan para lograrlo y por el contrario, si esa hora se deja pasar, o se prolonga en otras más su logro, ya no se logrará nada o resultará cosa distinta.
Por todo lo cual se ve, que ni el relámpago del genio, ni la serena luz de ese otro genio llamado por alguien, larga paciencia, son obra de muchos días. Muchos días no sirven para nada.
Un día de las Artes y las Letras no genera por sí solo una cosecha de Letras y de Artes, pero a la larga, la constancia en señalarlo hará pensar al hombre que su vida ha sido más bella gracias a los escritores y a los artistas.
¡Qué árido lugar de angustia y de cemento sería el mundo sin ellos! ¡Qué inútil la flor que nadie nos enseñó a contemplar, la misma que rompe el niño entre los dedos de su inconsciencia…! ¡Qué vacía la estrella vista con el telescopio, el amor sin otra dimensión que la satisfacción de los sentidos y la perpetuación de la especie!
El mismo oro por el que luchan los hombres, ¿para qué serviría, ausentes los que pueden darle sentido, alma y horizonte a los bienes que el oro proporciona?
El oro sin espiritualidad y sin gracia sólo puede conducir a las digestiones lentas, al tedio o al hastío; cuando no, al ocio corruptor, a la avaricia estéril o al afán de dominio desatentado.
Por eso muchas veces en la Historia , y hasta en la Historia de nuestros días, se ha visto a los pueblos vivir sin pan, pero nunca sin ideales. Y es justamente cuando éstos faltan, el instante en que se inicia más o menos lentamente la decadencia de las naciones y hasta de una civilización.
El hombre no es el ente sensual que quiere mostrarnos la filosofía materialista; por el contrario, aun cuando pone por delante sus sentidos, paréceme –a mí al menos– que lo hace para defender instintivamente el ánima de muchos embates y hasta para engañarla en otras muchas añoranzas que él mismo no sabría satisfacer, ni aún expresar.
Son los cultivadores del intelecto y del espíritu, los únicos capaces de olfatear los caminos borrados por la maleza.
Son ellos, los místicos, los artistas, los poetas, los que revelan a los demás, al solo resplandor de una palabra, de un trazo, de una música, el mundo mágico que todos llevamos dentro. ¡Cuántos pudieron verse en una frase mejor que en un espejo, y cuántos reconocieron en la expresión del sentimiento ajeno, la pena sin nombre, la dulzura escondida, el florecer de alma, que eran suyos!
La importancia de estos vigías en nuestra noche larga, puede juzgarse claramente cuando estamos viendo el interés cada vez mayor que los típicos conductores de masas ponen en las señales de sus luces, y como tratan de coordinar las manifestaciones de índole intelectual con la obra de sus gobiernos.
Naturalmente no atemperan ellos el mando a la cultura, sino que quieren atemperar la cultura al mando y esto lo consideran tan vital, tan decisivo para sus intenciones, que han llegado a extender su acción coercitiva hasta el canto del poeta, al mural del pintor, al estilo de una sinfonía…
Pero ahí es, señores, donde quiebra la autoridad desorbitada. Los regímenes que los hombres se inventan, imperan sobre los hombres, pero no sobre sus potestades intelectuales, sobre su indeclinable majestad anímica.
Ya en plena época de los monarcas absolutos, lo decía el poeta:
Al rey la vida y la hacienda
se ha de dar, pero el honor
es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios.
Cuando el gobernante conocedor de la transcendencia de esa zona, quiere también invadirla, perece la zona o perece el gobernante.
Esa es la tierra de nadie y la tierra de todos, y en ella sólo ha de reinarse por la verdad, por la belleza, por el supremo bien.
La inteligencia del hombre será siempre su arma más preciosa y los que aspiran a dominar el mundo lo saben muy bien. Y al decir aquí la inteligencia del hombre estoy comprendiendo en ella su función racional tanto como sus funciones psíquicas. En lo que hace a estas últimas, tan grave error puede ser coaccionarlas por avisados, como subestimarlas por ignorantes.
El pecado de esta generación ha sido olvidarse de su propia alma y ese olvido lo estamos ya pagando todos.
Mucho se habla y hasta se hace por las necesidades materiales de la humanidad, pero muy poco por las espirituales.
La tendencia es a sobornar o a desdeñar estas necesidades, nunca a asistirlas con desinterés y decoro.
Las gentes sienten una gran necesidad de echarse a la calle, aunque no sepan dónde ir, ni qué buscar.
Y no se suprime la necesidad, se provee de ella. Lo prudente no es decir al hombre que no necesite, sino acudir con el remedio de esta necesidad, decirle al menos el nombre, las señales, el precio de este remedio.
Esto es difícil, pero tengo para mí que la primera condición para lograrlo consiste en enseñarle a conocer, a distinguir, a elegir.
Y en lo que a esto se refiere, pienso que, hombre que sabe elegir, es hombre salvado. Tal vez todo el secreto de la felicidad, no ya de un hombre, sino de un pueblo, está en eso nada más, en saber elegir. Tal vez la raíz de muchos males propios y ajenos, venga de no haber aprendido a elegir con honradez y cordura.
Se pide cordura en las consecuencias, y nadie se cuidó de ponerla en los actos que antecedieron a esas consecuencias.
Que las letras –así en minúscula, pero las buenas letras– tienen que hacer en ello, es cosa clara y que las artes tendrán su participación cuando les corresponda, se deduce hasta de la misma contextura humana.
Los altos, finos toros dibujados en el techo de la cueva de Altamira, nos dan testimonio de una mano guiada –la vez primera acaso– por una necesidad más noble que la de rapiñar el condumio o la de manejar la maza. Para dibujarlos, acabó el hombre de erguirse, y dentro de él, el alma en alborada.
La arqueología puede reconstruir la historia, la vida de un pueblo, por la historia de su arte. Grecia, ¿qué cosa es hoy, sino su arte y sus letras?
Y en alas de la música ¿no vuelan los países por encima del mar?
“El Siboney” y “El Manisero” son dos criollos fabulosos que nos preceden en todos los viajes, dos horcones del mejor ocuje para colgar a todos los vientos la legendaria hamaca cubana.
Los poderosos de hoy serán mañana apenas un recuerdo. Que este recuerdo se agigante en el transcurso de los años o acabe de desvanecerse en ellos, depende claro está de sus obras, pero éstas a su vez dependen de los que han consagrado la existencia a registrarlas y a perpetuarlas. Porque el hombre es olvidadizo y necesita que alguien con la voz, con la piedra, con el corazón, le prolongue su presencia más allá de la muerte.
El sabio ve un mundo en una gota de agua, pero el poeta ve un cielo. Los demás no ven más que la gota de agua.
Y esa es la taumaturgia de su influjo, la gracia con que los toca el cielo misteriosamente.
Una inmanente vara de Moisés les cabalga en las manos, mientras la humanidad sigue su éxodo, hacia la ignota tierra prometida.
Referencias
(1) Comisión de Cultura de Pinar del Río: Dulce María. “El que no ponga el alma de raíz, se seca”, Ediciones Vitral, Obispado de Pinar del Río, 1997, 42.
(2) Ibídem, p. 91.
(3) Dulce María Loynaz: Del Día de las Artes y de las Letras. Conferencia, Editorial Letras Cubanas, segunda edición, La Habana, 2007, pp. 17-36. |
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