El texto a continuación será publicado en dos partes, o sea, la primera en la sección Apostillas de junio, y la segunda en la de julio-agosto. Todo él depende de una de las secciones de mi libro Pomoción humana REALIDAD CUBANA Y PERSPECTIVAS, escrito originalmente como conferencia en el año 1994 para la Segunda Semana Social ( La Habana , 17-20 de enero de 1994). En 1996, el texto completo, con “prólogos” de monseñor Marcos McGrath (†) –entonces arzobispo emérito de Panamá–, Jorge I. Domínguez y Frank G. Thomson –ambos profesores en la Universidad de Harvard (Boston, Estados Unidos)– y comentarios míos, fue publicado en Caracas. Ahora preparo una segunda edición revisada, pues tal texto requiere la mirada y el análisis de hoy. O sea, una revisión: las cosas en Cuba han cambiado en quince años y mis apreciaciones, también. Por mi parte, he tratado de aprender a señorearme y señorear mi entorno. En ocasiones me parece que lo he logrado; en otras, considero que no muy claramente. Hay hechos que, arremolinándose, han intentado y casi han logrado, transitoriamente, quebrar el señorío sobre mi persona y mis cosas; me han brujuleado, pero no me han podido vencer, aunque no me ha resultado fácil salirme de los embrollos causados y mantenerme siendo quien soy. Mi vida, la reciente y la más distante, ha sido así, aunque la más reciente –resultado del timoneo recio en tiempos de tormenta– es más calva, canosa, arrugada y muestra muchas cicatrices, pero es más serena. Estas “Apostillas” no son otra cosa que el resumen de la segunda parte de la eventual nueva edición de mi obra original revisada, titulada, como en la primera: “La más incierta aventura”. Al abordar el tema que nos ocupa, me parece que puedo dar por sentado, en primer lugar, que mis lectores aman a Cuba y desean permanecer implantados en ella porque la identifican como su Patria: es decir, como la Tierra de sus Mayores y como su Hogar, su Casa ( Motherland , Country y Home en inglés; Vaterland , Heimat y Heimstätte en alemán; Terra degli Avi y Focolare en italiano; Mêre Patrie , Pays , Foyer des Ancêtres en francés). Doy por sentado también que consideran que Cuba no es el país que está en la mejor situación integral en el mundo contemporáneo, pero que tampoco es el peor, y tiene condiciones que le permitirían mejorar si, para lograrlo, nos empeñáramos todos por caminos correctos. Esa posibilidad es la que estimula hoy mis ensoñaciones o anteproyectos personales. No vienen de la cabeza y el corazón de un profesional de la economía, la sociología, la política u otra ciencia social afín. Vienen de lo más íntimo de un cubano que es sacerdote católico, cuyas dos pasiones, inseparables, son Cuba y la Iglesia. Pasiones articuladas al menos desde la adolescencia; si es que no vienen así, enyuntadas en el poso de mi alma, desde la niñez, formando parte de mi enseñoreo existencial dinámicamente sostenido.
1. Cuando pienso en Cuba y nuestra República, nacida el 20 de mayo de 1902 –y eso ocurre varias veces al día y todos los días–, en ocasiones evoco el pasado, que en buena medida he vivido y, de la otra época, en la que no he vivido personalmente, atesoro los recuerdos de muchos que fueron testigos de primera mano. Otras veces me descubro arropando proyectos y nostalgias de una futuridad mejor, es decir, del cómo deseo y veo que podría ser nuestra República: la casa Cuba, el Árbol Cuba, la Nave Cuba. Tanto con relación al pasado, como con relación al presente y al futuro, de manera perenne reviso, añado y suprimo. Supongo que esto depende de que todavía vivo porque Dios lo ha querido así. Mi rumia cubana siempre está en movimiento y se detendrá, espero, sólo con la muerte. En ocasiones, se me enrumba por algunos tópicos; en otras, por tópicos diversos. Unos y otros se me van integrando en la realidad mayor, nuestra Cuba, la que los abarca a todos, debido a la cual, trato de limarlos para suprimirles las asperezas y mejorarles, a mi entender limitado, los engranajes del pasado con el presente y hasta donde sea posible, con el futuro previsible, así como los que deben ser engarzados en las distintas simultaneidades. Consciente estoy de que mi pensar, sentir y obrar acerca de todo ello, siempre serán incompletos. Recordando aquel 20 de Mayo, el de 1902, el primero, comparto con mis lectores de hoy algunas imágenes que contemplo como compatibles con los sueños de nuestros mayores en el siglo xix y con los de quienes vivieron en aquel 20 de Mayo, el primero, y me contaron, una y otra vez, cómo había sido todo, cuáles fueron las ilusiones y las frustraciones natales, así como preguntas sin respuesta clara en aquel entonces.
