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La historia parece repetirse
John Maynard Keynes.
John Maynard Keynes.
por Orlando Freire Santana

Cada día que transcurre en medio de la actual crisis económico-financiera que se abate sobre el planeta, me asalta más la impresión de que asistimos a un evento muy semejante al que estalló en 1929 y, en consecuencia, su conclusión pudiera ser parecida a la de aquel.

La especulación bursátil observada en Estados Unidos durante el decenio de los años veinte de la pasada centuria finalizó con el colapso del mercado de valores de New York hacia las postrimerías de esa década. De inmediato los bancos quebraron y el dinero escaseó abruptamente, con lo cual disminuyó el ritmo de las inversiones en la economía real. Así comenzó la Gran Depresión que pronto se extendió a todo el mundo, con un nivel de desempleo que en algunos sitios alcanzó cotas excesivas. En 1932, el demócrata Franklin Delano Roosevelt accedió a la presidencia de Estados Unidos en reemplazo del republicano Herbert Hoover. El nuevo presidente, con su política del New Deal, se desmarcó de la estrategia liberal e involucró a su administración en los asuntos de la

economía, sentándose así las bases para el surgimiento del Estado de bienestar general. El soporte teórico para la superación definitiva de la crisis sobrevino en 1936 con la aparición del texto La teoría general sobre el empleo, el interés y el dinero, del economista inglés John Maynard Keynes.

Hoy, la desregulación financiera y el otorgamiento de créditos indiscriminados por parte de muchos bancos en Estados Unidos, provocaron que varios de ellos quebraran y fuera necesaria la intervención del gobierno para apuntalarlos. Con todo, la turbulencia en el sector financiero ha trascendido a la economía real, con altos índices de desempleo, caída de las exportaciones y contracción de la actividad económica en general. El fenómeno se extendió también a las principales economías del mundo, y ya amenaza con tornarse global. Quiso la Providencia que en medio de la crisis, tal y como aconteció antaño, un político carismático llegara a la primera magistratura de Estados Unidos. Barack Obama semeja ser el Roosevelt de nuestros días, un hombre que sólo con su palabra y las medidas anunciadas para rescatar a las entidades insolventes, les ha devuelto la confianza a muchos norteamericanos; un sentimiento muy erosionado durante la era Bush. Y sabemos perfectamente que la confianza es un elemento clave en la prevención o la salida de una crisis económico-financiera.

La pasada Cumbre del G-20 celebrada en Londres constituyó una muestra fehaciente de la simpatía que despierta Obama también en el plano internacional. Él fue la estrella reluciente en esa reunión, no solo por ser el representante de la primera potencia mundial, sino debido a la expectativa que se había creado –y que al final no defraudó– en torno a su atrayente personalidad. Frente a la propuesta de Nicolas Sarkozy y Angela Merkel de transformar radicalmente el sistema financiero internacional, incluyendo a las principales entidades que lo sostienen, el presidente Obama –secundado por el primer ministro británico Gordon Brown– impuso el punto de vista de insuflar más fondos a los presupuestos del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en aras de paliar la crisis. Una razón adicional para enarbolar el criterio del éxito alcanzado por el poder de convencimiento de Obama, pues para nadie es un secreto que ambas instituciones son responsabilizadas de haber contribuido en gran medida a la debacle financiera. Lo cierto fue que, si la comparamos con el pesimismo que había caracterizado el encuentro de Davos tres meses antes, la cita de Londres concluyó con un optimismo renovado en la posible y relativamente pronta solución de ese trance.

