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Un nuevo año comienza. Nuevas tecnologías.

Nuevos acontecimientos globales. Pero, ¿una vida nueva?, ¿un hombre nuevo?, ¿nuevo desde lo esencial y no desde lo fugaz? Pensar en esto de la mano de Dios y el recuerdo de las frases con que Carpentier reflexiona casi al final de El reino de este mundo desde su entrañable Ti Nioel, me han ayudado a hacer síntesis ante la aventura de un naciente 2009.
 
En el reino de este mundo se defiende más la muerte que la vida.

“Lo opuesto a la fe no es la herejía, sino la indiferencia.”

En el reino de este mundo
Por Giancarlo Medrano Pérez

“Lo opuesto a la fe no es la herejía, sino la indiferencia.”

“¿Dónde está Dios?” La pregunta se la han hecho cientos, miles, quizás millones de Ti Noeles de todos los tiempos ante las más diversas situaciones de la vida, sobre todo, ante aquellas en que se roza el límite de lo humano y el propio sentido vital es puesto en entredicho; cuando la Fuente de todo sentido, de toda existencia, se torna nebulosa, poco visible. La tentación a negar Su presencia en todo eso que nos remueve el corazón, en todo aquello que duele hasta los tuétanos y ensombrece el alma, está a la vuelta de la esquina. Es entonces cuando el fantasma de la noche asoma su cabeza y mira con curiosidad los reinos del hombre.

En el reino de este mundo se defiende más la muerte que la vida. Se diga más explícitamente o no. Ahora, al asesinato del no nacido lo llamamos “interrupción”, “derecho”. Al quitar de en medio al anciano moribundo y que se ha vuelto molesto, “buena muerte”. Al encerramiento del hombre sobre sí mismo, al culto del yo por el yo, “libertad”. Al olvido de lo trascendente, “estar con los pies en la tierra”, “ser realista”. ¿Hay lugar para la Fe ?

En el reino de este mundo hay guerras. Miles mueren cada año masacrados por otros tantos que vienen a invadirlos (perdón, visitarlos ) con las mejores intenciones, en nombre de la civilización y los derechos humanos. Otros mueren a manos de sus propios coterráneos, tan preocupados por la pureza étnica y religiosa que olvidan que el que pisan es el rostro hermano. En medio y ante todo esto aparecen los mesías de todo signo y color. Cada uno con su propio paraíso terrenal de bolsillo. Mientras tanto, océanos de tinta periodística y fotos exclusivas de rostros ya inertes. Divertimentos verbales de los poderosos que se dan el lujo de opinar, sugerir. Pero eso sí, promesas, chorros de promesas. Curiosamente, no sé por qué, lo prometido se demora, no llega. ¿Hay lugar para la Esperanza ?

En el reino de este mundo el amor se ha vuelto un chiste. Algo hueco, vano, vacío. Algo que se vende y se alquila. Algo que no perdura ni llena. Algo que, frente a la conveniencia, la desconfianza y los materialismos de moda, ha quedado como un nostálgico recuerdo, colgado en el armario interior, pero no más. A lo sumo, placer o búsqueda de la propia realización personal, pero no más. ¿Hay lugar para la Caridad ?

¿Qué podría yo responder ante todo esto? ¿Podría permanecer indiferente? ¿Impasible?


Diluido entre la multitud de la guagua y mirando a la embarazada que no da más de pie, pisoteado en la acera por los devotos de la diosa prisa, aturdido en la madrugada por la música a todo volumen de mis compartidores vecinos del solar de enfrente, me hago a mí mismo aquellas preguntas: ¿Dónde está Dios? ¿Hay lugar para la Fe , para la Esperanza , para la Caridad ?

Con una fuerza imparable, con una honda convicción, antigua y siempre nueva, me brota como un grito la respuesta: ¡Sí! Que me tachen de ingenuo, desaterrizado e idealista los filósofos, los amantes de las estadísticas y los expertos de todo tipo.

¿Dónde está Dios? Aquí, en el reino de este mundo. Aquí, sufriendo, amando, caminando a nuestro lado. Acompañando cada lágrima y cada risa. Con las manos siempre listas para levantarnos, para no dejar que nos hundamos en el mal. Alentando lo mejor y más bueno que nos ha
dado como don. Dándonos, como Padre que es, las fuerzas que no podemos darnos a nosotros mismos para vivir en “la concreta” sin amarguras ni quejas estériles. Invitándonos a crecer continuamente, a no conformarnos con lo ya hecho y a apostar siempre por el bien. Esperándonos en el pobre, en el olvidado, en el diferente a nosotros (y no por eso enemigo), en el que se atomiza en los afanes y luchas cotidianas. Aun en el que no cree que Él exista y tenga algo que decirnos. Aun en el que ha cerrado su corazón al mayor Bien.

Dios está aquí, en el reino de este mundo, pero sin dejar también de estar allá, en el horizonte que nos espera como plenitud. Horizonte que, a la vez, ya está de algún modo llegando a través de todos

En el reino de este mundo hay guerras. Miles mueren cada año masacrados por otros tantos que vienen a invadirlos
Dios está aquí, en el reino de este mundo, pero sin dejar también de estar allá, en el horizonte que nos espera como plenitud.
En ellos, la Fe , la Esperanza y la Caridad toman cuerpo y rostros concretos.
En aquel momento, vuelto a su condición humana, el anciano tuvo un supremo
instante de lucidez. Vivió, en el espacio de un pálpito, los momentos capitales de su vida, volvió a ver a los héroes que le habían revelado la fuerza y la abundancia de sus lejanos antepasados del África, haciéndole creer en las posibles germinaciones del porvenir. Se sintió viejo de siglos incontables.

Un cansancio cósmico, de planeta cargado de piedras, caía sobre sus hombros descarnados por tantos golpes, sudores y rebeldías.
 

[…] la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es.


En imponerse Tareas.
En el reino de los Cielos
no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término,
imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite.


Por ello, agobiado de penas
y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en
el Reino de este Mundo.

los que trabajan porque ese Reino, hogar y patria final de la familia humana toda, se vaya construyendo aquí y ahora. Esos hombres y mujeres que se han abierto al Misterio, aunque no lo entiendan del todo (¿acaso es posible?). Esos muchos santos anónimos e “intrascendentes” que no son noticia, pero que difunden por donde pasan aquella Buena Noticia que echa fuera todo lo que no es amor. En ellos, la Fe , la Esperanza y la Caridad toman cuerpo y rostros concretos. Y aquí sí que está, vivo y palpable, lo real maravilloso que todo lo trasciende y nos abre a un futuro cada vez mejor.

Y al final, en el Reino del Padre, en el Reino de los Cielos (sin nubecitas rosa ni aburrimientos eternos), nos sentarán, si lo conquistamos en esta vida con ayuda de Su gracia, al lado del viejo Ti Noel que, con su ancestral picardía africana y riéndose de lo lindo de nuestras versiones, nos contará de modos nada carpenterianos, otras historias sobre los reinos de este mundo.