2. Pensando en hombres y mujeres de fe –que son los lectores habituales de las “apostillas”–, puedo decir que cualquier esbozo personal, o, con mayor razón, si se tratase de un anteproyecto o proyecto de promoción humana para Cuba, en el que participasen cristianos –y tendrían que participar desde el ruedo, no desde las gradas–, debería tener en cuenta, en lo que de ellos dependa, de la mirada de Fe, que no excluye otras miradas, sino que dialoga con ellas, para llegar a acuerdos sobre las bases de una antropología y una sociología sanas.
3. Esa ensoñación o anteproyecto, elaborado sobre la base pluralista de nuestra sociedad, asumida con actitud de diálogo, debería incluir la apertura de la sociedad al anuncio explícito del Evangelio, a su puesta en práctica y a su inserción en las coordenadas por las que discurre la vida de toda persona, o sea, del Evangelio como proposición, no como imposición, y a la vivencia cristiana como posibilidad, sin exclusiones sociales. A todos, sin excepción, está dirigido el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, pero no a todos ha llegado o, quizás, sí ha llegado pero, en forma tal, que no ha sido asumido como lo que es: “buena noticia” ( euagg´´elion ) Los cristianos entendemos que en él encuentra la persona el mejor sentido a su vida y su mayor estatura humana. De ahí la obligación de presentarlo con la palabra y la acción evangelizadora, cuyo mejor “medio” debe ser siempre la Iglesia misma y la existencia de los cristianos.
4. Hoy no podemos o no deberíamos hablar de un “proyecto católico” unívoco. Hoy, en cualquier región del mundo, eso resulta algo impensable. Lo cristiano-católico puede entrar en proyectos de diverso tono sociopolítico y económico, pero elaborar, a estas alturas de nuestra historia, un “proyecto católico” equivaldría a perder el tiempo en un insano e inútil ejercicio mental. A no ser –y esto sí es una hipótesis válida– que un grupo de especialistas católicos elabore tal proyecto –o mejor, anteproyecto–, sabiendo que, en esos mismos términos, probablemente, no será aprobado por las instancias responsables, en ninguna de nuestras sociedades pluralistas, pero que podría introducir valoraciones, reflexiones, etc, en quienes son los responsables de semejante tarea. Además, no olvidemos que cualquier proyecto en este ámbito, nunca es definitivo, sino temporal. Lo que se apruebe hoy, dentro de un lapso de tiempo más o menos prolongado, deberá ser sometido a nuevas revisiones, con el fin de elaborar el proyecto de mañana. Las condiciones del mundo varían; las de cada sociedad concreta, también. La identidad de los gestores sociales, cambia junto con la identidad de los destinatarios de un proyecto que, en realidad, suele ser “definitivo” sólo para una generación o aún menos. Y esto ya sería un logro, que se puede alcanzar solamente si el proyecto ha sido ecuménico, abarcador, y está bien realizado. Pienso que siempre ha sido así en mayor o menor grado, pero hoy lo es en grado superlativo y de manera consciente; es decir, con una conciencia refleja.