Muchas veces se ha insistido en que la Historia sirve, entre otras cosas, para que no repitamos los errores del pasado. Semejante acertijo debe de haber incidido en la decisión de los mandatarios congregados en Londres de oponerse a las políticas proteccionistas. El catedrático Robert Pollard, en su texto La seguridad económica y los orígenes de la Guerra Fría (1945-1950) , recoge unas palabras expresadas en 1945 por el entonces secretario asistente de Estado de Estados Unidos, William Clayton: “Las naciones que actuaban como enemigas en el mercado, no podían ser amigas mucho tiempo en la mesa de negociaciones”. 1 Es decir, la crisis de 1929 aceleró el advenimiento del nacionalismo económico, tras lo cual muchas naciones cerraron sus fronteras a las mercaderías provenientes de otros países. En ese contexto se exacerbaron las tensiones internacionales, y la escena quedó lista años más tarde para la irrupción de la Segunda Guerra Mundial. Ahora, tal y como aconteció al término del conflicto bélico al establecerse el sistema de Bretton Woods, los líderes mundiales convinieron en que liberar de obstáculos al comercio internacional es la mejor garantía para el mantenimiento de la concordia entre las naciones.

El propio Carlos Marx había recalcado acerca del carácter cíclico de la economía capitalista. O sea, a un período de crisis le seguiría otro de auge y viceversa. Cierto que también el pensador prusiano predijo la sustitución de ese modo de producción por la sociedad comunista; una metamorfosis que siglo y medio después aún no se ha producido. Entonces parecen demasiado festinadas las apreciaciones de ciertas
Carmelo Mesa-Lago.
Carmelo Mesa-Lago.  

fuerzas de izquierda que vislumbran la actual crisis como la hora final del capitalismo. Es muy probable que la vigente tendencia neoliberal dé paso a una ola socialdemócrata o de corte neokeynesiano, en la que los Estados asuman un protagonismo mayor en los asuntos económicos. Después, a no dudarlo, la obstinada teoría clásica, a lo Adam Smith, podría reverdecer sus laureles.

Pero el ciclo económico no solo ha sido consustancial al capitalismo. Un vistazo a la economía cubana en estos años de Revolución nos convence de que aquí ha sucedido otro tanto. Carmelo Mesa-Lago en su libro Economía y bienestar social en Cuba a comienzos del siglo XXI , 2 aduce la existencia de seis ciclos en el lapso comprendido entre 1959 y el año 2003. Generalmente a cada fase idealista o antimercado le ha seguido otra pragmática en la que se usaron algunas que otras palancas del mercado. Así, a los dos primeros momentos idealistas–1959-1966 y 1966-1970, de erosión del mercado y radicalización del modelo guevarista, respectivamente–, le siguió el período pragmatista 1971-1985, en el cual, aunque de forma tímida, fueron aplicados ciertos mecanismos del sistema de cálculo económico, entonces vigente en la denominada comunidad socialista. Después, durante el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas (1986-1990), vivimos otra etapa idealista que sirvió para retomar la figura algo olvidada del Che Guevara. El período especial en tiempo de paz, tal vez el ciclo pragmático más fuerte, introdujo en la primera mitad de los años noventa una serie de medidas audaces que hicieron pensar a algunos –sobre todo en el exterior– que la isla transitaba por un sendero sin retorno en pos de reformas pro mercado. Sin embargo, a partir de 1997 presenciamos un regreso del idealismo con la paralización o desaceleración de las reformas.

Comoquiera que la historia también podría repetirse entre nosotros, esperamos que en un futuro cercano el pragmatismo se enseñoree en nuestro firmamento económico, máxime si consideramos la tendencia hacia esa estrategia que muchos aprecian en la nueva jefatura del Estado. Algunos indicios –aunque no todos los que desearíamos– apuntan en ese sentido: la entrega en usufructo de tierras ociosas a quienes deseen trabajarlas, así como cierta intención de ampliar el marco para la inversión extranjera. La perentoriedad de esto último vendría dada por la propia praxis económica, pues los sectores que más han crecido en los últimos años (el níquel con los canadienses y el turismo con los españoles) son aquellos que han recibido inversiones extranjeras y tenido acceso a innovaciones en las áreas tecnológicas y empresariales. En síntesis, nuestra economía precisa de la utilización de un número creciente de palancas del mercado. La experiencia indica que los períodos pragmáticos han servido para alcanzar las mayores cotas de bonanza o sacar la economía de crisis insondables.