Hace tiempo, hace tiempo, repito, que no tratamos algún filósofo de los primeros, de aquellos de la gloriosa época griega cuando dominaba el saber y la cultura. Pues vamos hoy por uno de ellos, PROTÁGORAS, de finales del siglo V antes de Cristo o principios del IV , paisano de Demócrito. En su tiempo se construyó la célebre Acrópolis de Atenas. Vamos a ver si le gusta lo que él dijo. Pero ¡cuidado!, nunca hay que tragarse a la primera lo que otros digan por mucha fama que tengan, se crean muy importantes o tengan mucha influencia social. Se les escucha o lee con respeto, se piensa y repiensa lo que dicen o escriben, se coteja con la vida y la propia experiencia y luego, entonces sí, se toman las decisiones que uno crea más justas y auténticas para la propia vida y para el bien de la sociedad.
Por aquel tiempo el relativismo (no hay verdad absoluta) y el escepticismo (si hay verdad absoluta, es imposible conocerla) se extienden y generalizan como actitud intelectual. Viene entonces este digno señor, don Protágoras, y lanza esta lapidaria frase: “El hombre es la medida de todas las cosas”. ¿Qué le parece, amigo lector? Es decir: el conocimiento es algo del sujeto, algo que se da en su mente, por lo que el hombre puede crearlo y presentarlo como mejor le acomode; es cuestión de habilidad. El que realmente sea hábil y sibilino será todo un señor Protágoras en formular tal o cual principio, cuyos resultados en su aplicación dependerán luego de quien tenga la sartén por el mango.
Y le hago un poco de historia para abrirle pistas: sin duda, uno de los logros más grandes conseguidos por los griegos fue la democracia. Aunque la realidad es que la democracia ateniense era una camarilla en la cual los ciudadanos, es decir, los que no eran ni mujeres ni esclavos ni extranjeros, no llegaron a ser más que una cuarta parte de la población. Entonces, eran unos pocos los que pensaban y los que creían hacerlo todo bien. Por cierto, según lo anterior ¿podría parecer también ahora que son unos poquitos los que ven las cosas como son o han de ser y las dicen, lo gritan o lo imponen? Pues si es así y nadie dice nada… luego no se me queje, amigo.
¿Qué no ocurre hoy en día en nuestro mundo globalizado o cerca de su casa? ¡Vaya usted a saber!, me responde, tímidamente. Pues pregúnteselo al vecino y dialoguen, dialoguen, que es el fruto de toda buena filosofía. Porque encontrar la contraseña para dar con la verdad es tener abierta la puerta a la felicidad. Y usted se la merece.
Nuestro filósofo de hoy y sus compañeros, a fuerza de enseñar todas las causas, y aun de lograr que sus alumnos triunfasen a veces con causas injustas, casi indefendibles, lograron que se extendiera entre ellos el espíritu escéptico, irónico hacia el concepto de verdad, y una fe ciega en el poder humano de convicción y en su habilidad dialéctica.
Protágoras fue, sin duda, el primer “sofista”. Para refrescarle la memoria le diré que los sofistas pretendían liberar al hombre de la ignorancia confiando en la razón. Todos los sofistas tienen en común, al menos, dos rasgos sobresalientes: entre sus enseñanzas incluyen un conjunto de disciplinas humanísticas (retórica, política, derecho, moral, etc.) y son los primeros profesionales de la enseñanza. Sin duda, tenían un proyecto bien definido de educación. Lástima que la mayoría de los sofistas se convirtieron en hábiles falsarios en lo que decían. Además, hasta lo que esa época había sido el libre y desinteresado ejercicio de la más noble dedicación, se convirtió entonces en una actividad mercantil: cobraban por enseñar o, mejor aún, enseñaban para cobrar. Lo de siempre, ¿no?
Relativismo, todo es del color del cristal con que se mire, dicen unos; la moda o la utilidad es hoy en día la medida de todas las cosas, dicen otros. ¿Para desanimarse? No, hombre, no. Más razón para buscar y dar con el password que nos abra la puerta a la verdad y disfrutar con ella. Y qué suerte para nosotros, los cristianos, que sabemos el atajo para encontrarla, ya que fue el mismo Jesús, Maestro divino, quien nos dijo que, además de ser Él el Camino, era también la Verdad para la Vida. |