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por María del Carmen Muzio
Sherlock Holmes

Los amantes del género policial, y en especial de los clásicos del mismo, seguro están disfrutando la reciente publicación de, al parecer, las obras completas del famoso detective inglés Sherlock Holmes. La Editorial Arte y Literatura publicó Sherlock Holmes. Sus aventuras, del escritor Arthur Conan Doyle, el creador del mítico personaje. La obra, concebida en tres tomos, cuenta con sesenta de las historias que lo hicieron famoso.

Aparece desde la primera historia, “Estudio en Escarlata”, donde se conocen el doctor Watson y Holmes, necesitados de alquilar una casa en común, en la famosa Baker Street 221 B, hasta “El último saludo”, diríamos que la más actual, ya en 1914, en que Sherlock, quien se encuentra retirado, dedicándose al estudio de la apicultura, sale de su plácida vida para ayudar al gobierno inglés en un caso de espionaje alemán.

Los lectores cubanos conocíamos parte de estas narraciones por algunas publicaciones de una selección de las mismas, pero hasta el momento no se contaba con la totalidad de ellas. Si no fuera porque en el último tomo, en unas palabras finales que dirige el autor a sus lectores, explica que “hace treinta y nueve años, se ha producido una serie ininterrumpida, que cuenta ahora con no menos de cincuenta y seis historias, reeditadas en Las aventuras , Las memorias , El regreso y El último saludo , y ahí quedan estas doce, publicadas durante los últimos años, y recogidas aquí bajo el título de El archivo de Sherlock Holmes ”, (1) pensaríamos que las tenemos todas, pero una simple cuenta matemática nos lleva a percatarnos de que nos faltan ocho.

en La Habana
Sherlock Holmes en La Habana

No obstante, esta edición nos ofrece una cantidad suficiente como para acercarnos a las extraordinarias aventuras de estos dos personajes famosos, llevados en innumerables ocasiones al cine.

Una de las primeras cuestiones que salta a la vista es que Watson no es el médico torpe que muestran en los filmes; al contrario, es un fiel y gran ayudante de Holmes, que a medida que avanza su amistad, va adquiriendo las características de observación - deducción –las que Umberto Eco llamaría después abducción en distintos ensayos que escribió sobre estos personajes. En más de una ocasión, Holmes le dice a Watson que está progresando, y lo felicita, además de enviarlo a cumplir ciertos encargos investigativos cuando él no puede abandonar Londres.

En el primer tomo es de destacar la conocida narración “Escándalo en Bohemia”, donde aparece Irene Adler, digna adversaria del detective, y única mujer por la que Sherlock Holmes siente cierta admiración, ya que él mismo confiesa muchas veces que es incapaz de enamorarse: “Pero el amor es una cosa emotiva, y todo lo emotivo es contrario a la razón pura y serena, que yo valoro por encima de todo lo demás”. (2)

En el tomo dos aparece la conocida noveleta “El sabueso de los Baskerville” y culmina con “El problema final”, relato donde desaparece Holmes del mundo de los vivos al caer junto con su gran enemigo, el profesor Moriarty, por un despeñadero. Sin embargo, como es conocido, fue tanto el clamor del público seguidor de estas historias, que a Arthur Conan Doyle –quien pretendía renunciar a seguir escribiéndolas– no le quedó más remedio que buscar la manera de “resucitarlo”.

Es así que el tomo tercero comienza con “La aventura de la casa vacía”, en la que vuelve a aparecer el genial detective, hasta la última, en que los amigos se involucran en un caso de espionaje, vísperas de la Primera Guerra Mundial.

La mayoría de las historias son contadas por Watson, sólo en las últimas hay dos narradas por el propio Holmes, “La aventura del soldado de piel descolorida” y “La aventura de la melena de león”. En “La aventura de la piedra de Mazarino”, a Doyle le resulta más necesario un narrador en tercera persona.