5. Sabemos que aun entre personas de una misma fe religiosa, se da variabilidad lícita de los acentos y énfasis y, como consecuencia, hay una variabilidad de las opciones en el ámbito de lo cultural, socio-político y económico. Objetividad y subjetividad en interrelación inevitable, deseable y enriquecedora, sin que resulte fácil siempre delimitar con nitidez la frontera entre “lo objetivo” y “lo subjetivo”. Por lo tanto, aun compartiendo la misma fe católica y el mismo grado de adhesión a la enseñanza social de la Iglesia , no existe –y es normal que así sea– un proyecto único de promoción humana entre los católicos. La complementariedad –multiplicidad de lentes, de espejos, de imágenes y de realidades– es siempre enriquecedora. La Iglesia Católica no es un “movimiento social”, ni un “partido político”, aunque la ética de inspiración cristiana debe incluir proyecciones en el ámbito-socio-político. Cualquier proyecto de promoción humana en la sociedad contemporánea, radicalmente pluralista y planetaria, para que sea congregante y eficaz, no puede evitar el intercambio o confrontación dialogal con los creyentes de otras religiones, con los escépticos más o menos pragmáticos y, por supuesto, con los no creyentes y agnósticos de diversas tendencias. El abanico abarca desde el liberalismo individualista más silvestre, hasta el socialismo estatal más centralizado, tan centralizado, que llegue a menoscabar la dimensión individual de la persona, pasando por todos los matices intermedios. Un proyecto de promoción humana para un grupo relevante (nacional o regional) será tanto más eficaz (o sea, pasará del estatuto de proyecto al de realización) cuanto mejor consiga la concertación de voluntades presentes en el grupo contemplado. En nuestro caso, Cuba contemporánea, pluralista con relación a las diversas cosmovisiones y antropologías presentes en ella; complementarias e interdependientes unas veces, contradictorias o independientes otras. Lo cual no constituye excepción en el mundo contemporáneo. Negarnos a reconocer y a tomar en serio nuestra tela de araña, con todos los pingajos que la entrelazan, equivaldría a reducir cualquier proyecto promocional a papel y tinta, carente de proyección existencial. La cosa no es así. Construir en la realidad es mucho más complejo que escribir en un papel. Nos lo recuerda el poeta: “Vamos a hacer un mundo de verdad, con la verdad partida como un pan terrible para todos” (Cintio Vitier: “No me pidas”, 5 de noviembre de 1967).
6. Tampoco puede dejarse de lado nuestra condición mestiza y nuestra situación geográfica: “Tierra firme llamaban los antiguos a todo lo que no era isla. La isla, es pues, lo menos firme, lo menos tierra de toda la Tierra ” (Dulce María Loynaz, Poema Cl, en “Poemas sin nombre”; lo cito con mucha frecuencia). Leve, pequeña, frágil es “ecoló-gicamente” nuestra Patria. hijos de todas las regiones de España, y de África, de muchas las etnias diversas de este mágico continente, cuna de la estirpe humana. Tronco e injertos o, quizás mejor, simplemente, tronco hispano-africano que, a estas alturas de nuestra historia, ya ha sufrido e incorporado mutaciones en el tronco original, debido a la vitalidad de los injertos. No somos descendientes directos de vikingos, ni hablamos húngaro; ni somos vecinos de China, Japón o Corea; vivimos en una isla de regulares dimensiones, que no es uno de los islotes del Caribe, pero que tampoco es Gran Bretaña, Japón o Australia.
7. Nuestra realidad humana y geopolítica es la que es. No coincide, quizás, con la que alguno desearía, pero esa es y no otra. Se debe aceptar no como fatalidad paralizante, generadora de apatías, sino como punto de partida y como realidad dinámica, estimulante de las mejores creatividades, capaz de moverse hacia arriba y hacia adelante, pero según su dinamismo propio y sus reales posibilidades. No le pidamos al cocuyo que ilumine como un sol, ni al zunzún que vuele como el águila, ni al lagarto que adquiera propiedades de león. Ni viceversa. Como país, lo sabemos, estamos mejor simbolizados por el cocuyo, el zunzún y el lagarto que por los otros organismos mencionados.
8. Además, en cualquier proceso de integración armónica de las diversidades culturales, no olvidemos que “los mangos no deben madurarse con carburo”, pues perderían su buen gusto. En Cuba pienso, sobre todo, en el hecho de nuestro enriquecedor mestizaje, más que étnico, cultural. El inevitable discurrir del tiempo, la interiorización del fenómeno “mestizaje integral” en una dirección correcta, el soporte legal conveniente (lo más igualitario posible) y un trabajo educativo adecuado, ayudarán a la superación de los traumas de la esclavitud, institución que degradó al negro esclavizado o esclavista y al blanco esclavista y discriminador. No gratuitamente la llamó el padre José Agustín Caballero, en el siglo xviii , “nuestra mayor lepra social”. Debido a ella y a otros caracoleos de nuestra historia nacional, los discriminadores sí existieron y continúan existiendo en todos los grupos étnicos, a pesar de que todos los cubanos (blancos, negros, mestizos, chinos), gústenos o no, consciente o inconscientemente, estamos en proceso de dilución recíproca de la unicidad de cualquiera de las etnias que nos componen. Por consiguiente, lo nuestro, desde los orígenes, es el incremento progresivo de nuestro mestizaje peculiar, con muchas raíces, y precisamente en esta isla tropical que es Cuba..
