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De la maldad y sus personajes

El hombre y los productos de su creación se parecen a su época o, por lo menos, son explicados por ella. Los personajes vienen casi siempre a completar las insatisfacciones de unos creadores, a los que el mundo les resulta demasiado estrecho e insuficiente. El verdadero demiurgo no se contenta con las sombras engañosas de la caverna platónica y, conocedor de la crueldad posible que persigue a los que frecuentan la verdad, asume la concepción de una criatura a la que pueden quemar, golpear, demeritar, y aún así, continuará intacta: un personaje.



por María Nela Hernández(*)
Dr. House

La influencia de las personas es menos preocupante que la de los personajes: la persona muerta pierde el control relativo de sus actos, el personaje no lo pierde jamás, incluso aunque antes haya sido persona. El tema, deliciosamente pirandelliano, puede servirnos para comprender o por lo menos explorar las interesantes consecuencias anímicas que provocan en nosotros algunos personajes contemporáneos.

Cuando la pantalla del televisor me recuerda esa película protagonizada por Spencer Tracy que es El hombre y la bestia , ya el año debutó con otra entrega cinematográfica de Hannibal Lecter, el sugestivo psiquiatra caníbal y nuestros hogares acogen de vez en vez la presencia de ese otro médico que nadie quisiera tratar pero por el que todo el mundo quisiera ser tratado: el doctor House. Los comentaristas cotidianos refieren las semejanzas entre el médico del serial y el taciturno detective de Arthur Conan Doyle, pero, si de orígenes se vistió el 2007, recordemos el parecido del personaje encarnado por Hugh Laurie con al menos otros tres doctores célebres: Víctor Frankenstein y los propios doctores, Jekyll y Hannibal Lecter. Probablemente resulte imperdonable esa mezcla insensata de grandes de la novela gótica con aventureros del best seller , pero hay cierta analogía entre estos hombres que sacrifican valores socialmente estimados en una feroz idolatría de la perfección y el conocimiento. Padecen una maldad que no se justifica, pero que se explica, con todo y algunos aburridos fundamentalismos.

Hay momentos en que las cuestiones éticas rozan el límite imperceptible y soberbio que divide al hombre de la bestia. Esos son los que tocan cuestiones trascendentes que van más allá de los tontos criterios dicotómicos sobre el bien y el mal. Hablamos de circunstancias que no son ni buenas, ni malas, que son simplemente grandes y sagradas.

Cuando el monstruo creado por Frankenstein le reprocha el haberse ocupado tanto del cuerpo y luego abandonarle sin tomarse demasiadas molestias por la formación de un alma, cuando House busca lo raro sin preocuparle demasiado la frecuente agonía de sus pacientes, cuando Hannnibal elimina a Benjamín Raspail porque su flauta provoca el estropicio de un concierto que sin él sería impecable, cuando todo eso sucede, el doctor Jekyll, vacila.
Con el mal, al menos uno sabe
que puede esperar algo peor;
pero el bien guarda siempre
una carta tentativa.


Los antihipocráticos, esos médicos casi siempre brillantes que no se detenían en su afán por el conocimiento de los secretos anatómicos, concebían el cuerpo como un material interesante. Eran y son personas que no se desmayan en los depósitos de cuerpos, hábiles cirujanos que subliman el uso inteligente de la cuchilla burdamente esgrimida antes por el bandolero. Recordemos Anatomía (Alemania, 1998. Director: Ruzowitzky, Stefan), protagonizada por Franka Potente o Al cruzar el límite , coprotagonizada por Gene Hackman. En esta última se acrecienta el dilema ético cuando un médico amantísimo de su familia y de conducta social impecable, cree justo usar cuerpos de personas vivas (vagabundos) para realizar investigaciones (implantes de médula ósea). Son películas que refieren la existencia de personas o grupos de personas para las que el cuerpo no es más que un embalaje sacrificable, un sistema complejo, un rompecabezas tentador. Lo del espíritu es pura reminiscencia envejecida.

Sin embargo, estos galenos semidiabólicos son presentados con un encanto y un atractivo desmesurados al estar sumergidos en un afán casi siempre encomiable: el conocimiento.

En contrapartida existen otros “ médicos”, de los que nadie se “ enamoraría”, tal es el caso de ese personajillo oscuro y vacilante (en Mi vida sin mí , de Isabel Coixet), víctima de la burla entre las enfermeras de turno, que no se atreve a dar de frente una mala noticia a sus pacientes. Este pobre galeno le regala un paquete de caramelos de jengibre a la muchacha enferma, en una negociación amable, que ninguna escuela fría del rapport positivista aprobaría.

El médico piadoso y considerado, preocupado por el dolor creciente de una vida finita, resulta bueno con esa bondad total a que aspiraron nuestros padres cuando éramos chiquillos intranquilos. En cambio, el encanto de estos médicos malvados que nos ocupan, está en la travesura y en el riesgo, en saber que pueden revelarse repentinamente como monstruos conservando la exquisitez del gesto, la precisión del trazo, el control absoluto de sus actos. Los matices y la paradoja constituyen lo auténticamente humano.

