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Poesía Religiosa.
De los poetas que integraron el Grupo Orígenes fue sin lugar a dudas Justo Rodríguez Santos (1915-1999) el que mayor fidelidad manifestó hacia las formas métricas tradicionales y para demostrarlo basta su libro, de sugerente título, La belleza que el cielo no amortaja (1950). Además de entregarse a la elaboración de sonetos de factura irreprochable, alcanzó reconocimiento por la elevada calidad literaria de los numerosos programas radiales que escribió, entre ellos Teatro Experimental del Aire. Tras su partida definitiva de Cuba, en 1967, publicó otro notable libro de versos, Los naipes conjurados (1979).
Justo Rodríguez Santos
Por Jorge Domingo Cuadriello
 

A SAN JUAN DE LA CRUZ (1542-1942)

En esta noche oscura
que a desvalido sueño me sentencia,
mi soledad apura
lejana transparencia,
la luz remota donde va tu ausencia.

Sobre la rosa fría
de un inmenso silencio sosegado
oigo tu melodía
alzar al aire helado
cúmulos de frescor enamorado.

Oigo la iluminada
soledad de tu voz enardecida,
tu soledad callada,
tu soledad herida,
tu soledad junto al jazmín dormida!

Oigo, sí, el necesario
rumor que mana tu secreta fuente,
el rumor solitario
el rumor transparente
que pálido desciende de tu frente.

De trémulo rocío
mi ciudad sin estatuas se constela
y baja al árbol mío
el ángel que te cela,
la sombra de tu sombra centinela!



Dime, voz deslumbrada,
flor de diamante, pálido sonido;
por dónde vas callada,
de qué celeste nido
vienes por el nocturno conmovido?

Ah, silencio fragante,
nube de aroma por la sombra fría,
constelación errante
sobre la lejanía
de esta desamparada noche mía!

Desata tu fontana
en esta amarga tierra del desvelo
y acerca a mi ventana
que va cubriendo el hielo
la silenciosa llama de tu cielo.

Desvéleme la clara
flor que tu aliento enciende e ilumina,
para soñar y para
abrir en la neblina
la vena de una sangre cristalina.

Oh, sí, Cielo, gobierna
mi alma en la noche tenebrosa, oscura,
y abre la luz eterna
en donde ya fulgura
el lucero sin mi de la Hermosura.