9. La promoción humana integral no se reduce al factor económico, pero no puede ignorarlo. Todos los integrantes de la sociedad se interpenetran: “Es cierto que la sociedad no es sólo economía y que más que rectificaciones, ajustes o perfeccionamiento en el sistema de dirección de la economía, habría tal vez que hablar del sistema de dirección de la sociedad. De ahí la extraordinaria importancia que tiene en el plazo inmediato la estructuración de un dispositivo efectivo de control popular que opere sobre las decisiones, los procesos y los actores. Los objetivos de justicia social, equidad y calidad de la vida exceden a los patrones de la eficiencia económica” (“La economía cubana: los desafíos de un ajuste sin desocialización”, Aurelio Alonso, marxista, economista, sociólogo, pensador y amigo, en Economía cubana: ajustes con socialismo , escrito en colaboración con otro amigo, igualmente lúcido, Julio Carranza Valdés, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1994, p. 67). En la misma obra y en la misma página, Aurelio Alonso cita al doctor Carlos Rafael Rodríguez: “Sin economía sólida, todas las aspiraciones políticas y sociales se convierten en sueño utópico” (Conferencia inaugural del XVIII Congreso de la Asocia ción Latinoamericana de Sociología, La Habana , 31 de mayo de 1991). Se trata, pues, de lo económico realista, sólido, no de la pura ensoñación de un profesor aislado y asilado en una campana neumática, o de la caprichosa decisión de un burócrata de torre de marfil. A mi entender, así es como debe contarse con la economía, integrada en el tejido social íntegro como elemento imprescindible del proyecto social, para que este no se reduzca a humo volátil.
10. Independientemente de que ahora la situación económica se complica por la crisis mundial, a la que Cuba no es ajena, lo nuestro venía desde mucho antes. Quizás este no es el mejor momento para realizar cambios radicales, pero sí para pensarlos. Se pueden hacer ciertas previsiones acerca de la economía mundial, de las relaciones entre Cuba, la Unión Europea , los Estados Unidos, las grandes potencias asiáticas, etc. En principio, en este ámbito y en otros que tienen que ver con él, las cosas no suelen tomar de sorpresa a los estadistas. Lo cierto es que, desde hace años, la situación económica de nuestro País, no ha sido ni la deseada por el cubano medio –que juzga de la economía por el plato de comida que tiene delante, por el techo, la ropa, las ofertas de trabajo, el transporte, etc.– ni por los economistas que se ocupan de las cuestiones cubanas. Desde hace muchos años, escucho de ellos, cubanos y extranjeros, simpatizantes o no del proyecto cubano de sociedad, que Cuba, en este ámbito, requiere cambios sustanciales –no sólo de pequeñas mutaciones para “ir tirando”–, para que nuestro País adquiera un estándar de vida generalizado aceptable. ¿Cuáles son esos cambios? ¿Pueden realizarse sin renunciar a la orientación socialista de nuestro País? ¿Sería necesario llegar a una nueva especie de socialismo con injertos de capitalismo en algunos sectores o a una nueva especie de capitalismo con correcciones de tonalidad socialista? Yo no sé porque no soy economista, ni politólogo que pueda discernir la articulación entre la economía y el sistema sociopolítico vigente u otro que debería ser muy bien elaborado, para que no fallen las vertebraciones. Lo que sí sé es que es necesario pensar, pero no deberían tardar mucho tiempo en hacer y, hágase lo que se haga, no debería concentrarse exclusivamente en índices nacionales de inversiones, de capital, etc. No podría dejarse a un lado la cuestión capital de la distribución, de manera tal que no falte ni la comida en el plato, ni el techo bajo el cual dormir, ni la educación adecuada, ni la suficiente atención a la salud, ni las ofertas razonables de trabajo, etc., sin pretender excesos. O sea, que no falte lo necesario para poder vivir con decoro en nuestra Casa, sin que una exclusiva motivación económica funja como justificante de tan numerosas emigraciones que diezman a nuestra Familia y nos parten el corazón. ¡Ni queremos ni podemos continuar prescindiendo de cubanos de buena entraña! Las mareas del tiempo que pasa y muchas medidas que cambien las reglas del juego serán necesarias para que se cierren las heridas de tantos años de rupturas y ausencias,
10. Pienso que, en principio, la armazón sociopolítica y económica de nuestro País no dejará de inscribirse en un proyecto socialista, pero revisado en orden a una mayor “eficacia”. Dicho “a lo patán”, que funcione. Y no sólo en el orden económico. Por consiguiente, los cambios económicos concebidos según la línea dibujada en el párrafo anterior, no podrán realizarse con toda la eficacia social y toda la “elegancia política debidas sin que se tenga en cuenta la estructura jurídica que les brinda apoyo y que, a su vez, debe articular convenientemente los derechos y deberes de la persona, de la familia, del Estado y de las otras realidades sociopolíticas, culturales y religiosas. Esto equivale a decir que no debe faltar una Constitución que se tome muy en serio por parte de toda la ciudadanía y cuyo texto tenga una calidad tal, jurídico-literaria, que sea mirado con respeto por el concierto de las naciones, en el cual Cuba debe estar insertada de la manera más armónica posible.