No existen, en verdad, los extremos de la pureza y el pecado. La persona pasa por fases y matices que la palabra no puede a veces alcanzar. No hay conversiones totales ni convencimientos absolutos. Recuerdo dos personajes descritos por Alejo Carpentier en sus crónicas de El Nacional : Violeta Noziere y Marie Beshard, la conversión del mal en teresismo; el bien atildado que enmascara el alma pútrida de una asesina que cabría perfectamente en el perfil de aquel maestro que, en un cuento de Guy de Maupassant, envenenaba a sus alumnos con caramelos aparentemente inofensivos.

Con el mal, al menos uno sabe que puede esperar algo peor; pero el bien guarda siempre una carta tentativa.

Están de moda los personajes polémicos, controvertidos desde el punto de vista ético, empedernidos misántropos, encantadoramente impasibles, sociópatas geniales, hábiles en el sarcasmo, gustosos del absurdo, que ven al mundo y a la gente como bestias lloronas a las que es necesario domesticar. El cinismo puede ser el recurso perfecto para asistir a un espectáculo donde los humanistas malcriados lamentan la crueldad de la nalgada. Y el cinismo puede ser perdonado cuando quien lo padece es imprescindible. Así lo explica Hannibal en el original literario de Tomas Harris. ¿Por qué no condenaban a la pena de muerte al médico caníbal en un país que no se toma tantas molestias para aprobar el ultimátum? Algo semejante ocurre cuando el oncólogo amigo de doctor House admite que, “ estadísticamente” el insoportable clínico es extremadamente útil, a pesar de sus vicios entre los que se cuenta un escepticismo estigmatizante.

Hay algo respetable en estos personajes. La voluntad del caníbal es exterminar lo grosero, lo burdo, lo que desentona y marchita la perfección del espectáculo. La voluntad de House es obtener un diagnóstico a ultranza en una profesión marcada por la urgencia: no precisa condolerse demasiado, el afecto excesivo podría empañar su oportuna visión del objeto. Pero Lecter jamás se burla, como tampoco lo hace House. Hannibal se ensaña, arma un circo grotesco y House asume con el seño fruncido ese humor oscuro ajeno a la sonrisa.

Hay cosas que no son ni buenas ni malas, que son sencillamente innecesarias: la palabra obscena deslizada en el oído de una dama, la nota discordante, el lugar demasiado común, el ruido

que perturba la escasa comunión de los hombres con su yo interior, la página arrancada a un buen libro en una biblioteca, la información que el paciente escamotea al médico intentando ocultar sus miserias anímicas.

El personaje está por encima de todo y de todos. Puede permitirse libertades éticas insospechadas. Se nos revela sólo en sus instantes y por ello, jamás padece las tristezas de lo rutinario, del acto infructuoso repetido infinitamente. Ningún libro y ninguna película, por documental que sea, por pegada a la vivencia que pretenda ser, podrá ocuparse de la repetición abrumadora que es la vida de un sujeto real. Eso no es arte. El arte y en sus márgenes el personaje, se hace de instantes aislados, de menudas o tremendas transgresiones. En ello radica el poder descomunal de los personajes.

Está muy de moda la preocupación por los efectos subliminales y casi siempre imprecisos que pueden tener el cine, la televisión y otros medios de cierto contenido audiovisual. El temor es inevitable. Un buen libro no lo leen demasiadas personas y casi todas las que lo leen, o sea, están dispuestas a “ hacer el sacrificio”, poseen ciertos recursos que les permiten “ filtrar” los matices éticos del personaje y asumir una consecuencia actitudinal mediata. Pero cuando el personaje se introduce en una pantalla o en una onda radial su efecto llega a personas para las que un símil y una metáfora son la misma cosa sin nombre.

El personaje de Tomas Harris ni siquiera emergió de un buen libro, pero se inmortalizó en El silencio de los corderos . Hace algún tiempo, un crítico cubano comentó que por hablar mal de El silencio de los corderos le arrojaron una botella en la calle. La situación tiene un delicado matiz real maravilloso, pero la botella de marras clasifica perfectamente en aquello que Hannibal excomulgaría.

La mayor parte de los sujetos humanos son incapaces de rebasar los límites de la imitación. La media de los individuos puede permitirse la identificación. Sólo un por ciento limitado de personas es capaz de asumir el asombro ante modelos ideales. Los comportamientos viscerales son los más susceptibles a la imitación.

Si una película tiene tal influencia, qué no diremos de un serial televisivo. El consumo de novelas y seriales ejerce un efecto casi opiáceo. Lo preocupante no es la pasión por la sabiduría o la elegancia, lo preocupante es que para la multitud gregaria… la crueldad es más fácil.

(*)Licenciada en Psicología.