Es llamativo los juegos que hace Conan Doyle con sus mismas narraciones, cuando pone en boca de Holmes críticas a sus trabajos por considerar que fabula demasiado los casos y no le da importancia suficiente a las labores de deducción. El propio Holmes lo manifiesta:

“Las ideas de mi amigo Watson, aunque limitadas, son sumamente pertinaces. Durante mucho tiempo me ha estado incordiando para que escriba yo mismo uno de mis casos. Puede que la culpa de este acoso la tenga yo, ya que a menudo le he hecho notar lo superficiales que son sus relatos, acusándolo de satisfacer los gustos populares en lugar de ceñirse estrictamente a los hechos y las cifras.” (3)

Aquí muestra Doyle no sólo su sentido del humor, sino el hecho de no considerarlos una “literatura seria”, ya que le molestaba ser más conocido por estas historias que por otros libros que había escrito. Pero la fama, al igual que el título nobiliario de Sir que le concedió la Reina , lo debe a la creación de su personaje de Sherlock Holmes. Además, este juego con el lector, es algo muy propio de la literatura actual, sin embargo, observamos que ya él lo utiliza en los finales del siglo XIX .

Otro aspecto interesante que tienen sus narraciones son muchas de las sentencias breves que coloca en boca de Holmes como: “No tiene importancia alguna lo que usted haga en este mundo [...] La cuestión es lo que puede usted hacer creer a los demás que usted ha realizado” (4) ; “En los ojos de una mujer hay una luz que habla con mayor claridad que las palabras” (5) ; “La grandeza del hombre está en su capacidad de percibir su propia pequeñez” (6) ; “Si después de esta vida no existe algún tipo de compensación, entonces el mundo es una burla cruel” (7) o “En un mundo impaciente, el ejemplo del que sufre con paciencia es la más preciosa de las lecciones”. (8)

En “El signo de los cuatro” que aparece en el segundo tomo, la clienta de este caso se convertirá al final en la esposa de Watson. Las narraciones posteriores nos muestran a Watson separado de Holmes pero ayudándolo de vez en cuando en sus aventuras. Pero en la tercera parte, cuando reaparece Holmes, Watson ha enviudado y vuelve a mudarse a Baker Street.

Es conocido que Arthur Conan Doyle se inspiró en un profesor de Medicina que conoció, quien aplicaba los métodos deductivos que después le atribuyera a su personaje. Así, el detective es capaz de asombrar a su compañero cuando puede descubrir lo que está pensando y contestarle siguiendo la línea del mismo. Después es capaz de mostrarle con su método deductivo cómo se dio cuenta.

— Me siento inclinado a pensar... –dije.

— Yo que usted lo haría –comentó Holmes, en un tono impaciente.

Me tengo por uno de los mortales con más aguante que existen, pero reconozco que me molestó aquella interrupción sarcástica.

–De verdad, Holmes –dije muy serio–, a veces se pone usted un poco cargante. (9)

En más de una oportunidad, el detective plantea no seguir revelando el curso de sus deducciones porque después no le dan importancia al valor que estas tienen. O Watson tiene que esperar años para contar la aventura por discreción hacia los implicados en el caso. Otra de las características del genial personaje es que realiza sus investigaciones en ayuda a Scotland Yard pero, con total desprendimiento, no le interesa que su nombre aparezca en los periódicos. También, su facultad para disfrazarse en el curso de las mismas, o su amor por la música clásica y por el violín, al que le dedica horas cuando está absorto en un problema.

Algunas historias resultan más desiguales que otras, o más extensas, pero siempre captan la atención y el interés del lector. Y no sólo es ese uno de sus grandes méritos, sino la facultad de Conan Doyle para recrear ambientes, personajes, todo bajo la niebla o la lluvia londinense.

No por gusto Eco en su magistral novela El nombre de la rosa nombra a su detective Guillermo de Baskerville en un claro “guiño literario”. Estos dos personajes, Holmes y Watson, han pasado al imaginario universal, que aún los busca en la inexistente dirección de Baker Street 221 B donde actualmente hay un pub , o en las páginas de un libro con sus inolvidables aventuras.

Notas:

(1) Conan Doyle, Arthur: Sherlock Holmes. Sus aventuras , Editorial Arte y Literatura, La Habana , 2007, tomo III, p. 686.
(2) Ibídem, “El signo de los cuatro”, t. II, pp. 163-164.
(3) Ibídem, t. III, p. 559.
(4) Ibídem, t. I, p. 128.
(5) Ibídem, t. II, p. 255.
(6) Ibídem, t. II, pp. 100-101.
(7) Ibídem, “La aventura de la inquilina del velo”, t. III, p. 193.
(8) Ibídem, t. III, p. 194.
(9) Ibídem, “El valle del terror”, t. I, p. 461.