11. Por otra parte, es evidente, que en una sociedad socialista de nuevo cuño –llamémosla simplemente, sin otra etiqueta, socialista democrática y participativa– el substrato económico que sustenta y nutre todo proyecto eficaz y la realización misma del proyecto, demanda y supone una participación, lo más amplia posible, de quienes nunca debieron ser receptores pasivos, sino actores responsables. Lo cual equivale a decir que todo proyecto de dirección económica y de promoción humana integral demanda un “estado de derecho”, igualmente sólido y muy bien articulado y acordado. Demanda una Constitución ecuménica, robusta y con posibilidades de perdurabilidad. De lo contrario, ni sería “estado de derecho”, sino falaz enmascaramiento; ni sostendría el andamiaje económico de la sociedad. La participación supone libertad de opinión y de expresión, y esta no tiene lugar sin las garantías jurídicas constitucionales pertinentes. A esto, añádase que el estado de derecho y la sociedad socialista participativa requieren, como algo imprescindible, la promoción de la persona, o sea, del cubano que vive en sociedad. Es imprescindible que todos los cubanos sean personas, aunque esto parezca una redundancia. Tarea la más difícil: lograr que los hombres y mujeres sean personas, es decir, sujetos libres y responsables. Aunque continúo pensando que la mayor riqueza de nuestro País es nuestro pueblo, no cierro los ojos ante la degradación de muchos de mis paisanos. No dudo de las posibilidades objetivas y subjetivas para el crecimiento, pero quedan frustradas en muchos casos en los que, quienes podrían ser árboles coposos y fecundos, se limitan a ser bonsáis; o que quienes podrían ser hierro firme, se conforman con el estado quebradizo de una reseca caña de bambú frágil. Sin una multitud de cubanos sólidos y libremente responsables, de mirada sostenida y larga, de entendimiento y corazón limpios, no podemos ilusionarnos con las posibilidades de la Casa Cuba , del Árbol Cuba, de la Nave Cuba.
12. A mi entender, la Constitución de 1940 –que nunca deberíamos haber estigmatizado, ni haberla echado a un lado de la cuneta republicana– ofrece una base jurídica robusta, capaz de sostener ese imprescindible y, por tanto, irrenunciable “estado de derecho”. No se trata de que entre en vigor tal y como fue aprobada hace sesenta y nueve años. El texto de la Constitución incluye los mecanismos jurídicos que permitirían una reforma o adaptaciones sin rupturas, en armonía con los cambios ocurridos en Cuba y en el mundo en los últimos decenios. Quienes claman por cambios muy radicales, en Cuba y fuera de ella, rechazan la Constitución de 1976 y sus reformas, y proponen otra armazón jurídica para nuestra Nación. A mi entender, están de más los llamados a “ elegir una asamblea constituyente” que elabore una nueva constitución, para que esta oriente y sostenga los cambios en curso y los cambios por venir en nuestro País. Vengan de donde vengan estos llamados, insisto, me parece que están de más, teniendo como tenemos la Constitución de 1940, sabiamente reformable. Esta Constitución fue el fruto de la concertación libre de muy diversas tendencias y corrientes de pensamiento socio-político y económico, incluyendo el socialismo marxista-stalinista de la época. Conservo como imagen, casi mitificada, a Jorge Mañach –excelente escritor, pensador gallardo, y anticomunista notorio– , con Juan Marinello –finísimo poeta, caballeroso criollo y dirigente del partido comunista de la época (1940)– trabajando juntos, a dos manos, en la redacción final del texto constitucional, para conferir la mejor literatura a los contenidos jurídicos. Y lo lograron. Muchos años después, nuestra poetisa Dulce María Loynaz, que también era abogada, me recomendó la lectura atenta de la Constitución de 1940 ( y de algunos otros textos jurídicos) como un modelo de sobriedad literaria, elegante, limpia de adjetivos calificativos inútiles, que ella consideraba la parte menos noble del idioma y a la que habría que recurrir sólo en casos de verdadera necesidad lingüística.
13. La Constitución debería ser retocada o reformada según sus propias previsiones (Título Decimonoveno, arts. 285 y 286, Disposiciones transitorias y Plan de Trabajo de la Legislación Complementaria de la Consti tución), pero no derogada y sustituida por otra que, difícilmente, llegaría a ser “ mejor”, más concertadora, libre, tradicional y renovadora simultáneamente, en las circunstancias actuales de nuestro País y en las que podemos prever para un futuro a mediano plazo o largo plazo. Quizás sea un poco excesiva en cuanto a detalles que se deberían sacar de las constituciones para situarlos en las leyes y reglamentos complementarios, más fácilmente reformables. Me parece que, en buena práctica constitucional, los textos de esta índole deben articular con claridad los principios; los detalles deberían quedar para las leyes y reglamentos. Las constituciones deberían ser casi intocables, no sometidas a cambios frecuentes.
14. Tengo la impresión de que la Constitución vigente actualmente, como instrumento jurídico, no tiene fuerza convocatoria suficiente, con relación tanto a los cubanos, cuanto a los analistas jurídicos extranjeros, cuyo juicio pesaría a la hora de diseñar una buena articulación de Cuba en el concierto internacional. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, las que dependen de ella misma y las que dependen de la “atmósfera”, su vigencia temporal, es preferible al vacío constitucional, que padecimos durante varios años. No me parece que sea un instrumento jurídico capaz de dar cimiento a la nueva sociedad cubana que, sin rompimientos, nacerá en un plazo cuya exactitud solo Dios conoce. Pero, ¿qué son quince o veinte años en la historia de un pueblo o nación? Son muchos años en la vida de una persona, pero no en la historia de su comunidad humana. Carecemos actualmente, me parece, de un número suficiente de juristas y políticos, válidamente entrenados en la formación y en la acción jurídica y política apropiada para el mundo contemporáneo. Es decir, carecemos de un número significativo de estadistas de buen fuste, con vocación muy definida para ello y con experiencia suficiente. Quizás sea solamente una impresión subjetiva. Conozco unos cuantos admirablemente bien formados y entrenados, pero no demasiados. Además, las prisas un tanto inevitables que generarían los eventuales cambios introducidos a nuestro sistema socialista, en aras de perfeccionarlo, adecuándolo a las nuevas realidades internas e internacionales, no son el mejor caldo de cultivo para la elaboración de una Constitución con mayúscula, que merezca ese nombre y que, como tal, promocione ordenadamente el desarrollo democrático íntegro de la sociedad cubana. O sea, un texto constitucional apto para subsanar lagunas y reparar las distorsiones sociales vigentes que se nos han ido introduciendo, tanto desde antaño, como en los últimos decenios. Aunque las causas y el color sean diversos, no dejan ambas de ser distorsiones.
15. Dicho con pocas palabras, cuando se habla de “cambios” en la Cuba de hoy, la del año 2009, se trata de sostener y animar un proyecto de promoción humana integral, bien contextuado, que no sea una simple copia retocada de lo que ya tenemos. La palabra empleada, por tirios y troyanos, incluyendo al presidente Raúl Castro, es “cambio”, no “restauración” o “sanación”. No deja de ser una curiosa coincidencia que, en la reciente campaña electoral en los Estados Unidos de Norteamérica, la palabra clave del vencedor y actual presidente fuese precisamente change, “cambio”. No se trataría, pues, de una “revolución en la revolución”, sino de un proyecto –enderezado a su realización, no a volar entre los celajes– que incluiría la remoción de obstáculos para el desarrollo integral de la persona y de la comunidad, y la introducción de nuevas disposiciones con análoga finalidad. Algunas de estas, quizás, sean “antiguas”, o sea, que en un tiempo anterior estuvieron vigentes y que ahora se considera que sería conveniente restaurar. Algunos entienden este proceso de manera tal, que hablan en términos de “refundación de la República ”, frustrada prácticamente, por una u otra razón, desde sus orígenes en 1902. Personalmente, estimo que el término “refundación” parece tirar por la borda más de cien años de historia republicana, y unos cuantos más si incluimos los prolegómenos de la misma en el siglo xix . En todo ese período de casi dos siglos hay sombras, muchas sombras, pero también hay luces, muchas luces, que todavía nos pueden iluminar. |